Cyrano y Prometeo en un mismo chat

CYRANO: ¡Bonito nombre escogiste, amigo!

PROMETEO: ¿Me hablas a mí? Si es así me sorprendería. Nada bonito ni elevado queda a mi alrededor que no venga envuelto en la derrota.

CYRANO: ¿Derrota, dices? ¿Crees que ese es un buen comienzo para nuestra charla? ¿Crees acaso que derrota es palabra que un caballero, aun internauta, pueda utilizar si no es para referirse a sus víctimas?

PROMETEO: Pero qué dices, Cyrano… ¡Yo soy aquí la única víctima! Inconmensurable víctima y, a juzgar por tus baladronadas, inútil víctima expiatoria.

CYRANO: No sigas por ese camino: se me hace difícil confrontar tu arrogancia con tus lamentaciones. Sé explícito si es que no  te es posible ser amable.

PROMETEO: Perdona, Cyrano, pero la carga que arrastro incluso para mí es excesiva. Nunca pensé que los refinamientos en el castigo pudieran ser tales, que la desproporción fuera un atributo de mis superiores quienes, por otra parte, lo son gracias a mí. De todos modos, lo que ahora me preocupa, sinceramente, es si he obrado bien, no sé si me entenderás, si he acertado en mis acciones, si la sustancia entera del universo ha ganado en algo con ellas, si se ha ennoblecido, si la suma de lo que es se ha elevado de algún modo,… o si, para ser explícito como tú me pides, en resumidas cuentas no he hecho más que el imbécil…

CYRANO: Prometeo, amigo mío, hablemos claro ya que nadie va a entrar en una conversación como ésta, con semejantes nombres que sin duda no sugerirán a los necios navegantes más que lacios y decadentes embates de una sexualidad torcida, o a lo sumo, ¿no crees?, el encuentro de dos impotencias torpes y pasadas de moda.

PROMETEO: Yo no habría llegado tan lejos, pero…

CYRANO: Sí, sí, esto es el fin para nuestros estereotipados valores. Vagamos los dos en el vaporoso ámbito de la leyenda, tú estrujado en una mitología desprestigiada y yo convertido en un personaje ficticio al que sin embargo me voy asimilando cada vez más. Créeme, ya no sé ni quién soy y lo peor de todo es que ya ni me importa. De hecho, para vivir en este absurdo limbo ya me es indiferente ceñirme a una identidad u otra. Soy Cyrano, el héroe bravucón y narigudo, el único personaje de la historia que ha logrado a un tiempo pasar por valiente y por imbécil. Como ves, algo en común tenemos.

PROMETEO: Ya veo que no es con un mortal con quien me las veo, que relativamente pudiste beneficiarte con mi empresa, y que este lugar en el que nos hallamos en tan extraña plática es una suerte de Hades sin rostro en el que caen espíritus desgraciados.

CYRANO: Algo hay de eso, sí, bondadosos han sido los siglos contigo pues no a tu verbo han dañado. Pero antes que nada, ¿qué hay de tu empresa? ¿Qué mal pudo hacer un ser noble como el que vislumbro tras tu nombre?

PROMETEO: Creo que te vas a reír, Cyrano. Lo cierto es que estos siglos de penitencia me están dando una nueva perspectiva y no colijo del todo si lo que hice…

CYRANO: No estropees vacilando lo que tan bien iniciaste. Apunta derechas las palabras.

PROMETEO: …valió la pena. Amé a los seres humanos. Les di el fuego y miles de conocimientos enriquecedores y diferenciados. Incluso hay quien asegura que fui yo, yo mismo, quien creó a los hombres y a las mujeres.

CYRANO: …

PROMETEO: ¿Y bien? ¿Nada dices?

CYRANO: …

PROMETEO: ¿Y tú eres el que callas, Cyrano de las mil artes, de la elocuencia infinita y el combate resuelto? Tu silencio me roe las entrañas y en mi caso, puedo asegurarte, eso se hace especialmente penoso.

CYRANO: Creo, Prometeo, que tu castigo, sea cual sea, es leve comparado con la magnitud de tu disparate. La humanidad es la más perfeccionada y enrevesada abyección que podía haber alcanzado la materia en este miserable planeta sin Dios. Nada podrías haber hecho que la favoreciera más que propiciarle un final discreto y ajustado a sus merecimientos. No acabo de digerir tus palabras, perplejo me has dejado como perplejo debió quedarse el primer hombre al que socorriste. Sin duda no cabría en su cabeza que un dios…

PROMETEO: Perdona que te interrumpa, soy un Titán, un triste y perdido Titán.

CYRANO: .¡Más a mi favor! …que un titán imponente y grandullón se arrodillara a su vera para hacerle solícito un fuego de campamento mientras le cantaba al oído los secretos del Universo. ¿Pero te das cuenta de lo que eso significa?

PROMETEO: ¡Los humanos erraban perdidos, aterrorizados y friolentos en una tierra hostil y enemiga!

CYRANO: ¡Pues haberlos dejado en ese círculo central de su infierno, en el hielo que les convenía como nada! ¡Debías llegar tú con tus buenos deseos para calentarles la cabeza con estrambóticas ideas de progreso y evolución, para que juguetearan con tus dichosas cerillas quemando todo rastro de inteligencia que en ellos surgiera! … Da igual, Prometeo, ya está hecho.

PROMETEO: Sí, pero yo aún ando penando tontamente, sin reconocimiento alguno de los hombres, hasta que se me ocurra algún embuste profético con que engatusar a Zeus y liberarme…

CYRANO: Realmente, Prometeo, puede decirse que has hecho bien el primo. Y en eso curiosamente me siento tu hermano. Ahora que ya no soy un hombre, ahora que yo, que fui también un imponente titán de mi tiempo, me deslizo lánguidamente como un fantasma en la red, con mi nariz como timón y mis recuerdos como arboladura… Ahora es cuando comprendo el alcance de mi derrota que siempre creí imposible, y ahora es cuando tú y yo, dos seres cegados por un ingenuo corazón, nos encontramos al tacto en una sombra que no existe.

PROMETEO: No digas eso, Cyrano, no prolongues esta niebla más allá de lo que ella aliente. Estamos hablando, nos comunicamos, todavía podemos hacer con nuestras palabras algo más que tragárnoslas. ¡Dime si este canal que los hombres han abierto con el soplo de mi ciencia no nos rescata de nuestro terrible silencio de espectros!

CYRANO: Pobre loco. Debes estar delirando y lo comprendo, con toda tu bondad chorreando aún sus últimos mugrientos jirones. Ni siquiera sabes, titán y todo, protector del pensamiento positivo, ni siquiera puedes saber si soy yo el que habla o si ofrezco de nuevo mis palabras al usufructo ladrón de otro nombre. Nada te asegura, ni toda tu omnisapiencia descomunal o semidivina puede hacerlo, que éste con el que te hablo sea mi nombre verdadero y no una pantalla más de las muchas que en mi vida he tenido que disponer entre mi y el mundo, entre mi contrahecha figura y los favores de la vida, siempre con la careta triunfante que otros sostenían airosos para aplastar con ella el pimiento informe que se ocultaba en mi cara y sin embargo beber sin reparo el zumo de su ingenio. Es duro, es triste.

PROMETEO: Amigo, me desconciertas. Haces que todo se tambalee incluso en la prisión de mis rocas. Si es cierto lo que dices, no somos más que dos fantasmas entre los miles que quedan atrapados a diario en la telaraña, dos voces desvaídas que navegan en una red tendida en el ocaso de la comunicación, un par de moscones ignorantes del paradero de la gran araña.

CYRANO: Tu decir mitológico me reconforta, mientras sea poético no serás del todo un fantasma.

PROMETEO: Es un consuelo.

          [entra NIETSZCHE]

NIETSZCHE: …es curioso que el mito originario prometeico se estructure a través de la elaboración de un crimen y de su dignificación mientras que el mito edípico remita a la asunción de una caída, lo que hace al prometeico más propio del espíritu ario y al edípico de la mentalidad semita…

          [sale NIETSZCHE]

CYRANO: Será eso. Será el peso fatal de mi enorme nariz ultra-semítica lo que propició mis múltiples caídas.

PROMETEO: Alivia tu corazón. Describe el cariz de tus desdichas y así tal vez las conjures de tu alma.

CYRANO: No existe ya tal corazón, mi buen Prometeo; yace ensartado en vanos recuerdos, sacudiéndose como un leproso la tiña de su esperanza. Hubo un día en que pude darle la más honrosa función de amar, pero los hados -que no sólo a ti te son fatales- se empeñaron en que me viera reducido a simple mensajero de palabras ingeniosas, a que pusiera la voz y el ardor a otros labios que de ambos andaban escasos y así, cada carta que escribía a quien amaba, cada carta que debía firmar con el nombre del otro y que yo imaginaba era leída por ella con una emocionada fruición, era para mí un pinchazo, una estocada en las tripas…

PROMETEO: ¡Como si un buitre acudiera a tu hígado y lo mordiera con lentos y certeros picotazos!

CYRANO: ¡Sí! ¡Como si un buitre husmeara en mi hígado a cada palabra que ella leyera y como si mi hígado no tuviera fin porque ella leyera y releyera esa carta cada vez con más énfasis, más pasión! ¡Y el buitre picoteara enloquecido!

PROMETEO: ¡Y que cuando creyeras terminado ya el sufrimiento y acabada la superficie de tu víscera…

CYRANO: ¡Si, sí! …renaciera de nuevo toda entera y tornara de nuevo el buitre al rumor tan solo del papel de la siguiente e inmediata carta que yo le escribiera, fabricada con un imposible corazón que no pudiera evitar vaciarse continuamente! ¡Y que de nuevo hundiera en ese hígado amoroso el buitre su infame pico para hacer burla y mofa de lo que tan sublime se ocultaba en él! ¡Sí, sí, sí!

PROMETEO: Me hago cargo.

CYRANO: …

PROMETEO: …

CYRANO: No hay esperanza, Prometeo.

PROMETEO: No, no la hay.

          [entran VLADIMIR y ESTRAGÓN]

VLADIMIR: ¿Qué dicen?

ESTRAGÓN: Hablan de su vida.

VLADIMIR: No les basta haber vivido.

ESTRAGÓN: Necesitan hablar de ella.

VLADIMIR: No les basta con estar muertos.

ESTRAGÓN: No es suficiente.

          [salen VLADIMIR  y ESTRAGÓN]

PROMETEO: ¿Pero qué dicen estos? ¿Nos han descubierto?

CYRANO: No les hagas caso, andan más perdidos que nosotros. Fíjate que incluso todavía esperan algo, aunque no sepan muy bien el qué. Tienen, ¿cómo se dice?

PROMETEO: ¿Esperanza?

CYRANO: Sí, esperanza. No se sabe si sea un don o un mal, un fétido y maloliente absceso de la mente.

PROMETEO: Cyrano…

CYRANO: ¿Qué? ¿Hay más?

PROMETEO: Sí; mucho me temo que el asunto de la esperanza también sea cosa mía.

CYRANO: ¡Maldita sea! ¿Pero tú has querido salvar a los humanos o perderlos? Empiezo a desconfiar de tu cordura.

PROMETEO: No, nada de eso. En realidad fue tan sólo la rabieta del gran dios por una pequeña broma mía; verás, le escondí un toro…

CYRANO: ¡Déjate de toros y de bromas, por favor, estoy empezando a marearme y mi enfado sí que puede ser mitológico!

PROMETEO: Bueno, el hecho es que como castigo a mi ingenua jugarreta envió a la tierra a una mujer perfecta con una caja que…

CYRANO: ¿Estás hablando de Pandora y su caja?

PROMETEO: Sí, ¿la conoces acaso?

CYRANO: Sigue, Prometeo, querido, sigue.

PROMETEO: Una caja que contenía todos los males posibles. Los hombres, no demasiado iluminados por lo visto, dejaron que la caja se abriera y que todos los males se esparcieran por el mundo. El resto ya debes saberlo.

CYRANO: Sí, ya, y al cerrar violentamente la caja, sólo quedó dentro la esperanza, como un horroroso mal del que por desgracia aún disfrutamos. Puedes estar orgulloso, Prometeo. Eres todo un regalo de los dioses.

PROMETEO: …

CYRANO: De todos modos, ahora ya todo esto no nos afecta. Ni mi espada, y mucho menos mi penacho, son reales, como tampoco ya te ciñe cadena alguna por mucho que te revuelvas y hagas muecas. Déjalo, de veras. No podemos dejar de confesar que hemos errado, que no hemos hecho otra cosa en la vida, o como quiera que se llamara el ámbito en el que existimos cada uno. Mantuve siempre a la vida alejada con la punta de mi espada, apartada de mí como si pudiera llegar a absorberme, lidiando como un bobo por cada pequeño desaire que me reenviaba a mí mismo y me hacía ver mi alma. No quise vivir y por ello hice hablar a mis dos filos, a mi espada y a mi lengua, haciéndoles verter las mismas banalidades y florituras para que acallaran el enorme cansancio de mi soledad, que se iba acurrucando en mi soberbia y desolada nariz de monstruo desarmado. Es demasiado inútil. Seguiré batiéndome y escribiéndome cartas con la muerte, o contigo, da igual.

          [entra GIDE]

GIDE: No quiero a los hombres, quiero lo que los devora.

PROMETEO: ¿Nos habla a nosotros?

CYRANO: Da igual.

GIDE: Si no alimentan con amor a su águila, seguirá siendo gris, miserable, ignorada de todos, burlona; será ella entonces la que se llamará conciencia, indigna de los tormentos que inflige; sin belleza.

                           [sale GIDE]

PROMETEO: ¿Por qué ha dicho eso? ¿Por qué llama águila al espantoso buitre que me ronda? Como si, mal encadenado, pudiera atender a las razones de mi buitre, otorgarle unos dones que hasta a mí me niego. ¿Cómo podría esperar de ella una catarsis o una iluminación cualquiera? ¡Es un buitre, un oscuro, feo, espantoso y adocenado buitre negro, no un águila!

CYRANO: No, Prometeo, baja de tu pedestal que no de tus rocas, olvídalo todo. Ni es águila ni es buitre, es sólo un nubarrón más que te envuelve y te ayuda a creerte vivo. Ni las moscas roerían un espectro tan romo como el tuyo. Nada queda de tu gigantesca dignidad, amigo. Tu fuego se ha derramado como agua en una tierra que ha quedado devastada y hasta las aves se han ahogado en su humareda. Somos dos estatuas gigantes arrinconadas debajo de la mesa, dos moles carcomidas donde anidaron los insectos, dos pueriles sueños de grandeza en los que se acunan los responsos… Hemos obrado en falso sin casi darnos cuenta, no hemos podido disfrutar del fruto de nuestro hacer, ¿te das cuenta? Torpes, muy torpes y grandullones… Y ni siquiera poder con nuestras manazas aplastar a dioses y humanos, papilla para los entresijos de la red…

          [entran ESQUILO  y ROSTAND]

PROMETEO: …

CYRANO: …

          [salen ESQUILO  y ROSTAND]

PROMETEO: Oye, vamos a dejarlo, está entrando demasiada gente.

CYRANO: Sí, vamos a dejarlo.

          [salen PROMETEO y CYRANO]

          [entra CIORAN]

CIORAN: …

 

 

Juan Camós (1996)

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~ por juannicho en septiembre 4, 2011.

Una respuesta to “Cyrano y Prometeo en un mismo chat”

  1. Amigo, tú sí que prometes.

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