“Harold y Maude”. La película alegre de las fúnebres contradicciones

 

 “Se acerca el cementerio con los ojos

  inundados de lágrimas”

Juan Eduardo Cirlot

 

   No importa que se la pueda considerar una película hija de su tiempo. Los muy primeros años setenta recuperándose de unos sesenta tan movidos como decepcionantes a la postre. En todo caso, será una hija bastarda de su tiempo, anonadada e irrepetible en cada una de sus escenas, tan tiernas, tan desoladoras…

   Su director, Hal Hashby filmó también en clave de comedia la adaptación del suicida Jerzy Kosinsky Being there, (Desde el jardín). Se la llamó Bienvenido Mr. Chance y la defendió un convincente Peter Sellers. Esta doble elección de los temas ya revela nuestra primera contradicción del día: se quisiera creer que a la humanidad le espera una amigable aurora pero las cosas dibujan sólo un abigarrado y negro crepúsculo. En este modo vacilante de las creencias se expresa una película, Harold y Maude, que logra alzarse con la persistente certeza de que éste es un mundo más complicado de lo que sus absurdas formas prefiguran, que nuestros modos de relación, se vean como se vean, resultan abiertamente nocivos para la vida.

   En la película, que puede parecer tan trágica como cómica y grotesca, nos encontramos con unos personajes imposibles pero que encarnan unos modos de sentir la experiencia comunes a la generalidad humana. Por una parte, vemos a Harold, una especie de Des Essentes adolescente que ve limitada la ejecución de sus extravagancias por la autoridad obsesiva de su madre que, no obstante, también la provoca de la forma decisiva de la que hablaremos. Del padre nada se dice en momento alguno.

   La excentricidad de Harold pasa por lo que se podría llamar una manía fúnebre, una pasión espectral y mortecina por todo lo oscuro, que se manifiesta en su reiterada asistencia a funerales y entierros a los que asiste con una desolada circunspección. También gusta de observar el proceso de destrucción de los coches, su traspaso a la chatarra. Es en ese lugar del horror mecánico donde consigue un coche fúnebre trasnochado que recompone hábilmente y que le acompaña gran parte del film, que a veces parece una insensata road movie circular.

   El grueso de sus aficiones, cualitativamente, lo compone la cuidada elaboración de falsos suicidios que lleva a cabo con una brillante habilidad escénica para el “disfrute” de su consternada madre. Al principio resulta extraña esta disparatada sucesión de shows destructivos. Con el avance de la cinta se siente una amplia comprensión por este pobre chaval encerrado en una soledad más opresiva que la que ofrece un ataúd, tan incomunicado afectivamente de todos que sólo puede despertar alguna pasión con la exhibición de su acabamiento.

   Está claro que sus “intentos” de suicidio son una mera parodia de los miles y miles de intentos reales que se producen cada día en el mundo, y que tienen cada uno su propio código expresivo, su mensaje hacia uno mismo, hacia los otros… o hacia nadie.

   No puede negarse que una gran cantidad de estos suicidios son actos “mediatizados”, el medio importa más que el fin, no se busca una meta de desaparición, sino un objetivo más impreciso y voluble, que aún teñido del moho de la muerte, busca desarrollarse y desplegarse en los avatares de la vida. Simplemente se ponen sobre la mesa más cartas que de costumbre, se arriesga más en el discurso, se presionan otros puntos sensibles. El trayecto desde la “llamada de atención” al “chantaje emocional” es muy amplio y está poblado de dolor y nerviosismo. Luego están los que simplemente fallan; en su visión de las cosas, simplemente han tenido mala suerte.

   Harold no es de estos últimos. Él disfruta tanto con el “deseo de estar muerto”, con el adorno lírico o estético de este deseo,  que ya no le hace falta morirse. En su imaginación, no cesa de hacerlo, en una forma u otra, en un cuerpo u otro. Él es el muerto de cada funeral, él quien tras cada lúgubre espectáculo suicida que representa se siente más deprimido y más solo, pero sabedor de poseer cierta tensión emotiva. Sería quien, en boca de Cirlot, “está cansado de estar muerto y ser”.

   Realmente Harold es una encarnación algo decimonónica de un fenómeno muy moderno pero presente en cualquier época: el asco de vivir. Aunque en su caso es sin duda su cerrado entorno familiar el que predomina en ese asco, la limitación del deseo en un alma mínimamente sensible y que poco o nada puede hacer con esa sensibilidad. Su situación es corriente, no obstante difícilmente poetizable en otros entornos menos visiblemente aristocráticos. Las formas de “matar” una situación insostenible, la forma de oponerse al “jaque mate social” de que hablaba Laing son infinitas y no siempre estéticamente apreciables. Van desde la alineación en trabajos estúpidos a formas de vida repetitivas e incomprensibles. Harold es elegante en su desgracia, es inteligente, tiene buen gusto, pero es infinitamente infeliz. Como diría Trakl, “yo siempre estoy triste cuando estoy feliz”.

   Muy pronto se encuentra en varios funerales con Maude, una anciana juguetona de 79 años, pletórica de energía y con la que se nos ofrece la segunda contradicción importante de la mañana: tiene mucha más vitalidad que Harold, vive más intensamente la vieja que el adolescente. Es como si sus almas hubieran intercambiado sus cuerpos y la que ocupara el cuerpo joven se hallara extremadamente cansada y afligida, mientras que la otra, la que soporta los rigores de los años, permanece exultante y alegre frente a cualquier contingencia.

   Maude es también un encanto de persona, pero “en su especialidad”, como decía Beckett. Nos enteramos de que acostumbra a “coger prestado” cualquier coche cuando lo necesita, que disfruta de los placeres sensoriales, que descree de las convenciones sociales y que vive en un vagón de tren abandonado. También sabemos que le gustan los girasoles, la música, los árboles y los pájaros en libertad, y no tomarse nunca en serio los constantes “juegos” en los que se entretiene la policía. Asiste a los entierros para disfrutar del ciclo eterno de nacimiento y muerte, y así, con tan opuestas motivaciones, conoce a Harold.

   No puede decirse que se atraigan en un primer momento. Más bien, se intrigan, se sienten como dos seres especialmente ajenos al orden habitual de las cosas. No pueden huir del inevitable contacto que empezará como un intercambio de perplejidades y acabará en amour fou  y rendida entrega pasional. Ella tiene 79 años y él algo menos de 20, pero a medida que avanza la trama, la diferencia de edad pierde trascendencia y sólo se hace presente en el trágico desenlace.

   Maude es un resto viviente de las viejas utopías del pasado, de la vivencia entregada a unas ideas de justicia que todavía no se habían mostrado obsoletas. Enseña a Harold su paraguas, con el que se defendía de la policía en las manifestaciones y en un plano rápido y aparentemente casual vemos en el brazo de Maude las cifras tatuadas de su paso por un campo de concentración europeo. Es el único momento en el que Maude parece derrumbarse: la nostalgia de algo perdido, de sus viejos amores, de los reyes y los bailes en Viena…

   Todo era atacable, todo, “fronteras, banderas, patrias, ejércitos…”, menos los reyes y reinas, que ofrecían un aspecto de cuento a una realidad horrible. En este sentido aristocrático de la belleza también se encuentra con Harold. A Maude le da pena que todo haya pasado y muerto, tan atrás, tan lejos, pero ante la mirada repentinamente melancólica de Harold se repone en el acto y le invita a una multitud de juegos sensoriales.

   En sus múltiples aventuras, encuentros graciosos con policías desconcertados y en el lento enamorarse de las dos conciencias diversas que ellos implican, nos sentimos ciertamente conmovidos. Nos damos cuenta de que lo que ellos pretenden construir es imposible, que lo saben y que, no obstante, lo llevan sencillamente a cabo.

   La madre de Harold tiene planes matrimoniales para su hijo. Concierta citas con chicas tan notablemente necias que sorprende esta sucesión de triviales esperpentos. Harold se las ingenia para escandalizarnos con sus suicidios. Tras ello, su madre toma medidas drásticas: trata de ingresarlo en el ejército. Con la ayuda de Maude crean una situación tan absurda y aberrante que los mismos militares se asustan.

   Sólo queda comunicar a la madre su lógico enlace con Maude. Aquí disfrutamos con el horror de la madre, con las respuestas de su tío militar, con las disquisiciones de los psicoanalistas: “con tu madre lo entendería, es corriente, pero, ¿con tu abuela?”, la asquerosa fijación sexual del cura católico… Se sale con la suya. La boda, por descontado, es personal y entre ellos.

   Aquí llega la tercera contradicción de la tarde: cuando se halla en plena celebración, entre grandes girasoles de papel, Maude, como de pasada, le comunica que “no se le podría ocurrir nada mejor para despedirse”. El terror se apodera de Harold. Enseguida es consciente de que su querida novia, como había sugerido casi al principio, no pensaba superar la cifra de 80 años, “¿Qué perdida de tiempo!”, de que había tomado ya las pastillas, de que antes de medianoche estaría ya muerta.

   Si Harold hubiera sido de otra manera, este suicidio anunciado le habría trastocado hasta la locura. Pero él ya había convivido con la idea de la muerte de un modo cotidiano. Por supuesto, se desespera y hace lo imposible para salvarla. “¿Por qué todo este alboroto? No debes entristecerte”, le dice Maude en la ambulancia, “Ya sé que me quieres, pues ¡ama todavía más, mucho más!”.

   Harold, en realidad, está alucinado. Toda su vida había escenificado en él este momento para tratar de matar secciones horrendas de su existencia y ahora, lo más querido para él, llevaba a la práctica su sueño favorito.

   El suicidio de Maude es una dignificación del acto, a la vez que un recurso eficiente para elucidar todo lo farragoso y equívoco de los intentos de Harold. El uno había ensayado con aplicación el acto que la otra acometía. Resultaba que el ensayo era inútil, la obra no se iba a representar. Quien arrostraba el papel principal lo iba a hacer improvisando, pero con el coraje de una visionaria.

   Vida y muerte se pasan el testigo en la película una vez tras otra en una realmente inusual práctica de la reflexión acometida con un profundo y subversivo sentido del humor.

   No se niega a la muerte, ni a la muerte voluntaria, se la asume, se la comprende, se la interroga pero, sobre todo, se incide en que esa muerte debe ser verdaderamente voluntaria y no inducida por otros factores que toman la categoría de coacciones, de condenas. No es que Maude niegue la vida en ningún momento: “¡Vive como si estuvieras guerreando!”, dice en una épica gesticulación, pero comprende que el dolor puede ser excesivo, que la edad (que en principio se tenía como intrascendente), podía determinar un abandono ennoblecido, que la “revuelta personal” que libra ella contra el mundo puede tener que llegar al fin, a la disolución, a la nada. Ideas paganas, panteístas, la inundan, pero una corriente acerba de nihilismo la recorre desde todos los rincones, y por eso sabemos que es humana, que es más que humana, que sabe que la muerte se toma su tiempo, pero luego empieza a hablar… Y que no será ella quien deje de escucharla.

   En este trasvase de vasos comunicantes, Harold aprende a tocar el banjo, a acudir esporádicamente a los colores, a ofrecer una cierta resistencia a todas las imposiciones de la vida y, en fin, a observar la muerte con una, podría decirse, nueva benevolencia.

   No diré aquí cómo termina el film: si Harold aguanta el golpe o si sucumbe a él y sigue a Maude.

   Buscad la película donde podáis, tratad de imaginároslo, pensad en la forma que adoptaría en vuestra mente el suicidio después de tamañas experiencias. Porque de eso se trata, y esa es la irresoluble última contradicción de la noche: en medio del horror hay una escultura abstracta, de formas cálidas y curvas, y la voz de Maude sigue repitiendo a quien la quiera oír: “Tócala, siéntela, experiméntala”.

 

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~ por juannicho en septiembre 10, 2011.

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