Cuando la memoria recoge sus cosas… (I) o Cómo casi dejé de leer libros

No es habitual que alguien que vivía obsesionado por los libros y la literatura desde hace más de treinta años se quede mirando sus montañas de libros esparcidos por la casa con algo parecido a la desilusión. Resulta extraño que a estas alturas pueda producirse un cambio sustancial en una relación marcada básicamente por aspectos incondicionales. Puede que exista un tipo de lectores que no deba nunca levantar la vista de los libros que lee, uno tras otro, porque si lo hace… podría deshacerse el encanto, evaporarse los mundos construidos en las estructuras extremadamente solitarias de la mente. Hay en los ensueños de la vida llamadas oscuras y densas como las hay ligeras, sonrientes, livianas. Ambas se ofrecen, a menudo trasmutadas en objetos sin importancia, en frases vacías, en gestos que ni siquiera van dirigidos a uno. Y cuando lo hacen te llevan de la mano hacia los pensamientos que, últimamente, te han hecho descubrir la existencia de otro lado en cada cosa. Pero te llevan con brusquedad, haciendo que caiga de tu mano ese último libro que leías con avidez. Tu mayor serenidad amenaza con arrasar el mar de sargazos que era el mundo de tus lecturas. Agarrados a tablones resisten como pueden algunas obras de ocultismo, susurrando que contienen explicaciones para esto y para muchas otras cosas. Podría ser, no hay duda. Pero los cuentos, los poemas, las novelas, la vida entera en  la que aprendí tantas cosas, esas páginas tiemblan en los rincones y lloran entre el polvo de un nuevo abandono. Así lo he sentido durante unas semanas y me pareció un evento lo suficientemente raro como para consignarlo en este otro sustituto de los libros que es el ordenador impersonal.

No pasa mucho tiempo hasta que uno adivina que ese aparente rompimiento con los libros no es, no puede ser tan real y devastador como así lo parece. Lo más probable es que sean los propios libros los que desde el campo morfogenético que les es propio traten de imponer un cambio en el modo de acercamiento a ellos. Saben que con este proceso se arriesgan a perderlo todo, pero para ellos es de vital importancia que se los lea con la disposición de ánimo que consideran correcta. Quizá por eso cierran los ojos cuando uno pasa a su lado, se muestran esquivos, hablan entre ellos en voz baja y logran con su actitud sumarse al creciente desconcierto creado por tus nuevas ensoñaciones sobre el sentido de la existencia. Es de ese modo que uno descubre que leía libros como cuando tomaba heroína, del mismo modo inespecífico y acumulativo, entregado a una tensión nerviosa ajena al contenido de las obras, sumando un empeño deglutivo más que saboreador, confiando de un modo absurdo en que el inconsciente (él, al menos)  podrá asimilar todo ese material que de un modo compulsivo va siendo lanzado a paladas hasta él. Pero eso no suele ocurrir.

Aún así, no debe perderse la esperanza si es que otorgamos a cada posible momento del tiempo la entidad suficiente para calibrar una vida en el sonido justo. De tal modo, cuando uno ha visto quebrada la ya ancestral alianza individual con los libros, la confianza básica para acudir a ellos en momentos clave, cuando estos momentos de terror ocurren no hay que perder la calma. Hay que acercarse a los libros de lado, de a través, “de a poco”, como decía mi amiga Ruth en uruguayo. No hay que buscar grandes palabras, grandes lecciones o inmarcesibles poemas. Basta con pasar cerca de los libros con la disposición correcta de ánimo para que ellos mismos salten a tu regazo. Aunque aún sospechen que en tu mente anida la misma rumiación sobre la necesidad imperiosa de trascender más allá de lo que es visible, hacia el otro lado que está oculto por las cosas y las palabras… Aunque aún meneen la cabeza con resignación porque ellos se sienten parte integrante de lo que se puede palpar y está lleno de vida, saben que eres de los suyos y no te dejarán marchar así como así.

En mi feliz caso, el reencuentro se dio con un libro de cuentos que en el momento adecuado cayó en mis manos (ya no recuerdo cómo). Un libro reciente de historias cortas sobre la América profunda. La del Norte. El gran sueño del paraíso, de Sam Shepard. No voy a hablar mucho de este libro, porque lo importante para mí fue que me hizo empezar a leer otra vez y de un modo diferente a como lo hacía antes.  Con los libros ocurre como con tantas cosas a las que uno se acerca. Por mucho que uno se abstraiga o trate de medir su relación con personas, animales y cosas desde criterios desapasionados y ajenos a consecuencia alguna, lo cierto es que uno obtiene de todo ello en la misma medida en que da, es decir, en que se entrega a todas esas realidades vivientes. “Los libros vivían y me hablaban”… 

Desde el momento en que uno es niño y se aferra a los libros como una ventana inesperada al mundo (que está tan lejos y es tan confuso), el canal permanece abierto y sólo cambian los colores de los libros, su composición química interna, sus letras revueltas buscando un sitio en las páginas infinitas. Pero pasan los años y uno ya conoce un poquito la extrañeza de las cosas y lo taxidérmico y erizado de las relaciones humanas. No por ello deja de vagar por los libros en pos de elementos de asombro o de piezas para el interminable puzzle del sentido. Sin embargo llega este momento en que algo se rompe dentro y todos los libros aparecen en blanco. Llega, dura, y si hay suerte, se transforma en otra cosa.

Eso es lo que me pareció sentir cuando, escuchando la voz honesta de Shepard con la convicción profunda de que lo que leía en ese momento era lo que debía leer en ese momento, vi que en esa forma maravillosa de expresar los conflictos pequeños entre los seres con pocas palabras y las grandes debacles a través de una valla oxidada o los restos de una vieja camioneta, en esa forma que da idea a veces de conclusión de toda una vida o de balance a través de una idea fija… se encontraba mi nueva puerta de entrada a los libros y a la lectura, ya no sólo como precipitadores de placer o báculos frente al vacío, sino como llave para extraer las formas ocultas con que los humanos atravesamos este sueño inabarcable y que codificamos, generalmente sin darnos cuenta, tras las letras, entre las líneas, bajo las palabras que nos intercambiamos sonámbulos y que los libros, heroicos, recogen.

 

   (Continuará)

 

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~ por juannicho en octubre 23, 2011.

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