Nácar

 Juan Camós (1997)

 

Tengo este corazón, esta mirada

para que sea dulce la amargura

Juan-Eduardo Cirlot

 

   No es que me molestara. Yo había pasado la tarde bebiendo en el bar, sentado en mi mesa favorita. Eso no lo podía cambiar nadie. Cuando ellos llegaron, ya había vaciado el tercer vaso de whisky y me encontraba dispuesto a ver las cosas con ecuanimidad. Pero realmente no era lo que yo hubiera preferido ver traspasar la sucia puerta del bar.

   Desde que perdí el trabajo pasaba las horas muertas fantaseando ante mi vaso, madurando futuros proyectos que hasta el momento en que el tóxico actuaba no parecían demasiado realizables. Una vez que el alcohol suavizaba mis reservas todo empezaba a ir bien. Las cosas se encadenaban con facilidad y lo que un momento antes parecía una misión imposible se revelaba ahora como un juego de niños. Sólo había que mantener esa presencia de ánimo que tanto me había faltado cuando debía haberme mantenido firme y no desaprovechar las ocasiones. Quién sabe si con un poco de sangre fría aún tendría el trabajo entre manos. Ahora eso ya no importaba. Debía preocuparme tan sólo de estructurar mis inmediatas posibilidades.

   El whisky, ya lo dijo alguien, es un eficaz filtro de ideas. El uso que hacía de él era claramente terapéutico, una suerte de apoyo a la orientación laboral. La cosa es que cuando al fin ocurría, cuando las ideas desfilaban victoriosas, con su equipaje de instrucciones, me mostraba pletórico conmigo mismo. Estaba claro que debía celebrarlo, la alegría me embargaba. Las siguientes copas, obvio es decirlo, acababan borrando fulminantemente todo vestigio de mis proyectos y forzando una reanudación del proceso desde sus primeros pasos. Y así sucesivamente.

   En eso estaba cuando una visión blanca se abrió paso al frente del tugurio. Iba esta visión trastornadora en manos de un tipo circunspecto, severo y con avanzada calvicie, que iba acompañado de otros dos personajes más animados.

   Al instante sentí un pinchazo acusador, como si un reproche irracional se propulsara a sí mismo por el aire. En un principio difícilmente podía advertir la causa pero intuí que no tardaría en dar cobertura material a mi malestar.

   Esa gente, que había entrado en el local como si de una procesión rogatoria se tratara no me ofrecían confianza alguna. El objeto inocentemente blanco y de dimensiones no mayores que una caja de zapatos fue introducido con honores de relicario. No había justificación para que una simple caja blanca fuera transportada con semejante ceremonial. A todos nos resultaba ofensiva la cetrina expresión del portador de la cosa, entre orgulloso y despectivo.

   Tras esta entrada profundamente insostenible era imprescindible una explicación. Parece claro que no puede trastornarse así el orden de las cosas sin tener un buen motivo para ello. El mundo está hecho de unas ciertas costumbres, de unos rituales tranquilos y reiterados que los bebedores habituales gustamos de ver rigurosamente respetados. Cualquier quebrantamiento brusco de este régimen de sucesos nos sume en una confusión llena de angustia.

   El hombre calvo no se alteró lo más mínimo por el agresivo lanzamiento de nuestras miradas hacia su caja. Se plantó con las piernas ligeramente abiertas, como reafirmando que su posesión merecía un correcto sostén, y oteó un bar que desde luego no era el que ocupábamos nosotros. De repente éramos transparentes para él, que no nos permitía ni el consuelo de una pobre subexistencia.. Con una más que esquemática seña indicó a sus acompañantes el lugar que debían ocupar, desgraciadamente lindante con el mío.

   Había decidido el calvo torturarme, dejando la extraña caja blanca a mis espaldas como si yo pudiera seguir bebiendo mis whiskys sabiendo que tras de mí palpitaba un enigma. ¡Y un enigma tan groseramente mantenido!

   Se operó una transformación. El ambiente, electrificado al principio con la violencia de su entrada, fue decayendo por completo. La furiosa espuma desatada se iba reposando en un burbujeo lastimoso. A la sorpresa inicial le siguió una languidez igual de inmotivada y que nos iba cayendo encima como una lluvia de arena en el desierto. La arena se transformaba en un polvo sucísimo del que nos impregnábamos todos en una desolación infinita.

   ¿Por qué esa caja? ¿Qué necesidad había de encumbrar en ella nuestras más profundas inquietudes? ¿Cómo podíamos ahora deshacernos de la insidiosa sensación de haber sido robados, esquilmados en algo impreciso e inmanejable? Las conversaciones habían cesado por completo, los hielos de los vasos dejaron de danzar, la ceniza de los cigarrillos se desprendía con agonías de condenado. Incluso parecía haberse oscurecido la luz que llegaba del exterior. O serían nuestros ojos que se apagaban…

   En realidad no tenía más que darme la vuelta e interpelar a los desconocidos. Pedirles alguna cosa y entablar una conversación sobre cualquier nimiedad. Y de ahí a la caja… Me dirían que en ella sólo habían zapatos, un sombrero, documentos sin interés o quizá, qué se yo, incluso gusanos de seda…

   Pero no me giraba, estaba tieso como un monolito, atrapado por una supersticiosa prevención hacia esa maldita caja de plástico. Y la caja no hablaba, latiendo a mis espaldas como un corazón acusador que no puede ocultarse, recordándome una y otra vez que algo se ha hurtado a mi mirada, no ha recibido mi visto bueno, la sanción, en fin, de mi tranquilidad.

   Bastó seguir este mortecino curso del pensamiento para que gruesos cuchillazos de la conversación trasera se colaran en mi mente deshilachando mi pena. Los tipos parecían conspiradores. Usaban una jerga que se me hacía difícil descifrar. Establecían citas, construían planes de viaje, mencionaban contactos, lugares de encuentro, dejaban caer unas palabras que yo no había oído nunca. Eso sí, me pareció que no era trigo limpio lo que allí se cocía. Pero bueno, ¿me importaba eso a mí? ¿No había establecido como norma de conducta que a partir del tercer whisky las cosas perdían su importancia y que desde el cuarto eran los propios humanos los que lo hacían? Me apresuré a pedir mi cuarto whisky.

   Inútil precaución. La verdad es que desde que perdí el trabajo y el amor huyó de mi vida me importa todo bien poco, desde el primer whisky inclusive. O desde antes.

   Sólo me duele un poco el alma en el transcurso entre la apertura de ojos y la primera expulsión de humo del día. Luego todo se arregla accionando el equipo de emergencia, los mandos auxiliares que desde un tiempo atrás gobiernan los mecanismos alterados de mi vida.

   La aparición de la caja blanca me devolvió molestamente al estado despierto de conciencia sensible. Muy desagradable. Cuando en tu vida aparece una misteriosa caja blanca debes empezar a desconfiar de todo. Los cuatro vientos o los diez mil millones de males pueden hallarse dentro de ella dispuestos a pandorizarse ante ti, o sobre ti. Toda sorpresa es soportable si no viene en caja blanca.

   Recordé mientras escuchaba (con la alelada expresión de quien aparenta que no escucha) un momento muy preciso de mi vida en que mis esperanzas se cifraban gravemente en el contenido de una pequeña cajita blanca. Las palabras cogidas al vuelo de la charla: “el tiempo se acaba”, “o ahora o nunca”, “si no sale bien…”, me remitían insistentemente a ese penoso episodio de mi pasado.

   Por entonces vivía yo con una mujer que tenía un concepto algo sesgado de la complicidad amorosa. Para ella vivir juntos y dormir en la misma cama no implicaba ningún compromiso determinado. Cada mañana al despertar me miraba con sorpresa, como admirada de hallarse a mi lado, desnuda y entregada, tan vulnerable…

   Aún pasados dos y tres años de convivencia me despertaba cada vez con sus ojos asombrados, casi desorbitados y sin comprender. Terminé tomándolo a broma. Hasta que un día, tras infinitas turbulencias domésticas supongo que no demasiado extravagantes, me miró un día realmente asustada. Parecía enloquecida y hube de calmarla con precipitación y firmeza.

   Hablamos claro por una vez. Yo le reproché su cobardía y ella directamente mi estupidez, que era el nombre que ella daba a mi carácter taciturno y, para mí, irreductible. Me separé unos días de ella, yendo a casa de un amigo, para que se tomara su tiempo y decidiera qué hacer conmigo.

   Así como le gustaba soñar despierta, le encantaban las quimeras, los misterios y los símbolos, batería inmoderada a la que me sometía las veinticuatro horas del día. Siendo así de teatrera se le ocurrió que cuando yo regresara el día convenido, hallaría su respuesta a la crisis de nuestra relación en la preciosa cajita de nácar que me regaló tras uno de sus inescrutables viajes.

   Así convenido, me encaminé al fin a mi casa esperando hallar en la dichosa caja algún precioso símbolo de nuestro amor: un agudo regalo, una sentida nota, ¿poema quizás?, una muestra vegetal de aprecio, qué se yo… Había un juego de llaves. Su juego de llaves. Y ni una palabra. Un rápido vistazo a la casa me reveló que sin más había desalojado todas sus cosas. No volví a verla.

   Por ello rumiaba una y otra vez con inquietud las palabras “vida o muerte” que me llegaban desde la mesa cercana. Para mí esa cajita blanca era una cuestión dramática de vida o muerte. Algo que al final devino una simple y vulgar chapuza del destino.

   El bar entero alimentándose de la oscura conversación de los tipos iba tensionándose. Volvía a los rostros una exasperación que parecía agotada. Yo sufría sin saber bien por qué, si era mi recuerdo o si mis sentidos alterados los que me herían. Sentía que mi corazón sudaba, que no había manera de aligerarlo de su peso. Allá donde mirara descubría la misma expresión crispada. Las miradas volaban de la caja a los vasos, de los vasos a la caja. No podía soportar más estos tambores implacables de la nada. Latidos irregulares para nuestros cuarteados miembros.

   Alguien corrió a vomitar al lavabo. Yo bebí de un trago mi quinto whisky con la mirada extraviada. Ese fue el momento en que los tipos siniestros acabaron sus cafés y, como un solo hombre, se levantaron de la mesa. ¡No se iban a olvidar ahí su caja maravillosa, no! Con un cuidado inquietante se hicieron con ella y emprendieron el consabido paso ceremonioso hacia la puerta. Aquello era más de lo que yo podía soportar.

   Sin saber muy bien lo que hacía, con la demencia de las situaciones desesperadas, me lancé sobre ellos con un alarido. El calvo retrocedió un paso protegiendo su caja diabólica. Por un momento, pareció perder el equilibrio, la caja bailaba sobre la punta de sus dedos.

   -¡Pero está usted loco! ¿Qué coño hace? –articuló con voz de trueno.

   -¡La caja, la caja! –Yo quería explicarme pero sólo me salían esas dos palabras como si hubiera quedado atrapado en un bucle de información deteriorada. Los dos compinches del calvo me agarraron con fuerza, aunque poco les costó reducirme y dejarme patéticamente instalado en una silla. Allí pude escuchar con expresión de bobo la sentencia que me endilgaba el calvo y que parecía atravesarme para siempre:

   -¡Gilipollas! Casi te cargas el transplante. ¿Es que quieres matar a alguien, o qué?

   ¿Transplante? No necesito eufemismos. Siempre supe lo que había en esa caja. Allí viajaba…

   -Un corazón, ¡imbécil!, el corazón que esperan dentro de dos horas en el hospital.

   Sí, allí viajaba mi corazón, ya lo sabía. Mi corazón estropeado que, como las uñas y el pelo de los muertos, no ha dejado de crecer y ya no cabe en esa preciosa cajita de nácar. Mi corazón que viaja en manos impuras para encontrar acomodo, que se pasan de mano en mano los infieles para estrujarlo un poco más, para destilar el jugo que un día hizo de él el mismísimo corazón del mundo.

   No lograré que me lo devuelvan. Me tienen amarrado y ya emprenden la huida. Se lo llevan para siempre.

   Quizás un whisky más y tampoco me importe ya vivir sin corazón. Quizás la próxima vez que me encuentre la caja blanca sea más grande aún y quepa yo dentro. Quizás si salgo ahora a la calle encuentre los restos de mi corazón entre las fauces de los perros.

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~ por juannicho en diciembre 8, 2011.

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