¿Quién está ahí?

   Últimamente lo hago mucho. Cuando llego al punto en que Alfonso XII desemboca en Travesera de Gracia levanto la vista hacia el edificio que hace chaflán con la siempre grotesca calle Tuset. Es un edificio surgido de las tripas oscuras del franquismo. Está construido de espaldas al sol y, a pesar de tener unos pisos amplios y casi laberínticos, carece por completo de balcones. Puede que la burguesía catalana de la época considerara de buen tono que las cosas de casa no quedaran expuestas demasiado abiertamente al exterior. O tal vez fuera una protección para evitar el influjo de los cambios que traen los vientos de vez en cuando hasta a los sitios más sombríos. Sea como sea, se trata de un edificio que se recorta contra la noche con todo el ímpetu con que no lo hace cuando se enfrenta al día. Pero supongo que hace lo que puede y presenta cada día su mole imponente y progresivamente deteriorada en este rincón preciso del espacio. Allí vivo yo.

   Y sí, acostumbro a pararme en la entrada de la travesera, quedando frente a frente con el edificio, para elevar la mirada hasta las ventanas de mi piso. Primero he de contar uno a uno los pisos hasta llegar al cuarto, tal es el aspecto monótono y gris de todos y cada uno de ellos vistos desde fuera. Cuando al fin he localizado la ventana de mi piso que buscaba, achino los ojos para fijarme bien. Últimamente lo hago mucho. Me quedo ahí parado, estorbando a los transeúntes y ocupado en descubrir si allá arriba, mirando por esa ventana, me encuentro yo mismo.

 

Saúl Chernick, "The supplicant" (2007)

   No es un juego filosófico o un entretenimiento intelectual. Es una verdadera preocupación. O quizá, mejor dicho, una inquietud surgida de algún tipo de presentimiento. De un tiempo a esta parte me cuesta reconocerme en los espejos, en las palabras de los otros, o hasta en mis mismos recuerdos. Es como si me estuviera aligerando de mí mismo. Cualquiera diría que soy un sustituto temporal del Juan que lleva tantos años haciendo y diciendo sus cosas en este cuerpo. A veces me sorprendo preguntándome cómo solía reaccionar Juan ante estas situaciones o qué palabras acostumbraba a decir en tales otras…

   No es que me inquiete por él… quiero decir, por mí, por Juan en todo caso, pero a veces me pregunto si mi misión dentro de su cuerpo es de mantenimiento del soporte vital o directamente de reparación y mejora. Si ese fuera el caso, puede que me esperaran muchas complicaciones. Las entidades humanas sois muy reacias al cambio, os resistís como gato panza arriba a la mera posibilidad de una modificación que muy probablemente representaría un avance exponencial en todos los ámbitos. Es por ello que los cambios suelen llegar progresivamente, como si los hubierais alcanzado en una eternidad de progresos mínimos. Es la única manera que se nos ocurre para que no los rechacéis de plano. Y nos cuesta una paciencia que no es de este mundo…

   Si no se tratara más que de mantener la hoguera encendida, como suele decirse, todo sería más sencillo. Sólo habría que proteger el cuadro de mandos de las rutinas más nocivas y mantener alejado a Juan de los socavones del camino. Aunque no estoy muy seguro que eso sea lo más sencillo. Este último tiempo me está llevando de una confusión a otra.

   Cuando me detengo en la calle y miro hacia la ventana siento con una fuerza inusitada que Juan está arriba, que yo mismo estoy arriba, y sin embargo no es así. Sé que no es así y a la vez me extraña que no sea así, como si el mundo entero se estuviera poniendo del revés.

   Presiento una pesadilla de desajustes y reajustes, o más bien de desbarajustes. Vaya palabras. No sé cómo he podido dejarme llevar por la emotividad. Lo único que explicaría este desdoblamiento improcedente sería que no estoy haciendo bien mi trabajo y que Juan empieza a sentirse un extraño en su propia vida. A partir de aquí yo iría perdiendo entidad y podría darse el caso de que nos encontráramos frente a frente en alguna situación descoordinada y violenta. Entonces nos miraríamos con más angustia que perplejidad y el resultado final sería un aumento inaceptable del desequilibrio mental. Pero eso no va a ocurrir.

   Para evitarlo debo vigilarme a todas horas, sostener un seguimiento de mis actividades y de mis mismas intenciones ocultas. Debo prestar especial atención a los pensamientos del anochecer, que se me hacen especialmente rebeldes. (A veces ni el mejor de los sueños primorosamente construidos puede acabar con ellos.) Pase lo que pase, no hay que dejar que se desprendan los recuerdos, que nos atan de algún modo a la cara que tenemos y que aún reconocemos, a nuestra ropa, nuestros gestos y palabras dirigidas a seres que sostienen nuestra realidad. No hay que olvidarse de nada. Ni siquiera de mirar hacia arriba cuando llegues a la travesera de gracia. No lo olvides, Juan, si miras arriba y te ves en la ventana hazte una seña, lanza un saludo a modo de gancho y arponéate entre los ojos para que no se desprendan nuestras miradas. Necesitaremos el lote completo para llegar al final…

   Aunque lo más probable es que si nos vemos, haga que escribas un poema que oculte lo que has visto, que lo encierre en versos y te haga pensar en otra cosa. Otra cosa que en realidad será la misma pero no lo será. En las palabras que escribes de tanto en tanto están escondidos los secretos que un día te salvarán.

 

Adivina quién ha salido esta noche a la calle.

Paso firme, mirada azul.

Nada que delate un mal sueño.

Caen a sus pies las sombras,

trastorna el silencio en los huecos.

Haga lo que haga lo hará bien.

Adivina quién salió esta noche.

Y si no asómate a la ventana

y mírate avanzar hacia el futuro.

 

 

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~ por juannicho en enero 1, 2012.

Una respuesta to “¿Quién está ahí?”

  1. ” En las palabras que escribes de tanto en tanto están escondidos los secretos que un día te salvarán.” Con éste trozito me quedo. 🙂

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