No lo olvides

 

   Les hablaba de la importancia de evitar el olvido, de no permitirle irrumpir en nuestro mundo para que se hiciera con él y lo arrasara metódicamente. Les hablaba de estas cosas y mientras decía esas palabras notaba al instante cómo se descomponían en mi boca, cómo se iban acumulando en un enorme vertedero de mi conciencia sobre el que unos pájaros enfermos gritaban lo que yo ya sabía. El abuso continuado de alcohol estaba transformando mi modo de percibir la realidad. Ya no estaba tan seguro de la naturaleza de esos vacíos que estallaban en mis recuerdos. No podía seguir creyendo que los minuciosos barridos que repentinamente se iniciaban en mi mente fueran el fruto ocasional de un trastorno nervioso menor.

Llevaba días pensando en esos resplandores que me cegaban cuando quería fijar la vista, en lo aturdido que me sentía cada vez más a menudo, en los momentos muertos que creaba en las conversaciones mi imposibilidad de asumir de inmediato el contenido de las frases que oía.

Debía empezar a tomarme estos tropiezos continuados como señales de alarma, o en el peor de los casos, como el inicio de la sentencia de muerte que me empezaba a ser comunicada. Lo que me costaba entender era por qué razonaba tan juiciosamente sobre esto en el momento preciso de mi reivindicación afectiva de la memoria.

A. García-Alix, "Lo que dura un beso"

Ella había muerto de un modo espantoso, pero yo no quería que esas circunstancias tan terribles facilitaran su entrada en el inabarcable territorio del olvido.

Algunos de sus otros amigos tendían a desear que todo lo que significó esta chica para nosotros pasara a desintegrarse en una paulatina concesión colectiva a la indiferencia y la apatía. Era como si entre todos la hubiéramos matado y se quisiera establecer un cobarde pacto de silencio para situar en zona de sombra las posibles pruebas del delito. Yo no quería, ni podía permitir que eso sucediera, aunque sintiera mis manos manchadas de sangre, sabedor de que ella podría haberse salvado con tan sólo cambiar yo algunas palabras de sitio en los instantes precisos en que debí hacerlo.

No iba a dejar que ahora entre todos encubrieran los errores con los que ella se debió conformar en vida y, sin darme cuenta, poco a poco comprendí que mi campaña por mantener vivo su recuerdo me instalaba en la pública disposición de criminal único, de asesino notorio y destacado al que su culpa lleva a necesitar hallar algún tipo de reparación.

La verdad es que mi grado de culpabilidad no llegaba a tanto, aunque sin duda existiera y rugiera despacio en las noches. Puede que estuviera reclamando el concurso de todos para ocultar mi participación exclusiva en su suicidio, para esconderme en las filas nutridas de recordantes, para confundir precisamente la naturaleza de esa memoria y esparcir entre todos el desastre de un modo equitativo.

Cabía la posibilidad de que quisiera hacerme con una especie de perdón colectivo, de comprensión común sobre nuestras humanas limitaciones, nuestra estúpida y averiada tendencia a romper siempre el jarrón más valioso. Algo así, recuerdo ahora en un incoherente  logro de mi memoria, le pasaba al idiota príncipe Mishkin, de Dostoievsky. Temía romper en su cita del día siguiente con la familia de su prometida ese jarrón tan caro, tan irreemplazable, y que romperlo reflejara ante todos la evidencia de su tontería mental. Por mucho que tratara de vigilarse y evitar el daño, teme que lo acabará haciendo, como efectivamente ocurre. Quizá esto me sirviera para justificar lo irremediable, para calmar mis emociones ante lo que, con una serenidad nueva, podría entonces denominar ya al fin fatalidad.

Pero quisiera pensar que todo esto tenía en mí un peso relativo. Lo que más reclamaba a mi empeño era el miedo a que se perdiera la presencia ya espectral de esta chiquilla, a que no encontrara en adelante a nadie que recordara haberla tratado y con quien pudiera hablar de ella. Temía no tener la suficiente fuerza para mantenerla entera, activa en esta segunda vida, que formaba endebles imágenes sobre las que ya era difícil discriminar las reales de las fantaseadas.

Quizá yo, que empezaba a reconocer mis destrozos cerebrales, no pudiera con la inmensidad que supone reconstruir la integridad de un alma querida y de algún modo maltratada. Es más que posible que a niveles poco conscientes estuviera buscando cómplices para esta extraña variante de un crimen: mantener despierto al difunto, negarle el sueño eterno como si fuéramos espúreas versiones del doctor Valdemar.

Alberto García-Alix, "Luna"

Fuera como fuese, algo en mí que tenía toda la fuerza de un empuje orgánico, visceral, reclamaba tomar cartas en este feo asunto de la desmemoria. ¿Es que no era capaz de ver que me estaba convirtiendo en un patológico defensor de una presencia desencarnada? ¿No lograba atender el reclamo a la cordura que quienes me querían no dejaban de hacer? ¿Podría tildar acaso de enfermizo mi deseo de mantener viva una memoria? Mantener viva una memoria… mientras la mía se iba desgajando en fragmentos, en porciones inconexas que a mí mismo me costaba relacionar entre sí.

No puede decirse que olvidara las cosas, faltara a las citas o dejara de cumplir con lo que acostumbra a llamarse obligaciones personales. Pero sí es cierto que algo en mi habitual organización de las certezas cotidianas empezaba a resentirse. No perdía el sentido de frases enteras, sino que una palabra en concreto se elevaba sobre las otras, la veía alzarse muy despacio sin lograr entender para nada su significado. Al verla ahí, vibrando sobre la frase como un neón palpitante, me quedaba meditando, fruncía el ceño y terminaba por olvidar el contexto en el que alguien, o yo mismo, la había pronunciado.

De tal modo, cortaba de repente los diálogos con excusas cada vez más disparatadas y empezaba a hacerme conocido entre mis interlocutores por la absurdidad de mis bruscos cambios de tema. Así se hacía complicado organizar los pensamientos, tejer una red coherente de ideas con las que enfrentarse al mundo. Muy pronto alguien empezó en broma a escribir los acuerdos a que llegaba conmigo para recitarlos en tono jocoso y siempre, siempre media hora antes de cualquier evento en el que debiera participar, recibía un mensaje recordatorio de móvil. Otras veces me costaba asimilar las formas de una cara, atribuir determinadas palabras a determinado rostro o siquiera poner en mi boca palabras que otros decían yo había pronunciado. Era en este contexto que empecé a exigir en mí y en los demás el mantenimiento activo y beligerante de la memoria.

Podría parecer un despropósito pero yo no lograba verlo así. La memoria de los muertos era para mí una tercera memoria, como llamó Evtuchenko a la memoria de la piel. Una memoria nueva, una suerte de pacto con la muerte para prolongar en el tiempo su aparición  sobre las cosas. De un modo confuso, tenía la intuición de que los muertos tardaban un tiempo en hacerse cargo de su nuevo estado y que nuestra constancia en el recuerdo  les ayudaría a ser fuertes y a disponerse con entereza para el tránsito. Me daba un pánico atroz asumir, tan sólo imaginar, esa tremenda e inconsolable soledad de los muertos.

"Mi habitación en Barcelona", A. García-Alix

No se merecían esta enésima traición, este despojo definitivo de sus restos, el arrancarles con violencia de su cuerpo aún caliente los rastros de nuestros dedos, las porciones de sombra que proyectamos en ellos al hablarles frente al sol, el último calor que se repitió desde nuestros labios cuando les asegurábamos que no pasaba nada, que todo estaba bien, y que mañana no sentirían ese dolor que hacía de sus días una repetida negación del amanecer.

Tampoco debían olvidarse los tropiezos, la animosidad inmotivada y la incomprensión que siempre es parte sobresaliente de cualquier relación humana. Pero de todos es sabido que la muerte dulcifica los rasgos del finado, atenúa las aristas de un modo asombroso y teje una tal malla de audacia sobre el entendimiento de las cosas que uno lamenta ya no haber contado antes con la muerte para lograr relativizar más y mejor las peripecias más atrabiliarias del pasado.

Y basta de cortinas de humo. basta de escudarse tras la muerte para minimizar los latigazos de la vida. Nada podrá difuminar el sagrado horror que esta nueva situación de privilegio proporciona a nuestros muertos.

Desde ella y ajenos a nuestro inútil desasosiego por el reconocimiento, los muertos que nos conocieron ejercen un invisible magisterio que pocos humanos encarnados saben apreciar. Saben que el miedo y la culpa nos atraviesa y nos conceden por ello extensas porciones de libertad condicionada. Aceptan nuestros sacrificios de sangre y fuego por ellos, nuestra insistencia en avivar unas sombras que sólo arden en el hielo de sus nombres, cada vez más indefinidos, cada vez menos rostro y más nombre, unas letras en una lápida de ceniza.

    Es por eso que en la memoria de nuestros muertos el recuerdo para siempre cariñoso de ella es un requerimiento que nuestra misma sangre nos hace, una llamada al orden de nuestra alma, que no quiere vivir sin esa eléctrica corriente del amor que segregan los muertos a diario. Los necesitamos cerca y con la naturaleza que haya adoptado su singular entidad. Los necesitamos más que ellos a nosotros, aunque a veces usen de algún transeúnte despistado para acercarse y regalarnos una pequeña confusión sagrada.

Bebía sosegadamente unas copas de vino y nada parecía estropear la claridad con que se desarrollaban mis pensamientos. No tardó en confundirme el hallarme solo en la mesa donde se había cimentado el tan apasionado debate de la memoria. Es cierto que veía esparcidos por la mesa algunos vasos medio llenos medio vacíos, o finiquitados del todo, pero podían ser de cualquiera. No remitían a un rostro, una risa o conversación de nadie. Traté de recordar y nada pude en el intento.

El vino era de un negro amenazador, en el que se reflejaban rostros desconocidos. Vibraba en mi oído una cantilena entre sublime y chirriante, sentía en el temblor de mi mano que ingresaba solemnemente en el regimiento del recuerdo, que alguien me recibía como nuevo guardián de la memoria, último depositario de ciertos secretos que los días podían desvanecer.

Acepté emocionado, reí sin pausa, supe y no supe, hablé sin hablar, olvidé más aún todo lo que se aferraba a mí desde la vida y entre farfulleos como todavía no, es el otro lado, bienvenida, cómo cómo… fui subido a una ambulancia en la que sumido en un vaciado estricto de la memoria, sólo podía responder a cada una de sus preguntas: Ruth, Ruth, Ruth.

(2007)

3 de enero, 5 años

 

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~ por juannicho en enero 2, 2012.

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