El que está confuso

 (2010/12)

Cuando aún no podía creerlo

 

Hans von Gersdorff

    Había pasado unos días con fiebre, pero aquella mañana me levanté con una decisión que no parecía compatible con la postración de esos días. Di unos pasos en varias direcciones sin entender muy bien lo que motivaba esa precipitación. Los míos siempre habían sido unos despertares laboriosos, tristes, enredados… Aquella prisa tan incierta como inusual por iniciar el día no se ajustaba a mi biografía.

   Tras un deambular errático por la casa aún en sombras llegué hasta la cocina, localicé el lavabo, pude entrever tras la solidez rayada de las persianas del comedor una especie de aventura luminosa. No me atrevía a pensar que algo andaba mal, pero lo cierto era que si cerraba los ojos ante el espejo del lavabo los abría ante el humo verdoso de mi taza de té; tocaba con los dedos los objetos de la mesa: la taza, las tostadas, el filo del cuchillo…; veía la pesadez del vidrio esmerilado sobre el patio interior y sin poder evitarlo volvía una vez más, casi como cada mañana, a preguntarme si esos recorridos oscuros sobre el cristal eran recortes de una sombra o las formas agotadas de un polvo escurridizo. Con los dedos atenazados en la falda del hule rojiblanco me levantaba para comprobarlo y el cristal era entonces el de mi cuarto, ofreciéndome sin tregua la misma porción de cemento marchito tras él; en mis manos apretaba los brazos de un jersey negro que no recordaba haber rescatado del armario. Tiraba con fuerza de las persianas y en el acto me caían encima los papeles que anoche mismo había guardado en el estante más inaccesible. Abría con inquietud unos grifos que parecían transformarse en el picaporte de la entrada, miraba en el descansillo la caída de los cuatro pisos, como hacía siempre al salir, para hallar ahí abajo un sol insultante y vigoroso que sustituía a la portería. Probaba un adiós en voz alta que era ya el inicio de un pensamiento.

   Así, con esta información privilegiada del desorden, me entregué a la calle. Si miraba fijamente el dibujo aureolado de gris de las baldosas de la acera no percibía de un modo continuo esos saltos en el tiempo que empezaba a vivir más como respingos en el alma que como incongruencias de lo real. De una flor a otra de la acera, recorría sin más contratiempos el espacio que me separaba de la parada de autobús. Sólo notaba los repentinos cambios de orientación de mi cuerpo así como la ligera presión del sol en mis mejillas si salía o entraba de repente en un instante de la calle protegido de la luz. A pesar de mantener una calma que no hubiera imaginado nunca, sentía latir la sangre como una amenaza permanente.

   Traté de aferrarme a una farola para detener ese temblor incesante de mi conciencia, esa apariencia de apagones que trastornaban mis movimientos, los brillos inexactos que no parecían proceder de reflejo alguno. Antes de abrir los ojos me dejé mecer unos minutos por un traqueteo amable que terminó en un brusco chirriar. Un hombre fornido me apartaba no sin delicadeza de su hombro al tiempo que algunas miradas se fijaban en mí, pasajero rendido a una implacable somnolencia.

   Si actuaba con orden no llegaría a perder los nervios. Sólo tenía que centrarme un poco y pensar, pensar, pensar en lo que me había llevado hasta este edificio casi inmaculadamente blanco y de una arquitectura decepcionante. A sus puertas diversos grupos de personas parecían compartir un empeño común, algo que los había llevado hasta esas instalaciones en las que deambulaban procurando no elevar la voz y no separarse demasiado, como si esos pasillos interminables y de una dolorosa blancura pudieran ofrecer alguna clase de peligro.

   Seguía a algunos de ellos pero cuando los alcanzaba al fin y se giraban para responderme ya no eran aquellos que me habían resultado familiares en un principio sino unos perfectos desconocidos que se dirigían hacia la salida con apresuramiento indisimulado.

   Sabía que no podía fumar pero una vaga y persistente evocación del humo me perseguía desde que entré. Eso y una luz que me recordaba a la mirada de mis seres más queridos cuando los atravesaba la calidez eternizada de los sueños. Me dejé llevar por el recuerdo acumulado en la memoria de mis pasos y avancé sin más resquemor que el de las cosas que ya nunca podrán ser modificadas y sin embargo no dejan de presentar nuevas enmiendas, súplicas amarillentas alrededor de una noria abotargada.

   Entré sin cruzar el umbral a una estancia que ofrecía de un modo concentrado todo el malestar de aquel edificio desangelado. Allí la vi, durante un tiempo aparentemente largo, inaccesible a saltos o interrupciones. Permanecía sentada en una especie de silla de ruedas de mármol, si es que eso es posible, y en cada uno de sus párpados cerrados podía leer una extraña letanía de versos. Aquello no tenía demasiado sentido, así que llamé a voces a algún empleado de aquel infame tanatorio para que pusiera las cosas en su sitio y me explicara las raíces de aquel desbarajuste. A todo aquello empecé a sentir un frío desmesurado, como no recuerdo haber ni tan siquiera imaginado nunca.

   Pero ya el empleado se marchaba de mi lado, farfullando las impertinencias que al parecer mis requisitorias le habían provocado. No había nada que hacer por ese lado así que me encerré de nuevo con ella, decidido a interrogarla por muy muerta que hubiera decidido presentarse a mis ojos aquella mañana.

   Seguía sentada y los versos iban siendo sustituidos por otros a medida que subían hacía la depresión orbital de sus ojos. Renuncié a leerlos porque no era ese el tipo de información que quería de ella. Por decirlo de alguna manera, no estaba allí para que me inundara de nuevo con esa lírica evasiva que utilizaba habitualmente para esquivar sus problemas. Esta vez quería que me explicara con toda la claridad posible los motivos que le habían llevado a ocupar este espacio infamante del tanatorio, el por qué había permitido que la muerte se apoderara de ella sin haber luchado ni tan siquiera un poquito, sin haber presentado una batalla que todo indicaba podía haber ganado con facilidad.

   No respondió a una sola de mis preguntas, no hizo gesto alguno que pudiera interpretar, no jugó con ninguna de las cartas que hasta ayer habían abultado sus reservas, no sostuvo mi mano.

   De vuelta a casa, agotado por los incesantes trompicones a que era sometida mi conciencia, recordé sin ningún placer las imágenes menos evanescentes de aquella sórdida excursión. Su corto pelo sometido a esos extraños hierros con los que fijaron su cuerpo para iniciar el descenso. Los sonidos como de multitud de insectos aturdidos que empezaron a llenar la habitación al activarse los mecanismos. La apertura de aquella espantosa trampilla que dejaba escapar un eco vibrante. La sombra que parecía bostezar sobre su cuerpo al hacerse con él. El vacío inaudito que siguió a ese procedimiento ignominioso de desaparición. El agujero profundo profundo profundo que empezó a abrirse en mi corazón y por el que caían desordenadas pilas de objetos. La mano que me empujó con indicios de compasión hasta la salida. El mismo autobús sonámbulo. La coloración dispersa de un día trastornado que ya filtraría en adelante los nutrientes vitales del sol, la luna y las estrellas.

   Al día siguiente la encontré en la cocina. Rascaba con insistencia un lugar del hule que le parecía contaminado por algún resto petrificado de tostada. Algo me decía que no debía mostrar demasiada extrañeza para que no se perdiera el hilo de aquello. Hasta los saltos bruscos en mi línea del tiempo parecían haberse detenido. Nada se movía en aquel cuarto que no fuera la uña decidida de ella tratando de restablecer un añejo equilibrio impoluto en el modesto reino del hule. Me moví lentamente a su alrededor, tratando de hallar los puntos que verificaran su transparencia, la falta de anclaje en el ámbito de mi cocina. Cuando el furibundo trabajo de la uña logró su objetivo ya no podía sostener mi incredulidad. Ella estaba allí, recompuesta tras un fulminante proceso de cremación y conversión en ceniza. Y ahora se disponía a hablar.

   -No me voy a marchar.

   -Pero…

   -No me voy a marchar.

   -Pero…

   -No me voy a marchar.

   -Pero…

   Cuando uno se acostumbra a admitir que su vida ha perdido el suficiente sentido y cuando uno ha leído bastantes cuentos en los que lo irreal compone el paisaje natural, pocas cosas pueden provocar sorpresa. De hecho, puede que lo que sí motive un moderado asombro es que a uno, sea quien sea, vivo o muerto, no le dejen acabar una frase. Casi ni empezarla. Tras desechar la sensiblería de que todo es disculpable a quien has visto descender a la fosa hace pocas horas, me acerqué a ella con una energía que desconocía en mí. Ya iba a tomarla con uno de esos abrazos que nos sirven doblemente para mostrar cariño y para acabar una conversación molesta cuando pareció ser recorrida por un espasmo eléctrico que la levantó de su asiento y la hizo gritar:

   -¡No! ¡No me toques!

   -Pero…

   -No debes, no puedes tocarme.

   -Pero…

   -No he venido a que me toques.

   -Pero…

   Y en ese momento ocurrió una cosa extraña: cerré los ojos y deseé que se fuera. Sí, la única persona que quería en este planeta y por cuya vuelta del otro mundo hubiera dado trozos sanguinolientos del mío. Deseé que no estuviera ahí. Lo deseé sin pensarlo, como cuando uno trata de recordar algo con mucha vehemencia y se da cuenta de que ese algo no ha ocurrido nunca.

   Así que ahí estaba de nuevo, esta vez mirando una silla vacía como si fuera la primera vez que la viera. Traté de ordenar los flecos de mi realidad sin mucha esperanza, pero con la certeza agobiante de que no podía hacer otra cosa y que más me valía hacer eso que ponerme a pensar más de cinco segundos seguidos. Corrí hacia la puerta y dejé que la ciudad me envolviera en convulsiones y empujones, ruidos y luces contra las llamadas constantes y angustiosas de mi corazón.

   Epilepsia. Había tenido algunos ataques no hace mucho y no conseguía tomar esa maldita medicación ni tan siquiera recordar dónde la había puesto. Cuando abría el pequeño bote blanquiazul mis dedos sostenían de golpe un cigarrillo, sin recordar aparentemente que hacía cuatro meses que había dejado de fumar. Cuando caminaba hacia mi cuarto sosteniendo la cabeza entre mis manos como un peso muerto me daba cuenta de que estaba llenando de arena el cubo de la gata que había visto caer por la ventana hacía no tanto. Si marcaba un número en el teléfono se encendían los canales de la televisión y cuando trataba de llorar sólo me encontraba con un gran bostezo. Quizá debiera superar ese recuerdo infausto de la asfixia y volver a fumar. A menudo me sorprendía pensando que el humo me ayudaba a concentrarme, a viajar a lomos de una pereza conductora de información, a encontrar en mis recuerdos un perdón o, por lo menos, una azulada idea de humana paciencia.

   Tendemos a creer que el tiempo lo cura todo, pero eso sólo ocurre en algunos casos, en ciertas personas programadas para activar semejante sanación en los momentos oportunos, cuando las luces de alarma sugieren que se termina el oxígeno en la nave y que hay que correr hacia la cápsula auxiliar. En esos seres funciona este mecanismo de crono-cura y cuando les miras a la cara parecen no sólo haber olvidado el motivo de su sufrimiento sino hasta su propio perfil y formato caracteriológico. Son otras personas, con nuevas hélices de ADN y dispares conexiones sinápticas. Pero en algún lugar de esos infiernos que creamos a placer y de los que nos desprendemos como escamosas pieles de serpiente hay una sonda emitiendo una llamada permanente, un bucle de precisa y detallada información reclamando ser procesada. Y esos vastos territorios del infortunio, de los que otros nunca llegan a salir, reclaman inmutables su predominio con una persistencia animal, mineral incluso, creando constantemente archivos nuevos de acrecentada luminosidad.

   Pero que no se diga que los humanos carecemos de recursos. A veces incluso encontramos el modo de reponernos tras lo que consideramos un golpe. Al principio de un modo lento y torpe, lleno de consignas de fracaso y llamadas a la deserción. Pero luego la cosa va cambiando y vemos que la zona que recibió ese golpe empieza a recuperarse, a dejar atrás el color hermoso y triste de los moratones. Los días se hacen más largos y en ellos parecen vislumbrarse nuevas posibilidades. Las voces se calman, desaparece ese tono agudo que cruza con rabia de un oído a otro, remite pausada pero minuciosamente el frío que se había apoderado de todo.

   Como si hubiera dejado atrás una colisión frontal o los espasmos nerviosos de un terremoto me hallé con todos los huesos quebrados pero caminando de un modo sincopado aunque decidido por las calles. No quería fijarme en los ojos de ningún paseante en concreto porque sabía que mi mirada no era capaz de posarse más de unos segundos en nada y de un modo vacilante sustituía unos melancólicos ojos de niña por los ya demenciados de un hombre perdido. No fijaba la mirada pero sí la dejaba vagar por espacios abiertos. Fue en uno de ellos donde volví a verla. En aquella ocasión salté de alegría y me acerqué a ella con los brazos abiertos.

   Estaba deslumbrante con su complexión huesuda enfundada en unos colores casi extravagantes. Pero lo que como tantas otras veces me acababa arrastrando a su órbita era esa mirada suya de date preso ante la que poco podían hacer los pasajeros apresurados. Debían hacer un alto y considerar si aquello era algo que los concernía tanto como el incremento del riego sanguíneo parecía sugerir.

   -¡Quieto!-. Estaba preciosa.

   -Pero…

   -¿Por qué me has echado?

   -Pero…

   -Antes.

   -Pero…

   -Puede que deba irme.

   -Pe…

   Allí sólo había una mancha de color que se dejaba atravesar por los transeúntes. Estaba convencido de haber oído su voz, pero ahora que me miraba las manos dudaba de cualquier cosa fuera de mis límites. Todos los seres tienen un aguante determinado y es posible que cuando éste se fuerza aparezcan distorsiones en la piel de lo real. Sí, eso debía ser. Al menos tenía a una anciana delante que movía la cabeza afirmativamente mientras buscaba algo en su bolso, quizá una moneda. Dije unas palabras que me sonaron extraordinariamente chillonas y salí a toda prisa de ese callejón solitario que daba a otro callejón solitario más miserable si cabe. Allí me agaché para recoger del suelo algo que brillaba y acabar descubriendo con pesar que el sol no se puede abarcar entre los dedos.

   Si hubiera llovido habría tenido puntos de referencia para llegar a casa: sonidos regulares como acentos siempre graves que repiquetearían mi camino como una senda dibujada. Si hubiera dormido más estos días no andaría preguntándome por qué el muñeco del semáforo se agarra la cabeza entre las manos y se pone en posición fetal. No me extrañaría que las calles pierdan unos grados de su vertical o que los ruidos de los coches sean una sinfonía gutural que late muy despacio. Si hubiera prestado más atención a los consejos de mis amigos habría utilizado el recurso al comodín en vez de la carta oscura de la huida hacia adelante. Ahora sólo escuchaba el crujir de la ruleta como si alguien tocara el xilófono en mis costillas. Por eso ni siquiera me asusté cuando el aire frío de la playa me frenó en mi caída para decirme:

   -Estoy embarazada-. Era ella de nuevo.

   -Pero…

   -¿Crees que no puedo estarlo?

   -Pero…

   -¿Porque estoy muerta?

   -Pero…

   -Quizá tengas razón.

   -Pero…

   -Pero estoy embarazada.

   -…

   No pude repetir la escuálida frase única de mi papel porque en efecto ella estaba embarazada. Llevaba un vestido azul que nunca le había visto, una especie de piel de ahogado simulando una prenda elegante y azul. Otra vez el decorado y yo con él dejamos de movernos. Ella había vuelto a pulsar el pause en mi desconcierto.

   Esta vez pude mirarla con detenimiento. A través de su vestido de algas podía ver una sombra moverse en el interior de su vientre. Lo hacía despacio y en todas direcciones. Había algo en esa imagen detenida que la rescataba de la derrota de su partida, algo que no sabría explicar pero que me llevaba a respirar más lento de nuevo. Una especie de final del sueño, cuando has sufrido y llorado tanto con él que ahora sólo quieres que te cuente su final y empiecen los títulos de crédito. Miraba su expresión ajena a mis recuerdos de ella, porque ella nunca fue feliz y ahora casi lo parecía. Nunca dejaría de verla confundida, nunca dejaría de confundirme.

   Dejaba su mano sobre la sombra de su vientre y esa especie de ardilla de humo negro empezaba a trepar por su brazo, su hombro, la ciudad imaginaria de sus huesos. Y así fue en un momento una explosión de ceniza.

   Ya no volví a verla, aunque sí escucho en ocasiones su voz. Me avisa cuando voy a tropezar, se avanza a las sorpresas del viento y la lluvia, me susurra frases incoherentes cuando quiere frenar el curso de mis pensamientos, me lleva a rincones en los que el silencio refleja su sonrisa. Cuando estoy confuso dejo que me tire de la manga mientras yo cierro los ojos. Ya me he acostumbrado. Sí, me ha nacido una nueva costumbre y no tengo ningún pero que añadir.

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~ por juannicho en enero 14, 2012.

2 comentarios to “El que está confuso”

  1. Hermoso, Juan, muy hermoso…

  2. Hermoso, desconcertante y certero. Abrazo.

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