Pérdida

Juan Camós

(¿1995? ¿1997? ¿Cómo acordarme de una cosa así?)

Grabados: Frans Masereel

Al Círculo Ecuestre Literario

   Estoy seguro de que lo he dejado por alguna parte.

   Al menos, eso es lo que recuerdo. Su imagen pasando de dedo en dedo como queriendo dejar en ellos, ay, un recuerdo de sus últimos instantes conmigo. No logro situar con claridad en mi memoria los momentos que precedieron al desastre y trato inútilmente, una y otra vez, de representarme la escena en toda su panorámica, con el despliegue de detalles que, en su minuciosa aparición, aclararan de una vez lo sucedido.

   Soy consciente de que estoy hablando muy rápido, enhebrando quizás frases más largas que largas son mis ideas, concentradas y encerradas en un solo punto, en un punto negro como la luna y confuso como la vida, en el que todo se fue al carajo y yo acabé perdiendo mi preciada posesión. Quisiera que este punto se abriera, se prestara a una incisión que multiplicara su esencia, para disponer así de una realidad más amplia, más asible, manipulable, y no este punto cetrino y por entero inaccesible que obliga a mi mente a girar sin pausa, enferma de girar, harta de girar, perpleja de tanto girar sin resultado alguno y con tanta tristeza acumulada.

   He rehecho mil veces el recorrido de aquella tarde, aciaga velada que me entregó a este desánimo: salí de mi casa, palpando alegre el pequeño bulto en mi bolsillo, enfilé la serie neutra de calles que dibujan la parrilla del Eixample, y me detuve ante el puesto de chucherías y extravagancias infantiles que año tras año me asombra en la plaza Cataluña y que me remite a un tiempo en el que alimentar palomas era una aventura formidable. (Más tarde supe de adultos municipales tendiendo redes y envenenando a las palomas para matarlas, por lo que dejé de creer en mi empresa nutricia.) Obvié el descenso por las Ramblas como quien reserva lo mejor para la vuelta, consciente de que la bajada por el Portal del Ángel me pondría lo suficientemente nervioso para disfrutar con más énfasis de mi inapreciable posesión. Con una decisión no exenta de valentía, atravesé las compactas filas de seres que trataban de obstaculizar mi avance hacia lo que siempre llamé el sur. (Desde niño decidí que un habitante de ciudad no tiene porqué someterse a los dictados formales de la brújula, por lo que el mar en Barcelona sería siempre el sur así como las miradas hacia el Tibidabo enfilaban el mismísimo norte y este y oeste marcaban sendos límites periféricos de la metrópoli; que en realidad esto no fuera así me importaba bien poco y las observaciones científicas al respecto no me impresionaban en absoluto.)

   Luego recordé que, prácticamente cada veinte metros de apretado recorrido, llevaba mi mano al bolsillo derecho en una especie de celebración de mi próxima sesión de soledad compartida. Inútil semejante recuerdo. No pudo evitar que una vez llegado a la Vía Layetana, cruzado semejante vía de desagüe automovilístico, e introducido en los callejones desertizados de Santa Caterina, pensara de repente que había olvidado algo, y ese pensamiento encendió más mis nervios, ya desgastados por el contacto con la urbe en la plenitud de sus facultades. Por supuesto, ratifiqué la presencia de mi tesoro, pero ahí quedó todo, ya no había nada más que hacer. El tiempo fue inflexible y me explicó a posteriori que ese fue el último contacto real con mi sueño destrozado, la última certeza, el postrer recuerdo inmarcesible en mi memoria, refractario a todo ataque del exterior. Por desgracia, los imponderables vienen siempre en auxilio de nuestra alegría, que se despliega irresponsablemente a nuestro alrededor, para ponerla en su sitio y acotar sus bríos excesivos.

   El motivo de mi estúpido viaje en compañía de mi bien no es importante. Es cierto que podría haberlo dejado en la calma tenebrosa y querida de mi hogar, hurtándolo así al pairo de la vida, pero no lo hice. Mil y un habitáculos se hallaban en mi hogar dispuestos a acogerlo; incluso lo habían hecho ya en anteriores ocasiones, con todos los pequeños y queridos bultos que habían precedido al bulto perdido. Cajas de música, huecos accesibles entre los libros, reversos, muñecos acogedores, escondrijos impensables protegidos por fotos estrafalarias o recuerdos de absurdas peripecias, da igual… Allí estaba segura mi mercancía. Y en mi bolsillo también, o al menos eso creía yo. En ello puse mis esperanzas y mis esperanzas se deshicieron bien pronto.

   Situado como estaba en la barra de un bar podía dejar pasar el tiempo con suavidad. Debía esperar a un amigo que se haría cargo de unos libros que me había pedido con cierta urgencia, por lo que la espera podía ser agradable. Y más contando con mi próxima aventura, que palpitaba en mi bolsillo diciéndome: ten paciencia, pronto seré tuya. La verdad es que yo, como un imbécil, descuidé su llamado y traté de paliar el tiempo que me separaba de ella bebiendo pequeños tragos y preparando el discurso que, irrisoriamente, endilgaría a mi amigo. Llegaba tarde , y eso me permitía un margen de acoso gratuito que no pensaba desaprovechar. No es que mi amigo fuera mala persona ni que mereciera mi ataque pero yo me sentía feliz y por lo tanto debía matar a alguien.

   Lo cierto es que a duras penas lograba matar el tiempo y mi amigo se desdibujaba en presencia y en ausencia. Ya ni lo esperaba ni sabía muy bien lo que estaba haciendo allí. El vermut casero de grifo contribuyó con toda seguridad al descalabro de mis intenciones. Nada pudieron hacer frente a él boquerones y aceitunas. En el vermut me refugiaba de la estupidez flagrante de las conversaciones, de los prejuicios insufribles que los barceloneses destilaban sobre los extranjeros y los drogadictos y de las cábalas sentidas sobre acontecimientos deportivos. En ese momento, mi bolsillo estaba triste y no sé cómo alivió su tristeza.

   Antes de explicaros lo que ya supondréis, cómo perdí mi dosis y cómo llegué a casa feliz por nada, con los libros de vuelta, y sin presentir mi desdicha, he de explicaros algo más. No confraternizo en modo alguno con los humanos pero puedo llegar a condescender, a tratar de un modo superficial con ellos. Nada impide que les dedique incluso mis mejores momentos. Supongo que es cuestión de oportunidad y de humores hipocráticos. El hecho es que el día de autos me encontró especialmente amable, tolerante hasta lo intolerable y, lo que es el colmo, hablador. Si hubiera recordado todas mis máximas con respecto a la vida y a los seres dominantes en ella, quizás no hubiera rebajado mis defensas hasta el extremo de hallarme fundamentalmente borracho y confundido, expuesto a todas las miserias del acontecer humano.

   Os quería explicar algo que puede tener cierta importancia en el esclarecimiento del caso. Acostumbro, aunque ahora deba remitirme a la forma pretérita, a guardar mis ambrosías en una cajita metálica de características ciertamente singulares: no más de cinco centímetros de plata oscurecida adoptando la forma inequívoca y deliciosa de un ataúd, en el que un generoso crucifijo adorna la parte superior, la tapa extraíble que da paso al contenido alquímico. (No será una información añadida el comentar que los interiores funerarios representan para la alquimia la cocina de la transformación o la metamorfosis definitiva de los elementos en algo más elevado y superior a todas luces que la mugre presente.) En mi caso, puedo declarar que los contenidos de mi ataúd metálico (forjado en la India y regalo de un alma querida), eran siempre instrumentos de la paz más absoluta, regalo de los dioses para lo accidentado de la vida. Así lo era en el caso que nos ocupaba, en el que había rellenado convenientemente mi féretro de bolsillo.

   Horas y horas pasé con él, absoluta e inconscientemente olvidado en mi bolsillo, mientras yo me entregaba a un ejercicio de inutilidad perceptiva en el bar en cuestión y sus aledaños. La nube me envolvió sin remedio hasta que me encontré en mi casa de nuevo como os dije, sabedor de haber pasado extraños, nebulosos momentos en diferentes segmentos del barrio, alguno de los cuales se me representaba vagamente sin los perfiles adecuados para entenderlo.

   Zona cero. El refugio de mi casa, tras unas imprescindibles horas de sueño, más aturdidas que disfrutadas, interrumpidas por dos inconvenientes llamadas telefónicas invitándome a mejorar mi inglés y a aceptar una inaceptable oferta de trabajo. La resaca no es tal pues cuento con el apoyo virtual de mi ataúd, que desde su distancia potencia los nutrientes perdidos por una noche estropeada. Me arreglo un poco, como se arreglan los soldados en el frente, sin exagerar el aseo pero cuidando el aderezo de la conciencia. Permanecer bien despierto, al abrigo de las balas.

   Ahora sí, ahora todo está dispuesto. Se hace, ya no placentero, sino necesario acceder a la botica. Has retrasado el momento tanto como has podido, has prolongado el placer para recibir una superior recompensa. Y entonces ocurre. La catástrofe. La hecatombe. El giro diabólico de las cosas, el torcimiento malsano de la realidad…

   No hay nada.

   No hay nada. Nada de nada. Y que no haya nada en esta circunstancia es peor que uno haya descubierto las verdades de Nagarjuna. El Vacío es demasiado presente, cruelmente plausible, material, dotado de garras e instrumentos de tortura, poseedor de una realidad absolutamente insoportable. No sólo el ansiado mecanismo de placer ha desaparecido, sino que con él ha volado su envoltorio, el querido ataúd metálico que tantos años había esperado a mi lado, casi pendiente de mis restos, como el memento mori de mi vida, el “morir debemos / ya lo sabemos” de los cartujos, la pacificación cotidiana del dolor de vivir, el anuncio del descanso… Todo lo que prometía día a día el relajamiento de las tensiones, había desaparecido.

   ¿Qué debía hacer? ¿Acaso clamar al cielo, gritar por mi desdicha, volverme medio loco y escenificar todo el aparato de una todavía inexistente adicción? Por supuesto que no, así que eso fue lo que exactamente hice, paso por paso. Quizás pensara que dando rienda suelta a mi desesperación conseguiría alguna cosa. Puede que no creyera nada en concreto, pero alguna ocupación debía dar a mis miembros exaltados por la debacle, excitados inútilmente por unas previsiones que no podrían ya cumplirse.

   Me derrumbé. Gasté tres melancólicas horas buscando en mi casa lo que en el planeta entero podía hallarse, ya que algo me decía que todo lo perdido lo es para siempre, sin remedio ni prórroga posible. San Antonio preside un altar ruinoso, en el que nada se mueve y donde sólo circulan fracasadas peticiones muertas.

   Aún así, y quien haya frecuentado el desespero lo sabrá, no hay nada más tétrico que la búsqueda repetida en los mismos sitios de la misma cosa perdida. Una y otra vez las manos y los ojos remueven el magma de objetos que ya han sido revisados mil veces, tratando de que la realidad se vuelque por una vez y se muestre diferente en el séptimo repaso que acometemos. Todo ello con la conciencia meridiana de que no ocurrirá, de que no hay nada que hacer. El bucle en el que se entra proporciona las mismas lineas de pensamiento: “sigue buscando donde es seguro que no hay nada”, porque la última alternativa, la resignación, se presenta como más dolorosa que la imbécil búsqueda de la nada. Acude a la mente el borracho de la historia que busca las llaves de casa bajo la farola y sólo bajo ella porque allí, declama, es donde hay luz… pero la historia no ayuda, no proporciona enseñanzas porque en nuestro caso no hay farola, no hay llaves y el borracho es ya tan sólo un triste ser resacoso que quisiera haber borrado un nefasto trozo de noche.

   Ya sólo queda una acción posible, acción que a duras penas promete nada pero que permite mantener la esperanza: rehacer el recorrido de la víspera, repetir esos torpes pasos que provocaron la ruina. Así que adelante, invirtamos el proceso, enrollemos el hilo tan inconscientemente devanado.

   Ya no nos espera nadie. No hay libro alguno que llevar y nuestra misión es clara y diáfana: recuperar la memoria. Semejante empeño, con un título tan elevado, tiene que dar resultado. Contamos con una cierta inercia que, a partir de los primeros pasos, nos lleve a buen puerto. Contamos, no obstante, con un aumento del nerviosismo en que la ausencia del objeto incide con virulencia. Es igual, no hay otro remedio y, por lo tanto, en él confiaremos.

   Recorridos ya los tramos que desembocan en las callejuelas de Santa Caterina empieza el todo o nada de nuestro viaje. Nada hay en nuestro bagaje que mantenga la esperanza, todo dibuja la más espantosa derrota. Aún así es lo único que podemos hacer y, qué demonios, lo haremos. (Repito mis intenciones para darme fuerza).

   Hay un contenido perverso en la esperanza, como todos sabemos, pero en la espera ansiosa del objeto perdido hay algo más, hay un gusto macabro por la locura, una especie de entrega apasionada a los peores cuadros alucinatorios. Se rinde uno, se amolda. El conjunto entero de la pacotilla urbana, si no su entero mobiliario, aparece deformado y cambiante, mostrando irregularmente las formas precisas de aquello que hemos perdido. De tal modo, no vemos por qué no va el verduzco monigote del semáforo a marcarnos una pista, por qué no resultan los detalles de la fuente un anuncio del hallazgo.

   En cualquier caso, yo no encontraba nada. Miraba embrutecido hacia todos lados, ventilando mi angustia, tratando de dar con el momento clave que situara mi ayer con algún fragmento físico de las calles. Era inútil, empezaba a sudar y a remover demasiadas papeleras. El triste desenlace que se avecinaba me provocaba náuseas, me hacía regurgitar los nervios del día. Emboqué como un loco los oscuros callejones, pasé frente al “Pío Lindo” que en su imperturbabilidad me pareció sospechoso, susurré, practiqué los conjuros adecuados… pero todo se confabulaba para dejarme inerme y rendido en el centro mismo de la Vía Layetana.

   No era suficiente que estuviéramos disfrutando del domingo: aún había demasiados humanos zumbando por la calle y siendo susceptibles acaparadores de mi bien. Podría decirse que llegué a Layetana para respirar un poco y darme fuerzas para proseguir la búsqueda. Pero de pronto, una segunda inquietud se fue amontonando sobre la primera y esencial. Un vago rumor se desprendía de las calles, casi desiertas en ese momento, tras tres horas infructuosas. Discordantes chirridos pusieron a prueba mis nervios, destilando la tensión que acumulaba, prometiendo romper algunas cuerdas. Tras un silencio ominoso, filas nutridas de seres se abrían paso por Layetana procedentes de algún callejón lateral, quizá de la Catedral misma. Infinidad de trompetas, silbatos y carracas se derramaban sobre mí, anunciándome cualquier cosa definitiva.

   No podía ser. Eran miles y venían hacia mí. Yo no les había llamado. Lo primero que pensé es que, como una plaga de langostas, arrasarían con el terreno que escondía mi semilla, lo devorarían todo, voraces y enajenados. Era la última oportunidad y debía aprovecharla. Reflexioné furibundo, forzando la víscera del recuerdo hasta el límite, dibujando la escena del pasado a través de la bruma y la borra.

   Y lo recordé. Sin más, lo recordé. Era el árbol. El triste árbol de la plaza esa que lleva a Sant Jaume y cuya misión es absorber los humos y pudrirse un poco más cada día, heroico entre escupitajos y emanaciones de carburo. Recordé de pronto haberlo abrazado, estúpida y sollozantemente la noche pasada, llamándolo quizá “mi hipócrita, mi igual, mi semejante”, superando todos los talleres caseros de abrazar árboles del “Día de la Tierra”, impregnándolo de efluvios emotivos y etílicos y haciéndolo, en fin, mudo testigo de una fase más de mi elaboración del ridículo. Era el punto oscuro que de pronto se desvelaba. Tenía que agarrarme a él como fuera. No debía importarme que el desagüe humano se acercase a mi árbol con aviesas intenciones. No distinguía bien la esencia del cortejo, pero en ese momento podían ser una masa de sindicalistas amarillos, una manifestación de policías o una procesión de desagravio a la Virgen, que a mí me daba exactamente igual: su nocividad era manifiesta y tremebunda.

   Eso sí, se trataba de lo que puede albergar en propiedad la amplia palabra “congregación”. Sí, eso era: una abusiva congregación de seres desfilando sin un fin claro pero con una determinación espantosa. Y es que yo me hallaba estrictamente en su camino, parapetado a duras penas tras un mísero arbolillo con el que creo recordar haber tenido algo que ver. Puede que cometiera la prosaica vulgaridad de abrazarlo, o puede que sólo me recostara a su vera buscando, si no su sombra, pobre, sí una compañía orgánica al monólogo que con toda probabilidad debía estar desarrollando en voz alta.

   También podía haber escogido al vegetal como centro de ínfimos rituales nocturnos en los que mejor es no pensar ahora, o aún como soporte de pobres necesidades fisiológicas. La cosa es que lo recordaba con insistencia y, dado que la urgencia se manifestaba, nunca mejor dicho, frente a mí, opté por obviar el acceso al recuerdo y sumirme en una desesperada búsqueda en el terreno. Los gritos que oía parecían jalearme a ello y una especie de bárbara charanga se perfilaba con claridad en la avenida. Los temblores acompañaban al sudor y a otros síntomas indeterminados que herían mis ya deteriorados sentidos.

   Me aventuré como un náufrago arribando a una isla al sórdido espacio que aquí no superaba los ochenta centímetros cuadrados, terreno triste y en el que proliferaban los chismes más esperpénticos y la materia orgánica más variada en sus más fétidas disposiciones. Con cierto disimulo, bastante desangelado por otra parte, removí el estercolero de mis esperanzas primero con la punta del pie y luego a base de bruscos manotazos. Todo parecía ya perdido, y ¿cómo explicaría yo a cien mil personas excitadas por su consenso y por la música el sentido de mis acciones? ¿Debería murmurar a uno tras otro con ojos extraviados mis endebles explicaciones, haciendo horribles votos de no hallarme a ningún conocido, a quien debía contarle que trataba de desenterrar un pequeño ataúd cargado de…?

   Pero no, no, la fatalidad no juega sus cartas a tan corto plazo, y sabido es que obtiene más placer de la tensión ante el desastre que del desastre mismo. Con ello contaba mientras oía los confusos coros de voces farfullando soniquetes. Ya no discernía si se trataba de una manifestación, de una fiesta popular o de un desfile militar. Cierto que me daba lo mismo, pero las implicaciones subsiguientes podían ser más o menos inquietantes según el caso. Sobre todo si encontrara mi esquivo tesoro porque, queridas y queridos amigos, eso fue lo que ocurrió.

   Pensaréis que la cosa resulta inverosímil, como barruntaba yo al inicio, pero la realidad del hallazgo se presentó con similar brutalidad al zarpazo de la pérdida.

   Allí había dejado postrado a mi pequeño y querido ataúd metálico, envuelto en inmundicias, semienterrado, nostálgicamente torcido, ofreciendo un pálido destello al beso sucio de la farola. Comprenderéis cuál fue mi reacción. No, no la comprenderíais de ningún modo, y es que mi cuerpo ya casi desarreglado, desequilibrado, ¡desestructurado!, sólo pudo iniciar el majestuoso ceremonial de una gorda, compacta y aliviadora lágrima. Sólo una, una tan sólo. Suficiente, sin embargo, para calibrar la importancia del momento, ordenar mis pensamientos y ejecutar las primeras providencias.

   Ante todo, ¿seguiría mi maltratado ataúd albergando su anterior contenido? ¿Debía quebrar de nuevo el frágil hilo de mi esperanza? Nada de eso, ni pensar en semejante posibilidad. Así que, dando infinitas gracias a la negligencia de los servicios de limpieza, que habían rechazado actuar en este rincón, considerado sin duda sagrado, territorio pútridamente virgen tan sólo a mí destinado y del que debía tomar posesión precisamente ahora, cuando ya las primeras trompetas cantaban una horrísona alabanza y los tambores que antes doblegaban mi ánimo fortalecían mi determinación, empecé a trabajar.

   No pude esperar. Me senté en uno de los bancos de la plaza y -sensación que todos deberíais probar-, dando la espalda olímpicamente a cien mil personas a la vez, inicié mi reencuentro con la sustancia que debía aplacar el continuado dolor de mis células estragadas.

   Os ahorraré el proceso que, nerviosamente, me llevó a situar la lámina brillante, el fuego sagrado y los demás adminículos del rito en la forma adecuada para producir su efecto.

   Sólo diré que sincronicé estos elementos de modo que di comienzo a una fase estremecedoramente convulsiva para mí. Pudo ser la frustración previa, el acumularse los desaires del destino, las torpezas, los broncos acontecimientos o la electricidad que toda concentración de humanos deja impregnada en el ambiente, pero el hecho es que mi cuerpo no asimiló de modo inmediato la sustancia y la tensión acumulada estalló en forma de remolino convulso de neuronas. De inmediato me puse en pie y, más aturdido que otra cosa, me dirigí hacia la calle, sin saber que ponía en práctica el mecanismo animal del miedo, que precipita la caída en el estímulo del que huye. En la boca del lobo. Como un héroe descomunal y grandioso, hice frente a la masa compacta que avanzaba como un sólo hombre por la avenida. Oía algunos gritos, música, risas incluso, pero sobre todo consignas coreadas por una multitud y que sin duda se referían a mí. Mi mente se crecía como último recurso al pisoteo por la horda, pero lo hacía de un modo desordenado, irracional, enhebrando unos pensamientos larguísimos que no cesaba de murmurar por lo bajini.

   Los primeros seres, la avanzadilla, pasaron a mi lado como heraldos casi transparentes del ejército informe y numeroso. Yo sólo podía proponerme seguir recto, decidido, firme en mi inconsciente enfrentamiento con el grueso del mundo. Era como internarse en un mar proceloso y poblado de mugrientas medusas. Los nervios eran las ruedas sobre los que mis engranajes se deslizaban. En cualquier momento empezaría a gritar, pero no con ellos, sino contra ellos, contra la masa innúmera de seres que se entremetían en mi camino, que se cruzaban con mi sagrado deseo de placidez. Necesitaba morir un poco, de amor, de cansancio, de desesperanza y mi ataúd reencontrado no me daba permiso desde su torre para despegar. Las caras no me miraban, se pegaban viscosamente a la mía, profiriendo gritos en el pabellón mismo de mi oído, impidiendo mi evasión, atando más corto los lazos que me ligaban a un mundo que me dolía. Gritaban, gritaban, gritaban, y no lograba entenderles. Había incluso niños que se arremolinaban a mi alrededor azuzando a los perros contra mí, estirando mi chaqueta, bisbiseando cancioncillas… Un hombre-bongo tuvo a bien acompañarme un segmento de la calle andando él hacia atrás y marcando con su horrible instrumento el eco de mis pasos, girándose de repente y lanzándome una siniestra serpentina. Sin darme cuenta, la cinta colorada quedó anclada en el cuello de mi chaqueta, desprendiéndose de mí un poco a cada paso, como el reguero de una sangre que me quemaba las entrañas. Me envolvió una pancarta, me persiguió un fotógrafo, atravesé la onda expansiva de un petardo, incluso alguien depositó una vela encendida en mi mano y una escalofriante visera de cartón sobre mi cabeza. Efecto este último que hubiera podido acabar conmigo si no hubiera ido acompañado por el inconfundible sabor amargo descendiendo por mi garganta. ¡Podía ser que todo aquello terminara, que el mundo se conformara en una pequeña bola de masa y echara a volar frente a mis narices! Sólo era el sabor, el eco, el amago intenso de la sustancia pero podía querer decir que se acercaba el efecto anhelado, el apagado general de luces, el cambio horario, las noches blancas, el calendario de invierno, la niebla borisvianiana, la lluvia, la brisa, las palabras susurradas, el silencio, la música de las plantas, el color matizado, la cálida expresión, el envoltorio de las nubes, la leve presión vibratoria en los ojos, los sueños azules, la ligera picazón, el espasmo que abre la puerta con un soplido, la duermevela…

   Mas el ritmo de la humanidad era incesante; si seguía así podía quedar engullido por él, absorbido como un bolo alimenticio, engullido como una proclama más, deglutido en las reivindicaciones, asimilado en los sones festivos de la marcha, perdido para siempre el imprescindible efecto de la droga. Sabía que si este infierno continuaba hasta yo empezaría a cantar, a gritar, a sufrir de nuevo por las cosas que desdichadamente disponen de terminaciones nerviosas. Acabaría elaborando mi propia pancarta, inmensa, interminable, como lo es la vida, con un solo grito que retratara el horror de la vida, el incesante descalabro de las cosas.

   La gente evolucionaba ahora a mi lado como peces que flotan por la corriente, que rozan la orilla mareados hasta hallarse de nuevo frente a mí, embarcación a la deriva con los nervios de punta como fatídica bandera.

   Pero amigos, amigas, no se diga que nuestra espera no tenga jamás un fruto que ralentice al fracaso. Desde mi cubierta alguien lanzó el ancla. Había de pronto, si no descubierto, sí intuido la tierra y a ella no quería dirigirme, sino siquiera observarla, presentirla, desearla con todas mis fuerzas. Había por fin pescado el pececillo de mis deseos, el ser acuático que me libraría de los tubérculos humanos, el juego submarino que liberaba las compuertas del placer.

   Aquí me quedaba, amarrado a lo que se me venía encima, que me abstraería de una vida que sabría esperar, que tomaría otras formas mientras yo dormía.

   Detenido como estaba en pleno centro de la calle, dejaba pasar todas las sensaciones a fin de vaciarme por completo, de limpiar la multitud de histéricos colapsos que me estaban oprimiendo.

   Quieto y a la expectativa, veía pasar las columnas, las hileras, las rayas, las figuras… Cerraba los ojos y esperaba el suceso. Trazaba en mí las espirales del gozo. Los seres se definen con dificultad. El ruido pierde desenvoltura.

   Empiezo a perder rigidez. Son cien mil contra uno. Es uno contra uno. No es nada. No es nada. No es nada.

   Empiezo a soñar contigo. Empiezo a perder mi alma. Empiezo a morir. Empiezo.

   Ya.

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~ por juannicho en enero 24, 2012.

Una respuesta to “Pérdida”

  1. Qué momentos… ¿Es posible que recuerde haber leído ya esta crónica? O quizá el recuerdo sea solo la evocación de visicitudes similares…

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