Fragmento de un momento en que Ruth bebe un zumo y yo me pierdo en una casa

 

Fotos: Fanny Lichtenstein

(2006)

 

 

Hay momentos en que te das cuenta de que todo, absolutamente todo, es perfecto. La certeza va llegando a un ritmo en apariencia ceremonioso. Primero te tantea las tibias con un palito de madera, casi jugando, y en un instante fabuloso que recordarás para siempre como una epifanía o revelación, se apoderará de la parte sana que aún actúa en tu conciencia. Sonríes. Observas. Sonríes de nuevo y tratas de prolongar ese momento perfecto que Fausto esperaba encontrar UNA vez en su vida al menos, ¡y dar por él su alma!, y que tú en cambio has descubierto se agazapa en múltiples formas, en las más inesperadas configuraciones. No quieres pensar entonces en toda la brutalidad que ha ensombrecido tus pasos previos, en la agónica indiferencia que te había sumido en tantos y tantos pantanos de tristeza.

Fue un día en que acompañé a Ruth a su casa. Miré durante un tiempo la puerta del edificio, una casa okupada que ya no existe, antes de decidirme a entrar. Quería leer todas las frases que ella o sus compañeros de hogar habían escrito en la madera. Me quedé con la que iba a orientar la pista de ese momento perfecto y tremendo que me esperaba: “Quien traspase esta puerta que pierda toda esperanza”. A estas alturas de mi vida Dante ya no me iba a acojonar. Entré con una alegría contenida y tras ser presentado y compartir conversación y refrigerio con sus habitantes, me perdí discretamente por las habitaciones inutilizadas de la casa, por aquellos montones de ruina y cascotes que habían aplastado crueles los pequeños espacios que los humanos soñaron un tiempo. Allí empezó mi perfecto y doloroso momento.

   En una habitación ni grande ni pequeña pero oscurecida por la tapiada ventana y hundida en profundas capas de polvo y tierra, en ese cuarto apartado de la configuración central de la casa, creí percibir algo importante. Miraba de cuclillas hacia todas partes sin atreverme a levantar las losas con que el tiempo había condenado a aquella gente antigua. Al fin lo hice, delicada y firmemente. Levantaba fragmentos de ladrillos y trozos ferruginosos que formaban cómodas telarañas opacas sobre las cosas. Retiraba escombros como quien separa con un bisturí el tembloroso desfiladero de la carne. Y allí empezaron a temblarme las piernas. Un muñeco semidestripado me enseñaba una mueca horrorosa y nociva, señalando cansinamente la aplastada caverna de su vientre. Allí guardaba unos caramelos que yo recordaba haber tomado hace ya muchos años y que atestiguaban muchas cosas: la precipitada marcha de allí, el dolor repentino, la pérdida de cualquier inocencia. Fue saborear uno de esos caramelos y dirigirme como un sonámbulo hacia los puntos necesarios de aquel cuarto. Juguetes, cintas de una música imposible y horrenda, cachivaches destruidos y lazos, muchos lazos de colores desvaídos. Niñas las hay por todas partes, ya lo sé, pero no todas dejan ese rastro. Pasé más de una hora rescatando descalabrados restos de su historia, la historia de una niña sin rostro, casi ajena, despreocupada hasta en el colapso, de rasgos más difíciles que (…)

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~ por juannicho en enero 26, 2012.

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