¡Aquí no se suicida nadie! (¿Por qué iban a hacerlo?)

   “Esas cosas pasaban, pero el 1º de febrero de 2005 era un martes como tantos en Buenos Aires y los diarios no hablaban de Las Heras.

   Entonces llegó un correo electrónico de Rulo, el dueño de FM Divina, que decía “Espero que estés bien, pero acá comenzó nuevamente el infierno. El domingo se ahorcó otro pibe de 23. Ojalá no siga como aquel año”. A las siete de la mañana del domingo 30 de enero de 2005  se había ahorcado Walter Fabián Cayumil de 23 años, obrero de la empresa Pride, colgándose del tanque de agua del colegio número 53, un día antes de tomar el ómnibus que iba a llevarlo a Cosquín Rock, viaje por el que había pagado 500 pesos.

   Cuatro días después, el jueves 3 de febrero de 2005, otro correo de Rulo decía que a las ocho de la mañana, a los 82 años, se había ahorcado un antiguo vecino de Las Heras, de nombre Raúl, de apellido Moye.

   Cinco días más tarde, el 8 de febrero, Rulo avisaba que, de idéntica manera, se había matado Pedro Parada, un hombre de 62.

   Pero ahora, en Buenos Aires los diarios finalmente hablaban de suicidios: de nueve asfixiados con gas carbónico que el sábado 5 de febrero de 2005 habían sido encontrados en una hacienda de Hihashi Izu, cien kilómetros al sudoeste de Tokio, Japón.

   Nada decían de los muertos del Sur.”

(Leila Guerriero, Los suicidas del fin del mundo)

 Sí, ¿por qué debía interesarse la capital por la ristra de suicidios que desde unos años atrás venían ocurriendo en una localidad petrolera perdida en las ventosas extensiones de la Patagonia argentina? Puede que alguien se viera tentado de leerlo como simple despreocupación capitalina por todo lo acontecido en provincias. Y en parte es así. Pero no exclusivamente. De hecho, las repercusiones de los vaivenes laborales sobre el petróleo sí que tenían un vago eco en la prensa, pero…

   Como Leila Guerriero, en el final de su fabulosa crónica, nos indica: no se habló de la desmesurada sucesión de automuertes concentrándose en un punto del país, pero sí de algunas otras acaecidas en lejanos y exóticos paisajes; muertes menos numerosas  y brutales pero a resguardo del contagio moral o de la infección que parece ser podrían provocar estos sucesos más cercanos, casi domésticos. Es decir, no importa el hecho de que ocurran, lo en verdad fundamental es que no trasciendan.

   Como si negando la realidad de unos sucesos, estos dejaran de existir en la tela del tiempo, en el devenir de los sucesos que sí tienen derecho a la historia. O puede que no se quisiera hbalar de algo a lo que no puede hallarse una explicación plausible, por lo que mejor es correr un tupido velo: actitud que resultaría demasiado antiprofesional y cobarde para ser cierta. O quizá alguien haya sugerido en los consejos de redacción esa mezquina y absurda recomendación de no mencionar la palabra suicidio por mor de no estimular en los lectores tal acto, como si se siguiera tal doctrina con hechos más nocivos como las agresiones y los asesinatos. O, quién sabe, haya a quien le moleste que en una democracia desarrollada (más o menos) tantos ciudadanos consideren su inserción en ella como algo abiertamente insoportable. Nos pararemos un momento en este punto.

   Existe una película demoledora sobre la vida en la antigua Alemania del Este, en los estertores del régimen del comunismo burocrático, en la que damos con una versión de esta misma inquietud de los poderes con respecto al suicidio. La trama gira alrededor de un artículo que un autor (antes venerado por el régimen) decide escribir sobre la ocultación de los suicidios en el país y publicarlo en el otro lado del Muro. Así lo hace, con gran escándalo propagandístico en contra de las penosas condiciones de vida en el Este.

   “Sobre alguien que se fue al otro lado. El Departamento de Estadística lo cuenta todo, lo sabe todo: cuántos zapatos me compro al año (2’3), cuántos libros leo al años (3’2) y cuántos alumnos aprueban secundaria con sobresaliente al año (6.347). Pero hay una cosa que no cuentan, porque incluso a los burócratas les resulta dolorosa: los suicidios. Si llamas para preguntar a cuánta gente en todo el país la desesperación llevó al suicidio, nuestro oráculo calla y probablemente anote tu nombre y apellidos para la Seguridad del Estado. Esos hombres grises que en nuestro país salvaguardan la seguridad y la felicidad. En 1977 nuestro país dejó de contar las muertes por suicidio. Los llamaron autoasesinatos. Pero no son en absoluto asesinatos. No tienen que ver con el gusto por la sangre ni con la pasión desatada, sino con la muerte: la muerte de toda esperanza. Cuando dejamos de contar hace nueve años, sólo había un país en Europa con mayor índice de suicidios: Hungría. Detrás íbamos nosotros, la tierra del socialismo real. Uno de los no contabilizados es el gran Albert Jascka, el gran director. De él quiero hablar hoy.”

   Pero como vemos ahora en Argentina, este pánico oficial a enfrentar el tema del suicidio (que se revela en los casi nulos intentos de crear programas de prevención o estudio en torno a él), es algo generalizado en los diferentes sistemas de las contemporaneidad. Y debo decir que cuanto más avanza la tendencia hacia el autoritarismo en cualquier forma de gobierno, incluida la democracia, más se difumina la información prestada acerca del suicidio.

   ¿Qué ocurre, por ejemplo, en España? Si buscamos en el INE (Instituto Nacional de Estadística), nos encontramos con la siguiente y sorprendente información:

   “La Estadística de suicidio se ha realizado ininterrumpidamente desde 1906 hasta 2006. Con periodicidad anual, ha recogido información tanto de los suicidios consumados como de las tentativas, estudiando el acto del suicidio con todas las circunstancias de tipo social que puedan tener interés.

   Desde 2007, siguiendo los estándares internacionales en la materia, se ha adoptado la decisión de suprimir los boletines del suicidio, y obtener la información estadística relativa al suicidio a partir de la información que ofrece el boletín de defunción judicial que se utiliza para la Estadística de Defunciones según la Causa de Muerte.”

   ¿Estándares internacionales en la materia? O sea que, tras cien años de exhaustivo recuento se decide suprimir ese trabajo por las buenas. ¿Será que la tendencia es demasiado visible hacia el alza de los suicidios? ¿Será que es mucho mejor camuflar estos hechos entre una lista de 12.000 enfermedades que incluyen desde el Acné y la Caries hasta la Infelicidad o la Conducta Extraña? ¿Será que no nos interesa que se cuestione el orden social a través de esta en apariencia inconsciente muestra de rechazo a la forma en que vivimos? ¿Alguien ha olvidado que la revuelta en Túnez empezó con un suicidio?

Prefiero no verlo (¿no saberlo?)

   No es de recibo que si los suicidios aumentan y se complejizan con el tiempo la respuesta no debe ser la de suprimir estudios y esfuerzos sino todo lo contrario, profundizar en esa innegable realidad y buscar los vectores que originan o siquiera facilitan ese salto al vacío de tantos y tantos conciudadanos nuestros. Porque cuanto más se difuminan en listas y clasificaciones absurdas, menos personas parecen ya, menos seres que han sufrido hasta la extenuación y el colapso.

   Cada suicidio responde a un misterio complejísimo pero que sin embargo se puede dibujar en unos trazos reconocibles y estos sí que se pueden abordar y extraer de ellos las imprescindibles enseñanzas para la vida. Puede que en más de un momento nos perdamos en ellos y el viento se quiera llevar nuestra cordura, pero tarde o temprano hallaremos más de una conclusión que podría modificar la mismísima realidad de todos los que siguen y seguimos vivos todavía.

   “Había escuchado tantas teorías para explicarlo todo.

   Porque sí, porque no había nada para hacer, porque estaban aburridos, porque no se llevaban bien con sus padres, porque no tenían padres o porque tenían demasiados, porque les pegaban, porque los hacían abortar, porque tomaban tanto alcohol y tantas drogas, porque les habían hecho un daño, porque salían de noche, porque robaban, porque salían con mujeres, porque salían con mujeres de la noche, porque tenían traumas de infancia, traumas de adolescencia, traumas de primera juventud, porque hubieran querido nacer en otro lado, porque no los dejaban ver al padre, porque la madre los había abandonado, porque hubieran preferido que la madre los hubiera abandonado, porque los habían violado, porque eran solteros, porque tenían amores pero desgraciados, porque habían dejado de ir a misa, porque eran católicos, satánicos, evangelistas, aficionados al dibujo, punks, sentimentales, raros, estudiosos, coquetos, vagos, petroleros, porque tenían problemas, porque no los tenían en absoluto.

   Teorías. Y las cosas, que se empeñaban en no tener respuesta.

   Escuché un estruendo en la calle y supe que el viento había empezado otra vez.”

(Leila Guerriero, Los suicidas del fin del mundo)

   Pues eso. Si descubrimos que en un régimen abiertamente autoritario (no ocurría sólo en la RDA) existía ese pánico inmenso a la transparencia sobre el suicidio y lo comparamos con la creciente ocultación de esa realidad en las sociedades aparentemente democráticas, sólo podremos concluir que el suicidio, aparte de un sueño negro de dolor, es una bofetada en la cara para los poderes que ignoran a sus ciudadanos porque ya son dos cosas muy distintas, ya conforman un mundo separado de la misma humanidad. Quien domina la situación no quiere que un hecho incontestable y ajeno a la mentira como un suicidio ponga en tela de juicio las bondades inmejorables de su sistema.

   No os creáis nada. Si no hubiera tantos seres humanos obstaculizando por su propio interés el avance y la evolución de los demás y del planeta, no necesitaríamos ya las estadísticas sobre el suicidio porque los que aún ocurrieran nos hablarían con nitidez y limpieza de la misma vida y no del horror de existir en un mundo miserable y a la medida de unos pocos.

 

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~ por juannicho en enero 28, 2012.

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