Frío todo el año

(1994)

   “¿Qué crimen contra mí mismo con mi propia mano he cometido?” (Paul Valéry)

   “O somos parte del problema o lo somos de la solución. Entre medio no hay nada.” (Ulrike Meinhof)

 

     Érase una vez un hombre que tenia la piel tan fría, tan fría, que las mujeres sólo le amaban en verano.

   En vano trataba de lograr que de su piel surgiera un cálido y reconfortante hilo de humo, frotando y frotando con desesperada fruición sus azulados y gélidos trechos. Suspiraba desolado tras el infructuoso esfuerzo y era entonces que sí, el humo echaba a correr por su boca, desbocado, cristalino, inocente… pero era el humo del hielo, el aire escondido en los entresijos de su incomprensible congelamiento.

   En esos momentos caía en el desánimo. Se aferraba a un estremecedor pero suave sentimiento de entrega, de algo parecido a la rendición, pero que conservaba aún los atributos de la vida. Caía, es cierto. Se dejaba llevar por una escala incontenible de grades descendentes que le conducían sin moverse a un estado casi irreal, más placentario que placentero, y en el que sus mejores sueños, sus reiteradas entradas en el atolondramiento de la noche tomaban colores rojizos, crepusculares, cercanos a la brisa de un ya, al parecer, olvidado verano.

   Soñaba. Soñaba dulcemente. Amansado por unas ondas lentas y circulares que le transportaban a otros paisajes posibles, a otros mundos en los que no había lugar para el frío, para esa aterida quietud, persistente condena que le apartaba de la gente.

   Pero lo cierto era que él estaba frío. Dormido o despierto, eso era innegable. Tan frío como el mármol de una lápida o de unas palabras indeseables, y no acertaba a entender por qué semejante rigidez, tan severa y crujiente, debía recubrir un corazón en el que él nunca dejó de creer, y en el que de una manera ciega pero desesperada seguía confiando.

   Así que se hartó. Desenchufó la estufa. Cortó el gas. Guardó furioso las mantas en el altillo del ropero y decidió enfrentar a la brava ese invierno que llegaba y del que las gentes hablaban con inquieta zozobra. Y lo hizo de un modo franco, valiente, casi suicida. En todo caso, temerario. Pero él aguantaría.

   Y es que había que acabar con esto. Las cosas habían llegado a un punto insostenible y algo le decía que, abriéndole las puertas al vendaval que le paralizaba, daría con el centro del frío, con el punto débil, con el hechizo que explicaría todo ese horror congelado que Dante situaba con justeza en el centro mismo del infierno.

   Contaba para ello tan sólo con esa maltrecha confianza que una parte irreductible de su ser mantenía a toda costa, sosteniéndole casi cruelmente frente a los susurros afilados del desánimo. Pero ya no permitiría de ninguna de las maneras que aquello que un día llegó a enunciar como su fatal destino, tratara de presidir los fastos de su vida, por mediocres que estos fueran y por absurdos que pudieran parecer.

   Pensaba, y es forzoso indicar que no iba errado en el filo de sus argumentaciones, que si tipos como Prometeo, Tántalo, Sísifo y tantos otros que ahora se le escapaban, habían sufrido castigos tan atroces como estúpidos por acciones y empeños guiados por el ansia de conocimiento y de libertad, el pecado o craso error en el que él se estaba debatiendo podía encontrar en esas trágicas historias algún indicio de enseñanza. Se decía que si bien el castigo que reciben de diario los mortales, siempre como algo añadido a la primera condena de la muerte, era no obstante algo seriado, colectivo, estandarizado en pétreas leyes intratables, el castigo de aquellos seres sobrehumanos que a su mente acudían excedía con mucho la ignominia anónima del Derecho.

   Era absolutamente innegable que esas apocalípticas condenas (buitres desgarradores de entrañas, sed eterna junto al agua inalcanzable, piedras que caen interminablemente…) rebasaban con creces el peso de la transgresión previa. Quizás ello fuera una muestra de grandeza por parte del tipo juzgado, o serían únicamente los latidos desatados de un sadismo fuera de órbita… Él decidió aferrarse a la primera opción, que se le hacía más amable a medida que la manipulaba con sus manos recubiertas del hollín del frío. El suyo, ese hielo recalcitrante y tiritón en su piel, era un castigo mitológico, y esa misma exclusividad le otorgaba un tinte de extraña gloria. Decidió que había quebrado algún incomprensible y cruel orden ajeno, por lo que el soplo constante del frío no era sino su implacable condena. Tal fatídico diagnóstico no le produjo pesar, sino una desatada, por inesperada, agitación.

   Muchas fueron las imágenes que cruzaron sus hielos y al fin, los reflejos punzantes comenzaron a cegarle. Trató de sostenerse; supo, como se sabe en los sueños, que no debía entregarse por entero a lo que en forma de un ya entrañable delirio le transportaba en volandas de un confín a otro confín. Supo que se abrían pequeñas trampas en los bloques helados establecidos en su sangre. Supo que exhalaba las porciones centrales de su hálito. Supo al fin que podía caer más de lo que él imaginaba y que por tanto debía protegerse si no quería perecer del todo.

   Se había entregado al frío, se había dejado llevar por él para conocer sus lindes, y ahora el frío le envolvía, lo engatusaba, hacía de él un niño ciego sobre el brocal de un pozo.

   Tuvo miedo, pero no por ello deshizo su quietud, su quietud ofrecida al viento y a las uñas del agua. Pensó, o más bien sintió, al placer como a un viejo amigo perdido desde hacía ya tiempo y con el que un turbulento asunto de aparentes traiciones había dejado establecida una red infinita de grietas.

   He buscado el placer y he topado con el frío. He dejado que una ingrata cadena me pulsara las venas y al hacerlo, todo se ha apagado. He vivido en el hielo por miedo a la vida móvil. El frío que me resquebrajaba era una mentira.

   Tras éste y otras hileras de pensamientos enhebrados como cubitos, sintió cómo se le encendía la sangre, provocando pequeños incendios esporádicos que derivaron en una terrible hoguera en la que, de no haber conservado los frutos más trágicos de su frío pretérito, se habría consumido del todo. En cualquier caso, ahora, su piel, en ocasiones, arde.

 

Anuncios

~ por juannicho en febrero 14, 2012.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: