El crimen perfecto

 

“Veo el río oscuro/ y una hoja muerta./ Agítate, grita, llora./ Tu padre está fuera.”

(Luis Pimentel)

 

Juan Camós

1999

Fotografías: Francesca Woodman

 

   No, nunca quise tener a este niño. Me da miedo. Desde que supe que iba a nacer, que mi cuerpo había colaborado en la inmundicia de su gestación, no he dormido tranquilo. Creo que no he dormido de ningún modo, ya que esas pocas horas espesas que paso barruntando y gimiendo a la noche no pueden llamarse sueño. Desde entonces, y cada noche, la misma sensación insoportable. No bien he conciliado el sueño, las cosas comienzan a elevarse de su pesadez de objetos reales y empieza a formarse el grito. Al principio es un gruñido, tan sólo un gutural susurro, pero con la caída lenta en la oscuridad más absoluta se va elevando, se convierte poco a poco en un grito informe y angustioso, para acabar invariablemente en el estruendo terrible, en ese aullido estremecedor que sin embargo no me hace despertar, sino que me ata a la cama, los músculos tensos, los miembros rígidos, la sangre martilleando las sienes… Es como si acuchillaran a alguien, pero larga y morosamente, con delectación. Esto dura, si es que es posible ordenar el tiempo en el sueño, algo más de media hora. Durante ese tiempo, he podido entregarme a la disección del grito, a su estructuración en niveles melódicos, a una valoración decibélica precisa, a tratar de memorizar su estructura pues nunca es exactamente el mismo, lo que hace que la mitad de mi vida la pase enganchado a un idéntico pero diferenciado grito inhumano. Bueno, no del todo inhumano, o así he acabado concluyendo, ya que en él me reconozco de algún modo, a través de su textura creo reconocer sonidos, fragmentos emocionales que me son propios. Y es que, y esto es lo más terrible, ahora sé que el repetido castigo a que me veía sometido cada noche… procedía de él, de esa criatura todavía informe que estaba siendo violentamente arrancada, por mi culpa, al plácido imperio de la nada. Esos eran los gritos de su no-existencia, que se desgarraba como un pueblo recibiendo la furiosa lava de un volcán, como un alud, una trepanación, una explosión cósmica, un cuchillo abriendo las vísceras vivas de la víctima. Yo lo sabía.

   Lo sabía por múltiples motivos que me anunciaban la catástrofe, me advertían de lo que se avecinaba, reían por mi desgracia al tiempo que impedían a mis ojos cerrarse a ella. No era el aterrador aullido lo último que me deparaban mis noches hasta hoy. Tras un in crescendo inaudito, se hacía el silencio en el magma de sudor de mi pesadilla. El eco del grito, con una duración estudiada para provocar el efecto más devastador, se prolongaba inquietante en la negrura, dejando tras de sí las ruinas roncas de las voces, el silencio que avanzaba. Este silencio, afilado como pocas cosas haya yo percibido en mis estados de vigilia, me obligaba a pensar, a recordar de nuevo la realidad del niño cada vez más cercana.

   No sé si mis pensamientos provocaban la segunda parte del sueño o si era ésta la que acudía presurosa al llamado patético del grito, trotando desde los últimos infiernos de mi alma. Daba lo mismo. Ahí estaba, con la misma cualidad mutable en la rigidez, al estilo de una variación de jazz sobre el tema central, todo el despliegue protagonista del grueso de mis horrores nocturnos.

   Veía, sin límite alguno que propiciara mi despertar, las más repugnantes formas de vida evolucionar a mi alrededor, como si me hallara en un centro móvil que distribuyera su atención por igual. Los seres no eran entes determinados, conformados de un modo preciso, sino que alteraban su sustancia constantemente, a veces tras rozar una piel mía que me sorprendía hallar tan sensible en el sueño. Tacto viscoso y un persistente olor a requesón, que se juntaba agrio con un murmullo constante, como de enjambre de insectos. Yo sabía que esos seres eran un solo ser, que componían una vida que se estaba formando a expensas del vacío, y que era mi hijo quien me acusaba de infringirle semejante tormento. Le veía sufrir, crearse unos órganos a partir de tejidos extraños, diferenciarse poco a poco entre desgarros y hemorragias. A veces su contacto conmigo generaba un revuelo brutal en las formas flotantes y yo sentía como si hubiera presionado algún centro neurálgico expuesto a todo el dolor posible.

   Sí, al final me derrumbaba dentro de mi propia escena onírica. La representación se apagaba o bien era yo quien me rendía, el caso es que dormía sin sueño alguno, como dentro de un pantano legamoso, todo el resto de la noche. Que nunca era mucho.

   Así ocurrió durante los primeros meses de embarazo. Cada vez me resultaba más difícil ver a mi mujer y, por descontado, tocarla. Sentía una especie de calambre cuando me acercaba a ella y al dormir en la misma cama, no podía evitar el sentirme observado, juzgado por una tercera presencia que evaluaba negativamente mi vida.

   Aquello me estaba envenenando, era imposible continuar con una normalidad que yo veía inflarse de modo maligno hasta el colapso. El día que fui invitado a palpar los movimientos del ser oculto me levanté sin expresión alguna, tranquilo, y decidido me encaminé al lavabo donde vomité largamente, triunfalmente, alejando con mis restos viscosos parte de la angustia que me habitaba. En cada explosión extractora expulsaba segmentos deformes de mis sueños, tiras enteras de seres malolientes y humeantes que me habían poseído durante las noches. Yo sabía que podía renegar de mi hijo, que aún no había nacido y que mi vómito liberador no era sino un símbolo brutal del aborto que desesperadamente deseaba para él. Sabía que ansiaba regresar a la nada, que aún no había podido tomarle apego a una existencia que se basa en el miedo a la muerte, que aún no podía haber dejado de soñar con el bendito destino de lo inorgánico. Pero no estaba en mi mano favorecer este tránsito de vuelta que mi próximo hijo pedía a gritos, como yo creía.

   O mis sueños se equivocaban o yo estaba contribuyendo malsanamente a crear una porción de dolor y angustia que podía llegar a ser infinita con el tiempo y que, de todos modos, acabaría en la muerte.

   Llegó el parto. Me encontró en el mismo hospital pero ingresado en otra planta. La visión de mi mujer poseedora de semejante globo interno bastó para que me deslizara junto a mis pesadillas hacia una intensa, preclara y creciente crisis nerviosa. Traté de que los médicos me mantuvieran sedado el máximo de tiempo, pues el sueño hipnótico de las pastillas puede llegar a alejar las figuraciones maléficas del sueño. Quise permanecer lo más drogado posible durante todo el proceso del nacimiento, del que no quise ser informado en modo alguno. Aún así, que no se diga que la burocracia, auxiliada en este caso por la informática, contribuye a deshumanizar y dispersar a los humanos. En este caso, y para mayor infortunio mío, los desvelos de una enfermera que contrastó mi apellido y el de mi mujer, fundidos triunfalmente en la cosa recién nacida, llevaron a que ambos enfermos, ¡la vida es una enfermedad!, fuéramos condenados a encontrarnos. Dicho y hecho.

   Aprovechando el sopor en el que placenteramente se diluía mi conciencia, fui transportado jocosamente hasta la habitación de mi mujer. Conociéndome bien ella, permanecía algo inquieta y precavida contra mis posibles reacciones. El despertar fue molesto, parecía que algo me arrastrara a él, quizá un olor o un sonido desagradables. Ya estaba. Poco pude colegir de la nueva situación en que me hallaba: multitud de ojos me observaban, la mayoría de ellos envueltos en impolutas batas blancas, sonriéndome con una malicia que consideré extraordinaria. Sin pronunciar una palabra, el vaivén de las miradas arrastró la mía hacia la zona del cuarto donde fatalmente esperaba mi destino. Sólo pude ver a mi mujer, que recibía asustada el brillo pánico de mis ojos y a un bulto que en sus brazos parecía palpitar como una vejiga de gaita. Las luces se apagaron para mí, las físicas y las del raciocinio. Todo quedó paralizado en una escena muda en la que sólo el bulto brillaba con luz propia, con una fosforescencia inusitada que a cada temblor aumentaba su intensidad. Luz verdosa e imposible, sin sentido alguno, que me llevaba a los sueños de nuevo, a las formas primordiales que se negaban a la vida, que la rechazaban esta vez con el resuelto mensaje de la iridiscencia.

   Yo sabía que en este cuarto se avanzaba un paso más en el juicio a que se me sometía, que todos los personajes que se apelotonaban ante mí participaban de esta vista previa de mi crimen, cada uno representando sus oscuras funciones. Me costaba mantener la conciencia, pero sí que pude hacerme con claridad una idea de conjunto en la que parecía escenificarse una suerte de nacimiento sagrado en el que, sin embargo, el niño no era bienvenido, encarnaba al contrario todas las sucias prohibiciones del mundo desarrolladas hasta la náusea, era, como yo me temía, un fragmento de la nada volcado sobre la vida como se vuelca un container bien cargado sobre el camión de la basura. Tenía un hijo radioactivo, una imposibilidad, un ser sin piel, puro dolor y ebullición, una carcomida apuesta de la nada para reclamar su predominio. No sé si lloré, no lo recuerdo. Sé que me aguantaron, queriéndome fijar a mi desgracia, pero que yo me solté, huí, me escapé de allí a todo correr y durante un buen tiempo nada supieron de mí.

   Perdí casa, trabajo y mujer, por algo parecido al abandono del hogar. Demasiados testigos había en aquella maldita sala para dar fe de mi extravagante comportamiento. El hecho es que permanecí un tiempo al margen de la vida, podría decirse, esperando alguna señal determinante que me ayudara a dar el siguiente paso.

   Esta señal llegó en forma de llamada telefónica de mi mujer. Yo sabía que ella no compartía mi desolación por el crimen que habíamos cometido, del que ella se sentía gustosamente ejecutora. Quería al niño con locura y ese amor me parecía a mí más aberrante siquiera, una especie de refocilamiento en la calumnia. El niño sin duda sufriría, paseando su cuerpecito por las enfermedades y los horrores de la noche, nada había que hacer para evitarlo. Sin duda, con más peso todavía en él de la inexistencia, lloraría a menudo por su pérdida y jugaría a dar vueltas sobre sí mismo hasta marearse por ver si hallaba así la puerta de entrada de nuevo. No, no soportaría la visión de su escaldada piel quemándose al contacto con el agua, su pecho respirando con dificultad un aire tan extraño como el nuestro. Yo sabía tantas cosas que me abrumaba a menudo pensar en ellas.

   Mi mujer, decía, me llamó una tarde hermosa como la tristeza, en la que la luz no iluminaba los objetos sino que los abrazaba, dejándose caer sobre ellos como una manta de vibrante transparencia. Quería hablar conmigo, verme quizás, tantear las posibilidades de encuentro para nuestra absurda familia. Quería contarme las cosas que le habían ocurrido a nuestro hijo, nuestro hijo… Yo ya había olvidado su nombre. Nuestro hijo que preguntaba incansablemente por su padre con una insistencia que ya resultaba molesta para ella. Y además estaba lo otro: me echaba de menos. No tanto como yo a ella, eso era seguro. Pero no vendría sola, no podríamos volver a juntar nuestros cuerpos inocentes sin tener que rendir cuentas al fruto de nuestro error. Ella vendría terriblemente ampliada con ese recordatorio constante de la ofensa hecha al orden eterno de las cosas. De todos modos, yo ya estaba cansado, esta estúpida separación duraba ya demasiado. Decidí ceder, aceptar mi condena y recoger el hilo que tan irresponsablemente había devanado.

   Yo sabía que el asunto estaba hecho, que ya nada había que oponer ni que reprochar y que la falta debería pagarla de un modo cruel que aún no me era dado vislumbrar.

   El encuentro fue menos tenso de lo esperado. Llegaron cinco minutos antes a nuestra cita en el parque de la Ciudadela, junto a ese imponente mamut de piedra que señala un punto y final de una especie, un sabio aniquilamiento en el sueño eterno, en la niebla de los tiempos. A su sombra me cobijaba cuando llegaron mi mujer y nuestra exigua pero sobreabundante prole. Venían cogidos de la mano como en una película melodramática lo que, sin embargo, me emocionó. Abracé directamente a mi mujer descubriendo en ese momento en el color de sus ojos, en la inclinación de su cuerpo, en la ejecución cansina de sus gestos, que había sufrido mucho más que yo, que cargaba un peso impensable y que, a la vez, guardaba el secreto de una paciencia inmemorial y sorda, perfectamente deseante y calmada. Fue un abrazo largo, sincero, pero que empezó a engañar en su tramo final, en el que ya no era sino el refugio desesperado ante lo inevitable, ante mi hijo.

   Le miré. Me miró. Ahí estaba. Inmóvil y serio, duro como una imagen fotografiada o un recuerdo repetido. Debía hacer algo, pero tan sólo podía mirar sus rasgos, su flequillo moreno, sus ojos penetrantes pero esquivos, la forma ovalada del rostro que, sin duda, era SU rostro, proyectado miméticamente en esa mueca inflexible con la que le miraba. ¿Qué hacer?

   Mi mujer lo decidió todo en ese momento o ya lo tenía planeado de antemano. El hecho es que me miró con dulzura y se acercó a mi oído para susurrarme que ahora debía empezar a conocerlo, a aprender a quererlo y no sé cuantas cosas más iría ella introduciendo satánicamente en mi oreja. La cosa es que cuando quise darme cuenta, ella ya no estaba y conmigo sólo se hallaba el desgraciado efecto de mis causas, el soplo inevitable de mi horrendo poder genésico.

   Le miré. Me miró. Seriedad absoluta. Yo sabía que no habría perdón para mí, que sólo el odio eterno podría llegarme de esta fiera de la existencia. No nos movíamos en absoluto. No podía quererlo. No podía matarlo. No podía devolverle a la nada de la que fue expulsado. Y sobre todo no podía librarle del tormento de la muerte.

   Ninguno de los dos hablaba. Ninguno de los dos podría acercarse.

   Empezaba a pagar.

 

 

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~ por juannicho en febrero 17, 2012.

2 comentarios to “El crimen perfecto”

  1. Ai Juan, si tu supieras lo que yo se… Si yo escribiera como tu escribes…

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