La literatura (¿y la vida?) como teratología (“El Ruletista”, de Cartarescu)

   Reconozco que me hubiera encantado haber escrito este fragmento, hallado al comienzo de un librito fabuloso recién editado. En realidad, como nos cuentan en el prólogo, se trata de un solo relato de este gran autor rumano. Un relato que tuvo problemas con la censura de Ceaucescu por su excesiva “violencia”, si no en las formas y en los hechos, sí en lo que suponían de enfrentamiento extremo a los límites de uno mismo. Y cuando digo de uno mismo me refiero al protagonista, al narrador, al autor y, sí, también, al lector.

   Poco puedo decir de este fragmento que sigue, que no sea el reconocimiento de que vibra de un modo que me resulta muy cercano. No sé bien por qué me parece tan fascinante cuando en realidad puede resumirse en un gigantesco encogimiento de hombros ofrecido a la existencia en un recodo de la noche, pero la verdad es que me recuerda a palabras que el silencio me ha susurrado más veces de las que hubiera querido escuchar.

¿Cuándo dejó de ser un juego para nosotros?

   Por lo que respecta a la historia, un tosco personaje se introduce en el circuito subterráneo del espectáculo de… ¡la ruleta rusa! Y lo hace como protagonista, es decir, como usuario de la pistola con una bala en la recámara (circunstancia que, como veremos, irá cambiando a medida que avance la trama). A su alrededor se organizan las apuestas, se desatan las pasiones, corre el vino y, en una proporción aparentemente estadística, también la sangre.

   Se hace difícil no recordar el club de los suicidas de Robert L. Stevenson, con escenas de tensión similares, aunque en los eventos ruletistas, por su propia dinámica, esa tensión resulta más brutal pero menos matizada. En el club suicida asistíamos a un reparto de papeles letales entre los jugadores, a una implicación de todos los participantes, mientras que el ruletista es el único que, desde un principio, se la juega y podría perderlo todo. Bueno, la tensión de los demás, en ese caso, se parece más a la de los mercados: es una inquietud meramente especulativa.

   Otra referencia que me venía a la mente cuando leía el fugaz relato era la de un maravilloso autor norteamericano no excesivamente valorado: Steven Millhauser. Se trata de otro relato, en este caso ubicado en las sugerentes sombras de una feria ambulante. O de un circo, no lo recuerdo bien. En todo caso, la trama sucedía en la barraca de un “lanzador de cuchillos” (ése era el título). Al igual que la historia del ruletista temerario, también se producía un in crescendo en el nivel y complejidad de las evoluciones del espectáculo. No contaré nada más sobre ello, sobre ese “supremo sacrificio” que en una historia se le pide al voluntario y en la otra es ofrecido por el artista. En ambos casos uno se queda con la sensación de que a cada paso que damos, nos estamos jugando literalmente la vida. Hagamos lo que hagamos;  incluso aunque no hagamos nada.

   Aunque puede que lo importante no sea tanto esa contienda inagotable sino lo que hacer luego con los esplendores de la victoria o los añicos de la derrota.

 

Mircea Cartarescu

   “(…) No voy a escribir nada nunca más. Y si, a pesar de todo, escribo estas líneas, en absoluto las considero literatura. Ya he escrito suficiente literatura, durante sesenta años no he hecho otra cosa, pero permítaseme ahora, al final del final, un momento de lucidez: todo lo que he escrito después de los treinta años no ha sido más que una penosa impostura.  Estoy harto de escribir sin la esperanza de poder superarme algún día, de poder saltar más allá de mi propia sombra. Es cierto que, hasta cierto punto, he sido honesto de la única manera en que puede serlo un artista, es decir, he querido contarlo todo sobre mí, absolutamente todo. Pero la ilusión ha sido más amarga si cabe, dado que la literatura no es el medio adecuado para decir algo real sobre uno mismo. Junto con las primeras líneas que despliegas en la página, en esa mano que sujeta la pluma, entra, como en un guante, una mano ajena, burlona, y tu imagen, reflejada en el espejo de las páginas, se escurre en todas direcciones como si fuera azogue, de tal manera que de sus burbujas deformadas cristalizan la Araña o el Gusano o el Fauno o el Unicornio o Dios, cuando de hecho tú solo querías hablar sobre ti. La literatura es teratología.

   Desde hace unos cuantos años, duermo mal y sueño con un viejo que enloquece por culpa de la soledad. Únicamente el sueño me refleja de forma realista. Me despierto llorando de soledad, incluso aunque de día me sienta acompañado por aquellos de mis amigos que aún viven. Ya no puedo soportar mi vida, pero el hecho de entrar hoy o mañana en una muerte infinita, me obliga a intentar pensar. Por ello -puesto que tengo que pensar, como aquel que, arrojado en el laberinto, tiene que buscar una salida entre paredes embadurnadas de estiércol, o incluso a través de la boca de una ratonera- y solo por ello, escribo estas líneas. No por demostrar(me) que Dios existe. Desgraciadamente, y a pesar de todos mis esfuerzos, nunca he sido creyente, no he sufrido crisis de fe ni de negación de la fe. Quizá habría sido mejor serlo, porque la escritura exige drama y el drama nace de esa lucha agónica entre la esperanza y la desesperanza, en la que la fe desempeña un papel, me imagino, esencial. En mi juventud, la mitad de los escritores se convertía y la otra mitad perdía la fe, pero en su obra literaria el efecto era más o menos el mismo. ¡Cómo los envidiaba yo por aquel fuego que sus demonios atizaban bajo los calderos en que se regodeaban como artistas! Y mírame ahora, en mi escondrijo, un ovillo de harapos y cartílagos por cuya mente o corazón nadie apostaría, porque a mí nadie puede ya quitarme nada.

   Permanezco aquí, en mi sillón, aterrorizado por la idea de que ahí fuera ya no exista nada más que una noche sólida como un infinito témpano de brea, una niebla negra que ha engullido lentamente, a medida que ha ido envejeciendo, las ciudades, las casas, las calles, los rostros. Parece que el único sol del universo es la bombilla de la lámpara y lo único que ilumina es el rostro de un anciano, abrigado como un higo.

   Cuando yo haya muerto, mi cripta, mi guarida, seguirá flotando en esa niebla negra y sólida, y llevará estas hojas a ninguna parte para que nadie las lea. Pero en ellas está, al fin y al cabo, todo. He escrito varios miles de páginas de literatura -polvo, nada más que polvo-. Intrigas construidas de forma magistral, fantoches con sonrisas galvanizadas, pero, ¿cómo vas a poder decir algo, por poco que sea, en esta inmensa convención que es el arte? Querrías sacudir el corazón del lector pero, ¿qué hace él? A las tres termina tu libro y a las cuatro empieza con otro, por muy bueno que sea el libro que tú hayas depositado en sus manos. Sin embargo, estas diez o quince páginas son otra cosa, se trata de un juego diferente. Mi lector de ahora no es otro que la muerte. Veo ya sus ojos negros, húmedos, atentos como los ojos de una adolescente, leer mientras completo una línea tras otra. Estas hojas contienen mi proyecto de inmortalidad.

   Digo proyecto aunque todo -y ese es mi triunfo y mi esperanza- es verdad. Qué extraño: la mayoría de los personajes que pueblan mis libros son inventados pero todo el mundo los ha tomado por copias de la realidad. Apenas ahora he reunido el valor suficiente para escribir sobre un hombre real que vivió mucho tiempo a mi lado pero que, en mi convención artística, habría resultado completamente inverosímil. Ningún lector habría aceptado que en su mundo pudiera vivir, apretujado en su mismo tranvía, respirando el mismo aire, un hombre cuya vida es la demostración matemática de un orden en el que ya nadie cree o en el que cree tan solo porque es absurdo. ¡Pero, ay! El Ruletista no es un sueño, no es la alucinación de un cerebro escleroso ni tampoco una coartada. Ahora, cuando pienso en él, estoy convencido de que también yo conocí a aquel mendigo del final del puente, sobre el que hablaba Rilke, en torno al cual giran todos los mundos.”

(De El Ruletista, Mircea Cartarescu, Ed. Impedimenta)

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~ por juannicho en febrero 19, 2012.

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