El legado de Charles Fort

   “Una procesión de condenados.

   Por condenados entiendo a los excluidos.

   Tendremos una procesión de todos los datos que la Ciencia ha tenido a bien excluir.

   Batallones de malditos, dirigidos por los descoloridos datos que he exhumado, se pondrán en marcha. Unos, lívidos; otros, inflamados, y algunos, podridos.

   Algunos de entre ellos son cadáveres, momias o esqueletos chirriantes y vacilantes, animados por todos aquellos que fueron condenados vivos. Deambularán gigantes hundidos en su sueño. Guiñapos y teoremas andarán como Euclides bordeando el espíritu de la anarquía. Aquí y allá se deslizarán putillas. Algunos son payasos. Otros, muy respetables. Varios son asesinos. Horribles pestilencias y supersticiones desencadenadas, sombras y burlas, caprichos y amabilidades. Lo necio, lo pedante, lo raro, lo grotesco y lo sincero; lo hipócrita, lo profundo, lo pueril arrostrarán la puñalada, la risa y las manos -muy pacientemente juntas- de la decencia.

   La apariencia colectiva se situará entre la dignidad y la intemperancia; la voz de la tropa adquirirá el tono de la letanía desafiante, pero el espíritu del conjunto será procesional.

   El poder que ha decretado que todas estas cosas sean condenadas es la Ciencia Dogmática.

   Sin embargo, avanzarán.

   Las putillas brincarán, los enanos y los jorobados distraerán la atención y los payasos romperán con sus bufonadas el ritmo del conjunto. Sin embargo, el desfile tendrá la impresionante estabilidad de las cosas que pasan, siguen pasando y no dejan de pasar.

   Por los condenados, yo entiendo, pues, a los excluidos.

   Pero por los excluidos entiendo también a todos los que, algún día, excluirán a su vez. Ya que el estado, común y absurdamente denominado existencia, es un ritmo de infiernos y de paraísos: ya que los condenados no seguirán siendo condenados, puesto que la salvación precede a la perdición. Y nuestros andrajosos malditos serán un día ángeles melifluos que, mucho más tarde aún, volverán al mismo lugar de donde han venido.”

(Inicio de El libro de los condenados, 1919, Charles Fort)

    De la persona que escribió esto os quería hablar.

   Alguien que quizá no sea ahora muy conocido pero que lo será sin duda con el tiempo. No en vano se ofrece uno a la vida para desentrañar públicamente sus incongruencias. El mismo mundo organizado en sus múltiples batallones del conocimiento y la técnica acabará un día frunciendo las cejas primero, abriendo mucho los ojos después y gritando mientras señala a una de estas rarezas que nos rodean: “¿pero qué es esto? ¿cómo es que nadie lo ha visto antes?”. Y se equivocarán, porque hubo alguien que no se limitó a verlo, sino a consignarlo para que en el futuro todos supiéramos que no somos algo completo, cerrado y definido, sino una realidad en perpetua transformación y abierta a todo aquello que nuestra mente pueda imaginar. Ese hombre fue Charles Fort.

   Hoy no se producen más ni menos rarezas en nuestro mundo, pero sí hemos tendido unas redes de alerta y comunicación que hacen que podamos dar fe ellas y compartirlas con más celeridad y rigor. Es por ello que el momento de Charles Fort, tras una eternidad de letargo inmerecido, ha vuelto.

   Fort es el hombre para el que “extrañeza” es una palabra de diverso significado. Oyéndole hablar uno siente que lo extraño para todos es para él parte de la consistencia de una normalidad perdida. Como si no se ocupara de recopilar datos de lo inaudito sino de recuperar pedazos de un mundo que quizá en otro tiempo saltó por los aires.

   Baudelaire dedicaba sus Flores del mal al gran Teophile Gautier. Al él le ofrecía esas sus “flores enfermas”, siendo tales flores una serie de los más maravillosos poemas de la historia de la literatura. En ellos Baudelaire incidía casi por primera vez en aspectos relegados y escondidos de la realidad como las conductas sexuales alejadas de la norma, la deformidad física, las formas del mal, los procesos de la muerte, etc… todos ellos ámbitos que no solían llegar de ningún modo a la lírica y mucho menos al mercado público de lo literario.

   Pues bien, los ramilletes de hechos inusuales recogidos a lo largo de su vida por Charles Fort bien podían ser las flores extrañas que nos dedica a todos. Como a Baudelaire, también a él tenemos que agradecerle que podamos ahora mantener esta mirada más amplia sobre las cosas. Hoy ya hablamos de “fenómenos forteanos” porque hemos superado el miedo atávico de los humanos a poner un nombre a lo que no tiene, no ya explicación, sino tan sólo un sentido.

   Si hubiera conocido a Fort de niño, sin duda habría sido uno de mis héroes de infancia. Como no fue así debe conformarse con devenir una especie de profeta de un culto caótico y desordenado pero, eso sí, la mar de sugerente.

   Quería hablar de él, presentároslo si no lo conocíais, porque es un tipo cuya mera existencia me produce alegría: porque cada vez que abre la boca lanza una ristra de cosas, listas de ideas, de hechos, de pensamientos… todo son sucesiones de algo, catálogos de palabras:

   “Lluvia roja en Blankenbergue, lluvia de barro en Tasmania, copos de nieve grandes como platos de café en Nashville, lluvias de ranas en Birmingham, aerolitos, bolas de fuego, huellas de un animal fabuloso en Devonshire, platillos volantes, huellas de ventosas en unos montes, aparatos extraños en el cielo, caprichos de cometas, extrañas desapariciones, cataclismos inexplicables, inscripciones en meteoritos, nieve negra, lunas azules, soles verdes, chaparrones de sangre.”

   Y me alegra también porque hace que todos los que creíamos estar algo enloquecidos en nuestro afán por lo indeterminado, raro y sorprendente, lo que no tenía que existir pero EXISTÍA, nos sintamos un poco menos solos.

   Profeta y poeta de lo excepcional, porque al preocuparse de rastrear el mundo en pos de lo inexplicable, acababa presentando al mundo verdaderas excepciones a todas las reglas, excepciones tan abultadas en su significación que podrían forzar a revisar los armazones de las ciencias humanas.

   Charles Fort era un neoyorkino de Albany nacido en 1874. Puede que su niñez de amante de las ciencias naturales, clasificador de fósiles, coleccionista de sellos y de animales disecados no le hiciera muy popular hoy día. Pero para él eso no era lo más importante; podía pasar por frikie decimonónico sin que se le diera una higa. Creaba sus pequeños museos en casa, sembraba el origen de sus ansias abarcadoras.

   “Colecciono notas sobre todos los temas dotados de alguna diversidad, como las desviaciones de la concentricidad en el cráter lunar Copérnico, la súbita aparición de ingleses purpúreos, los meteoros estacionarios, o el brote repentino de cabellos en la cabeza calva de una momia. Sin embargo, mi mayor interés no recae sobre los hechos, sino sobre las relaciones entre los hechos. He meditado mucho sobre las, por así decirlo, relaciones que suelen llamarse coincidencias. ¿Y si las coincidencias no existieran?”

    Escribió a Julio Verne por un autógrafo, viajó más o menos catastróficamente, se batió en duelo, y, con el tiempo, pasó a centrarse en el periodismo. Fue el primero en compilar información sobre fenómenos como la combustión espontánea. Buscaba, a través de toda esa marea de datos bizarros lograr alcanzar “algo de orden cósmico o ley o fórmula (…), algo que pudiera ser generalizado.”

   Recorría bibliotecas, museos y archivos en busca de toda esta incomprensible información no sin dejar de lado sus novelas, a las que llamaba “crías de canguro”.

   En realidad él no aceptaba que tuviera que ejercer en la vida un papel concreto y definible. Coherente en esto también con su concepto de lo inaprensible de las cosas, huía de una ocupación concreta que para él sería un simple compartimento estanco y por tanto seccionado de la vida:

   “Me maravilla que cualquiera pudiese contentarse con ser novelista, sastre, industrial o barrendero.“

   Cuántas veces habré pensado algo así… Con el tiempo llegó a la conclusión de que debía extraer líneas de pensamiento de toda esta acumulación de datos (llegó a tomar miles y miles de notas). Acabó concluyendo que “buscar la verdad en lo especial es buscar lo universal en lo local.” ¿No os recuerda a esa especie de lema surgido de entre las últimas formas de organizar el pensamiento alternativo a este mundo: “Pensar globalmente, actuar localmente”?

   Ni siquiera los patafísicos, con su ciencia de las excepciones habían llegado tan lejos. Ellos erigían una literatura del caos en un contexto de revolución desde el arte. Fort, con su lanzamiento de las excepciones puras y duras a la cara de su tiempo, generaba un desconcierto mayor. Quizá más silencioso y poético que el de los grandes de la patafísica, pero no menos mordiente.

   Charles Fort era como una especie de aguafiestas para una ciencia que intentaba ganar terreno en la explicación integral y sin fisuras del universo. A cada axioma o certeza elaborada por los científicos, allí aparecía espectral la figura de Fort señalando hacia alguna incongruencia de la existencia.

   “Un iceberg volante cae en pedazos sobre Ruán, carracas de viajeros celestes, seres alados a 8.000 metros en el cielo de Palermo, ruedas luminosas en el mar, lluvias de azufre, de carne, restos de gigantes en Escocia, ataúdes de pequeños seres venidos de otro mundo, en los roquedales de Edimburgo…”

   Todas estas maravillosas sucesiones de hechos inexplicados las fue acogiendo en su El libro de los condenados (1919), donde no sólo forjaba esos extraños catálogos, sino que se atrevía con las explicaciones más audaces a todo lo que veía que ocurría por el mundo y que el conocimiento de su época escondía bajo la alfombra. Aquí es donde más se mezcla su rigor compilador con la belleza de sus líricas hipótesis: sobre nuestro mundo otros mundos que dejan caer sus deshechos, un supermar de los sargazos gigantesco sobre el que navegan invisibles naves interestelares, planetas errantes confundiéndonos con muestras de su existencia, viejas civilizaciones humanas, realidades interdimensionales…

   “¿Admitiremos que en los espacios infinitos flotan vastas regiones viscosas y gelatinosas?”

   “Mucho me temo que habrá que entregar a nuestra civilización mundos nuevos en los que las ranas blancas tengan derecho a vivir.”

   “Pienso que pertenecemos a algo; que antaño la Tierra era una especie de no man’s land que otros mundos exploraron, colonizaron y se disputaron entre ellos. Actualmente, algo posee la tierra y ha alejado de ella a todos los colonos.”

   “Todos somos insectos y ratones, y sólo expresiones distintas de un gran queso universal del que percibimos vagamente las fermentaciones y el olor.”

    Su idea fundamental pasaba por extraer de entre las nieblas del pensamiento un concepto maravilloso y que quizá podría hallar parangón en formas más profundas de Oriente o entre las últimas construcciones de la física cuántica. Entre el idealismo y el realismo, Fort plantea como una evidencia maravillosa la presencia en todas las cosas de la verdad intermediarista.

   Contra todo lo definido, fijo, clasificado… cada cosa habría de ser percibida como intermediaria de otra cosa. Estados intermedios que conforman la vida, en contra del pensamiento binario del sí y el no. Incluso el lenguaje debería beneficiarse de ello e incorporar nuevos vocablos que asuman partes de cada uno de sus conceptos extremos: “amodio, odamor…”

   Todo está en todo de un modo peculiar, en gradaciones, en sucesivas aproximaciones que nos hacen no poder sentirnos ajenos por completo a lo exterior a nosotros. Vivimos en cuasi estados, en articulaciones temporales de la realidad que ya se encuentran en proceso de convertirse en otra cosa. Y esto nos pasa a nosotros y a cada una de las entidades animadas o inanimadas del universo. Fort cuenta que, cuando era niño le encargaron poner unos adhesivos con el correspondiente nombre a frascos de cristal que contenían albaricoques, melocotones, fresas, manzanas… Al principio lo hacía como se esperaba que lo hiciera pero, poco a poco, sintió la lógica profunda de entender que un albaricoque en realidad ya es un poco un melocotón y viceversa y así acabó poniendo sus pegatinas un poco casi al azar. Creía que era la manera más adecuada de acercarse a las cosas. Entre el humor y la iluminación: ese era Fort.

   “Todos los fenómenos en nuestro estadio intermedio o cuasiestado, representan un intento de organización, de armonización, de individualización, es decir, una tentativa de alcanzar la realidad. Pero toda tentativa es puesta en jaque por la continuidad o por las fuerzas exteriores. Por los hechos excluidos, contiguos de los incluidos.”

   Fernando Aguinaga, autor de un muy buen prólogo al gran libro de Charles Fort lo explica de un modo mucho más claro de lo que yo lo pudiera hacer:

   “Una nueva mirada de la ciencia se enfrenta al positivismo a través de los ojos de Fort. Las disciplinas científicas, tal como las presentaba el positivismo, se mostraban ante el autor como compartimentos estancos. Buscar relacionar entre sí todos los fenómenos, más aún, afirmar que lo estaban, provocó tal fricción entre este casi visionario y la Idea Dominante de la época -rígida, dogmática e incuestionable-, que Fort emprendió esta tarea a manera de lucha, armado de titánica y concienzuda perseverancia, llegando así a fundar una escuela de pensamiento que, partiendo de las controversias científicas, lo llevó a descubrir la intermediaridad.

   Esta teoría, a la que podría incluirse dentro de la metafísica, define la realidad como un cuasi estado entre el Positivo Absoluto y el Negativo Absoluto. Es decir, que no habría una realidad absoluta ni una irrealidad absoluta, sino estadios dinámicos intermedios por los que se transita hacia lo absoluto, ya que, como afirma Fort, “todo progreso tiende hacia la estabilidad, la organización, la armonía, la consistencia o la positividad, todo progreso es una tentativa de concluir lo real.”

    Por supuesto, esto se aplicaba principalmente a la Ciencia, que él llamaba la Dominante, y que creía que con el tiempo sería sustituida por una Nueva Dominante y esta, tarde o temprano, por otra más. Fort vivió en un tiempo en el que la ciencia aceptaba cosas como que “nada más pesado que el aire podría volar jamás”, o que “si se superaban los veinte kilómetros por hora se producirían daños cerebrales” en el veloz piloto… Las cosas que se establecen en un tiempo no son un dogma para los años venideros. Y esto que debería parecer una obviedad, no lo es tanto si hemos de atender a cómo nuestra ciencia de ahora considera las posibles fisuras de sus asertos. En cada época debemos sufrir el mismo delirio doctrinario. Y la aparición de Fort, con su conciencia de que la evolución en los mismos criterios de aprendizaje hará trastocar todas las certezas… es una ráfaga de aire fresco. No es fácil aceptar que ahora mismo, en lo que estamos sosteniendo, ya viaja una carga de error o como mínimo de carencia. Pero hacerlo haría a los científicos más sabios y valientes.

   La misión de Fort era no dejar de destacar los hechos que sucedían por el mundo, por absurdos que pudieran parecer. Quizá así alguien acabara buscando una explicación más elástica y conmovedora de las realidades infinitas del mundo.

   “No creo hacer un ídolo del absurdo. Pienso que, en los primeros tanteos, no hay medio de saber lo que será después aceptable. Si uno de los pioneros de la zoología (que habrá que rehacer) oyese hablar de pájaros que nacen en los árboles, tendría que consignar que ha oído decir que hay pájaros que nacen en los árboles. Después, y sólo después, tendría que pasar este dato por el tamiz.”

    Como tan bien dicen Pauwels y Bergier en El retorno de los brujos (donde se encuentra una de las mejores semblanzas de Fort): “Hay que señalar, hay que señalar, y un día acabaremos por descubrir que algo nos hace señales”.

   Nadie le hizo caso. Como hemos dicho, a nadie le gusta que le señalen las carencias ni los agujeros en las teorías totalizadoras. Pero ya sabemos que no hay fracaso sin honor, y el de Fort es haber hablado, no haber cedido y haber dejado huella. Hoy no sólo los extraños fenómenos se acogen bajo el paraguas de su nombre, sino que multitud de revistas e instituciones en el mundo llevan también su nombre.

   Y no sólo eso. Autores de una obra portentosa por sus tenebrosos vericuetos como H. P. Lovecraft también sintieron la huella de este hombre en su inspiración. Una huella que más tarde vimos impregnada en las creaciones de los dadaístas, los surrealistas… En realidad, no es sólo en la literatura donde escucharemos en el futuro su voz, sino también en los caminos que con el tiempo abrieron en nuestras sociedades los Verne, Wells, Clarke y tantos otros…

   Nos quedamos pues con ese impulso a mantener una mirada abierta, crítica, consciente de la transitoriedad de todas las certezas. Nos maravillamos ante su capacidad de no ceder a las corrientes mayoritarias, a todos aquellos que desde el gregarismo le inducían a hundirse en la humillación y el ridículo. Fort no siempre lo pasó bien y sus depresiones eran proverbiales, pero nunca cedió al empeño mortífero de la desmoralización que orquestaban a su alrededor. Aprendemos de él también su sentido de la alarma, que sería como una exacerbación de la curiosidad, la predisposición permanente a observarlo todo una y mil veces con ojos nuevos.

   Fort fue un Leo con mucha paciencia y perseverancia. Yo no sé si podría hacer lo que él hizo, un trabajo a menudo oscuro y obsesivo, pero quizá sí que podría aspirar a acoger las diferentes formas del asombro que aparezcan en la vida con un corazón que, aun disparatado y peregrino, jamás renuncie a preguntarse: ¿Y si…?

   “Vemos las cosas convencionalmente. Y no sólo pensamos, actuamos, hablamos y vestimos todos de la misma manera, como por rendición unicelular a la tentativa social de una entidad, sino que también vemos lo que se considera “conveniente” ver. Resulta casi ortodoxo asegurarle a un niño que un caballo no es un caballo, y preguntarle a un necio si una naranja es una naranja. Siempre me ha parecido interesante recorrer una calle, observar lo que me rodea y preguntarme a qué se parecerían todas esas cosas si no se me hubiera enseñado a ver caballos, árboles y casas allí donde hay caballos, árboles y casas. Estoy persuadido de que, para una visión superior, los objetos no son más que compulsiones locales, amalgamándose indistintamente unos con otros en un gran todo global.”

~ por juannicho en febrero 27, 2012.

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