Vidas amenas (II): Un malvado ante su tumba

 

   Es una imagen que no recuerdo de dónde procede. Seguramente debí leerlo en alguna parte o puede incluso que lo soñara. Por ello no puedo garantizar que el protagonista de esta escena memorable tenga que ver con la aristocrática casa de Berry. Por algún motivo, recuerdo que se trataba de Juan de Berry… o al menos de uno de ellos. No he podido hallar trazas de esta historia por ninguna parte más que en la neblina opaca y lejana de mi memoria. Así que finjamos que este era su nombre y obviemos las realidades históricas como menudencias sin importancia alguna.

   Juan B., duque de B., era lo que en todas las épocas se ha considerado sin miramientos como un gran cabrón. Paseó su funesta estela por el siglo XIV como quien transporta hasta el camión un cubo de basura: con rapidez, decisión, la atención concentrada y una infinita repugnancia. Logró lo que pocos seres: fomentar a su paso un odio unánime y que nada hacía desfallecer; cultivó un arte del desprecio y el cinismo de tal calibre que a sus voces de llegada provocaba un remolino de ratas en barco naufragante. De no haber sido el amo del castillo su linchamiento hubiera sido más que un deseo colectivo. Sólo había unos seres que parecían inmunes a su pésimo trato, que respondían con risas y chanzas a las humillaciones. Eran los bufones del castillo, la imagen especular y deformada de la aristocracia, los privilegiados del horror. El duque se granjeó animosamente la enemistad unánime de toda la población del castillo. Pero en ese caldo de áspera inquina, los bufones reían con los insultos del duque, saltaban ante sus arrebatos de furia e ignominia. Mostraban una extraña comprensión hacia la bestia, una dedicación infatigable, una oscura conciencia de pertenencia que parecía inmune al veneno. El resto de los habitantes resoplaba en silencio y soñaba con terribles venganzas. 

   Y de semejante cuadro malsano recibimos una de nuestras imágenes balsámicas, purificadoras, exultantes y precipitadoras de la conmoción. Cuando al fin murió el duque, el odio sembrado durante su vida comenzó a germinar en el castillo. Infringiendo de un modo insólito el protocolo, todos los cargos y consejeros, los asistentes y los nobles, los prelados y los generales… todos los que pintaban algo en la jerarquía del lugar abandonaron el ataúd del duque a su suerte, entregado a los manejos de vulgares lacayos y mozos de cuadra. Ninguno de ellos acompañó al duque en su último viaje. Y sin embargo no fue solo hasta su tumba. Un conmovedor desfile de bufones le escoltó hasta la fosa en multicolor y compungido amontonamiento de cascabeles, sonajeros… Caminaron a su lado. Le prestaban así al monstruo su primera tristeza… para darnos a nosotros al cabo de los siglos una pequeña y emocionada sonrisa.

 

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~ por juannicho en marzo 6, 2012.

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