La estocada inesperada

Un quebrado retrato de Maupassant y otros como fieras dañadas

 

 “y que me reduzcan los dioses a la nada, como antes me amaron”

La muerte de Empédocles, Hölderlin

 

Por: Juan Camós

En: Suicidio Autónomo, nº 1 (2004)

 

   A un hombre de extremada vitalidad e inusitada energía, no se le suponen en principio los rigores de la tristeza. A lo sumo algún ocasional vaivén del ánimo que interrumpe el flujo continuo de su exuberancia natural y que desaparece al más leve impulso benéfico del clima o de ajenas palabras bienhechoras. En todo caso, si un contratiempo lograba alzarse con su cúmulo de circunstancias adversas en su mente, el sujeto se hacía con las riendas de la situación tensando hasta el límite sus sentidos con el concurso de todo tipo de embriagueces. Así la derrota, a lo Hemingway, nunca se tornaba en destrucción: “Un hombre puede ser derrotado, pero nunca destruido”. Luego pudo repensarse su famosa invectiva ante el viejo, ante el mar, ante los dos cañones recortados de su escopeta de caza.

   Es absolutamente cierto que semejantes personalidades corpulentas hasta el quebranto y persistentes en su fuerza hasta el delirio son a su vez proclives a algún tipo de horroroso desmoronamiento. Que muchos de ellos hayan podido esquivarlo, explotando astuta y no sólo rudamente su entereza, no distorsiona el aserto. Por ello, y este es el motivo del artículo, creemos que debe la vida ser precavida, prudente también en el exceso, cauta en sus pletóricas evoluciones precisamente por voluntad de seguir irradiando su vehemente calor.

   Nuestro hombre que se presta al ejemplo es el gran Guy de Maupassant, nacido bajo el signo de Leo, envuelto por completo en su tierna y desbocada fogosidad. El normando ejercía a menudo de Casanova verbal y por lo visto real en toda su ingenua fanfarronería. Es decir, dotaba a sus múltiples encuentros amatorios de una intensidad desusada e incluso extravagante para el uso común.

   A ello se sumaba su pasión por el remo y por todo tipo de exhibiciones deportivas que pusieran a prueba sus dotes físicas que valoraba, al decir de Frank Harris, tanto más que las intelectuales. Todo en él, a tono con su imponente aspecto bigotudo, tenía un algo de excesivo que sin embargo cuadraba bien con su amena existencia.

   No puede decirse, no obstante, que su obra fuera una bucólica sucesión de alegres aires de la vida. Bien al contrario, son sus relatos, base capital de su obra, un repaso al nada glorioso conjunto de debilidades carnales y flaquezas espirituales de toda índole en el ser humano.

   Diríase que es la suya una intensificación de la poética fundamental de todo autor/a por la que la escritura se convierte en la precisa catarsis o exorcismo de las más profundas dudas existenciales, estén éstas planteadas en los estratos que fuere. Guy huye de las formas que muchos de sus personajes dan a la vida, y quisiera que ésta fuera tan sólo el disfrute continuado de sus placeres finitos. Su última amante, con la que podríamos decir “echó el resto” con su ya quebrantada salud, la condesa Potocka, comentó a posteriori la frase previa de Maupassant: “sigo siendo novelista incluso en las caricias”, sugiriendo “más bien, creo que seguía siendo amante incluso en sus novelas”.

   Maupassant ama la vida tanto como la teme en virtud de sus puntos de ruptura y decadencia. Teme con verdadero horror el momento del inicio de su desgaste aunque, y esto es fundamental y le coloca junto a los grandes hombres y mujeres de la historia, cuenta siempre con el supremo recurso, el de la autoaniquilación. Maupassant, como todas las almas y cuerpos fuertes, no huyó jamás de la contemplación intelectual de su suicidio, hecho que contemplaba con el mayor de los respetos y con el tono de quien sabe tiene en sus manos el mayor y definitivo bálsamo. Así lo declaró varias veces, en vida y obra:

   “¡Extraño ser el hombre! Una magnífica inteligencia que observa los sufrimientos y las miserias de su pobre vestidura corpórea. Me doy perfecta cuenta de que mi salud declina, mis dolores físicos aumentan y mi capacidad de trabajo disminuye. El supremo consuelo reside en la certeza de que cuando mi situación llegue a ser excesivamente dolorosa yo mismo podré darle fin. Pero hasta este momento no lloriquearé. He pasado buenos ratos, ¡ratos maravillosos!”

   Puede el inicio de la curva descendente de la vida tomarse como la señal de un punto final, como él y muchos otros intuyeron, pero está claro que para seres no tan exhaustivamente disfrutadores de la plenitud física, puede convertirse también en un meditabundo anuncio de la entrada en otros placeres más, digamos, contemplativos.

   Y también podría ser, ya no el descenso, sino el clímax de feliz vitalidad, el momento escogido para la desaparición, a lo amantes de Teruel, en la relativa consideración de que todo lo que llegue a partir de ahora no puede sino desmejorar y palidecer el culmen alcanzado, la cima, el paroxismo de la dicha ya lograda. No es mala muerte. Se basa en una hipótesis como digo relativa y sumamente arbitraria, pero también en la certeza de un amor, un placer mayúsculos.

Arthur Cravan, poeta y boxeador

   El caso de nuestras fornidas fieras de la existencia como Maupassant, Cravan, Hemingway, London y otros no es así exactamente. Arthur Cravan, por ejemplo, sin ser boxeador profesional, actividad para la que una extrema fortaleza física es obligada, compartió el singular destino de muchos boxeadores profesionales que no soportaron el declinar de sus dotes belicosas y que acabaron con sus vidas como si de un último combate se tratara. Mucho juego ha dado siempre el tema del boxeador retirado que trata de rehacer su actividad por no hundirse en la miseria. Es su caso una muestra muy ilustrativa, si no caricaturesca, de la insoportabilidad de ver apagarse una plenitud corporal a la que se ha dedicado todo en la vida. Sin el apoyo de una compensación más “intelectual”, muchos púgiles optaban por batirse en último asalto con la muerte, si se me perdona lo facilón de la frase, y caer en un K.O. más o menos honroso, como áyaxes contemporáneos: Billy Collins Jr., Richard Greene, Mitch Halpern, Kid McCoy, Billy Papke, Randy Turpin y, sobre todo, Urtain, también conocido como “el tigre de Cestona”. Cravan, el poético patrón de todos ellos, aún sigue luchando en un interminable combate acuoso desde que desapareció en el mar. En fin, descansan ya tranquilos, tirada la toalla, pudriéndose con sus guantes.

Urtain

   De tal modo, la exaltación desaforada de la virilidad lleva a insoportables momentos de estupefacción en los que retirarse acaba siendo sinónimo de suicidarse. Realmente, todo esto suena a verdadera falta de recursos interiores frente a un cambio de orientación anímica más que a la ceguera simplona de quien se jubila y se atonta con la inacción. “Todo es senectud / y al hablar resuena el silencio”, algo así murmuraba el lied de Schubert en su Viaje de invierno, ese poema del acabamiento, ese cementerio de elefantes. Quizás un ser tan completo como Jack London hubiera podido no ya salvar esta entrada en la menor intensidad física de la vida de un modo más sereno, e incluso narrarlo en alguno de sus muchos relatos de superación de toda dificultad, de “amor a la vida”, de rehacerse frente a cualquier adversidad. (Por cierto, en un ingeniosísimo cuento suyo, un condenado consigue provocarse una muerte rápida con un engaño para librarse así de las torturas que le estaban destinadas…) Pero London no logró ingeniárselas con las añagazas de su destino y se entregó a su último estropicio sin combatir casi. Eso sí, se suicidó en el marco de una suntuosa fiesta, entre relativos placeres, vamos…

Jack London

   Ingenuos resultan los hombres que se asombran ante la disminución de sus facultades. Ingenuos cuando no la han sabido moderar con la magia del arte como hizo ese otro Leo que fue Charles Bukowski, intenso vividor –y bebedor- preparado a todas luces para asimilar ese descenso aparente entregándose simplemente a él, “disfrutando” a conciencia de sus nuevos matices, como alguno de los personajes de su maestro Raymond Carver, más melancólicos, más nostálgicos de los buenos tiempos pero firmes como el Carver enfermo en su decisión de cabalgar este nuevo “caballo en la niebla”.

Bukowski y Rourke... vaya par de dos.

   Ingenuos y terribles resultan en su esperpéntico pavor los que han basado su existencia toda no ya en el disfrute personal de la vida sino en su exhibición pública como forma de mantener una costumbre de la hombría ciertamente acartonada y rancia. Puede ser el caso de los toreros… Si bien a estos “gladiadores” desiguales los jubila el toro o alguna folklórica, si es llegado el caso de que, vergonzosamente para ellos, no dejan tras de sí una descendencia que perpetúe sus gestos y lleve incluso su mismo nombre para seguir luciéndolo en la plaza como si de él mismo se tratara… la cosa puede ponerse difícil. Es el caso emblemático de Juan Belmonte, a quien Valle-Inclán decía “oye Juanito, no te queda más que morir en la plaza”. “Se hará lo que se pueda”, le contestaba un atribulado Belmonte que veía mermarse a cada segundo sus facultades. A ello se sumó su equívoca orientación sexual que difícilmente podía hallar acomodo en un medio tan brutal como el suyo. De tal modo, cuéntase que dio una vuelta con su caballo por las inmediaciones de su finca para probar la calidad de sus reservas físicas. Parece ser que el resultado no fue el esperado. Y el primer torero gay conocido se vistió de gala para salir por su última puerta grande. Al decir de Miguel Fernández: “Y en esta primavera de 1962, con las cigarras orquestadas, el toro ya no es más que la escopeta.”

Juan Belmonte

   De nuevo como al principio, llegamos a la definitiva e inesperada estocada que nos ofrecía el título de este texto. Regresamos también a nuestro principal héroe, Guy de Maupassant, quien fue precisamente tildado por Taine de “toro melancólico”. Para él era la negrura de una piel tensada con fuerza por sobre una sangre furiosa y roja que arde de vida y de pasión frenética. Sus pintorescas declaraciones amatorias (llegó a hacerse acompañar del portero del burdel para que atestiguara de sus abultadas proezas), sus prácticas deportivas, su “dentro del buen animal encontramos al buen hombre”, su incansable producción literaria (centrada de hecho en una sola década), no impidió que se lanzara de cabeza a la desarticulación orgánica y la locura, posiblemente propiciada por alguna enfermedad venérea a lo sífilis nitszcheana (a pesar de que su hermano pequeño ya murió loco antes). Delirios, alucinaciones visuales, auditivas y, para él las más terribles, olfativas, le llevaban a momentos difíciles y dolorosos de su pasado en el que, sin embargo, se veía tentado a quedarse. Tras intentar cortarse el cuello al comprobar que ya casi no era dueño del movimiento de sus miembros, Guy empezó a frecuentar el mundo de las sombras del que su mentor y “padre sustitutivo” Flaubert ya le había urgido a alejarse, avisándole de los peligros “embrutecedores” de la tristeza. Su relato “Soledad” podría encarnar esto. Y es que, tras cierto límite, ese es el proceso: la tristeza ya no embellece, embrutece. Eso bien lo veía el avisado Flaubert quien siempre farfullaba a su pobre discípulo: “Demasiado remo, demasiadas putas”…

Flaubert-Maupassant

   No creo, no obstante, que fueran esas formas de desenfreno vital lo que sorprendiera a nuestro toro melancólico tan desprevenido pasándole factura, sino la certeza de saberse aún dueño de tal fuerza interior inutilizable que de no ser por el amor crepuscular que vivió le hubiera estallado en las manos. Una noche de enero, recién empezado el año 1892, un grito salvaje anunció que Guy, después de haber comprobado que su criado había descargado la pistola, se había rebanado parcialmente el cuello gritando “estoy loco, estoy loco” y “a la basura, otro hombre a la basura”. Se le pudieron curar las heridas pero ya no recobró la conciencia en su último año y medio de vegetal existencia. Se había clavado la última estocada melancólica en su dañada piel de toro.

   Cuídense pues estos poseedores del fuego solar en las venas, midan las fuerzas de sus miembros con los vaivenes de sus almas, corrijan su rumbo si es preciso cuando las sombras avancen, no huyan de ellas, acostúmbrense a conocerlas, pues ellas son más increíblemente poderosas, hercúleas y tercas que todo el enérgico vigor de la vida.

   Cuídense, sobre todo, como clamó ese otro ser cobijado en el signo de Leo, del mismo día además que Guy de Maupassant, el 5 de agosto, Percy Bysse Shelley: cuídense de “despertar a la serpiente dormida mientras no sepa el camino a seguir”, que no se deslice con peligro por entre los pies de barro de estos gigantes, cuya caída brutal retumba en la tierra un momento y de nuevo la entrega calma, muy calma, al silencio.

 

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~ por juannicho en marzo 20, 2012.

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