Agonía de un financiero que creía en el dinero (en “David Golder”, de Irène Némirovsky)

   [Sobre la inutilidad de vivir una vida con el dinero en su centro. El reencuentro ya al final con el punto del camino en el cual todo pudo haber tomado un rumbo diferente.  La inconsciencia de no pensar que alrededor de uno se van encarnando (en personas, cosas y sucesos) aquellas ideas centrales y obsesivas que rigen una vida, el paisaje mental que acaba siendo creado fatalmente alrededor. Ah, aviso que estos textos están extraídos de la parte final de este fantástico libro y, en concreto, el tercero es el que ocupa la últimísima página final.]

   “Se había quitado los botines. Caminó hasta la cama, se tumbó. Pero desde hacía algún tiempo, no podía estar echado. No respiraba. A veces se dormía pero, de inmediato se ahogaba en su sueño y se despertaba exhalando gritos lastimeros, extraños, que oía vagamente, como en sueños, y que se le antojaban aterradores, incomprensibles, cargados de una oscura y siniestra amenaza. Nunca supo que era él quien gritaba así, aquellas noches, gimiendo como un niño.

   También en aquella ocasión, nada más echarse, comenzó a sofocarse. Se incorporó trabajosamente, arrastró un sillón hasta la ventana, la abrió. Abajo estaba el puerto. Agua negra… el día que despuntaba.

   Bruscamente, se durmió.”

 

   “Bajó a su camarote, se quedó contemplando el mar, por su ojo de buey, suspirando. Zarpaba el barco. Se sentó en la litera, una tabla cubierta con un delgado colchón relleno de una especie de paja seca y crujiente. Si seguía el buen tiempo, pasaría la noche en el puente. Pero el viento soplaba con fuerza. El barco cabeceaba, bailaba. Golder miró el mar con una especie de odio. Qué harto estaba de aquel universo eternamente agitado, inestable a su alrededor… La tierra corriendo desde las portezuelas de los trenes, de los coches, aquellas olas, con sus inquietos gritos de animales, los humos en el cielo encrespado de otoño. Fijar hasta la muerte un horizonte inalterable… Murmuró: “Estoy cansado”. Con el ademán vacilante, instintivo, de los cardíacos, se oprimió con ambas manos el corazón. Lo alzaba suavemente como si, levantándola un poco, como a un niño, como a un animal moribundo, ayudase, secundase la máquina gastada, obcecada, que latía débilmente en la vieja carne.

   Bruscamente, tras un bandazo más fuerte, le pareció que flaqueaba y que, acto seguido, corría más aprisa, demasiado aprisa… En el mismo instante, notó un dolor fulminante en el hombro izquierdo. Se puso lívido, permaneció inclinado hacia adelante, con expresión de espanto, aguardó largo rato. Se le antojaba que el ruido de su respiración llenaba el camarote, cubría el fragor del viento y del mar.

   Poco a poco, la cosa fue calmándose, atenuándose, desapareció del todo. Dijo en voz alta, esforzándose en sonreír:

   -No era nada. Se acabó -respiró con esfuerzo, suspiró más suavemente-: Ya está.”

 

 

   “Golder se quedó solo.

   Ofrecía el aspecto y la inmovilidad helada de los muertos. Sin embargo la muerte no lo había invadido por entero, de repente, como una oleada. Había notado cómo perdía la voz, el calor humano, la conciencia del hombre que había sido. Pero hasta el final conservó la mirada. Vio cómo caía la luz del crepúsculo sobre el mar, cómo brillaba el agua.

   Y, en lo más hondo de sí mismo, hasta su último suspiro, no dejaron de desfilar imágenes, más tenues y más pálidas conforme se presentaba la muerte. Por un instante, le pareció que tocaba los cabellos, la piel de Joyce [su hija]. Luego, ella se apartó de él, mientras iba hundiéndose en la oscuridad, lo abandonó. Por última vez, le pareció oír su risa, suave y ligera, como un lejano cascabel. A continación, la olvidó. Vio a Marcus [su socio suicidado]. Rostros, formas vagas, como arrastradas por la corriente del agua, en el crepúsculo, giraban un instante, desaparecían. Y, al final, únicamente quedó un pedazo de calle oscura, con una tienda iluminada, una calle de su infancia, una vela pegada tras un cristal helado, al anochecer, la nieve que caía y él… Notó en la boca los copos de nieve compacta que se derretían con un sabor a hielo y a agua, como antaño. Oyó llamar: “David, David…”. Era una voz ahogada por la nieve, el cielo bajo y la oscuridad, una voz débil, que se perdía y se quebraba de repente, como esfumándose tras la curva de una carretera. Fue el último sonido de este mundo que llegó hasta él.”

Irène Némirovsky

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~ por juannicho en marzo 31, 2012.

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