El fuego en Barcelona

Foto: Anthony Cole

   Pasé mucho rato caminando entre hogueras, fascinado por la fuerza ensoñadora del fuego, justo cuando la noche cayó como de repente sobre las calles de Barcelona. A pesar de que el estado de ensoñación, casi por definición, no permite un curso lógico de los razonamientos, iba dándome cuenta de que los incendios provocados en la ciudad decían más de lo que sus mismos autores quizá pretendían… Es complicado, porque hablar sobre sensaciones y pensamientos que son casi intuiciones, no te libra de tener que lidiar con lo real. Y lo real está tan lleno de trampas que es difícil volver a casa dueño del mismo rebaño de palabras e ideas que tenías cuando saliste. El fuego nos habla en un idioma que no es de las cosas cotidianas, y aunque creamos haberlo domado en pequeñas llamitas o incluso en circulitos de cocina o chimenea, en él habrá algo que rascará con insistencia en nuestra irreductible existencia de seres eternos. Notaba, al circular entre las llamas, que todo iba más despacio, que las personas quedaban atrapadas por el influjo de ese mensaje oculto que tanto nos asusta que lo relegamos a las leyendas del infierno. Todos dejábamos caer nuestras miradas sobre el solemne regocijo del fuego y la inquietud que nos recorría no era propia de lo anómalo de la situación, sino de un recuerdo que provenía de cuando no teníamos palabras para definirlo, un recuerdo que se enciende cada noche cuando creemos dejar de lado nuestra actividad consciente y nos remitimos a lo oscuro. Somos seres ardientes, nacidos del fuego y huidos de él por un inexplicable error de cálculo. Somos salamandras ignorantes de nuestra condición, que sabemos que en la llama está el secreto del origen y por tanto a él tendemos, a él nos acercamos como polillas que acabarán entregándose en un vuelo concéntrico.

   Sólo nos despertaba de estas ensoñaciones el ruido de sapo de charca de las sirenas de la policía. Entonces recordábamos dónde estábamos y qué es lo que estaba ocurriendo. Los mecanismos atávicos se encendían de nuevo, pero desde el lado de la conciencia. Sabíamos que había depredadores rondando estas hogueras. Fuerzas oscuras y mimetizadas con los merodeadores del fuego. Éramos conscientes de que la pesadilla en forma de una encarnación de la ciudad entera, de la ley y el orden, del buen sueño de la cotidianidad, podría abalanzarse sobre cualquiera de nosotros sin motivo alguno, sólo por apercibirse de nuestro sometimiento al hechizo del fuego. La policía secreta es una especie de símbolo temible de esa gran masa durmiente de ciudadanos que no desea verse alterada por nada, que sufre porque la “marca” Barcelona pueda verse menoscabada por la revelación de algún problema social; la policía secreta asume de golpe en un solo miembro el ansia niveladora y destructiva de lo que no es asimilable. Y lo hace de forma indiscriminada. Cuando recuerdas esto, miras a tu alrededor y con disgusto deshaces el vínculo que tu mirada había entablado con el fuego. Todo está lleno de depredadores y el atavismo que las llamas y las sombras han despertado en ti enciende los mecanismos de la huida y el camuflaje.

   A una hora del día podía pensar una cosa sobre lo que llevó a erigir concretamente estas hogueras, a la siguiente hora mi pensamiento se entremezclaba con otros y al final era tan diferente y enrevesado que me di cuenta que no podía definirlo con claridad. La acción directa es un medio de señalamiento de las encarnaciones en lo material de realidades injustas, pero también es cierto que es un método individual y que su emplazamiento en el centro mismo (no antes ni después) de una actividad colectiva definida por otros parámetros pueda ser como mínimo conflictiva. Pienso en lo, por lo general, inconveniente del empleo de la violencia para hacer avanzar una denuncia, incluso lo contraproducente que pudiera ser para animar a otras conciencias a tomar partido contra lo feo de la vida; aunque, por otro lado, no siento especial lástima por el daño que puedan sufrir los bienes materiales que encarnan y simbolizan la agresión de los poderes contra las personas: son cosas, objetos y su función en el juego de lo social no los convierte en realidades muy respetables. Pero también pienso que en muchas ocasiones se ha acusado a la policía (todos hemos visto las imágenes) de infiltrarse en los grupos que protestan para causar determinados destrozos. Esto nos daría que pensar sobre lo delicado de semejantes acciones. Es de suponer que hay un momento para cada cosa, y que cada protesta fabrica y sostiene un karma específico o, lo que es lo mismo, un alma colectiva que es consciente de la retribución que puede esperar de su devenir inmediato. Por eso creo que todas y cada una de las personas que adoptan decisiones individuales en un escenario colectivo deberían pensarlo muy pero que muy bien y saber exactamente qué es lo que están haciendo o pensando hacer. Por otro lado, no deja de sorprender que, a pesar de no comulgar con esta forma de lucha, muchas personas permanecieran impertérritas en el campo de batalla. Pudiera ser que, sin darse cuenta, las autoridades estén abriendo la puerta a la generación de futuros arquetipos de revuelta ciudadana que, esos sí, se les acabarán escapando de las manos.

   Cuando los políticos lamentan el caos de Barcelona lo hacen por lo de siempre: por la imagen, por las apariencias, por lo único que les preocupa: que todo siga dando una inalterable impresión de normalidad. Y lo que ocurre es que esa normalidad no es de verdad, porque en esta ciudad hay mucha gente que sufre y lo pasa mal ahora y con perspectivas de pasarlo peor mañana. Puede haber un Norte en esta ciudad que no tenga problema alguno, como lo hay en el planeta, pero la mera existencia de un Sur destruido en cada trozo del mundo justificaría que las apariencias de normalidad como mínimo se pusieran en entredicho. Ningún humano es una isla y lo que se quiebre aquí acabará resquebrajando el allá. Por ello, cuando camino entre el fuego, surgido simbólicamente de las rendijas de la ciudad, hay algo que me dice que, me guste o no, estoy paseando por una figura del pensamiento, por una forma materializada del anuncio de una hoguera más grande, una hoguera que ni siquiera tendría que ser ya de fuego sino que podría armarse con las nuevas ideas de la creación y el acuerdo colectivo. Barcelona es capaz de todo, hasta de convertirse en el futuro en una ciudad hecha por ciudadanos y no por gestores y políticos a sueldo de la Bestia. Barcelona es una ciudad extraña porque vive en el ensueño de lo que cree ser y en realidad sus cimientos son más frágiles de lo que imaginan sus orgullosos propagandistas. No sé si llegaré a ver una Barcelona que no tenga miedo a su lado oscuro de miseria y dolor. De momento, de tanto en tanto, voy viendo los remedos espectrales de la rosa de fuego que también fue Barcelona un día y me pregunto qué pretenderán decir estas llamas que se independizan tanto de sus propiciadores como de sus negadores, que tienen un mensaje oculto que activa alguna señal imprecisa en la mente y nos avisa del peligro de dejar consumir una vida sin llama, una vida sólo de cenizas.

 

Anuncios

~ por juannicho en abril 2, 2012.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: