Ni Isaak Babel ni yo sabemos distinguir un álamo de un chopo

"Parte de la Vía Láctea", E.L. Trouvelot

   [En este maravilloso relato de Isaak Babel me he encontrado con una sensación que se ha ido haciendo persistente en mi vida con el paso del tiempo. Es la conciencia de una determinada ignorancia, de una carencia fundamental que ni siquiera creía que pudiera existir. Es cierto que es posible vivir en el desconocimiento absoluto de todo aquello que nos acompaña en nuestro viaje por la vida. Como puede uno también vivir toda su existencia alimentándose con menos del 5% de los múltiples tipos de alimentos presentes en su país. Puedo creerme que lo que quiero ver es todo lo que hay, que lo que conozco por su nombre o por su referencia aproximada es suficiente para desenvolverme en el día a día de mi vida. Hasta la muerte. Y si quisiera saber algo en concreto, podría hacer un cursillo acelerado y memorizar unos cuantos nombres, ¿por qué no? Puede que luego lo olvidara, pero es que no habría un motivo razonable para retener una información inútil, de esas que sólo ocupan espacio en la memoria, una memoria que ya no es un lugar de asociación de elementos y transformaciones de ideas, sino un mero procesador de datos destinados a resolver o alcanzar un objetivo determinado. De tal modo, que yo me asombrara de repente por no saber el nombre de las estrellas, de los árboles, las plantas, los mismos animales o incluso cómo se llaman los vientos de los que me protejo o a los que me entrego, que yo me entristeciera por haber vivido tanto tiempo sin saber distinguir un chopo de un álamo o incluso de una acacia… podría parecer una locura.

   Pero no lo es. Quizá en otra vida saber que Júpiter y Venus son los astros más brillantes de nuestro cielo junto con la Luna me salvó la vida. Puede que lograra orientarme en una situación de peligro. Ahora a duras penas podría considerar como realidades diferentes un melocotón y un albaricoque. Qué miseria… Y lo peor de todo es que cuanto más pasa el tiempo, más difícil es aprender estas cosas. Porque no puedes hacerlo a través de internet o de los libros. Te lo ha de enseñar alguien. Alguien ha de señalar hacia esas cosas y tú has de seguir ese dedo dotado de una nueva sabiduría oculta dirigiéndose hacia aquello que cobrará para ti una nueva vida. Razas de perros, formas de las nubes, nombres de las piedras, colores infinitos de las cosas, tipos de insectos, qué demonios son esas verduras tan raras, ruidos en el bosque, cantos de los pájaros, gestos extraños de los animales, anillos de un tronco, luces en el cielo, los nombres de la lluvia…

   Puede que os haya ya destripado este relato, que es “El despertar”, de Babel, en el que ocurre exactamente eso, pero lo importante es reconocer en un texto de hace cien años una realidad desastrosamente repetida a lo largo del tiempo, trátese del contexto en que se trate. A nuestro héroe lo han apuntado a clases de violín con la peregrina esperanza de convertirle en un niño prodigio de la música que les saque de la miseria a todos. Pero él lo ve de otra forma. Ni está hecho para la música ni en realidad le interesa lo más mínimo. Así que inicia su carrera de novillos y frecuenta a los chicos asilvestrados de la zona, que giran alrededor de un hombre que se autodefine como “filósofo naturista”, y que intenta que los chavales se desperecen un poco de sus agarrotadas costumbres escolares. Nuestro chico -Babel, sin duda-, acaba cogiéndole la suficiente confianza como para pasarle el manuscrito de un drama suyo para que lo lea. Y aquí llegamos al primer fragmento.]

 

   “-Ya sabía yo que tú escribías -dijo Nikitich-. Tienes una mirada particular… Cada día más ausente…

   Leyó mis escritos, movió el hombro, se pasó la mano por el pelo ensortijado y canoso y empezó a pasear por la buhardilla.

   -Cabe pensar -pronunció lentamente, deteniéndose después de cada palabra- que hay en ti una chispa divina…

   Salimos a la calle. El viejo se detuvo, golpeó fuertemente la acera con el bastón y clavó en mí su mirada.

   -¿Qué es lo que te falta? Ser joven no es una desgracia, es algo que pasa con los años… Te falta el sentido de la naturaleza.

   Me señaló con el bastón un árbol de tronco rojizo y baja copa.

   -¿Qué árbol es este?

   Yo no lo sabía.

   -¿Qué da ese arbusto?

   Tampoco lo sabía. Caminábamos por los jardinillos de la avenida Alexandróvskaia. El viejo señalaba con el bastón todos los árboles, me agarraba por el hombro cuando pasaba algún pájaro y me obligaba a escuchar su canto.

   -¿Qué pájaro es ese que canta?

   Yo no podía responder nada. El nombre de los árboles y de los pájaros, su división en especies, la dirección en que volaban las aves, la parte por la que salía el sol, la hora en que es más abundante el rocío: todo era desconocido para mí.

   -¿Y te atreves a escribir? El hombre que no viva en la naturaleza como viven en ella una piedra o un animal, no escribirá en toda su vida dos líneas que valgan la pena… Tus paisajes parecen la descripción de unos decorados. El diablo me lleve, ¿en qué han estado pensando tus padres durante catorce años?

   ¿En qué estuvieron pensando? En letras protestadas, en las fincas de Misha Ellman… No le dije a Nikitich nada de ello, me callé.

   En casa, a la hora del almuerzo, no toqué la comida. No me pasaba por la garganta.

   “El sentido de la naturaleza -pensaba-, Dios mío, ¿por qué no se me habrá ocurrido…? ¿Dónde encontrar una persona que me explique los cantos de los pájaros y los nombres de los árboles? ¿Qué sé de ellos? Podría reconocer un arbusto de lilas, y aun eso cuando la planta está florida. Lilas y acacias. Las calles Deribásov y Grécheskaia están plantadas de acacias…”

   [En este momento, la llegada del profesor de violín desbarata la coartada de nuestro protagonista. Acude para averiguar las causas de la ausencia de su alumno a las clases de forma tan reiterada. El padre se enfurece y trata de machacar al hijo. Escándalo. Las mujeres de la familia salen en defensa de la integridad física del hijo. Cuando todo se calma y llega la noche, el chaval se va con su tía a casa de su abuela. Por el camino, y éste es el final del relato, se pregunta lo siguiente:]

Armadillidium Vulgare (Bicho de bola)

   “Permanecí en mi fortaleza hasta la noche. Cuando todos se hubieron acostado, tía Bobka me llevó con la abuela. El trayecto era largo. La luz de la luna permanecía pasmada sobre desconocidos matorrales, sobre árboles sin nombre… Un pájaro invisible emitió un silbido y enmudeció, o quizá, se quedó dormido… ¿Qué clase de pájaro es? ¿Cómo se llama? ¿Suele haber rocío por las tardes? ¿Por dónde se extiende la constelación de la Osa Mayor? ¿Por qué lado sale el sol?

   Íbamos por la calle de Correos. Bobka me llevaba fuertemente de la mano para que no huyera. Llevaba razón. Estaba pensando en escapar.”

(De “El despertar”, en Relatos, de Isaak E. Babel, Ed. Bruguera)

 

Isaak Babel y un caballo... ¿tordo, alazán, zaino?

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~ por juannicho en abril 2, 2012.

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