Antonin Artaud, asesinado por la sociedad

De la rebelión zapatista a la anarquía social del arte

Por: Juan Nicho

En: Solidaridad Obrera (CNT), nº 281

Septiembre 1998

   “¿Quién soy?/¿De dónde vengo?/Soy Antonin Artaud/y si lo digo/como sé decirlo/inmediatamente/veréis mi actual cuerpo/volar en pedazos/y reunirse bajo/diez mil notables aspectos/Un nuevo cuerpo/donde no podréis/nunca más/olvidarme.”

   A estas alturas de milenio, tildar a Artaud de loco revela poco carácter. A lo sumo, el pobre Antoñito, de encontrarse vivo en esta lamentable etapa histórica, correría el riesgo de, hallándose sin duda perplejo ante el anonadado curso de lo social, correría, digo, el riesgo de ser arrastrado a un borrascoso y turbulento programa televisivo en el que, desolado y ansioso por lo acuciante de sus mensajes eternamente inescuchados, se disolviera allí mismo en pequeños borbotones de tristeza. Y es de esperar que Artaud hablaría, al principio, desconocedor del medio televisivo que intuiría fraterno del cine y del teatro que tanto quiso, y que hablaría además por los codos, febril, furibundo y desaforado, tratando de revelar sus verdades. En suma, profético. Porque no es dable imaginar que leyera el verso de Evtuchenko: “las profecías son silenciosas”, ni que, por desgracia, oyera al antipsiquiatra David Cooper dejando caer que “hay que protegerse” y que “para enloquecer en esta sociedad hay que hacerlo con discreción”. Y desde luego no la tuvo y puede que el tenerla o no le diera absolutamente igual, pero lo cierto es que su actitud y sus palabras le llevaron de cabeza al manicomio donde tras sucesivas tandas de electrochoques y de enfermizas relaciones psicopaternalistas con sus psiquiatras acabó incubando el cáncer que le llevaría al hoyo. Cáncer anal, como última boutade somática. “El olor del culo eterno de la muerte es la energía oprimida de un alma a la que el hombre le ha negado la vida.”

   La verdad es que una de sus profecías, surgidas de su elaborada y barroca crítica a Occidente y a sus esquemas moribundos de vida, versaba acerca de las posibilidades de una revolución integral y total del ser humano en el planeta y que, en su opinión, tal como veía él el cotarro en ese momento histórico, sólo podría darse ya en una tierra que no hubiera suprimido o tan sólo dejado de lado todo aquello de lo que se nutrió en algún momento el espíritu humano: la cultura mítica y que se reconoce en la naturaleza, la no ciega entrega a las convenciones sociales de las que además se ignora el origen y el fin, y el contacto tan y tan directo con lo que le hace a uno conocedor del sentido de su sangre, de su alma y de su cercanía al resto de seres, en fin, a la Poesía. Y como fruto, primero de su intuición y luego de su viaje a México en busca de esa respuesta, de ese país de las maravillas que sería el de la revolución personal y social, señaló a México y a su caudal indígena, en el 1936, como el lugar indicado y necesario para ese suceso histórico-cósmico. “Había venido para encontrar una Verdad que se escapa al mundo de los europeos y que su Raza había conservado.” Y no deja de ser curioso que esta profecía suya, ¡loco Artaud!, se vaya cumpliendo ahora  en las mágicas selvas de Chiapas en las que, amén de todos los reparos posibles a la cofradía zapatista, se está levantando una gente en armas y en imaginación como pocas veces ha sucedido, flotantes en la mitología y leyendas indígenas, fundiendo lo blanco con lo esotéricamente profundo de una cultura milenaria, decididos a hacer de sus vidas algo desacorde con el eterno y multiforme invasor, con el necio, repetido e insultante furor de la muerte de baratillo y belfo colgante. Así, los zapatistas decían hablar con las montañas y sus signos, como aprendió a hacer también Artaud en el breve tiempo que pasó con los indios tarahumaras, asombrado de la riqueza de su ciencia que él asimilaba por completo a la poesía: “Se hacen filósofos absolutamente igual que un niño crece y se hace hombre; son filósofos natos”. Cultura vital. Sabiduría armada.

   Quiero decir que el buen hombre no andaba tan desencaminado con sus visiones. Que “el mal de la sociedad ha invadido el interior mismo del hombre”. Que sus delirios eran mucho más fructíferos que las estériles y castrantes deliberaciones de un comité central, de un grupo instituido de progres o incluso de una asamblea pasada por el turmix de una incomprensible y cotidiana violencia. “Delirios”  eran sus críticas demoledoras al arte (“Toda escritura es una porquería”), a la familia (propuso una frustrada jornada contra la Madre como rol social aniquilador y atacó a la “superstición social de la familia”), a la legislación anti-drogas (“Soy dueño de mi dolor… Y ahora me trago tu ley”), a las religiones muertas, a Dios (“contaminación irreductible de la vida”), a la existencia de manicomios (“receptáculos conscientes y premeditados de magia negra”), al progreso de Europa (“forma colectiva de escorbuto”), al teatro acartonado y sin vida (por la puesta total en escena y contra la “dictadura” del texto) en fin, a casi todo y de un modo exuberante y desgarrado.

   Y aún contando con la parte cercenada (según Panero, de locura fea, de penitencia y disciplina inglesa, de quasimodo) en que sus palabras entran en un bucle cerrado como cuando se inicia en los misterios tan poco misteriosos del catolicismo (sea dicho, como respuesta al acoso psiquiátrico: todos veríamos la “luz” tras un calambre, y es que, de todos modos, él siempre creyó en lo “Sobrenatural” como la “razón de ser del hombre”, una “realidad como las demás” pero actualmente traicionada: “Lo que los hombres llaman hoy lo humano es la castración de la parte sobrehumana del alma”), lo cierto es que Artaud era un hombre visceral y entregado a lo que sentía, cosa que, al parecer, se le hace al mundo insoportable: “No admito que el poeta que soy haya sido encerrado en un manicomio sólo por querer realizar su poesía al natural, (…) por realizar en la vida las ideas que manifiesta en sus libros.”

   Su misma salida del mogollón surrealista no carece de lógica. Para él era ridículo que el surrealismo, con toda su carga de irracionalidad y buceo onírico en lo oculto, tuviera que “descender” hasta el marxismo (recordemos que Breton y su gente se acercaron precipitada y torpemente al Partido Comunista), sino que se imaginaba como algo espléndido el ver al marxismo “elevándose” hacia el surrealismo, “herida de la vida”, con todos sus terribles y transgresores códigos de creación y enfrentamiento a lo establecido, “medio de liberación total del espíritu y de todo lo que se le parezca”. Nadie le hizo caso, se descalificó su vía, al decir de Breton, “semi-libertaria/ semi-mística” (actualmente es de apreciar el misticismo libertario del amigo Lizano), y lo cierto es que los surrealistas metieron una pata que les costó tiempo sacar. ¿Y cuál ha sido el fruto de todos estos desaguisados? Pues, entre ellos, el hecho de que el surrealismo en la actualidad (aparte de las actuales y acertadas aportaciones del Grupo Surrealista de Madrid y otros) se haya visto reducido, como comenta Hakim Bey, a formar parte del criterio y bagaje de la más pura y dura publicidad (junto al psicoanálisis, al destilado burdo de deseos y al desfase chocarrero de la líbido, añado yo), lo que ha concluido en que lo más revulsivo (¿y/o repulsivo?) del mundo mediático y comunicativo sea precisamente lo que más aleja, falsea y deprime a fin de cuentas a los seres: los anuncios comerciales. Artaud ya lo vislumbraba: “esclavos de los hechos”. Porque de la continuidad surrealista a base de alegrías contemporáneas financiadas por el prepotente vacío cultural pero pleno económico de las instituciones avanzadas no vale la pena ni hablar.

   Artaud sufrió mucho por poder expresarse libremente, “necesito poesía para vivir, y la quiero ver a mi alrededor”, atacó todo lo atacable, sorprendió con sus aspavientos, con su miedo soterrado a la agresividad de los normales, su pasión, su grito por una revolución que no fuera de mentirijillas o de unos pocos… O sea, que era un buen tipo que no se merecía lo que le ocurrió… (¿y quién?) …”y por eso es que hace ocho años que estoy internado y se me ha dejado en camisa, envenenado, dormido con electricidad, por eso, por haber querido hallar la materia fundamental del alma y liberarla en fluidos fundamentales”. Y todo esto quizá viene porque hace cincuenta años que ya no se oye el volátil chirrido de Antonin Artaud, y eso… es una pena.

   Hablaba Artaud de la “anarquía social del arte” y no lo hacía en vano. Para él, todo artista debería de alguna manera reflejar el dolor de su época, darle forma, distorsionarlo quiméricamente para hacerlo rebelde, punzante, transgresor. Aunque para ello tal artista acabe convirtiéndose precisamente en el chivo expiatorio, la víctima necesaria para encarnar y cargar con toda la desolación o barbarie de su mundo. Como Jean Pierre Duprey, quien, antes de ser ingresado en un psiquiátrico y suicidarse, se meó en la estatua al soldado desconocido apagando su llama. Antonin Artaud también quería apagar ciertas luces, fundir plomos, llorar chispas, CREAR, jugar con los muñequitos dispersos de que se dota la vida, reír o llorar en medidas impensables, atravesar lo negativo, morir y autodestruirse tan sólo para reencontrarse, saberse él mismo y poder cerrar así el ciclo de este elegíaco artículo con el más efusivo recuerdo que nos funda a Antoñito “el pesanervios” con nuestros días tropezados e imprevisibles de ahora. “Hay una mentira del ser contra la cual hemos nacido para protestar”.

   En realidad, como dejó caer él en alguna parte, se trata tan sólo de encontrar, y no es fácil, “la gran ley del corazón”.

   “Un día el alma será un ser, será un hombre y será una mujer y habrá dejado de sufrir”.

 

 

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~ por juannicho en abril 5, 2012.

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