Vidas amenas (IV): Johnny Appleseed no puede estarse quieto (o Manzanas contra la Aniquilación del Mundo)

   [Este personaje tan especial y entrañable me recuerda a la frase atribuida a Cagliostro y que tan importante me parece: “Hay que sembrar, hay que avanzar y dejar que otros recojan la cosecha”. Menos mal que, gracias a joyas como el librito de Muñoz Puelles, seres como éste se siguen deslizando por los demasiadas veces inhóspitos páramos de mi pensamiento. Gracias a esta sucesión pomófila de interconexiones del mito, el arte y la historia, descubrimos una muestra más de lo que podría ser y hacer un corazón de manzana en este mundo difícil. Todavía parece oscura en nuestros días la frase de Cagliostro, que tan literalmente encarnó Juanito Semillademanzana en su existencia cotidiana… Y sin embargo, acoge en su centro gran parte de los secretos que nos devolverían el sentido destruido de nuestros pasos.]

 

   “(…) Appleseed, cuyo verdadero nombre era John Chapman, nació en Massachusetts, en el seno de una plantación de manzanos. Tenía dos años cuando murió su madre y poco más cuando su padre les dejó, a él y a sus hermanos, para luchar en la guerra de la Independencia. No volvió, y Johnny nunca supo si había caído en combate o, simplemente, se había fugado para eludir sus responsabilidades.

   Tan pronto estuvo en edad de hacerlo, dejó el ambiente ensimismado de la casa familiar y, con un puñado de semillas de manzana en los bolsillos, se dirigió a los montes Allegheny. Allí desbrozó la tierra y se dispuso a cultivar manzanos. Le costó reproducirlos, pero lo consiguió. Viéndolos crecer sentía que se reconciliaba con la vida.

   Un día se hartó de aquellos quehaceres sedentarios y reemprendió su camino hacia el Oeste, por zonas casi desiertas de hombres blancos. En algún paraje de Kentucky o de Tennessee, unos indios cherokees lo rescataron de la nieve, al borde de la congelación, y lo cuidaron hasta que volvió a andar. En justo pago él les obsequió con algunas semillas, que dispersaron en cuanto le vieron alejarse.

   Llegó a las ilimitadas llanuras de Kansas y Nebraska. En cada comunidad que encontraba se ofrecía para trabajar, a cambio de un poco de comida y de un lugar para dormir. Enseñaba a los granjeros a cultivar manzanos y a velar por ellos, hasta que se impacientaba y partía con determinación, como si fuera en busca de algo. A veces regresaba al cabo de los años, para recoger nuevas semillas con destino a nuevas plantaciones.

   En algún momento entró en la leyenda. Los indios le llamaban “Hombre de Barba Roja que Habla con los Árboles”. Para los blancos era Johnny Appleseed, el loco que recorría el país sembrando manzanas. Se decía que los pieles rojas le temían porque tenía poderes mágicos, y que a veces le acompañaban un puma y un coyote vegetarianos, a los que había acostumbrado a comer manzanas.

   Murió hacia 1840. Tres poblaciones de Indiana se disputan el honor de albergar la tumba del sembrador errante. Dos de ellas, Fort Branch y West Lafayette, muestran lápidas con su nombre. La mayoría de los historiadores, sin embargo, dan mayor crédito a la de Fort Wayne: una simple lápida con una manzana grabada por toda indicación. Convencidas de que ese gesto les garantiza la fertilidad, las recién casadas más supersticiosas se sientan aún sobre esa manzana, cuando nadie las mira.”

(De “El sembrador de manzanas”, en Manzanas. Tratado de pomofilia, Vicente Muñoz Puelles)

 

Anuncios

~ por juannicho en abril 11, 2012.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: