A mí es que me gustan mucho los elefantes y muy poco ese imbécil que los mata…

 

ACERTIJO

(Gloria Fuertes)

Tiene la nariz muy larga,
y no es Pinocho.
Una tonelada pesa,
y no es ballena.
Tiene muy buena memoria,
y no es maestro.
Nació en la selva
y hoy vive preso.
Adivina, adivinante.
¿Quién es?
(El elefante)

No quería poner esta foto grimosa, pero...

  Según Juan Eduardo Cirlot, en la Edad Media se le tenía al elefante como “emblema de la sabiduría, de la templanza, de la eternidad e incluso de la piedad”. También cuenta que en la tradición de la India, los elefantes son las cariátides del universo. Y que en las procesiones, eran la montura de los reyes. Hoy los reyes no los montan, se los cargan.

   Llevaba varias semanas acumulando sincrónicamente a mi alrededor historias de elefantes. Algunas eran reales (en el buen sentido), dramáticas, con pequeños elefantes muertos en zoos o martirizados en la via pública. Incluso recuerdo a una pequeña elefanta vagabunda que lloraba en una calle cruel del Oriente. Otras provenían de relatos que llegaban hasta mí y de los que saltaba la figura paquidérmica hasta mi mundo. Retumbaba entonces mi vista ante la aparición de personajes elefantinos que se negaban a aceptar su conversión en reos de la desconsideración humana o bien como vaporosas creaciones oníricas casi espectrales que irrumpían inopinadamente en nuestro acomodado decorado de Occidente.

Elefante en Marte, hace 4 días.

   Resulta llamativo que de nuevo vuelva a saber de ellos a través de las lamentables imágenes de ese desgraciado tipejo que tenemos de jefe de estado, vergonzosamente cubierto de los rancios oropeles de la majestad. Ya me da igual que con su actitud manifieste ampliamente su hipocresía y miserabilidad (tanto pedir ejemplaridad a los súbditos… tanto ejercer presidencias de honor de organizaciones naturalistas…), lo que me resulta más lamentable es que durante tanto tiempo tanta gente haya decidido vivir y creer una mentira monárquica que tan sólo en estos ultimos tiempos empieza a mostrar su verdadero rostro. Como el karma es como es, empiezan los nietos a pagar los pecados de los abuelos, mientras estos ya no se presentan ante sus súbditos con la leyenda de los cuentos, subidos a sus monturas fastuosas. Se dedican a matar, en una especie de llamada inconsciente y clamorosa a los otros arquetipos kármicos que se les adecúan como, por ejemplo, la guillotina.

   En realidad (en el buen sentido), un elefante es uno de los animales que más majestad y realeza contienen. Su misma exposición y carácter meditabundo los hace doblemente vulnerables. Buscar un blanco tan abultado, tan verdaderamente campechano, es una bajeza incomensurable. En la vida no hay accidentes, todo cumple una función en la dinámica de nuestras realidades encarnadas. Tras un tiro real debía venir otro, aunque fuera desenmascarado por un leve accidente que es más un acto de justicia.

   Hace poco leí el relato de un elefante que organizaba una huelga general en un circo, harto de ser explotado junto a los otros animales para beneficio de un patrón inane y unas masas impasibles. Precisamente el elefante. De él surge la huelga general que vence de un modo abrumador las últimas resistencias humanas de la prisión circense. Ante la amenaza de cambiar las tornas y de exhibir a los humanos en las jaulas, estos ceden y los dejan marchar a sus países de origen en el África. Cuando un humano, a la fuerza o no, se pone en la situación de otro ser vivo, algo debe por fuerza cambiar dentro de él. El relato era de Elsa Bornemann y se llamaba “Un elefante ocupa mucho espacio”.

   Casi de inmediato apareció otro cuento con paquidermo. En este caso se trataba de un elefantito que acababa de estrenar su chabolo minúsculo de un zoológico de Madrid. En un momento dado, el pequeñín se deshace de la cadena que aprisiona su pata, salta la valla medio ornamental que lo rodea y sale tan campante del zoo, del Retiro y de la zona del parque mismo, encaminándose a una panadería-pastelería, atravesando los cristales y haciéndose con los mejores pasteles, que devora deleitosamente. Lo más curioso del relato es su vuelta al parque, tranquilamente, hasta incorporarse de nuevo a su lugar del principio. Pero lo hace contento, satisfecho de ocultas certezas y lucideces. El autor nos sugiere que ya no era el mismo que antes, que ahora sabía que podía hacer lo que quisiera y cuando quisiera, que, por mucho que le llegara del mundo la opresión y la ignorancia, él ya era libre. El cuento, con el peculiar nombre del elefantito por titulo, “Macbeth se rebela”, es del autor, Jaime Collyer.

   Hubo otras historias, como el “Animales sueltos”, de Hannah Tinti, con una elefanta paciente y observadora de las tribulaciones de sus cuidadores del zoo; como también “El elefante” de Slawomar Mrozik, con su conformación artificial de goma y aire para reemplazar al verdadero en el zoo (cosas de los ajustes y de la estúpida burocracia de los Estados), y como la alucinante aparición entre la niebla de los elefantes que atravesaban lentamente las calles de Milán, según Ángel Bonomini.

 

   Sé que seguirán apareciendo en mi campo mental. Los elefantes son símbolos, alegorías, sueños, imágenes de muchas cosas, además de unos seres magníficos que tienen una profunda conciencia de la muerte así como de la solidaridad entre sus congéneres. También han estado, para muchos pueblos, relacionados con las nubes. Los elefantes y las nubes. Ellos las producían, ellos vivían en ellas, ellos surgían de las grises nubes de piel de elefante. Estos días en Barcelona han sido y son aún muy nubosos y llenos de grisura celestial. Las bandadas de elefantes aéreos nos rondaban, y no para pedirnos socorro por su expolio y asesinato (son criaturas serenas y sabias) sino para recordarnos que nos acompañan a diario con su paso lento y reflexivo por los senderos de los días. Creíamos que denigrábamos a un hombre diferente por llamarlo elefante y lo estábamos exaltando. El hombre elefante que habla bajito en las noches con su sombra y el elefante que observa a los humanos con una confianza que no quiebra ni la efusión de la sangre.

   Pueden morir los elefantes que sean a manos de malnacidos reales y de gente como ellos. Pero estos sueños crepusculares de gris quebradizo tienen un cementerio de elefantes al que acudir y en el que serán amorosamente bienvenidos. El rey que los mata sabe en cambio que le espera un ámbito oscuro sin súbditos ni charangas en el que miles de ojos le acecharán sin descanso.

 

 

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~ por juannicho en abril 16, 2012.

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