Letras que con sangre entran (“Las Tumbas”, de Enrique Medina)

 

   “Los niños oscuros         los escolares serios y enfermos      con los rasgos más duros que un anciano      no aman      tan solo beben el agua negra      se extinguen mientras crecen      su cuerpo dividido por el reptil insociable      como la hierba hollada      ocultos en la siniestra abadía de sus huesos blandos      nunca definitivos   –   no acabados”

Angélica Liddell

 

   [Desde hacía mucho tiempo no había leído un libro tan pletórico de hostias. Y con niños y adolescentes de por medio. Sí, hablo de cierto tipo de ultraviolencia cotidiana pero sin llegar por lo general a la muerte o la mutilación. Puede que de algún modo se haya deformado nuestro modo de calibrar la violencia, la percepción que de ella tenemos, en función de vectores absurdos como los sucios criterios de los políticos de turno o de la multiplicación sorprendente de eventos creativos relacionados con los muertos vivientes. (Mi amigo Jordi Pánico me decía que, más allá de un desbordamiento del tabú de la muerte, los zombis simbolizan la proliferación desordenada, desesperada, furibunda  y masiva de pobres y hambrientos en el mundo: puede que tenga razón).  La saturación que origina la banalización de la violencia en las continuas efusiones de sangre que salpican al mundo, puede que no nos deje ver sus mecanismos persistentes y expandidos por doquier.

   La violencia cotidiana, especialmente entre seres vulnerables, no accede de buenas a primeras a ese registro nuestro del horror. Puede que nos llegue a resultar un tanto increíble la somanta de palizas que reciben y, cuando les llega el turno, proporcionan los niños y adolescentes de este libro en ese sórdido lugar mezcla de orfanato y correcional de menores en Argentina: Las Tumbas, de Enrique Medina. (“Tumba” es el nombre que le daban los internos a esos lugares).  Escrito con el pulso cortante y enérgico de un Céline latinoamericano. Tragicomedia verista a palos. No leía algo tan atroz desde que cayó en mis manos un libro decimonónico de Jules Vallès: El niño, inicio de una trilogía junto a El bachiller y El insurrecto. En El niño el alter ego de Vallès recibe tantos golpes que a uno le cuesta entender que no los transforme en insensibilidad o en una lógica del daño que afecte a otros, como le ocurre a El Pollo Loco en Las Tumbas. La conversión final del niño en insurrecto nos revela que ha logrado digerir esa situación con una asombrosa dosis de sabiduría. Al Pollo le costará algo más, pero -y la creación posterior del libro es la prueba definitiva-, sin duda lo logrará.

   ¿Cuántas Tumbas así habrán aún dispersas por el mundo? ¿Cuánta violencia prospera todavía entre las sombras de los muros de correccionales, prisiones, orfanatos, comisarías, asilos, manicomios, colegios…?]

Enrique Medina

   [Os dejo con unos fragmentos del libro dispuestos de forma cronológica, lo que da mucho que pensar. Los primeros días de nuestro héroe, sus primeras hostias, su aprendizaje adolescente en la batalla, su castigo institucional y, con el paso del tiempo y las lecciones bien aprendidas, su ingreso en los niveles de control del puro engranaje machacador. Y el final, que nunca es el final.

   A veces recuerda a la dinámica de los campos de concentración, a veces a los relatos de supervivencia de Jack London, a veces al señor de las moscas, siempre a los libros de Céline. En todo caso, lo que está claro es que este lugar en el que ahora entramos no tiene nada que ver, por desgracia, con el internado que filma Jean Vigo en su Cero en conducta, donde los internos se unen contra sus represores. A veces la escuela del daño acaba venciendo a la del apoyo mutuo. Una pena. Pero una gran novela. Impresionante. Golpe tras golpe. Sangre fresca a la hora del patio.]

 

   “El segundo día hice el boludito. Me la rebusqué más o menos. Pero a la noche me esperaba una sorpresa. Justo cuando me iba a acostar se me vinieron todos al humo con las almohadas y me empezaron a dar. Yo me cubría como podía y me defendía a las patadas, pero era al pedo, los almohadazos aparecían por los lugares más insólitos. Cometí el error de meterme bajo la cama. La corrieron y me tuvieron a su disposición. Unos se empecinaron con mi espalda, que sonaba como tambor; otros preferían mi cabeza, quizás para ver desparramarse mis sesos si podían reventarla contra las baldosas. Un golpe en la cabeza sonó contundente y a madera. Se repitió en la frente. Grité como loco. De tanto ensayar cada vez gritaba mejor. Se armó el desbande general, pero antes me dejaron propinas: unas buenas patadas en toda mi humanidad con los zuecos, la única defensa de mi cuerpo era el camisoncito.

   Por lo menos aprendí algo en ese momento: cuando se pegaba, relamente se pegaba, no era cuestión de hacerle hacer ejercicios a los brazos y a las piernas, había que lastimar al que se le pegaba, las consecuencias se tenían en cuenta recién cuando el otro quedaba anulado. Si no, ¿dónde está el chiste? Más adelante me daría cuenta que el sistema, además de práctico era lógico. (…)”

 

   “(…) …fue cuando me peleé con el Tanito. Mi cálculo era caerle sobre los hombros, voltearlo con el envión, caer parado, liberar a mis compañeros y rajar todos.

   Tuve tan mala suerte que una de mis piernas golpeó en el mate del Tanito y mi equilibrio se fue a la mierda. Mi jeta aterrizó en el piso de cemento y desde entonces mis incisivos inferiores son realmente inferiores. El golpe fue tal, que medio me aturdí.

   El Tanito me dio un boleo en el culo y me puteó. Me levanté y nos trenzamos. Nos separaron. Martínez me decía que me dejara de joder; supondría que todavía yo no estaba preparado para pelearle. El ambiente se caldeó, estábamos todos calientes y parecía que se iba a armar una batalla campal como en esa de Errol Flynn que mueren con las botas puestas. (…)

   La mano de Martínez me apretó más y me dio el envión. (…) Y el Tanito se me vino encima como lanzado por una catapulta. Como me tomó de sorpresa lo agarré. Sus partidarios creyeron que yo me había cagado y empezaron a alentarlo con todo. Esos gritos me vinieron al pelo porque me despabilaron y me hicieron recordar el odio que le tenía al Tanito de mierda y la biaba flor que me había dado en el baño.”

 

   “De esos gritos mi recuerdo salta a la sala de dirección con dos celadores agarrándome de los brazos y las piernas y Cara de Remolacha dándome patadas y trompadas donde podía, ya que yo me movía mucho. La dirección se transformó en un despelote vivo.

   Estaba seguro de que había despertado de una pesadilla y que había caído en otra peor. Creo que estaba enloquecido. El brazo gordo que me cubría la boca me sofocaba y desesperaba. Pensaba que me querían matar y eso me daba fuerzas que nunca imaginé tener. En un rincón alcancé a ver unos anteojos rotos. Eran del hijo de mil putas de Cara de Remolacha que todavía no podía acomodarse bien para darme como quería.

   El Chancho Bigotes era el segundo hijo de mil putas, me tenía agarrado de las piernas, cosa muy difícil porque yo parecía estar conectado a un cable pelado. El tercer hijo de mil putas era el Tuerto Heredia que me la tenía jurada y ahora aprovechaba para ahogarme con una tenaza que le hacía apretar los dientes. A Cara de Remolacha, el hecho de estar yo en el aire, le facilitaba bastante la tarea de golpearme; con los puños cubría mi estómago y mi cara y con los pies mi culo y mi espalda y en un momento dado mi nuca, pero aquí tuve la culpa yo por moverme tanto.

   La cara sudorosa de Cara de Remolacha y las venas de su frente que querían reventar me dieron miedo y, en el julepe por liberarme, mordí con todas mis fuerzas el brazo que me ahogaba al tiempo que pude patearle el par de huevos al Chancho Bigotes, cosa muy mal calculada por cierto, ya que los dos me soltaron a la vez y mi sesera rebotó en el suelo.

   La puerta estaba cerrada con llave así que solamente podía correr entre ellos usando sillas y escritorio como escudo y armas a la vez. Al cenicero y el tintero los hice sonar contra la pared a pesar que mi intención era hacerlos sonar en la jeta de mis contrincantes, me prometí afinar la puntería para una próxima ocasión.

   El Tuerto Heredia con el palo de una escoba me alcanzó en la jeta y agrandó mi sonrisa abriéndome la comisura de los labios. ¡Culpa de la boca abierta! Mi paralización le permitió al Chancho Bigotes agarrarme por atrás; con los talones le di en las canillas. Por suerte mis reflejos estaban bien aceitados, pero igual todavía me faltaba pulirme. Si no, que lo diga el puntinazo de Cara de Remolacha que se me enterró en lo más hondo de la panza; al encogerme, de un culazo mandé al Chancho Bigotes contra la pared.

   Después supe que había enchastrado el piso con una flor de vomitada y que Cara de Remolacha me llevó en brazos a la enfermería. Dicen que dicen que tenía una cara de susto que en vez de remolacha parecía leche. También… ¡abusador de mierda!, ¿cómo se le ocurre darme con la silla en el balero? (…)”

 

   “Había variado todo. Se podía decir que éramos celadores con amplio poder para emplearlo. Para los pendejitos también había cambiado la situación. Ahora, además de una celadora para fajarlos, también había un hijo de puta con ganas de desquitarse.

   Sobre el trabajo de líder hay mucho y poco que contar. Lo elemental era levantarlos, darles un voleo en el culo, hacerles limpiar hasta el último rincón, darles un viandazo, hacerles formar, patearle los tobillos al que no está derecho, hacerlos rezar, practicar coscorrones, darle un flor de mamporro al que se mete los dedos en la nariz, llevarlos al comedor, darle una trompada al que habló fuerte, dejarlos sin postre a dos o tres si uno tenía hambre, elegir al más piola de todos y hacerlo alcahuete personal, y si era bien piola darle poderes sobre los demás, llevarlos a jugar, y si uno quería estar tranquilo los ponía a todos en penitencia porque sí nomás, hacerlos limpiar todo el día para que cuando viniera la sita de inspección nos felicitara por la limpieza, afanarles de prepo las encomiendas que les dejaban las visitas, que entre paréntesis eran muy pocas, darles una trompada en la espalda…”

 

   “Siguieron dos Tumbas más. Iguales y distintas. Otros sistemas, otros métodos. Nuevos compañeros. Pero al fin y al cabo todo lo mismo. Un día, la puerta estaba abierta. Llovía mucho y estaba anocheciendo. Amo la lluvia. Me dije: feto mal cagado, estas calles son tuyas. Y las hice mías. Al menos eso creí. Punto.”

 

(De Las Tumbas, Enrique Medina, Ediciones de la Flor, 1972)

 

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~ por juannicho en abril 27, 2012.

2 comentarios to “Letras que con sangre entran (“Las Tumbas”, de Enrique Medina)”

  1. “A veces la escuela del daño acaba venciendo a la del apoyo mutuo”…
    ¿A veces?

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