La fisión de la humillación (Carrie y su via crucis high school)

 

   “(…) Carrie comenzó a aullar, mientras retrocedía agitando los brazos, gruñendo e hipando.

   Las muchachas se detuvieron al darse cuenta de que finalmente se había llegado a la fisión y la explosión. Fue en este momento cuando, según sus recuerdos, algunas de ellas manifestaron su sorpresa. Sin embargo, ahí estaban todos esos años de “acortemos las sábanas de la cama de Carrie” en el campamento de la Juventud Cristiana y “encontré esta carta de amor de Carrie para flash Bobby Pickett, hagamos copias y repartámoslas” y “escóndele las bragas en alguna parte” y “ponle esta culebra en el zapato” y “zambúllela otra vez, zambúllela otra vez“; todos esos años en que Carrie, siempre lenta y rezagada, participaba con obstinación en los paseos en bicicleta, un año conocida como “adefesio” y el siguiente como “mamarracho”, oliendo siempre a sudor, incapaz de alcanzar a las demás; esa vez que contrajo una afección a la piel por orinar entre los matorrales junto a una hiedra urticante, sin poder impedir que todo el mundo se diera cuenta (Oye, rascaculos, ¿te pica el trasero?); la tarde que se quedó dormida en la sala de estudio y Billy Preston le echó mantequilla de cacahuete en el pelo; los pellizcones, las piernas estiradas en el pasillo entre los bancos para hacerla tropezar, sus libros desparramados por el suelo, la fotografía obscena metida en su bolso; ese día en la iglesia cuando se arrodilló torpemente para rezar y la costura de su vieja falda de madrás se abrió junto a la cremallera con el ruido de una vela que se rompe; Carrie, la que era incapaz de coger la pelota en las manos aunque se la lanzaran de una distancia mínima; la que se cayó de bruces en la clase de danza moderna y se partió un diente, la que se estrellaba contra la red en los partidos de vóleibol, la chica que usaba medias que siempre tenían una carrera o estaban a punto de tenerla, la que mostraba siempre una mancha de sudor bajo las mangas de sus blusas; la chica a quien Chris Hargensen llamó después de clases desde la “Kelly Fruit”, en el centro, y le preguntó si sabía que “pedo de cerdo” se escribía C-A-R-R-I-E. Repentinamente se alcanzó todo esto y la masa crítica. Se encontró la definitiva y largamente buscada humillación, la última burla: la fisión.

   Retrocedió chillando en ese nuevo silencio, con sus gruesos brazos sobre el rostro y un tampón metido en medio del vello de su pubis.

   Las muchachas la observaban con ojos brillantes y solemnes.

   Carrie continuó hasta llegar al costado de uno de los cuatro grandes compartimientos de las duchas y lentamente se desplomó hasta quedar sentada. Gemidos lentos e impotentes la sacudían. Sus ojos giraban mostrando su húmeda blancura, como los de un puerco en el matadero.”

(De Carrie, Stephen King, Ed. Pomaire)

 

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~ por juannicho en mayo 7, 2012.

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