Sobre traiciones y un puñado de libros en el espejo

 

   [Pienso a veces en las ideas que se repiten en algunos libros que uno lee. Es como si quisieran insistir, asegurarse de que lo has entendido, de que siquiera has prestado atención a esa realidad de la que te hablan con los ropajes de los cuentos y las novelas. Suele ocurrir dos veces, de dos en dos en un plazo reducido de tiempo. Y si ocurre de un modo más flexible, transitando los meses o incluso los años -y aún así descubres lo presente que lo tenías- es porque ahí estaba esa causa sin efecto, esa palabra a punto de oírse, ese gesto inacabado…

   Nadie dudará que la traición de un ser querido sea una de las cosas más terribles que puedan ocurrir en la vida y ante las que nos hallamos menos preparados, más vulnerables. Poco importa que tras ella se alcance un grado determinado de lucidez. Es un precio demasiado caro para el autoconocimiento. Y además, lo que uno pueda creer haber aprendido a resultas de todo ello, puede que no sea propiamente un avance. En todo caso, el paisaje que deja tras de sí semejante tipo de traición es demasiado desolado para que puedan discernirse en él los frutos del aprendizaje de los efectos secundarios de la desconfianza y el rencor.

   Eso en abstracto. Porque no estoy seguro que la literatura haya recogido con estricta minuciosidad ese proceso de devastación ulterior a una traición de ese tipo, como no sea en las novelas rusas -especialmente de Dostoievski-. Lo que he ido leyendo estos días responde a traiciones de tono menor -al menos visto desde fuera- ya que tienen como fundamento predominante el objeto en el que se vuelcan los afectos más que el cuestionamiento íntegro de la esencia del otro. Pueden ser traiciones de destino incierto, cometidas en una inexperta adolescencia, pero que acaben asumiendo desagradables complicaciones policiales. Este era el caso de El juguete rabioso, de Roberto Arlt y El búfalo de la noche, de Guillermo Arriaga.  En el primero, su tan “ruso” protagonista madura la traición a sus amigos tras un robo como una inevitabilidad de la existencia; en el segundo, la chica denuncia extrañamente a su amante tras una complicada relación a tres bandas con uno de los lados recién suicidado. Da la impresión que no podían haber acabado de otro modo estas historias, que la traición era el manotazo que debería poner orden en las cosas. No piensa uno en Judas ni en su dramática y profundamente ilógica historia, sino en un niño demasiado excitado que acaba rompiendo el juguete que tiene en las manos. Como si a veces no se supiera cómo reaccionar y la destrucción de un afecto fuera un equivalente de su incremento. No son traiciones interesadas: se trata de palos de ciego en lo emocional en busca de una reacción insospechada. Pero hay traiciones más reflexivas, trabajadas… también confusas e imperdonables pero que van más allá de un instante y se aposentan en el cuerpo entero de una vida.

   Cuando leí un precioso librito que editó Periférica hará muy poco, Diario de un hombre con éxito, del inglés de finales del XIX Ernest Dowson, al que Yeats tenía por “tímido, silencioso y un poco melancólico”, recordé de inmediato dos referencias literarias que me remitían tanto al contexto en el que se desenvolvía la historia como al lánguido contenido de la trama. Nuestro “hombre de éxito” llega a la ciudad belga de Brujas. Su mujer ha muerto y regresa a la que fue su ciudad a sumirse en los recuerdos de su juventud, de la época en la que fue feliz y en la que también empezó a sentirse desdichado. Esperaba hallar los fantasmas de su mejor amigo y de su primer amor. La ciudad se muestra convenientemente sombría.

 

   “Después de todo, pocos lugares atraían mi imaginación con tanto ímpetu como esta vieja ciudad otoñal -la más medieval de Europa-. Me alegra haber regresado al fin. Es una alegría melancólica, sin duda, pero a mi edad los placeres son antes que nada melancólicos. Uno de ellos es el otoño, y siempre es otoño en Brujas.

 

   (…) Por la tarde fui al Béguinage y me senté un largo rato a la sombra de un árbol que seguramente había crecido mucho desde aquellos tiempos pasados. Estuve ahí, me temo, hasta que la oscuridad y el frío me llevaron a casa para la cena. Tal vez fue un error regresar a Brujas. La monotonía de esta terrible, persistente y antigua ciudad parece magnificar nuestros cambios.

 

   (…) Ayer me juré que haría el equipaje y me iría a Bruselas, pero aún me encuentro en Brujas.

   El encantamiento de la antigua ciudad flamenca se acrecienta.

   Hoy mi paseo me llevó lejos. Deambulé por los embarcaderos y me detuve en un viejo puente desde el cual -a través de los castaños- se obtiene una vista perfecta de las agujas y el techo rojo de Notre Dame. Pero el lugar en particular no importa, cada rincón de Brujas está lleno de recuerdos. ¡Qué vívidos son! En Bombay no tuve tiempo para recordar o arrepentirme; ahora todas las historias muertas y olvidadas aparecen como fantasmas para causarme tormento. A veces me asalta una fantástica sensación: de un momento a otro, en alguna iglesia mohosa, he de toparme cara a cara con Lorimer.”

 

   Curiosamente, un autor belga que nació doce años antes que Dowson y murió tan sólo dos antes que él, había paseado de un modo extraordinariamente similar su pesadumbre novelada por las calles de la misma ciudad. No sé en qué año escribiría cada uno su libro -no es importante- pero seguro que de averiguarlo los hallaríamos más que cercanos en el tiempo y en el espacio. Un espacio tan lúgubre como las calles de Brujas por las que se pasea inconsolable y algo enfermizo el protagonista de Brujas, la muerta, la envolvente obra de Georges Rodenbach. Él también ha perdido a su mujer y también tiene fantasmas en su vida. Hugues Viane es su nombre.

 

   “¡Y qué triste estaba Brujas en esos atardeceres! ¡A él le gustaba así! Hugues la había elegido por su tristeza y se había instalado en ella después del gran desastre. Antes, cuando viajaba con su mujer y llevaba, guiado por su fantasía, una existencia más bien cosmopolita, en París, en países extranjeros, al borde del mar, había estado allí de paso, sin que la melancolía de la ciudad pudiera hacer mella en su felicidad. Pero, más tarde, cuando se quedó solo, se había vuelto a acordar de Brujas y había tenido la intuición repentina de que debía ir a vivir allí. Se dio una misteriosa ecuación. A la esposa muerta debía corresponderle una ciudad muerta. Su enorme pesar exigía un decorado de esta naturaleza.  Sólo allí la vida le sería soportable. Había ido a Brujas por instinto. Que el mundo se agite en otros lugares, que bulla, que encienda sus fiestas, que trence sus mil rumores. Él necesitaba el silencio infinito de una existencia tan monótona que casi no le diera ya la sensación de estar viviendo.

 

   (…) Aquella tarde, más que nunca, le asaltó el negro recuerdo mientras caminaba al azar. Emergió de debajo de los puentes donde lloran los rostros de fuentes invisibles. Una impresión fúnebre emanaba de las casas cerradas, de los cristales semejantes a ojos vidriosos de agonía, de los aguilones que imitaban en el agua escaleras de crespón. Recorrió el Muelle Verde, el Muelle del Espejo, y se dirigió hacia el Puente del Molino, hacia las afueras pobladas de álamos. Y por todas partes el frío goteo sobre su cabeza, las breves notas penetrantes de las campanas de las parroquias, como lanzadas por un hisopo para una absolución.”

 

   Esto en cuanto al contexto, el decorado. Sobre la trágica historia que narra el brevísimo libro de Dowson (una trama que podría remitir en el tiempo a la historia de Arriaga) descubrí un eco en un relato mucho más cercano en el tiempo y con un armazón mucho menos “sofisticado”. Este eterno triángulo de los dos mejores amigos compartiendo una también mejor amiga y que con el tiempo deviene en amante de uno o de los dos detonando un conflicto de difícil resolución, se halla en el núcleo de infinitas narraciones en las que los personajes sienten los movimientos de los otros como una descomunal traición a la amistad o al amor. En el caso del librito de Dowson, el engaño ha comportado una reescritura del guión completo de varias vidas; ha llevado a que, de un modo inútil y gratuito se torcieran determinados hilos de la existencia. Y digo gratuito porque aquí surge algo que suele acompañar a los grandes desengaños entre seres unidos por algún vínculo afectivo: las traiciones en muchos casos acaban siendo inútiles y nadie o casi nadie gana nada con ellas. Aunque no siempre es así.

   El relato que decía me había recordado este recurrente argumento lo trazó el gran cuentista de Illinois Sam Shepard en la pieza que da título a su libro de cuentos: “El gran sueño del paraíso”. Es la historia de dos viejos que viven juntos en una casa y comparten prácticamente todas y cada una de las situaciones de su vida:

 

   “Se conocían de toda la vida. Habían crecido en un pequeño pueblo de Dakota del Sur llamado Alma, o al menos eso ponía en el cartel que colgaba en la oficina de correos. Se separaron varias veces a lo largo de los años, pero siempre consiguieron reencontrarse, hasta que, finalmente, después de separarse o perder a sus mujeres, y de que sus hijos se largaran al infierno de Silicon Valley, decidieron compartir el mismo bungalow de hormigón en las afueras de Twentynine Palms. Les iba bien. Llevaban viviendo ahí, relativamente felices, once años en total. (…)

   Algo que ambos tenían en común era una vista impecable para las camareras. No sólo camareras guapas o sexys, sino también camareras con corazón. Camareras con el inequivoco sello de la compasión en los ojos. No había muchas, y siempre muy espaciadas, en eso estaban de acuerdo, pero cuando descubrieron a Faye pareció llenarles de nueva determinación. Cada mediodía se duchaban y afeitaban, se ponían camisas limpias, sus corbatas de cowboy y los pantalones militares planchados, se ponían sus sombreros Stetson Open Road y se iban de excursión por la polvorienta carretera principal hasta la autopista. Justo antes de entrar por la puerta del Denny’s, ambos se limpiaban el polvo de las botas en los pantalones, comprobaban que sus corbatas estuvieran rectas, se quitaban los Stetson y entraban en la sala con aire acondicionado. Se sabían el horario de Faye de memoria y siempre llegaban, deliberadamente, en el punto álgido del mediodía para observarla en acción. Los dos esperaban pacientemente uno al lado del otro con los sombreros en la mano, cubriendo sus rodillas, aguardando a veces incluso cuarenta y cinco minutos para una mesa, sólo para observar a Faye balancear sus increíbles caderas al cruzar las puertas de la cocina, cargando con bandejas de pavo humeante y bocadillos calientes de beicon, tomate y lechuga, y siempre con una sonrisa dedicada a las multitudes que rompía corazones: los gordos, los feos, los maleducados, los borrachos, los locos, no hacía ninguna distinción, todos recibían el mismo rayo radiante de bondad de sus ojos. Ninguno de ellos se daba cuenta y, definitivamente, ninguno se lo merecía, según Dean y Sherman. La época de los caballeros ya estaba muy pasada de moda, pero ellos se presentaban cada mediodía en el Denny’s para recordarle a Faye que su tipo de belleza era una gran bendición en medio de aquella triste locura. A ella también le gustaba.”

 

   Y bueno, ya podéis imaginaros lo que viene a partir de ahora en esta conmovedora historia. Aquí no es que pueda hablarse propiamente de traición, pero es que la interrupción abrupta de unas costumbres largamente compartidas produce muy a menudo esa sensación. Y además, el hecho de que uno de nuestros dos buenos “galanes” se cite a solas ¡y a escondidas! con la camarera y pase una velada hablando y riendo con ella, puede considerarse un hecho tan decepcionante para uno como inevitable para el otro. A fin de cuentas ellos debían compartirlo todo, no podían hacer una excepción tan flagrante con lo que más brillaba en el cielo de sus ilusiones de cada día. Pero aquí, y aunque luego el infractor regrese a dar explicaciones (“¡No fue idea mía, fue de ella!”), algo se ha roto ya entre ellos y el que se considera herido abandona la casa en una escena tristísima.

   En fin, que puedan considerarse estrictamente traicioneras o no, hay muchas situaciones en las vidas humanas que le entregan a uno a la vivencia extraña y turbulenta de un vuelco de la realidad, de algo que no podía ocurrir de ninguna de las maneras… y ocurre. Puede que esas traiciones, cuando más desapercibidas pasen, es cuando las comete uno mismo. Somos un florecido manojo de justificaciones para nuestros actos. Quizá cuando la vida se encarga de ponernos dolorosamente frente a este desconsiderado modo de relación de unos con otros puede que nos esté recordando que ninguno fuimos, somos y -probablemente a través de muchas vidas más- seremos inocentes.]

 

 

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~ por juannicho en mayo 13, 2012.

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