Cosas de Lugubrino

 

   “Poco tiempo después del catastrófico desenlace de la pasión de Lugubrino por la señorita Emilia Girouette, el señor Ceñudo se vio envuelto, muy en contra de su voluntad, en un pleito que lo compelía a estar pendiente del Tribunal Superior de Justicia. Lugubrino se quedó solo en Abadía Pesadilla. Lugubrino era un muchacho que ya había sufrido quemaduras y le tenía terror al fuego de los ojos femeninos. Se paseaba por la amplia mansión o a lo largo de la terraza-jardín, con “sus facultades cogitativas inmersas en la cogibundidad de la cogitación”. La terraza terminaba en la torre suroeste, que, como ya hemos dicho, estaba en ruinas y llena de lechuzas. Allí es donde Lugubrino se sentaba por las tardes, sobre un bloque caído de piedra cubierto de musgo, con la espalda apoyada contra la pared derruida, bajo una densa bóveda de hiedra con alguna lechuza en ella, y Las cuitas del joven Werther en la mano. Había tenido cierto gusto por la lectura de novelas románticas antes de ir a la universidad, donde, debemos confesar, para hacerle justicia a su colegio universitario, lo habían curado de su pasión por la lectura en todas sus formas; y la cura habría sido radical si el desengaño amoroso y la soledad absoluta no hubieran conspirado para provocar una recaída. Lugubrino empezó a devorar novelas románticas y tragedias alemanas y, por recomendación del señor Floski, comenzó a estudiar con detenimiento pesados tomos de filosofía trascendental cuya jerga mística e imaginería nigromántica lo reconciliaron con el esfuerzo del estudio. En la agradable soledad de Abadía Pesadilla había espacio y tiempo suficientes para que las destempladas ideas del romanticismo metafísico y la metafísica romántica germinaran y dieran lugar a una fértil cosecha de quimeras que rápidamente se convirtió en una vegetación vigorosa y abundante.

   A Lugubrino le empezó a preocupar la pasión por reformar el mundo. Construía muchos castillos en el aire y los habitaba con tribunales secretos y bandas de illuminati que siempre eran los instrumentos imaginarios de su proyecto de regeneración de la especie humana. Como Lugubrino pretendiera instituir una república perfecta, se entregó con absoluta soberanía a esos dispensadores místicos de la libertad.  (…)

   Lugubrino pasó a meditar acerca de la viabilidad de restablecer una confederación de regeneradores. Con el fin de obtener una visión clara de sus propias ideas, y para sentir el pulso de la sabiduría y el genio de la época, Lugubrino escribió y publicó un tratado en el cual sus intenciones quedaron cuidadosamente envueltas en la cogulla de monje de la tecnología trascendental, pero cargadas de insinuaciones a una materia tan profunda y peligrosa que pensaba que agitaría a toda la sociedad; y esperó el resultado con terrible impaciencia, como un minero que espera la explosión de una roca después de haber prendido un cebo. Sin embargo, Lugubrino escuchó pero no oyó nada; ya que la explosión, si es que hubo alguna, no fue lo suficientemente potente para agitar una sola hoja de la hiedra que cubría las torres de Abadía Pesadilla; y unos meses más tarde, recibió una carta de su editor donde le informaba de que sólo se habían vendido siete reproducciones, y al final le solicitaba muy cortésmente que se hiciera cargo de las pérdidas.

   Lugubrino no se desesperó. “Se han vendido siete reproducciones” pensaba, “el siete es un número místico, y el augurio es bueno. Encontraré a los siete compradores de mis siete reproducciones y ellos serán los siete candelabros con los que iluminaré el mundo”.

   Lugubrino tenía cierto talento mecánico que sus proyectos románticos tendían a desarrollar. Construyó modelos de celdas y escondites, paneles correderos y pasajes secretos que habrían dejado perpleja a la hábil policía parisina. Aprovechó la ausencia de su padre para meter a escondidas en la abadía a un carpintero mudo y entre los dos hicieron realidad uno de aquellos modelos en la torre de Lugubrino. Lugubrino preveía que un gran líder de la regeneración humana se vería implicado en terribles dilemas y resolvió adoptar, en beneficio de toda la raza humana, todas las precauciones posibles para su propia supervivencia.

   Lugubrino obligó a los criados, incluidas las mujeres, a que guardaran silencio. La abadía y los alrededores de la misma se sumieron en un profundo silencio, lo único que se escuchaba era algún portazo ocasional que reverberaba por las galerías, o el lento paso del pensativo mayordomo que despertaba ecos huecos en el recibidor. Lugubrino se paseaba como el gran inquisidor y los criados se deslizaban junto a él como fantasmas. En sus meditaciones vespertinas en la terraza bajo la hiedra de la torre en ruinas, los únicos ruidos que llegaban a sus oídos eran el susurro del viento en la hiedra, las voces quejumbrosas de las emplumadas coristas, las lechuzas, las camapnas ocasionales del reloj de la abadía, y el monótono embate del mar en la baja y lejana orilla. Mientras tanto, Lugubrino bebía vino de Madeira e ideaba profundos planes para la reparación total del desquiciado orden de la naturaleza humana.”

De Abadía Pesadilla (1819), Thomas Love Peacock, Ed. El Olivo Azul, 2008

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~ por juannicho en mayo 16, 2012.

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