Apocalipsis sin jinetes

 Instrucciones para un descenso a cargo de Marek Hlasko y Pierre Drieu La Rochelle

 

Juan Camós

Suicidio Autónomo (2004)

En algunas fotos: Theda Bara

 

Me gusta el aspecto de la Agonía

porque sé que es verdad”

Emily Dickinson

 

Hay en el alma un deseo de no pensar”

Raymond Carver

 

Has vencido y yo sucumbo. Pero de aquí en adelante tú también has muerto, ¡has muerto para el Mundo, para el Cielo y para la Esperanza! En mí existías tú, y mira en mi muerte; por esta imagen que es la tuya, cuán enteramente te has asesinado a ti mismo”

William Wilson”, Edgar Allan Poe

 

 

 

I

 

   En otros tiempos, un hombre preso de la exasperación de la tristeza o de la desesperación vital podía simplemente irse a la guerra a hacerse matar. La mujer, en sus condiciones materiales de existencia, no hacía falta que hiciera nada para sentirse desgraciada y apagarse. Y eso en el caso de que la curiosidad por el mundo remoto y desconocido no fuera un aliciente válido para el sufridor. En él siempre podían ocurrirle una infinidad de cosas absurdas que le distrajeran de su hastío. El mundo podía ser aún el lugar de la imprevisibilidad, de la sorpresa.

   Hoy en día sucede todo de un modo bien distinto. El planeta ya se ha visitado por completo. Las perspectivas de vida son más limitadas y la mayor y más perfecta de las religiones personales no conlleva asegurada una vía de acceso a la felicidad. Fenómenos de inusitada envergadura y de difícil explicación nos presentan a seres en principio poseedores de una generosa porción de vida, dueños de un destino en apariencia envidiable, cultos, curiosos ante los pormenores de la existencia, derrumbarse como un castillo de naipes sin ser demasiado capaces de analizar con detalle el alcance de su caída. Atrapados en un mundo de cuadrícula vulgar y dudosa, asisten a la categorización exhaustiva de todos los posibles estados del alma, de cada una de las pírricas opciones de expresión en sociedad, de la limitación férrea en las relaciones humanas, de las costumbres monocordes a lo largo y ancho del globo y, en fin, de las líneas de desarrollo posibles que le esperan en el futuro inmediato y que, advierten compungidos, no admiten demasiadas variables o variantes. Ya Stefan Zweig poco antes de liquidarse, anunciaba en 1944 el advenimiento triunfal de “la monotonización absoluta del mundo”.

 

  En la época de la hipertrofia del yo y del culto a sus realizaciones se dan cuenta de que poco o nada puede hacerse con semejante abultamiento canceroso de la conciencia y que es ahora, cuando se descubren los misterios y se analizan las oscuridades, cuando no hay nada que justifique el continuar avanzando de la Historia. Al fin y al cabo, un mísero gen nos separaba de la rata, del gusano y de la mosca del vinagre. Y las guerras, lejos, para profesionales o nativos que acaparan esa formidable vía de acabamiento.

   Hoy no puede uno marcharse a las cruzadas con una vaga excusa religiosa para disparar a la ruleta del fin. Aunque, por supuesto, sigan los humanos generando dolor y odio, reservan a sus gobiernos la capacidad de administrarlo, y lo hacen de un modo perfectamente burocrático y por tanto impersonal.

   Quien quisiera, impulsado por un inesperado destello de vitalidad, librar una postrera batalla a la muerte, pelear con uñas y dientes contra un insólito enemigo, poner en manos de una guerra el fatal destino y permitirse un último gesto delicado, el del jugador, ya sólo tendría una opción, el recurso final de quien se resiste a las despedidas, la última bala en la recámara: pelear contra sí mismo. De estos luchadores alucinados está hecho el verdadero ejército del Apocalipsis.

 

Zdsizlaw Beksinski

 

  La dimensión poética de las cosas ha ido disminuyendo mucho con el tiempo. La propia visión exteriorizada de uno mismo, la figura eterna del doble -visión turbadora de nuestras esencias, dudosas o no-, ha decaído gravemente en nuestra época. Si en un principio Borges nos situaba el origen del concepto del doble en los espejos, las aguas y los hermanos gemelos, y más tarde Romà Gubern nos lo actualizaba con la aparición de la industria (la fabricación de cosas repetidas), la serialización (“reproductibilidad técnica” -Walter Benjamín dixit-), y la fotografía, con sus dobles perfectamente perfilados, nos hallamos ahora con un panorama un poco diferente. El doble, que es la representación de nosotros mismos que nos hacemos en el mundo, se ha difuminado casi por completo. ¿Dónde se halla ahora el William Wilson repetido a nosotros que nos actualice la conciencia, aún a riesgo de desgarros y temores? ¿Qué podemos ver en sombras chamisianas y cuadros wildianos? ¿Dónde se ha escondido nuestro reflejo? ¿Cómo llamarle para que se identifique, aunque siempre se haya creído que la aparición del doble es la señal segura de la muerte?

   No se puede. Ese doble, esa imagen nuestra que nos dé carta de existencia, no existe, porque se ha esparcido, se ha derramado como un plato de sopa sucia impregnando la raída alfombra de la vida. Miremos a donde miremos, ahí está nuestro doble, indiferente, cansino, embrutecido, mortecino. Algo nos ha igualado de tal manera que en nuestro extremo desamparo y soledad podemos aún identificarnos con la carencia general de cada humano. Llámese alienación, uniformización, o incluso globalización de las almas, lo cierto es que se hace difícil fijar en una mirada, en unos gestos, en un complejo organizado de rasgos una mínima similitud o simpatía con nadie en concreto, al tiempo que puede hacerse con todos en conjunto, (sin sentir por ello la mínima simpatía universal de especie, por descontado). El rasero calibrador de las almas es el vistazo, el toque, el sorbo, la oída, la ojeada,… nada profundo, capas superficiales en las que no se produce contacto eléctrico alguno. La vida así se convierte en un chapapote pringoso, un alquitrán indeterminado del que es comprensible se quiera uno deshacer a manotazos.

   Es por ello que en esta última lidia del humano afectado con sus postreros recursos, deba tratar de fijar a su enemigo de alguna manera, a su enemigo que es él mismo desprendido del magma igualador del rebaño. Debe sin duda alguna recurrirse a la magia para ello, ha de conjurarse ese espectro vacilante que tantas reticencias muestra para manifestarse. Pero ya no quedan magos que susurren las fórmulas, las brujas ya no hablan desde sus hogueras, madame Blavatski se ha dormido. Sólo queda improvisar.

 

 

 

II

  

    Un medio de improvisación tan antiguo como las piedras es utilizar una sustancia para hacer emerger a ese doble de las profundidades del alma. La guerra no será frente a un ejército bien pertrechado, sino que se librará frente a los desarreglos espantosos de una adicción.

   Nadie puede ignorar el carácter metafísico de más de una adicción, el intenso diálogo establecido entre uno y su imagen especular creada por la droga. Es, indudablemente, un marco poco heroico para debatirse y poca grandeza se hallará en los encuentros broncos de sus tensiones. Sin embargo, será innegable que se produce una lucha en la que los contendientes manejan sus armas con destreza, llegando a caer heridos de muerte cuando la voz inclemente de la droga proclama su victoria definitiva.

 

Pierre Drieu La Rochelle

  Para muchos quizá sea este último viaje previo al colapso un vía crucis adecuado a la época, un recorrido de pasión demente por los terrenos de las últimas respuestas. Se cree cuando se droga uno que va a dar con algún matiz maravilloso de la vida que hasta entonces permanecía oculto. Entre el autoengaño y la esperanza, en cada nueva ingesta se pelea con rabia contra la implacabilidad de las cosas.

   Puede ejemplificarse trágicamente esto con dos historias de ficción tras las cuales palpitaban dos escritores portentosos que siguieron un camino similar al de sus personajes, al menos en el punto conclusivo de sus vidas. Hablo de “El fuego fatuo” (1931), de Pierre Drieu La Rochelle y de “El nudo corredizo” (1958), del polaco Marek Hlasko.

  

Marek Hlasko

Ambos autores acabaron con sus vidas curiosamente tras adoptar imposibles y ambiguas posturas políticas, partiendo del fascismo uno y del comunismo el otro, pero sin otorgar a tales ideas más sentido que el que se le da a una convención pasajera e inevitablemente perecedera. No les fue muy bien allá donde pisaron y el mundo fue con ellos abierta e injustamente hostil, si es que esta frase quiere decir algo y no es aplicable al entero número de los seres humanos. (Louis Aragon, por ejemplo, se rebajó suciamente al atacar a su antiguo amigo Drieu al actualizar en negativo una dedicatoria que le hizo en su primer libro, “El libertinaje”). En realidad no es mucho lo que se sabe de sus vidas ni tampoco es en ellas donde se centrará este texto.

   Sus dos obras mencionadas tienen geniales paralelismos que las hacen historias patéticamente hermanas. Las dos fueron llevadas al cine con unos resultados espléndidos, demoledores. “El fuego fatuo” se convirtió en una brillante recreación de Louis Malle en el 1963 a la que sólo puede reprocharse la sustitución en el argumento de la adicción a la heroína del personaje por una vulgar alcoholemia mal curada. Por su parte, “El nudo corredizo” sirvió para que Woiciech J. Has, el fascinante cineasta polaco recientemente fallecido, iniciara su sorprendente labor fílmica. Gustav Holobek, su actor fetiche, encarnaba de un modo asombrosamente creíble al borracho impenitente y desesperado de Hlasko. Dos películas, dos relatos desoladores que narran un viaje iniciático que se proyecta en negativo, hacia atrás, en pos de la disolución y el exterminio del alma.

   En ambos relatos sus protagonistas (Alain y Kuba), se mueven convulsivamente durante unas breves horas, las horas que componen el último día de sus vidas, el día mágico y enigmático que acoge, agolpándose, todas las dudas de una vida, el guión arrugado de sus días como en un acordeón mortal, el día que es ya todos los días y que se repetirá incansablemente para ellos. Para Drieu y Hlasko ese día suyo ya se estaba acumulando en sus retinas y debían expresarlo como fuera. Lo hicieron con sus libros.

   Sus personajes se encargaban de pedirle cuentas a la vida con una brutalidad no exenta de ternura, porque sabían que alguien había girado ya el reloj de arena y el tiempo jugaba en contra de sus atropelladas inquisiciones.

   Alain (de “El fuego fatuo”), es adicto a la heroína y a la intensidad de las acciones. Se adentró en el consumo con una esperanza desatada (“el paraíso en la tierra”), para luego convencerse del carácter efímero del placer arrancado a la droga. No lograba extraer de ella, sin menoscabo de sus primeros transportes, la tan ansiada intensificación de sus realidades, la llave de modificaciones en su entorno y en sus esquemas mentales. Rápidamente, según el guión que escribe el aumento de las dosis y la tolerancia, llegó a saberse impregnado con la heroína de todo aquello de lo que previamente trataba de escapar: rutina, mecanización de los días…

   Era sin duda un nuevo desencanto y que había de convertirse en el último: “También tuvo que reconocer qué estrechos son los límites con los que actúa la droga. Se trataba únicamente de un tono físico más o menos alto, más o menos bajo, como el que producen el alimento o la salud. ‘Estoy lleno’ o ‘No estoy lleno’. Sus sensaciones se reducen a aquella alternancia puramente digestiva.” Parece evidente que las expectativas desmesuradas que había situado en la heroína habían quedado rápidamente superadas por la realidad, por la falta de sustancia que a la vez él no aportaba a la heroína. Dejándose llevar por ella, sin tratar de obtener de ella el menor fruto creativo (“Sólo se presentaban a su conciencia ideas banales, completamente insípidas en la vida cotidiana, envueltas en una falsa ligereza (…) Ya no poseía aquel humor vivo”), entraba en la espiral vegetativa de la droga, en el abrigo uterino que sólo podía producir hastío, en una nube sin agua. Hubiera perdido el gusto a cualquier hábito o afición que emprendiera porque en él se hallaba rota la capacidad de acompañar a sus acciones con su sentimiento, de dotarlas de su propio color. Blanco como estaba, todo se le teñía inexorablemente (“La droga había cambiado el color de su vida y, aún después de haberla dejado, persistía aquel color”). Era un camaleón anímico, un puro papel cebolla.

   Cuando en la película vemos cómo coloca la lujosa jeringuilla de cristal junto a su revólver no creemos que el autor escenifique una reprensión al uso general de la heroína (neutra, como toda sustancia química), sino que la sitúa en el imaginario del personaje como un elemento dispensador de la muerte misma, un odre bien repleto que destila mesuradamente su chorrito letal a voluntad (“La muerte lo había marcado, la droga era la muerte y no podía regresar de la muerte a la vida. No le quedaba más solución que hundirse en la muerte y, por lo tanto, volver a la droga”). De hecho, así lo manifiesta: “Tomó el revólver de la maleta y lo puso al lado de la jeringuilla. Una cosa no podía estar ya separada de la otra.”

   Por eso, tras verbalizar los motivos por los que más tarde se matará, que en la película cierran a modo de colofón impreso el film, nos narra lacónicamente el autor: “Levantó el brazo y se pinchó”, como si se hubiera descerrajado el tiro con ese acto que, no obstante, implicaba ya un cierto desasimiento de la vida. Aún así, la última batalla contra sí mismo con las armas de la heroína, tuvo lugar y se prolongó en el tiempo, con sus victorias y sus derrotas.

   La sustancia mágica que emplea nuestro otro héroe, Kuba (jocosa coincidencia semántica en su nombre), será el alcohol puro y duro como, por otra parte, buena cantidad de compatriotas suyos en una Polonia en la que, como dice Hlasko en otro de sus cuentos, “hay dos cosas que unen a las gentes: el vodka y la fatiga”. Kuba recorre todo “El nudo corredizo” tratando de desprenderse de su exacerbado consumo alcohólico. Pero el nudo “bebedizo” se va cerrando sobre él. Así como Alain va en busca de sus amigos y amantes para tratar de huir del desastre, Kuba, que ha intentado permanecer encerrado en su cuarto hasta el momento de su cura, sufre el odioso acoso de los elementos externos. Aunque ya se sabe que todo son motivos de peso para que quien tenga la boca seca la humedezca. No sabemos desde cuándo Kuba es dipsómano, cómo empezó su fatigoso consumo, lo único que nos deja clarísimo son los efectos sociales que para él ha tenido: “Se acordó de las mujeres que le habían dejado, cansadas de sus borracheras; los amigos que se habían separado de él, estimando que nunca llegarían a convencerlo; las oportunidades que había perdido y que la vida ofrece sólo una vez; los empleos de donde había sido despedido; los saludos a los que la gente no respondía…”

   El alcohol, su abuso, tiene más costes biológicos para su consumidor que cualquier otra sustancia, pero su fácil accesibilidad lo convierte en la estrella indiscutible. Kuba no sabe en absoluto por qué bebe pero vagamente intuimos que en toda su historia hay muchas cosas de su pasado que pretende sepultar en el olvido. Beber para olvidar es más que un lugar común, es un acto de fe, como decía Alain sobre el consumo de heroína. La capacidad de olvidar que, según Nietszche, es el privilegio de los fuertes y que en esta pelea decisiva contra uno mismo se convierte en una meta inalcanzable. “Jamás dejaré de beber si continúo pensando en todo esto. Es necesario que me olvide; no tengo que pensar en ello. Los recuerdos me matarán si los dejo de nuevo volver. No podré defenderme contra ellos. No tengo derecho a tenerlos. Es necesario que haya en mi vida un lugar vacío de recuerdos adonde pueda volver…”

   Pero si deja de beber, volverá a pensar en todo ello, lo que cierra malditamente el círculo. Y cuando uno de los fragmentos afectivamente ambiguos del pasado aparece de nuevo en forma de ex novia le espeta a la espantada chica: “Soy un masoquista, quiero destruirlo todo, reírme de todo. No puedo tener recuerdos, ni dejar nada tras de mí…” Ya en su apogeo de la borrachera resume melancólicamente sus desdichas pero es ya todo un puro balbuceo. Kuba ya da toda la impresión de ser un borracho completo, un meditabundo de la degradación. Como Alain, los dos son jóvenes con prometedoras carreras, ingresos más que medios y amplia cultura, pero necesitan bucear en el marasmo para comprenderse y salvarse. Así, Kuba dice: “El vodka es una verdad que se descubre siempre demasiado tarde. El borracho comprende la vida solamente cuando ya todas las puertas le han sido cerradas”. Significativamente, recordamos a Cioran: “No vale la pena matarse. Siempre lo hace uno demasiado tarde”. La medicina de la autodestrucción no siempre sana al paciente. En una gran mayoría de casos, la verdad que uno descubre en ella es que no había verdad alguna, sino un páramo yerto y en donde se olvidó sembrar.

   Pero nos interesa el concepto que tiene Kuba del alcohol, algo similar al misterioso “El secreto del alcohol sólo lo conocen los borrachos. Por supuesto este secreto no debe ser revelado a nadie”, de Poe. Kuba dice: “No hay desgracia, soledad, desengaño, mujeres que valgan el vodka. Pero eso, ¡ah!, sólo lo saben aquellos que se lo han gastado todo en beber, tienen necesidad de beber. Únicamente los que comienzan, no creen en ello.” Asume por completo la irrisoria comunidad fraterna del alcohólico, donde cada minucia adquiere ribetes de grandeza. ¿Quién no ha necesitado reventar las limitaciones intolerables de las cosas con tan burdos mecanismos? La sabiduría que promociona el alcohol no lo es en un sentido estricto, sería algo más cercano a un ensueño de la sabiduría, al voluntarioso torcimiento de la realidad para poder jugar más y mejor con ella. Para Kuba el alcohol es un claro precipitador de las sensaciones, un espeluznante aclarador de las partículas de su vida. Con él niega pasado, presente y futuro pero con la euforia del apestado y el furor del demente.

 

 

 

III

  

   Estas son las aventuras crepusculares que nos ocupan. Alain recorre París trotando con su “caballo” y tratando de que sus amigos le inspiren alguna luz o como al final le pide a uno, “le ayuden a morir”. Kuba se arrastra por Varsovia en un calculado estropicio delirante que le lleva de cabeza al suicidio por ahorcamiento. ¿Quieren realmente ambos tipos morir o el viaje que nos proponen es el que recorre un grito de socorro en el desierto urbano? ¿Es más bien una danza macabra, danza de la muerte contemporánea, que nos permite disfrutar de los calambres y espasmos previos al desmoronamiento? ¿O nos ha sido otorgada la lectura del cuaderno de bitácora de dos capitanes cuyas naves naufragan inexorablemente? No se sabe. París y Varsovia entrecruzan sus calles para darnos fragmentadas imágenes de sus niños perdidos en manos de sus brebajes mágicos y corriendo sin remedio hacia la muerte más negra.

   ¿Qué se encuentran nuestros estropajosos héroes en su particular “camino de contrición”, qué aventuras jalonan sus inacabables pesadillas? Desde que abren los ojos al que será ya su último día, su última porción de vida, intuimos que ellos ya lo saben, que esta última lucha por la vida y contra sí mismos ya la dan por perdida, pero que desean y creen que su vieja esperanza debe despedirse por ella misma, estrujándose, desprendiéndose ella sola de la piel como un objeto preterido. A ello destinan sus trabajosas horas del día y de la noche. A ser sus propios abogados del diablo, a confrontar sus vidas con lo que las niega, a pelear con la heroína y el alcohol hasta que aparezca monda por fin la calavera, sin trozos de carne, carente de espíritu, castañeteando los dientes. Es entonces cuando ya sin miedo puede apagarse la luz.

   Dice Alain en ese momento: “La vida no iba demasiado deprisa dentro de mí; la acelero. La curva descendía; la enderezo. Soy un hombre. Soy dueño de mi piel; voy a probarlo”.

   Con este positivo alegato de reafirmación de sí mismo, de su condición de ser para la muerte, se pega el tiro. Queda flotando la observación del narrador: “Un revólver es algo sólido, de acero. Es un objeto. Tropezar al fin con el objeto.” Al fin sentir que algo no se deshace entre las manos, que permanece y lo seguirá haciendo aún cuando todo se desvanezca. Alain sólo puede encontrar la vida en su negación: en la dureza. Es en la consistencia de un objeto en donde se le revela la potencia del mundo. Alain ve ese acartonamiento de las cosas como una promesa ya inútil, sus certezas siempre se han aguantado precariamente y sólo un golpe seco puede cerciorarle de algo. Si se hubiera escuchado con atención, si se viera pronunciando sus palabras: “Me mato porque no me habéis querido, porque yo no os he querido. Me mato porque nuestros lazos fueron flojos, para apretar nuestros lazos. Dejaré en vosotros una marca indeleble. Sé muy bien que se vive mejor muerto que vivo en la memoria de los amigos. No os acordabais de mí, pues bueno, ¡no me olvidaréis jamás!”, quizá se hubiera dado cuenta de que es imposible fijarse en la memoria de los otros ni por la fuerza ni por el deseo mismo de hacerlo. La dureza que buscaba, lo que él traducía en intensidad y que no era más que la imposibilidad de la fusión entre las almas no podía ayudarle a encontrar asidero alguno. La desolada soledad en que se hallaba podía haberle suministrado otras formas de acceso a la comunicabilidad humana, pero siempre partiendo de la aceptación ineludible de su total vulnerabilidad. Sólo podía romper su encantamiento mostrando su oculta flexibilidad, derogando las rígidas leyes interiores que se había autoimpuesto, esperando menos de las cosas, más bien no esperando nada, cegando por completo la boca de la esperanza para que no confundiera su existencia. Su extrema tensión acabó quebrando sus nervios, con los sentimientos osificados y la mirada vidriosa.

   Tampoco podía vivir así en “El licenciado Vidriera” de Cervantes su neurótico personaje que creía estar confeccionado íntegramente de vidrio, duro pero quebradizo, y que temía constantemente el contacto fatal con los otros. Alain, como Vidriera, ya sólo podía confiar en la muerte como recurso último de descanso. “Se vive mejor muerto en la memoria de los amigos”, dice Alain, y no es consciente de lo certero de su perogrullada: en la memoria de los amigos no se vive nunca en absoluto; quizás se sobreviva, quizás pueda uno debatirse en ella un tiempo, dando manotazos en sus aguas, pero se hunde siempre uno en ellas al menor viento contrario. Alain no lo sabía.

   Kuba, por su parte, no tiene un final tan “sosegado”. La heroína afina sensiblemente la conciencia como ya reconociera el dramaturgo polaco Witkiewicz y cualquiera que se haya ocupado seriamente de ella, pero el alcohol se posesiona fácilmente de todas las facultades sensoriales. El circuito de los pensamientos se ve visiblemente alterado y la concatenación de reflexiones no siempre muestra un sentido claro. En su caso, acabar con su vida de dudas y eternas contradicciones, no fue un camino de rosas, recto, regular y preciso. Los bandazos de un borracho no los da sólo su cuerpo, sino también su mente. Su raciocinio se duplica como las imágenes que ante él se presentan. Kuba vive instalado en la duda constante, su deambular es pura paradoja. Ya no sólo por los autoengaños y justificaciones en los que debe envolverse todo adicto (¿bebo o no bebo?, ¿es la última?, ¿se encuentra bien mi cuerpo, necesita una copa?…), sino por la difusa idea que tiene de sí mismo. Al final sus visiones se concentran en el mismo vodka, en un charco derramado al romper la botella contra la mesa. “Suspiró y en aquel instante vio dibujado en el charco el rostro de Christina. Ella le miraba. Y él se echó a reír.”

   Christina, su novia, le ha acompañado cuanto ha podido en su lamentable oficio de bebedor y ahora trataba de llevarle por la mañana a un centro de desintoxicación. Kuba la esperaba en cualquier momento, pero su imagen se adelantó a su realidad. Kuba la ama y la odia a la vez, lo que manifiesta a gritos en su último monólogo (para él diálogo) antes del fin. En él, articula el discurso de la imposibilidad relacional que tanto preocupaba a Alain. En él hace ver a la especular Christina que no hay nada que hacer y que con él sólo le esperaría el caos, la ruina y la abominación: “La gente dirá: ‘Mira a Christina, la mujer de ese borracho de Kuba. Es increíble que una mujer como ella, joven y guapa, viva con semejante borracho. Debería tener otro a su lado. ¿Cómo puede dormir con esa ruina en plena descomposición?’”

   En el caso de Kuba, a diferencia de Alain que tan sólo desajusta sus expectativas, el polaco calibra bastante mal la realidad que le rodea, vive en plena orgía de errores conceptuales sobre su persona y su entorno, fruto en parte de la pena inconsolable y sobre todo de la invencible autocompasión que el abuso del alcohol promueve: “Tengo miedo de las palabras, Christina. He dicho ya tantas…” Y sin embargo dice unas cuantas más, cuajadas de resentimiento. En ellas, vierte todo su odio oculto a su chica, toda la rabia que sin remedio sentía por lo que ella implicaba: “Te he odiado siempre, a partir del día en que por primera vez me trajiste aquí borracho y te acostaste, por piedad, junto a mí. He odiado tu piedad, tu belleza, tu comprensión, tus palabras…” Atribuye a la única persona que le quiere intenciones perversas respecto a él: “Sabías que un día acabaría cayendo. Y me llevabas hacia una luz que no vería jamás. Me alimentabas con una esperanza que no llegaría a convertirse en realidad”.

   Podría dudarse si Kuba le reprocha este último asidero a la salvación o si realmente es un imbécil. Pero podría también ocurrir todo de otra manera: Kuba ha optado ya por emprender la guerra contra sí mismo, y en esta lucha no puede haber aliados. La luz que refleja esta buena amiga deslumbra a los ojos de este muerto que se hace la cama de la tumba. Todo ha de abandonarse en la tierra, dejarse bien atrás. Cualquier sentimiento postrero es un lastre en el vuelo hacia la nada. De todo quiere desprenderse Kuba como hizo también Alain. “Es raro un muerto”, debería pensar Christina como lo hacía la mujer del relato de Marguerite Duras, “El mal de la muerte”. Pero no lo piensa, y sitúa la rareza de Kuba en su debilidad frente a la vida. En el relato de la Duras, el hombre-muerto no puede amar, esa es la enfermedad por la que se le considera un muerto. Kuba, como Alain, no quiere amar, porque eso le resta velocidad para el salto.

   “Dos cosas hay más bellas que las estrellas: el Amor y la Muerte”, cantaba Leopardi. Cuando se rompe el equilibrio entre ellas, uno se enloquece con un Amor que cree sobrenatural o se despeña precipitadamente sobre la Muerte.

   Kuba ya se ha arrancado de todo lo que amaba y, curiosamente, en ese despojo apoteósico de moribundo, se siente feliz: “Se lanzó hacia la mesa y pegando sus labios a la tabla bebió el vodka vertido. De nuevo era fuerte, muy fuerte, y sintió de pronto que podría luchar contra el mundo, romper los obstáculos, trabajar, amar, vivir una vida de hombre honrado.”

   Poco le dura este pensamiento que realmente es el último coletazo previo al estertor definitivo. Cuando ya se halla vacío y desnudo la Naturaleza pugna aún por hacerse con él. El silencio tras unos timbrazos (¿será Christina?) le trae un alivio inesperado, definitivo. “Respiró, y de pronto, se sintió invadido por una felicidad inmensa, una felicidad como jamás la había sentido en su vida y que nunca hubiera creído posible. Quiso descender [de la soga] pero el silencio de la entrada fue roto de nuevo por tres llamadas [esta vez sí es Christina, con seguridad]”. El alivio es momentáneo, el silencio, la tranquilidad afectiva que deseaba se quiebra otra vez y sólo puede esperar que todo vaya a empezar de nuevo. “Entonces cerró los ojos, y empujó la silla con todas sus fuerzas.”

   Para Alain su último refugio era la solidez, para Kuba lo era el silencio. Más que refugios, sendos desiertos para el alma que no podían sostenerla en la cuerda floja. Los dos despegan.

  

 

 

IV

  

   Pero antes de acabar nosotros con la vida de este texto vamos a asomarnos con malsana curiosidad a las respuestas que obtuvieron nuestros fatales viajeros en su último recorrido por la experiencia humana.

   Con Alain, ya estamos precavidos de su triste pasión sustitutoria por los objetos: “A falta de seres humanos que se desvanecían en cuanto los dejaba, y a veces mucho antes, aquellos objetos le proporcionaban la ilusión de tocar todavía algo exterior a sí mismo.” Por ello, sabemos que su autoconciencia es la de una soledad dolorosa: “Era la soledad, había amenazado con ella a la vida como con un cuchillo y ahora aquel cuchillo se había vuelto contra él y le traspasaba las entrañas. Nadie. Ninguna esperanza. Un ineludible aislamiento.”

   Y ello a pesar de lo abultado de su propia vida social, en la que se debatía con una incombustible inconsciencia frente al futuro. No valoraba en nada las realidades que formaban sus relaciones, por lo que pensaba acabar sin el concurso de nadie: “Tenía que reventar solo, en la cumbre de los fríos paroxismos de la droga”. Y así tomaba sus disposiciones. Pero él había amado desesperadamente, como sólo lo pueden hacer los suicidas, los que no están nunca en ninguna parte. Y tenía amigos, el último recurso al que, tras el acoso a la escritura, fallido intento que “ordenaba el mundo para permitirle vivir”, tratará de recurrir: “La amistad era la única abertura por donde podía entrar cierta mansedumbre en el corazón de Alain”. Cabe decir que esta es una expectativa peligrosa. Es difícil acertar cuando se cree a alguien poseedor de las palabras adecuadas. Por otra parte, un moribundo no quiere oír cantar las bellezas del mundo, sino que prestará especial oído a las cuerdas más graves que puedan tocarse.

   Con este equipaje se planta Alain frente a un antiguo amigo de borracheras, ahora casado, con hijos y dedicado a la egiptología. La disparidad de sus caminos no les hace más sencillo el encuentro. El amigo, imbuido escasamente de la sabiduría oriental con la que trabaja, trata por todos los medios de reconducir la angustia de Alain, el “momento terrible” que le asegura estar viviendo. No resulta sencillo y algo en el despreocupado nihilismo de Alain le repugna con fuerza. Sus palabras suenan vagas, ceremoniosas, casi rebuscadas si no convencionales. Le propone “hacer cosas”, receta mágica para cualquier problemática y que en realidad es como proponer “respirar”, “andar”, “comer”… Trata con denodado brío de analizar su situación, de entenderle y estimularle. Comprende su repulsión hacia el trabajo y la admira incluso, a pesar de atribuirle confusas fijaciones con el dinero. Nada llega profundamente a Alain, acaso una leve y sincera alusión a la energía vivificadora del sol: “En fin, también existe el sol”. Todo suicida clama por un poco de luz que no sólo ilumine sino que le haga recuperar la calidez perdida: “Se veía, en plena claridad, exiliado en una zona de sombra. La droga le había puesto su sombra en la cara, en las manos, sentía los ojos llenos de negrura”.

   En fin, con todos sus buenos propósitos (en verdad lo son), el amigo no puede ayudarle: “Se indignaba de que Alain no tuviera ni idea de las fuerzas de la vida interior, ni supiera que tales fuerzas brillan al sol tanto como las hazañas. Hubiese querido recitarle alguna de aquellas oraciones egipcias llenas de la plenitud del ser, en las que la vida espiritual, estallando, vierte toda la sabia de la tierra”. Su amigo es realmente su mejor amigo. Su cuidado en la conversación es impecable, como sus devaneos con las esperanzas vitales de Alain: “Estás hecho para que una mujer bonita te cuide con ternura. Que haya alguien que se escape de esa horrible opresión del trabajo.” Pero su ascendiente sobre él es marcadamente limitado. Su afecto llega incluso a una comprensión que en el fondo resulta devastadora y que, por eso, debe quedar impronunciada: “¿Acaso no existen desde siempre hombres que se niegan a vivir? ¿Es debilidad o fuerza? ¿Acaso hubiera mucha vida en aquella negativa de Alain a vivir?”, “Para él era una forma de negar y condenar no la vida misma, sino aquellos aspectos suyos que odiaba”. Y con este soliloquio interior zanja las posibilidades de salvación de su amigo: “¿Por qué no habría de ceder a sus impulsos de delicadeza y romper, sin preocuparse de las consecuencias, con todo lo que le disgustaba y despreciaba? La delicadeza es una pasión que vale tanto como cualquier otra. ¿Por qué había de congraciarse con las mujeres, cuando estas no son ni muy hermosas ni muy buenas? ¿Por qué tenía que someterse al trabajo, a ese trabajo fastidioso y casi siempre inútil que llena de vana barahúnda nuestras ciudades?

   Pero entonces, dejarse llevar por aquella pendiente sería volver a la protesta mística, a la adoración de la muerte. Los drogados son místicos de una época materialista que, no teniendo ya fuerzas para vivificar las cosas y sublimarlas en un símbolo, las someten a un trabajo inverso de reducción y las usan y roen hasta alcanzar un núcleo de nada. Se hacen sacrificios a un simbolismo de sombra, para contrarrestar un fetichismo de sol al que se odia porque lastima los ojos cansados.”

   Después de pensar esto qué podía decirle. A veces la lucidez no va acorde con los sentimientos y la vida que se delata a sí misma debe asumir las consecuencias. Y eso es lo que hace Alain acto seguido. Va a visitar a otros amigos, ya más desencantados y enfermizos, que le instan cansinamente a “enchufarse” un poco de caballo. Lo hace. “Ya estaba. No era difícil. Los actos son rápidos. La vida se acaba deprisa. Pronto se llega a la época de las consecuencias y de lo irreparable”.

   El efecto inmediato es la indiferencia agradable, daba lo mismo la vida que la muerte. Cambia la visión de los humanos y de uno mismo. Orienta sin más el timón hacia el sarcasmo y hacia un fatalismo milimetrado. Un recorrido por un bar lleno de expectantes miradas, y una nueva visita, en este caso a un círculo de amigos en los que el opio y la creación se disputaban sus prebendas con la degradación y el vacío absoluto.

   Entre ellos es donde trata de justificar o negar su adicción. No lo logra y sólo ladra cosas como: “Uno trata de desintoxicarse para no reventar, porque nos da miedo dejar esta perra vida”. Sus amigos poetas pretenden mantener el valor lírico de la droga pero a Alain ya no le sirve ninguna argucia: “La droga también es la vida; es aburrida, como la vida”. En el fondo, el recorrido vital de todos sus amigos pasaba, con o sin droga, por la realidad palpable o futura de una posible obra, una creación artística o erudita. Él no podía ya agarrarse a ese señuelo: “Con su ingenuidad de dandy, creía que todo podría ser rápido, efímero, sin consecuencias: un rastro brillante que se borra en el vacío”.

   Ese rastro brillante le lleva antes de borrarse a la casa lujosa de sus amigos triunfantes en la vida, elegantes y mundanos, suavemente libertinos. Allí se reúnen todos, conocedores ya de la desdichada carrera de Alain y vagamente displicentes en cuanto a las diferentes opciones de vida. “La seguridad, la tranquilidad de esta gente”, le sorprende tanto como le atrae al pobre Alain que enseguida nota que “les resulto simpático a todos y a nadie. Estoy solo, bien solo.” Su inseguridad le lleva a situaciones tensas y penosas en las que, ya medio borracho, cree necesario justificarse de esta guisa: “Yo soy un pobre drogado. La droga es una idiotez. Los drogados, los borrachos, somos los parientes pobres. En todo caso, nos esfumamos muy deprisa. Se hace lo que se puede”.

   Nada encuentra entre sus viejos amigos que le ilustre sobre la vida; acaso ve en ellos vivientes reproches contra su mera existencia. Pero quisiera vivir como ellos, mezclarse en sus vidas, ser uno más. Esta última visita, como la del fantasma del “Cuento de Navidad” de Dickens, le da la perspectiva atinada de su futuro inmediato, que consigue articular con poético trazo a la chica que siempre admiró y quiso: “Escucha, Solange; tú comprendes, tú eres Vida. Bueno, pues escúchame, Vida: no puedo alcanzarte. Es atroz. Estas ahí, delante de mí y no hay manera, no hay manera. Entonces, voy a probar con la muerte; creo que ella se dejará. Es rara la vida, ¿no?”

   Sobran ya los episodios ulteriores. Alain, con su peculiar método de confirmación de lo negativo se zambulle en el suicidio. A fin de cuentas, “la destrucción es el reverso de la fe en la vida; si un hombre, pasados los dieciocho años, llega a matarse, es que posee cierto sentido de la acción”.

   Sus reflexiones sobre el suicidio, al menos las del narrador (vemos las orejas del futuro suicidio de Drieu) son más razonables: “El suicidio es el recurso de los hombres cuyos resortes ha corroído la herrumbre, la herrumbre de lo cotidiano. (…) El suicidio es un acto, el acto de los que no han podido llevar a cabo otros”.

   Drieu La Rochelle, en el posfacio que acompaña a la obra, el “Adiós a Gonzague”, aparte de darnos pistas sobre la posible titularidad del protagonista de la ficción, nos muestra al autor ya desprovisto de los resortes novelescos, lamentando la muerte de un amigo, confuso y perdido como Alain, del que sin embargo concluye: “Morir es lo más hermoso que podías hacer”.

 

 

 

 V

 

   Kuba. Su lastimosa peripecia ante-mortem no es tan rica en encuentros como la de Alain. Al menos no en encuentros amistosos. Su mundo es el del alcohol, por lo tanto su trayecto será más brusco y tortuoso, más inevitablemente basto. Kuba sale de su casa cuando debía permanecer recluido en ella hasta la llegada de Christina. Lo hace al sentirse perseguido por las hirientes llamadas de sus presuntos amigos. Estos dan más bien la impresión de ser meros colegas de francachelas que verdaderos amigos. Le llaman insistentemente con irónicos comentarios sobre sus borracheras, que se incrementan cuando insinúa que está tratando de dejar la bebida. Una lamentable cadena telefónica se forma y todos sus conocidos le llaman comentándole la decisión entre recuerdos de sus viejos despropósitos alcohólicos.

   Como dije páginas atrás, Alain va en busca de sus amistades, pero Kuba se encuentra con el revoltijo de sus inútiles relaciones casi encima suyo. Debe quitárselos de encima como pueda. El teléfono sigue sonando y él decide salir a la calle, espantado. Lo que se encuentra en ella parece un festival orquestado paranoicamente para enloquecerlo y abocarlo a la bebida. Ya su portero, “Yo también me emborraché ayer un poco…”, un accidente que observa en la calzada, “¡Estos chóferes son todos una pandilla de borrachos!”, las camareras del café, “Hace unos días ese borracho pintor…”, el encuentro fortuito con su primera novia, “Decían que bebías demasiado y que acabarías alcohólico”, dos obreros con los que se pelea, “Yo con un ladrillo y él con una botella, (…) Uno apenas llega a enganchar un billete y este tipo se gasta a miles para beber”, la comisaría a donde les llevan, a donde llega un alcohólico casi terminal, “De un momento a otro tendrá una crisis”…

   Todo le llevaba al torbellino inmediato y visceral de la borrachera. Pero no se hunde en él como con descuido, sino con una elaborada, concienzuda y concluyente perorata de la ebriedad: “Estaba invadido por aquella idea palpitante que le empujaba a beber inmediatamente, mientras lo que acababa de vivir fuera lo suficientemente poderoso, torturante y terrible que le justificara, mientras no estuviera calmado, mientras no pudiera reflexionar. En aquel momento experimentaba un inmenso reconocimiento hacia el mundo, hacia aquel día y hacia las personas que lo habían empujado a todo aquello. Una puerta se abría en su conciencia por la que podía arrojar todo lo que era inútil, todo lo que le había impedido beber. Tenía la impresión de que su pecho iba a estallar bajo el peso de aquella felicidad, extraña y dolorosa, de humillarse, que sólo sienten los alcohólicos.”

   De tal manera, se iban eliminando todos los reparos a la degradación, quedaba libre el camino. Beber ya no sería un divertimento, sino una preparación para la muerte. Escuela entre dolorosa y patética que tiene lugar, que se imparte crudamente en un bar de mala muerte, en un sórdido tugurio cervecero en donde nuestro héroe despliega toda su filosofía borrachuza hasta que lo echan a patadas: la jocosa camarera acompaña cada consumición que le sirve con una molesta y enfática enumeración (“la quinta, la sexta, etc…) Al llegar a la octava, Kuba sugiere: “-Si dices ocho, me suicido esta tarde. / -Ocho.”

   Los personajes que en la taberna conoce y con los que entabla chirriantes conversaciones no serán ya posibles agarraderos para la vida, sino más bien puras razones añadidas para el hundimiento. Desde el acordeonista interpretador de sueños hasta el enano desintoxicado, todo se convierte en un desfile ininterrumpido de personajes decadentes. Entre ellos Kuba lo tendrá fácil para perderse: “No hay peor sueño que la vida”, “Estás completamente borracho, aunque no lo parezcas”, “Su felicidad acabará pronto si no deja de emborracharse”, etc…

   Incluso uno de ellos le narra con tétricos colores la mecánica carcelaria de los centros de desintoxicación. Kuba ya tiene bastante. “El que bebe, beberá siempre”, oye gritar tras de sí antes de pelearse y acabar tirado en la calle. Lo que sigue es casi de manual: un recorrido macabro a través de la calle en pleno delirium tremens y la accidentada llegada a casa donde da por finalizados todos los esfuerzos por dialogar con la vida y tratar de hacerle un sitio en su mente. Como Alain, ahora ya sólo quiere acabar y “probar suerte con la muerte”. Quizás en ella se disuelva el último delirio. Quizás se termine la sed.

 

 

 

VI

  

    Y aquí terminan estos nada edificantes cuentecillos de la vida moderna. Hemos visto cómo han cambiado las crónicas bélicas del pasado, cómo los grandes héroes clásicos no pierden ya la razón por una pequeña derrota como Ayax, sino que su ya extraviada razón, cansada de tratar de incorporarse al flujo corriente de la vida, se complace en desplegar múltiples derrotas de todo tipo. No obstante, algo en ellos nos resulta tierno y hasta abiertamente cariñoso. Algo en su descalabro, en su ceremoniosa despedida, en la turbulenta apoteosis con las drogas, nos recuerda episodios y momentos más amables. Y es que las palabras de la desdicha despiertan siempre rincones vitales que acostumbran a andar dormidos, engrasan nuestra árida seguridad y nos enfrentan a la duda, la piedad y la muerte, porque llevar la cabeza bien instalada sobre los hombros no garantiza que el corazón del que hablamos con tanta soltura se encuentre ciertamente en alguna parte. Y al revés.

 

 

 

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~ por juannicho en mayo 18, 2012.

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