Contra la delación… (Cuatro detestables y amargas traiciones promovidas por el Estado)

 

   “Tereza se ponía mis blusas, vestidos y faldas. Iba a la ciudad con mi ropa en lugar de ir conmigo. La primera noche le di la llave y dinero. Le dije: No tengo tiempo. Tenía la piel tan dura que aquella excusa no le importó. Iba a todas partes sola y volvía cargada de bolsas grandes.

   Por la noche se metía en el baño para lavar mi ropa. Puedes quedártela, le dije.

   Cuando Tereza salía de casa, también yo me ponía a recorrer las calles. Me palpitaba el cuello, era lo único que sentía. Nunca me alejaba de las calles más cercanas a mi casa. No entraba en ninguna tienda para no tropezarme con Tereza. No me quedaba mucho tiempo fuera, siempre vovía antes que ella.

 

   La maleta de Tereza estaba cerrada. Encontré la llave bajo la alfombra. En el bolsillo interior de la maleta encontré un número de teléfono y una llave nueva. Fui a la puerta principal. La llave encajaba. Marqué el número de teléfono. Embajada rumana, dijo una voz. Cerré la maleta y volví a dejar la llave bajo la alfombra. Guardé la llave de casa y el número de teléfono en mi cajón.

   Oí la llave en la cerradura, los pasos de Tereza en el pasillo, la puerta de la habitación. Oí el crujido de bolsas, la puerta de la habitación, la puerta de la cocina, la puerta de la nevera. Oí el tintineo de cuchillos y tenedores, el susurro del grifo, la puerta de la nevera al cerrarse, la puerta de la cocina, la puerta de la habitación. Tragaba saliva a cada ruido. Sentí unas manos que me tocaban, cada sonido me tocaba.

   De repente se abrió mi puerta. Tereza apareció con una manzana a medio comer y dijo: Has registrado mi maleta.

   Saqué la llave del cajón. Esto es algo que no le servirá de nada al capitán Pjele, dije. Has hecho una copia de la llave. Esta noche te vas.

   Mi lengua pesaba más que yo. Tereza dejó la manzana a medio comer e hizo la maleta.

   Fuimos a la parada del autobús. Había una anciana con un bolso anguloso y el billete de autobús en la mano.

   Recorría la acera como un oso enjaulado y decía: Tiene que estar a punto de llegar. Entonces vi un taxi y le hice una seña para que no viniera ningún autobús, para no verme obligada a esperar de pie o sentada con Tereza.

   Me senté junto al taxista.

 

   EStábamos en el andén, ella, que había planeado quedarse otras tres semanas, y yo, que debía querer que Tereza desapareciera de inmediato. No nos despedimos. El tren se puso en marcha, y ni fuera ni dentro se alzó ninguna mano a modo de despedida.

   La vía estaba desierta, mis piernas, más blandas que hilillos. Tardé media noche en llegar a casa. No quería llegar. No podía conciliar el sueño ninguna noche.

   Quería que el amor volviera a crecer como la hierba segada. Que crezca distinta, como los dientes de los niños, como cabellos, como uñas. Que crezca como quiera. Me sobresaltaba la frialdad de la sábana y el calor que empezaba a despedir cuando me tendía sobre ella.”

 

 De La bestia del corazón, Herta Müller (1994), Ed. Siruela (2009)

 

 

    “Él hablaba de su vida en París, de su trabajo, de sus conciliábulos con otros emigrados checos: sueños, proyectos, contactos por vías indirectas con las gentes de la Carta de los 17, en Praga. Y Ottla lo escuchaba, sentada con las piernas cruzadas sobre la cama deshecha, atenta, casi desnuda, con los dos brazos extendidos para sostener a la altura de sus ojos la polvera que utilizaba para retocarse -como suele decirse- la cara.

   Karel la miraba sin dejar de conversar, a la luz parsimoniosa de una lámpara de mesilla.

   Ottla acababa de dejar la polvera encima de la sábana, entre ellos dos. Karel tendió la mano para cogerla, sopesarla.

   -¿Te la ha regalado algún hombre, Ottilie?

   La joven se puso tensa en seguida. Trataba de recuperar el objeto sin conseguirlo.

   Karel se echó a reír. Le acarició el escote con la mano libre.

   -Ottilie -dijo-, ¡no puedo pretender que me seas fiel! Me gustaría saber…

   Ella le miraba.

   A Karel le pareció que la angustia que afloraba a los ojos de la muchacha era desproporcionada.

   -No es nada -dijo Ottla con voz precipitada-. Es de un tipo que me corteja. No ha obtenido nada de mí.

   Y luego, en uno de esos arranques de sinceridad que constituían su encanto, que daban tanta lozanía a su comportamiento, tanta espontaneidad, añadió:

   -¡No todo, al menos! ¡No mi amor!

   Él rió, le acarició el muslo por debajo del encaje negro del liguero.

   -¿Lo conozco yo? -preguntó- ¿Cómo se llama?

   -Karel -dijo ella en un susurro.

   -Sí, te estoy escuchando…

   -¡No, Karel! Quiero decir que Karel es también el nombre del otro…

   Rió él de buena gana.

   -Perfecto -exclamó-. Así, cuando te acuestes con él ¡no meterás la pata en el momento del éxtasis!

   También ella se echó a reír, pero su mirada no se apartaba de la lujosa y pesada polvera que Karel seguía conservando en la mano.

   -¿Karel, qué más? -preguntó Karel.

   Ottla, en aquel momento, no tuvo probablemente la presencia de ánimo que le permitiese inventar un apellido falso. O bien pensaría que la verdad carecía de importancia.

   -Karel Sabina -dijo.

   Él por poco se ahoga. Llorando de risa, el humo del cigarrillo se le había ido por mal camino. Se ahogaba. Exultaba, después, haciendo grandes movimientos con los brazos.

   Ottla lo contemplaba, sorprendida de aquella explosión.

   -¡No es posible! -exclamaba Kepela- ¡Dime que lo estás inventando!

   La muchacha se encogió de hombros. No estaba de ánimo como para inventar, nada de eso.

   Hizo una nueva tentativa, infructuosa como las anteriores, por recuperar la polvera.

   De hecho, en aquel momento, Kepela no sospechaba todavía nada. Retenía el objeto sin segunda intención, simplemente porque le parecía agradable el contacto del mismo en su mano: no había ninguna otra razón.

   -¿Y por qué quieres que invente un nombre tan estúpido? -decía Ottla furiosa.

 

   (…)

 

   Pero quiso saber por qué el nombre de Karel Sabina le había hecho reír tanto. ¿Qué era lo que le recordaba?

   Kepela no tenía ganas de contarle a Ottla, sería demasiado largo, las peripecias del Comité Nacional Checo durante la primavera revolucionaria de 1848. (…) Pensó fugitivamente en los días de junio, en Praga, en la represión contra los demócratas insurrectos (…); pensó en el triste destino de Karel Sabina, más particularmente.

   -Karel Sabina -le dijo a Ottla- era un patriota checo del siglo pasado. ¡Un demócrata de izquierdas que acabó haciéndose confidente de la policía austríaca!

   Entonces Ottla tuvo una reacción imprevisible, brutal. Arrancó la polvera de las manos de Kepela.

   De súbito, el precioso objeto se puso a hablar.

   Se distinguía perfectamente la voz de Kepela, pese a la deformación inherente a cualquier grabación magnetofónica.

   -…crata de izquierdas que acabó haciéndose confidente de la policía austríaca…

   El chirrido del silencio, después, al ser interrumpida la grabación por el acto brutal de Ottla.

   Estaban sobre la cama deshecha, frente a frente.

   Ella, desnuda aún, inmóvil y luego derrumbándose, acurrucándose como un animal aterrorizado. Él, pálido, glacial, invadido por un odio atroz que no la concernía a ella. ¡Pobre Ottla, miserable Ottla, mi Ottilie!”

 

De La montaña blanca (1986), Jorge Semprún

  

 

   “En el camino de regreso, Kurt dijo: Georg le regaló a la vecina ese conejito. Georg lo salvó de un gato en el campo y se lo regaló a la hija del bebedor de sangre. Es muy bonito, gris como la tierra polvorienta. Temblaba como una hoja cuando Georg lo trajo. Tiene la piel finísima en la barriga. Tuve la impresión de que se le saldrían las entrañas cuando saltó de mi mano.

   Cómo sabe la amante que Georg está en el hospital, pregunté. Se lo ha dicho el conejo, dijo Kurt con una carcajada.

 

   (…)

 

   La amante de ojos moteados puso a su conejillo polvoriento en una cesta y vino a la ciudad a visitar a Georg en el hospital. Le permitieron subir a la habitación, pero tuvo que dejar el conejo a cargo del conserje. La amante le dio a Georg manzanas y pastel, y le acarició el pelo. Pero Georg quería saber cuándo había visto al policía del pueblo por última vez.

   Es demasiado tonta para mentir, dijo Kurt, bebió un sorbo del té de Georg y se echó a llorar. Georg empezó a gritarle. Arrojó las manzanas y el pastel a la cesta y la echó. La amante dejó el conejo en el hospital, pertenecía al paciente al que había visitado, le dijo al conserje. Lo vendrá a buscar cuando le den el alta.”

 

De La bestia del corazón, Herta Müller (1994), Ed. Siruela (2009)

 

 

 

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~ por juannicho en mayo 22, 2012.

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