Cosas que ocurren al revisitar mágicamente la infancia (La Casa de Kaschnitz)

 

   “Se acabaron las “piedras preciosas”, se acabó la secreta felicidad. En su lugar una serie de vivencias sumamente banales que en la Cedeí [Casa de la Infancia], sin embargo, representadas con el dramatismo habitual, han desempeñado el papel de catástrofes. Lo peor, hoy: yo estaba, algodón mojado pegado a la piel, encima de un palafito; a mi alrededor, un grupo de niños pálidos como espectros y labios azul ciruela, entre ellos un hombre grueso. A los niños, uno detrás de otro, les ceñían un pesado cinturón y el hombre gordo asía una cuerda atada con poca tensión al cinturón. Los niños, tiritando y castañeteando los dientes, subían a una tabla muy elevada sobre la negra superficie del agua y, en cuanto el hombre gritaba una orden, se tiraban desde su extremo, que vibraba ligeramente, al fondo. Cuando me tocó el turno, me negué a ponerme el cinturón y, apenas me lo colocaron a la fuerza, me aferré a la balaustrada de madera y luego di puñetazos al gordo con ambas manos en su pecho carnoso y velludo. El gordo me soltó de un tirón y me arrojó al agua de espaldas, no desde el trampolín, sino desde donde estábamos. Me rodearon remolinos de una tonalidad gris verdosa, después de nuevo el aire, luego lo otro, lo atroz, la asfixia. Arriba alguien tiraba de la cuerda, la aflojaba y volvía a tirar, y al fin me arrastró hasta la escalera. Después (pero tampoco aquí se respetó el orden como es debido) estaba sentada escondida en el peldaño de una caseta y quería morirme para no tener que volver a pasar por lo mismo: ese olor a esteras húmedas y a piel humana mojada y fría, esa ensordecedora voz de sargento que sin embargo oía siempre, ese pequeño trozo de cielo en el que se mecían las golondrinas, tan maravillosamente leves y ajenas a todo.”

 

 

 

   “He pensado sobre las últimas experiencias en la Cedeí y en especial sobre las piscinas públicas. Querer morir a los seis u ocho años debe de ser otra de las exageraciones en que el museo incurre de continuo. A pesar de todo, hoy no he podido tranquilizarme al constatar este hecho. He tenido que salir corriendo a la calle, pero no en la dirección acostumbrada, sino hacia la calle. Anhelaba ver niños, oír sus voces, leer en sus rostros, saber si eso existía realmente, aquella desesperación nunca revelada, aquellas tragedias silenciosas de las que ningún adulto alberga la menor sospecha. Si allí sucedía realmente lo mismo que en la Cedeí, la casa adquiría un sentido radicalmente nuevo: los objetos mostrados tenían la finalidad de abrir los ojos a los adultos, para que, tras finalizar su tiempo de estudio, comprendieran mejor a los niños. Este pensamiento me resultó liberador, ya creía casi culminada mi tarea y barajaba la idea de regresar a mi domicilio y a mis ocupaciones anteriores. Mas por desgracia las experiencias que viví durante el corto trayecto hasta la calle principal no respondieron en modo alguno a mis expectativas. Vi a unos niños jugando junto a un charco, con los ojos brillantes de fervor y felicidad. Una niña pequeña contemplaba fijamente con nostalgia una muñeca en un escaparate, con una confianza ilimitada en que la recibiría como regalo de Navidad. Finalmente me encontré con dos chicos ocupados en arrancar estacas de una valla, tarea que, a todas luces, les deparaba la máxima satisfacción. He regresado al café muy desalentada. Tampoco ahora sé si continuo viendo a los niños de ahí fuera con los ojos olvidadizos de adulto, o si yo he sido un caso especial, una criatura llorona y sensible como nadie. Sólo sé una cosa: tengo que volver…”

 

 

De La Casa de la Infancia (1956), Marie Luise Kaschnitz, Ed. Minúscula (2009)

 

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~ por juannicho en mayo 22, 2012.

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