La atrocidad extrema (Joel-Peter Witkin en México)

 

   “El fotógrafo Joel-Peter Witkin, que se ha propuesto explorar el equilibrio entre la belleza y lo obsceno, viajó a la ciudad de México en mil novecientos noventa para tomar una serie de fotografías de cadáveres en las oficinas forenses. Adepto de las imágenes construidas en las que el cuerpo desnudo de hombres y mujeres se ve registrar torturas, tatuajes, amarres, cicatrices, o aparece deforme, monstruoso, transexual, cosido por hilos de autopsia, descoyuntado, rodeado de objetos o paisajes que construyen adornos inversos. Una alegoría en honor de la carne, suspenso previo a su desaparición, un vislumbre a lo que la cultura y la mirada artística de lo atroz han llegado a ofrecer en torno de la identidad humana, el artista quería emplear como tema fotográfico los cadáveres que se recogen en la vía pública, o de personas que mueren en el anonimato y terminan en la morgue antes de ser conducidas a la fosa común. Descubrió que los empleados realizan su tarea al desgaire y avientan los cuerpos boca abajo en una camioneta. Y hacen lo mismo al conducirlos al depósito, lo que ocasiona que les fracturen la nariz o sufran golpes en la cara. Ese maltrato le impedía consumar bien su tarea. Decepcionado, a punto de abandonar la ciudad, recibe un telefonema que le anuncia la llegada de cuatro cuerpos. Estos cuerpos le devuelven la inspiración y emprende su serie fotográfica. Quien atestiguó la meticulosa puesta en operación de sus fotografías, menciona la pulcra exactitud de los movimientos del artista, que se conducía no sólo como un experto en el saber lumínico, sino que se desempeñaba como un director teatral que estaba al cuidado de cada uno de los gestos que su actor, el cadáver en turno, debía representar. Su actitud ante los cuerpos tenía la impavidez de un cirujano. Al hallar una cabeza entre los restos, decidió crear una obra maestra: “Cabeza de hombre muerto.” La fotografía, gelatina de plata sobre papel, de veintisiete centímetros de alto por treinta y tres de ancho, muestra la cabeza en perfil de un hombre mestizo, al parecer víctima de la violencia policiaca. Podría ser la de cualquier otro decapitado, pues al perder su cuerpo todos los decapitados tienden a la semejanza. Su cabeza es un objeto orgánico en estado absoluto. Esta conversión en una cosa de lo que fue una persona, es lo que le da un sello que refleja lo que antes se juzgaba imposible de ser representado o fuera de la imagen: la atrocidad extrema. Como muchos otros, el decapitado de Joel-Peter Witkin, que se apropia de la personalidad de su objeto y lo convierte en “otra cosa”, en la huella de la crueldad embellecida, tienen los párpados cerrados y plácidos, el cabello negro y brillante en partes, la boca entreabierta. De sus comisuras surgen hilillos de sangre coagulada. La cabeza está depositada en un plato de lámina blanca, que a su vez está encima de un trozo de papel sobre una mesa.

Foto: Oscar Gustave Rejlander

   El fotógrafo debió tener en la mente el mito de Salomé que recibe la cabeza de San juan Bautista en bandeja de plata; o la imagen homónima de Oscar Gustave Rejlander del siglo diecinueve. Arriba, el artista añadió manchas y raspados en la superficie del negativo. Quien atestiguó y refiere la escena, recuerda la parsimonia del fotógrafo cuando colocó la cabeza en el plato. El movimiento duró un instante, que el artista quiso prolongar hacia la eternidad. Una conjetura sobre la quietud y la anterioridad de toda potencia expresiva. Al deslizar Joel-Peter Witkin el plato y acomodar la cabeza, algo sisea. ¿O es un tintineo siniestro? Consuma una segunda decapitación que se ha multiplicado desde entonces en cada mirada.

   La cabeza del traficante de drogas que se vio en internet parodia sin querer otra imagen de Joel-Peter Witkin: la fotografía de un hombre sin cabeza que está sentado en una silla, robusto, las piernas abiertas, los calcetines negros en los pies. El fotógrafo le ha colocado los brazos en los muslos a la víctima modelo, y a alguien que vea la imagen desde un punto de vista oblicuo, puede parecerle que una de sus manos, tumefacta, está manchada de sangre, quizás para sugerir un dato de ironía imposible: se habría degollado solo. De hecho, esa imagen trasciende su propia resonancia y se ubica en el territorio de los objetos que rezuman horror, ya sean los cuchillos y las armas de fuego delicuenciales, los aparatos de tortura de la antigüedad, las máquinas de ajusticiamiento, la guillotina. Y la silla eléctrica, la cámara de gas. O los coches y los aviones accidentados en los que han muerto personas. El terreno baldío, traspatio, caja negra, pozo o paraje del horror que encubre lo inmediato. Allí están también las páginas de un periódico de Acapulco que reproducen el hallazgo de las dos cabezas: la elegancia de los cadáveres, que diría Joel-Peter Witkin: la podredumbre muestra una fugacidad mensajera de lo invisible, lo inferior que se conecta con algo superior. (…)”

De El hombre sin cabeza, Sergio González Rodríguez, Ed. Anagrama, 2009

 

 

 

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~ por juannicho en junio 3, 2012.

3 comentarios to “La atrocidad extrema (Joel-Peter Witkin en México)”

  1. Interesante….Mucho de necrofilia, me recuerda de algún modo a los taxidermistas… Saludos Juan!!!

    • La necrofilia es una parafilia caracterizada por la atracción sexual hacia los cadáveres, en palabras llanas, es el gusto por violar cadáveres. Yo no veo cómo se puede aplicar dicho concepto al trabajo de Witkin -a menos que tú le sepas algo que yo nunca he encontrado en sus biografías y entrevistas. Supongo que más bien quisiste decir que encuentras en su trabajo “mucha fascinación por los cadáveres”, lo cual -dicho con las palabras adecuadas-, puede ser cierto, pero no añade mucho a la discusión.

      • No sabía que había una discusión… En todo caso, si de necrofilia hablamos, dudo mucho que todo lo que contiene ese término como “amor a los muertos” quede englobado en esa brutal definición que propones.

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