Los peligros de la libertad (Dos relatos de Keret y Topor que me resultan fatalmente similares)

 

Un pensamiento en forma de cuento (Etgar Keret)

 

   Ésta es la historia de unas personas que un día vivieron en la luna. Allí ya no hay nadie, pero hasta hace pocos años aquello estaba a rebosar de gente. Las personas que vivían en la luna se creían muy especiales, porque podían tener los pensamientos con la forma que quisieran. Con forma de cazuela, o de mesa. Y hasta con forma de pantalones de campana. Y así, las personas de la luna podían llevarle a la novia un regalo tan original como un pensamiento de amor en forma de taza de café o un pensamiento de fidelidad en forma de jarrón.

   Resultan muy impresionantes todos esos pensamientos convertidos en formas, sólo que con el tiempo cuajó entre las personas que vivían en la luna una especie de acuerdo que determinaba el aspecto que cada pensamiento debía tener. Un pensamiento sobre el amor materno tenía siempre forma de visillo mientras que el pensamiento sobre el amor paterno se materializaba en forma de cenicero; de manera que, sin que importara a qué casa llegara uno, siempre podías adivinar qué pensamientos y en forma de qué estarían ordenadamente esperando en el carrito del té del salón.

   De todas las personas que había en la luna, tan sólo había una que diera forma a sus pensamientos de manera distinta a las demás. Era un chico joven y un tanto peculiar que se pasaba el día haciéndose preguntas existenciales y algo fastidiosas. El pensamiento principal que le rondaba la mente era del tipo del que está convencido de que todas y cada una de las personas tienen por lo menos un pensamiento único y exclusivo. Un pensamiento con un color, volumen y contenido que sólo a esa persona se le hubiera podido ocurrir tenerlo.

Etgar Keret

   El sueño de ese joven era poder construir una nave espacial con la que dar vueltas por el espacio para reunir todos los pensamientos exclusivos que hubiera. Nunca asistía a actos sociales ni salía para divertirse, sino que dedicaba todo su tiempo a construir la nave. A esa nave le montó un motor con forma de pensamiento de cavilación y un sistema de dirección en forma de lógica acrisolada, y aquello era sólo el principio. Después le fue añadiendo muchísimos más pensamientos ingeniosos que le ayudaran a pilotar la nave y a sobrevivir en el espacio, sólo que sus vecinos, que lo observaban trabajar, veían cómo se equivocaba todo el tiempo porque sólo alguien que realmente no entiende puede poner un pensamiento de curiosidad a modo de motor cuando está más que claro que un pensamiento de ese tipo tiene que tener la apariencia de un microscopio. Por no hablar de que un pensamiento de lógica acrisolada, si no se quiere que resulte de mal gusto, debe tener la forma de un estante. Intentaron explicárselo, pero él, simplemente, no los escuchaba. Las ansias de llegar a encontrar todos los pensamientos exclusivos y únicos del universo lo apartaron del buen gusto y de toda conducta juiciosa.

   Una noche, mientras el joven dormía, se reunieron en la luna unos cuantos de sus vecinos y, por compasión, le desmontaron la nave hecha de pensamientos que casi estaba terminada y se los ordenaron de nuevo. Cuando el joven se levantó por la mañana, encontró en el lugar en el que había estado la nave estanterías, jarrones, termos y microscopios, y todo formando un montículo que cubría el pensamiento de la pena por su perro muerto, pensamiento materializado en un mantel bordado.

     Al joven no le hizo ninguna gracia la sorpresa. En lugar de dar las gracias le dio un arrebato de rabia y se puso a romper todo lo que encontraba a su paso llevado por un ataque de locura. Las personas de la luna lo miraban atónitas porque no les gustaban nada los alborotos. La luna, como es bien sabido, es un satélite con muy poca gravedad, y cuanto menor es la fuerza de gravedad de un planeta o de un satélite, más depende éste de la disciplina y del orden, porque todos los objetos que hay en él sólo necesitan que se les dé un suave empujoncito para perder el equilibrio. Así que si todo el que sintiera un poco de amargura empezara a armarla, la cosa podría terminar en una verdadera catástrofe. Al final, cuando se dieron cuenta de que el joven no se iba a calmar, no les quedó más remedio que pensar en cómo detenerlo. Entonces tuvieron un pensamiento de soledad del tamaño de tres metros por tres metros y metieron al muchacho dentro, un pensamiento del tamaño de un calabozo y con el techo tan bajo que cada vez que el muchacho se daba contra una de las paredes notaba una especie de descarga de frío que le recordaba que, en definitiva, estaba solo.

   Fue en esa celda donde tuvo un último pensamiento de desespero en forma de soga, una soga a la que le hizo un lazo y de la que se terminó colgando. A las gentes de la luna les entusiasmó muchísimo la idea de la soga de la desesperación con el lazo en un extremo y enseguida empezaron a tener su propio pensamiento de la desesperación y a ponérselo alrededor del cuello. Y así fue como las personas de la luna se extinguieron poco a poco hasta que no quedó más que aquella celda de aislamiento. Sólo que después de unos cuantos siglos de tormentas espaciales ésta también quedó destruida.

   Cuando la primera nave espacial llegó a la luna, los astronautas no encontraron a nadie. Lo que sí encontraron fue un millón de pozos. Al principio los astronautas creyeron que aquellos pozos eran tumbas antiguas pertenecientes a las personas que un día habitaron la luna. Fue sólo al comprobarlo más de cerca cuando descubrieron que aquellos pozos no eran más que pensamientos sobre nada.

En Un hombre sin cabeza, Etgar Keret, Ed. Siruela, 2011

 

 

 

Los libertadores (Roland Topor)

 

   Un curiosísimo espectáculo se ofreció a los ojos de los terrícolas cuando descendieron de su nave espacial sobre aquel lejano planeta de una lejana galaxia.

   Su superficie se extendía plana y lisa hasta perderse de vista.

   Ningún relieve, nada de vegetación, solamente jaulas, una larga fila de jaulas que se perdía en el horizonte. Eran bastante parecidas de forma a las jaulas para pájaros que se utilizan en la Tierra, pero contenían algo muy distinto a pájaros.

   Lo que había en su interior se parecía vagamente a un hombre.

   Cada jaula encerraba a un humanoide.

   ¿Cuánto tiempo duraba su cautiverio? Mucho, sin duda, pues parecían extrañamente inertes y macilentos. El corazón de los terrícolas se oprimió.

   -¡Hay que liberarlos! ¡Inmediatamente!

   -¿Qué tirano ha podido cometer esta atrocidad?

   -Actuemos con rapidez. Puede que los carceleros no estén lejos.

   -¿Y si fueran peligrosos?

   El capitán de la expedición tomó la palabra.

   -Los liberaremos tomando todas las precauciones posibles. ¡Los pobres diablos! No tienen aspecto de ser peligrosos.

   Y añadió entre dientes:

   -¡Aunque lo fueran, no podríamos dejarlos así!

   El humanoide de la primera jaula los vio aproximarse sin demasiada emoción. Ni miedo, ni gratitud, nada. Solamente emitió algunos sonidos extraños sin abrir la boca.

   El capitán le sonrió con bondad.

   -Mi pobre amigo, no comprendo nada de lo que me dices. Primero vamos a sacarte de ahí, después tendremos tiempo de aprender las lenguas vivas.

   Sin más espera, los tripulantes de la nave empezaron a serrar los barrotes. Al serrar el último, el prisionero murió.

   El capitán, perplejo, interrogó al médico de a bordo.

   -¿Qué piensa usted, galeno?

Roland Topor

   -No sé. Es difícil de precisar. Quizá la emoción demasiado fuerte de encontrarse en libertad. El corazón, o lo que tenga en su lugar, ha flaqueado. Seamos más prudentes con los otros.

   Se dirigieron a la segunda jaula. Pero antes de comenzar a serrar los barrotes, expresaron mediante gestos al humanoide lo que se disponían a hacer. No obtuvieron más reacción que dos o tres sonidos agudos.

   Como había ocurrido con el precedente, este prisionero no resistió su libertad recobrada. Expiró al caer el último barrote.

   Hicieron diez nuevas tentativas y obtuvieron diez nuevos fracasos.

   El capitán estalló:

   -¡Miserables esclavos! Se han adaptado de tal manera a su humillante condición, que la libertad los mata. ¡Necesitan una jaula para poder vivir! ¡Pero yo los liberaré aunque revienten todos!

   Con rabia creciente, con obstinación, los hombres serraban los barrotes, y los prisioneros morían. El médico volvió junto al primer cadáver para estudiarlo.

   Más tarde, el capitán y sus hombres se reunieron con él.

   Ahora las jaulas destrozadas y los cadáveres de los humanoides se extendían hasta perderse de vista.

   -¡Ni uno! -gruñía el capitán-. ¡Ni uno ha sobrevivido!

   El médico abandonó el cuerpo que acababa de examinar. Sus ojos tenían una extraña mirada.

   -No eran jaulas -dijo-. Eran sus propios esqueletos.

En Acostarse con la reina y otras delicias, Roland Topor, Ed. Anagrama, 1982

 

 

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~ por juannicho en junio 3, 2012.

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