Trocitos de una ninguneada novela de Agota Kristof

 

   [Digo ninguneada porque durante muchos años siempre me he encontrado esta edición en los aparadores de las librerías de saldo junto a los libros más invendibles de la historia. Parece que a nadie le interesa. Quizá sólo lo hizo cuando se dio a conocer a esta autora, con ocasión del bla bla bla mediático y la novela promocionada de turno. Luego desaparece en la nada. Por otro lado, como a ella le hubiera gustado, una mujer, por lo que intuyo, que fue de lo más especial. Y Ayer es una novela estupenda. Con el ritmo atormentador de la catástrofe instalando sus zarpas en lo cotidiano. En fin, cosas de las barreras autoimpuestas por los cantos de sirenas del mercado literario. Ahí van unos trocitos pescados con cariño entre sus páginas.]

   Imágenes: Sátántangó (1994), Béla Tarr.

 

   “(…) Como las oscuras montañas que atravesé una noche de invierno, como el cuarto de la mujer deteriorada donde me desperté una mañana, como la fábrica moderna donde trabajo hace diez años, como un paisaje demasiado visto que ya no se tiene ganas de contemplar.

   Muy pronto ya no tenía en qué pensar, sólo me quedaban cosas en las cuales no quería pensar. Me hubiera gustado llorar un poco, pero no podía porque no tenía ningún motivo para hacerlo.”

 

   “Ahora me quedan pocas esperanzas. Antes buscaba, me desplazaba constantemente. Esperaba algo. ¿Qué? No tenía la menor idea. Pero pensaba que la vida no podía ser sino lo que era, es decir, nada. La vida debía de ser algo y yo esperaba que ese algo llegara, lo buscaba.

   Ahora pienso que no hay nada que esperar, por eso permanezco en mi cuarto, sentado en una silla, sin hacer nada.

   Pienso que allá afuera hay una vida; pero, en esa vida, no pasa nada. Nada que tenga que ver conmigo.

   Para los demás, quizá pase algo, es posible, pero eso ya no me interesa. (…)”

 

   “(…) La autopsia demostró que Vera se había envenenado con somníferos.

   Nuestra primera muerte.

   Otras se sucederían poco después.

   Robert se cortó las venas en su bañera.

   Albert se colgó dejando sobre su mesa una nota escrita en nuestro idioma: “Quedáis despedidos”.

   Magda peló las patatas y las zanahorias, luego se sentó en el suelo, abrió el gas y metió la cabeza en el horno.

   Cuando por cuarta vez se hace una colecta en el bar, el camarero me dice:

   -Ustedes, los extranjeros, se pasan la vida haciendo colectas para comprar coronas, se pasan todo el tiempo en entierros.

   Yo le respondo:

   -Cada uno se entretiene como puede.

   Por la noche, escribo.”

 

   “Llueve. Una lluvia fina y fría cae sobre las casas, sobre los árboles, sobre las tumbas. Cuando ELLOS vienen a verme, la lluvia chorrea sobre sus rostros descompuestos, fluida. ELLOS me miran y el frío se hace más intenso, mis blancas paredes ya no me protegen. Jamás me han protegido. Su solidez no es más que una ilusión y su blancura está manchada.

   Ayer tuve un instante de felicidad inesperada, sin ton ni son. Vino hacia mí a través de la lluvia y la neblina, sonreía, flotaba por encima de los árboles, danzaba ante mí, me envolvía.

   Yo la reconocí.

   Era la felicidad de un tiempo muy lejano cuando el niño y yo no éramos más que uno. Yo era él, sólo tenía seis años y soñaba por la noche en el jardín mientras contemplaba la luna.

   Ahora estoy cansado. Son esos que vienen de noche los que tanto me fatigan. ¿Cuántos serán esta noche? ¿Uno solo? ¿Un grupo?

   Si al menos ELLOS tuvieran un rostro. Pero ELLOS están todos vacíos, son vaporosos. ELLOS entran. ELLOS se quedan de pie mirándome (…).”

 

   “El 31 de diciembre acudo al centro de refugiados. Llevo conmigo varios kilos de comida. Entro una gran sala. Gentes de todos los colores están decorando la sala, preparando la mesa. Manteles de papel, vasitos y cubiertos de plástico. Por doquier, ramas de pino.

   No hago más que entrar y todos se agitan, me rodean, gritan:

   -¡Jean, Jean, es tu amigo!

   Jean me conduce hasta el sitio de honor, cerca de la cocina.

   -¡Qué alegría que hayas venido, Sandor!

   Asisto entonces a una inmensa fiesta celebrada por gentes venidas de países conocidos y desconocidos. Música, danzas, cantos. Los refugiados tienen permiso para divertirse hasta las cinco de la mañana.

   A las once de la noche, me escapo. Cojo mi bicicleta, voy al primer pueblo. Me siento en la linde del bosque. En la casa de Lina todas las ventanas están oscuras.

   Muy pronto, en el reloj de la iglesia, se oyen las doce campanadas. Es medianoche. Empieza un nuevo año. Estoy sentado en la hierba cubierta de escarcha, dejo caer la cabeza sobre el pecho, lloro.”

 

   “(…) -Más tarde, fuimos los tres a la capital para terminar nuestros estudios en la universidad. Mi hermano mayor se hizo abogado y el otro, médico. Tú también hubieras podido convertirte en alguien, si hubieras escuchado a mi padre. Pero preferiste fugarte y devenir un don nadie. Un obrero fabril. ¿Por qué?

   Yo respondo:

   -Porque es convirtiéndose en un don nadie como se puede ser escritor. Por otra parte, las cosas se presentaron así y no de otro modo.

   -¿Dices eso en serio, Sandor? ¿Que hay que ser un don nadie para ser escritor?

   -Yo creo que sí.

   -Yo creo que para convertirse en escritor hay que tener una gran cultura. Es preciso haber leído mucho y escrito mucho. Uno no se hace escritor de la noche a la mañana.

   Yo digo:

   -No tendré una gran cultura, pero he leído mucho y escrito mucho. Para ser escritor, sólo hace falta escribir. Por supuesto, suele ocurrir que no se tenga nada que decir. Y a veces, incluso cuando se tiene algo que decir, uno no sabe cómo decirlo.

   -Y, al final, ¿qué es lo que queda de lo que has escrito?

   -Al final, nada o casi nada. Una hoja o dos con un texto y mi nombre escrito debajo. Y eso raras veces, porque quemo casi todo lo que escribo. Todavía no escribo suficientemente bien. Más adelante escribiré un libro, no lo quemaré y firmaré Tobías Horvath. Todo el mundo creerá que es un seudónimo. En realidad, es mi verdadero nombre, pero tú eres la única que lo sabe, Lina, ¿no es verdad? (…)”

 

   “Me parece que el cielo se prepara para la lluvia. Quizá ya llovió mientras lloraba.

   Es probable. Por encima de las palmas de mis manos, el aire ha tomado un color definitivo y, en comparación con las nubes negras, el azul es transparente.

   El sol todavía está ahi, de través, a punto de ponerse. Las lámparas han hundido sus raíces al borde del camino.

   En la noche desequilibrada, un pájaro herido emprende su vuelo oblicuo pero, desesperado, vuelve a caer a mis pies.

   (…)

   Cojo al pájaro entre mis brazos, lo acaricio. Sus alas libres están rotas.”

De Ayer, Agota Kristof, Ed. Edhasa, 1998

 

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~ por juannicho en junio 6, 2012.

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