Ningún propósito (Final de un exultante relato de Jaime Collyer)

 

   “(…) Cuando ya me iba de vuelta al estudio, el propio Chen me alcanzó en el sendero y preguntó si tendría inconvenientes en que me acompañara un rato. Le dije que no, evidentemente que no, y se vino conmigo por el sendero, a través del bosque. Caminamos los dos a la par unos minutos, en completo silencio. Había parado de nevar y el frío de la víspera se había atenuado. Cuando estábamos a medio camino en el sendero, en algún punto solitario del bosque, habló de nuevo:

   -¿Puedo mostrarle algo?

   -Desde luego -dije.

   -Venga usted conmigo.

   Comenzó a internarse en el bosque y por entre las hileras de pinos y abetos, hundiendo los pies en la alfombra de nieve. Yo lo seguí a corta distancia, hasta el centro del bosque, a una encrucijada silenciosa donde se paró al fin, mirando sonriente hacia un montón de ramas apiladas enfrente suyo, a una decena de metros de allí, en aparente desorden. Yo me paré junto a él y seguí el hilo invisible de sus ojos, que conducía al montón de ramas, no demasiado abultado. Él me lo indicó, en forma redundante, con el brazo, y sonrió, como diciéndome “helo aquí, ¿qué le parece?”

   -¿Y bien? -dije, como única respuesta a su gesto.

   -Es eso de ahí -explicó-. Es lo que quería mostrarle.

   Por un segundo consideré la probabilidad de que fuera una broma al estilo oriental, alguna forma impenetrable del sentido del humor chino. Luego avancé con cautela hasta el montón de ramas apiladas. Me di cuenta al instante de que no lo era, un montón reunido allí al azar. Cuando estaba a sólo un par de metros, aprecié mejor un círculo perfecto de ramas cuidadosamente entrelazadas, las unas sobre las otras, con un espacio vacío al centro. No era demasiado alto, ni muy bajo.

Jaime Collyer

   -Es un nido -dijo.

   -¿Un nido?

   -Lo hice yo mismo.

   Quedé, esta vez sí, deslumbrado.

   -¿Usted?

   Asintió en silencio.

   -¿Usted ordenó todas esas ramitas… de ese modo?

   -No las ordené -precisó-. Tan sólo las puse ahí cada día, la una sobre la otra. Un nuevo círculo de ramitas cada día.

   Ya no supe qué añadir. Nunca me había ocurrido: un nido gigante en mitad del bosque, surgido allí como por casualidad, irrefutable, perfecto.

   -¿Por qué? -indagué luego.

   Sonrió como para sí mismo:

   -Por nada -dijo-. Ningún propósito.

   Esta vez fui yo el que asintió, aún sorprendido, y nos quedamos los dos en absoluto silencio durante largo rato, él con las manos en los bolsillos, contemplando su obra. Yo le di la vuelta al nido, examinándolo a mi vez por todos los lados, el armazón de ramitas claramente inexpugnable. El silencio pareció aumentar en rededor, por entre las hileras de abetos.

   -No debe perder la esperanza -me dijo con su acento peculiar, cuando me paré de nuevo junto a él-. Ni siquiera esperar a que algo suceda.

   Respiré hondamente y miré a mi alrededor, el bosque apretujado y solidario, la nieve que comenzaba a fundirse a ras del suelo. Fue, de pronto, como si una barrera sólida y tenaz acabara de ceder, como si un bloque de hielo hubiera comenzado a fundirse también en mi interior. Luego miré a lo alto, a las copas de los pinos y las ramas cubiertas de nieve, a las nubes allá arriba, al cielo y el día a un paso de abrirse. Imaginé a un pájaro enorme, inverosímil, sobrevolando a esas horas el bosque, en busca de refugio. Sentí, de pronto, el anhelo apenas explicable de convertirme en ese pájaro y de sondear alegremente el bosque durante horas. Para luego descender allí, en ese recuadro disimulado del bosque, justo en mitad del nido, y resguardarme del frío o la nieve; de mi propia incertidumbre y las claudicaciones venideras; de lo que aún me faltaba por concluir y todo eso que jamás llegaría a completar; de los daños que aún pudiera ocasionar a quienes me rodeaban, a la gente buena que aún querría brindarme su amor. Pensé en mi hermano agónico, tan lejano, tan indefenso; y en la traición y el desencanto, y la obligación diaria, semanal, de sortearlos; en los medios que acababan por arrasar los fines, y los grandes propósitos conducentes al despeñadero; en la codicia y el deshonor, la deslealtad y el miedo. Y en la esperanza que acecha, por fortuna, en cualquier rincón del universo.

   -¿Ningún propósito? -insistí, y él lo confirmó sonriente.

   Sentí que un velo gris, un telón difuso, comenzaba a descorrerse en mi mente. Sentí, con singular nitidez, que el tormento de la noche pasada tocaba a su fin, aunque fuera transitoriamente. Y después las lágrimas resbalándome por ambas mejillas, como caía ahora la nieve a mi alrededor, una nieve muy fina, con infinita delicadeza.

   Al buscar en torno a mí a Linming Chen, comprobé que ya se había marchado.”

 

Final de “En el bosque un nido gigante”, en La bestia en casa, Jaime Collyer, Ed. Alfaguara, 1998

  

“Pájaro gigante”, Sara Lew

 

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~ por juannicho en junio 7, 2012.

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