Dos momentos contrapuestos en la tienda de los suicidas (El alegre Jean Teulé infiltrándose en la oscuridad)

  

   [Antes de que el autor se embarcara en la estremecedora recreación novelada de Los caníbales, había escrito ya esta pequeña obra que recuerda en algún momento a aquel memorable Prohibido suicidarse en primavera, de Alejandro Casona. El “Hogar del suicida” de ésta se transforma aquí en “La Tienda de los suicidas”, pero el mecanismo dramático es extremadamente similar. Un lugar destinado a facilitar o promover el traspaso voluntario al otro lado de la tumba se va transformando en algo bien distinto merced a la aparición o desenvolvimiento de ciertos personajes. Es a través de la presentación de los utensilios y facilitadores del suicidio, y de aquellos que se mueven entre ellos, como se va mostrando un mundo de posibilidades ajeno a lo letal. Puede que haya quien lo encuentre ingenuo y poco realista, pero también estoy seguro de que para muchos esta ligera sucesión de escenas macabras y golpes de efecto vitalistas puede suponer una bocanada de aire fresco dentro de contextos emocionales enrarecidos. Es de agradecer el ingenio y el cariño que pone Jean Teulé en sus personajes, en el guión milimetrado de esta nouvelle que avanza veloz hacia un inaudito final que, ciertamente, da mucho que pensar. Corran, corran a la Tienda, no dejen de colaborar con el pequeño comercio… y llévense una grata sorpresa.]

Jean Teulé

  

   “-La gente nos pregunta a menudo por qué le pusimos a nuestro hijo pequeño el nombre de Alan. Fue por Alan Turing.

   -¿Quién? -dice, sorprendida, una señora gorda con la cara descompuesta que aparece bajo una nube de lluvia.

   -¿No conoce a Alan Turing? -pregunta Lucrèce-. Es un inglés que tuvo problemas con la justicia a causa de su homosexualidad y que estaba considerado el padre de los primeros ordenadores. En la Segunda Guerra Mundial, su contribución a la victoria final fue decisiva porque fue capaz de descifrar el sistema Enigma: la máquina de codificar electromagnética que permitía al estado mayor alemán transmitir a sus submarinos mensajes indescifrables para los servicios secretos aliados.

   -Ah, no lo sabía…

   -Es uno de los grandes olvidados de la Historia.

   La clienta, indecisa, recorre la tienda con unos ojos que acusan el peso de la sombría nostalgia de las quimeras ausentes.

   -Le cuento esto porque hace un momento la he visto levantar los ojos hacia el friso de pequeños cuadros, todos del mismo tamaño, que tenemos colgados en la pared, justo debajo del techo.

   -¿Por qué representan todos una manzana?

   -Precisamente por Turing. El inventor del ordenador se suicidó de un modo muy peculiar. El 7 de junio de 1954, sumergió una manzana en una solución de cianuro y luego la puso sobre una mesita. A continuación, pintó un cuadro representándola y después se la comió.

   -¡No fastidie!

   -Cuentan que por esa razón el logo de Apple es una manzana mordida. Es la manzana de Alan Turing.

   -Bueno…, por lo menos no me moriré siendo una ignorante.

   -Y nosotros -prosigue Lucrèce, que no pierde el sentido comercial-, cuando nació nuestro tercer hijo, confeccionamos este kit del suicidio.

   -¿Qué es? -pregunta la clienta, interesada, acercándose.

   La señora Tuvache le describe el artículo:

   -Mire, dentro de este sobre de plástico transparente tiene un pequeño lienzo montado en un bastidor, dos pinceles…, uno grueso y uno fino…, varios tubos de pintura al óleo y, por supuesto, una manzana. ¡Ojo, está envenenada…! Así, puede matarse a la manera de Alan Turing. Lo único que le pedimos, si no tiene ninguna objeción, es que nos legue el cuadro. Nos gusta colgarlos aquí. Para nosotros son recuerdos. Además, hacen un efecto muy bonito todas esas manzanas alineadas bajo el techo. Combinan bien con las baldosas de Delft del suelo. Ya tenemos setenta y dos. La gente puede mirar la exposición mientras espera en la caja.

   Justo eso es lo que está haciendo la clienta gorda.

   -Hay de todos los estilos…

   -Sí, hay manzanas cubistas y otras casi abstractas. La azul, aquella de ahí, la pintó un daltónico.

   -Voy a llevarme este kit del suicidio -suspira la señora gorda, con el corazón latiéndole al ritmo de una marcha fúnebre-. Completaré su colección.

   -Es usted muy amable. No olvide firmar el cuadro y poner la fecha. Hoy estamos a…

   -¿Qué hora es? -pregunta la clienta.

   -Las dos menos cuarto.

   -Me voy. No sé si es de ver todos los frutos de su friso, pero me ha entrado hambre.

   La señora Tuvache, abriéndole la puerta, le advierte:

   -¡No se coma la manzana antes de pintar el cuadro! Hay que pintar todo el fruto, no sólo el corazón. Además, no le daría tiempo.”

 

   “-Aprenda a contemplarse en el reflejo que devuelve esta máscara, señorita. [Es una máscara de plástico, impersonal, sobre cuya nariz Alan y Vincent han pegado un espejo]. Vuelva a mirarse y llévesela a su casa para ponerla en el cuarto de baño o sobre la mesilla de noche.

   -¡Uy, no, gracias! Ya he visto bastantes horrores…

   -Sí, hágalo -insiste Alan, ante la caja-. Aprenda a quererse. Vamos, una vez más para complacerme.

   Levanta la máscara espejo delante de la joven, que vuelve rápidamente la cabeza.

   -No puedo.

   -Pero ¿por qué?

   -Soy monstruosa.

   -¿Cómo? ¿Qué me está diciendo? Usted es como los demás: el mismo número de orejas, de ojos, una nariz… ¿Cuál es la diferencia?

   -Es evidente, hijo. Tengo la napia larga y torcida, los ojos demasiado juntos, y las mejillas enormes y llenas de granos.

   -¡Hala, cuántas manías! Déjeme ver…

   Alan abre un cajón bajo la caja registradora, saca una cinta métrica y la desenrolla. Coloca el remate metálico de un extremo de la cinta entre los ojos de la clienta y la extiende hasta la punta de la nariz.

   -Siete centímetros. ¿Cuánto debería medir? ¿Cinco? Y el espacio entre los ojos, midamos eso. ¿Cuánta separación más tendría que haber? Un centímetro como mucho. Ahora las mejillas…, ¿cuánto les sobra? No se mueva para que coloque bien esto bajo el lóbulo de la oreja. Yo diría que hay un exceso de cuatro centímetros.

   -En cada una.

   -Sí, vale, en cada una. Pero, así y todo, comparado con el tamaño del universo no dejan de ser más que unos pocos milímetros. ¡No hay ningún motivo para quitarse de en medio! ¡Que yo sepa, cuando la he visto entrar no he descubierto a una extraterrestre con ventosas y unos ojos redondos en la punta de unas antenas de doce metros! Ah, sonríe… Le sienta bien sonreír. Mire lo bien que le sienta -dice, levantando la máscara de plástico blanco ante la clienta, que inmediatamente hace una mueca de desagrado.

   -Tengo unos dientes horribles.

   -No, no son horribles. Al estar un poco torcidos, le dan un aire eterno de niña que no ha llevado aparato corrector. Es conmovedor. Sonría.

   -Eres muy amable.

   -Es verdad que es un encanto -comenta en un susurro una voz grave bastante lejos de la chica, a su espalda-, porque no son tan horribles sus dientes…

   -Chsss…

   Mishima y Lucrèce [los padres de Alan], de pie el uno junto al otro frente a la estantería de las cuchillas de afeitar y con los brazos cruzados, observan en silencio a su hijo, que intenta endosarle una máscara a esa clienta de la que sólo ven su espalda sin cintura, su gordo culo y sus piernas como postes. Descubren el reflejo de los rasgos de su rostro poco agraciado en el espejo de la máscara blanca que le presenta Alan.

   -Sonría. Lo que le pasa es normal. Aquí he oído a muchas personas decir que empezaron por no poder mirarse en los espejos de las tiendas y que luego rompían sus fotografías. ¡Sonría, la están mirando!

   -Tengo millones de granos.

   -Granos de ansiedad… Cuando esté más relajada, desaparecerán.

   -Mis compañeros me consideran tonta.

   -Eso es porque no tiene confianza en sí misma. Y eso hace ser torpe, decir cosas a destiempo. Pero si aprende a familiarizarse con el reflejo de esta máscara y a quererlo… Mire a esa persona que está frente a usted. Mírela. No se avergüence de ella. Si se cruzara por la calle con ella, ¿querría matarla? ¿Qué ha hecho para despertar tanto odio? ¿De qué es culpable? ¿Por qué no habría de quererla? Empiece por apreciar usted a esa mujer y sin duda los demás acabarán también por apreciarla.

   -¡Qué tío! ¡Y todo eso por una máscara de cien euros-yens…! Tengo que reconocer que tiene sentido comercial y que no escatima saliva -dice, admirado, Mishima.

   La chica, desconcertada, mira a derecha e izquierda.

   -¿No me he equivocado…? ¿Estoy en la Tienda de los Suicidas?

   -Vamos, vamos, olvide esa palabra que no lleva a ninguna parte.

   -¿Por qué dice eso? -dice el padre, frunciendo el entrecejo.

   -La vida es la que es. ¡Vale lo que vale! Ella también se las apaña como puede con sus torpezas. A la vida tampoco hay que exigirle demasiado. ¡Pero de ahí a querer suprimirla! Vale más tomarse todo esto por el lado bueno. Ahora, deje aquí esa cuerda y ese revólver desechable. Con lo angustiada y asustada que está en estos momentos, dispararía contra el nudo corredizo, ¡y menudo desastre! Se caería del taburete y se rompería una rodilla. ¿Le duelen las rodillas?

   -Me duele todo.

   -Sí, ya, pero ¿las rodillas en concreto?

   -Hummm… no…

   -¡Fantástico! Continúe así. Y que sus rodillas se pongan en marcha para guiarla en su recorrido con ese rostro de mujer sobre la máscara. Si no quiere hacerlo por mí, hágalo por ella. ¿Cómo se llama?

   La clienta levanta los ojos hacia el espejo.

   -Noémie Ben Sala-Darjeeling.

   -Noémie, un nombre muy bonito… Quiera a Noémie. Ya verá qué simpática es. Llévese la máscara a casa. Sonríale y ella le sonreirá. Cuídela, necesita afecto. Lávela, perfúmela, vístala bien, haga que se sienta mejor consigo misma. Intente aceptarla. Se hará amiga suya, su confidente, y serán inseparables. ¡Lo que van a reírse juntas…! Y todo eso por cien euros-yens. Una ganga. Venga, se la envuelvo. La dejo en sus manos. Cuídela bien. Se lo merece.

   Mientras suena el cajón de la caja registradora al abrirse, Mishima lamenta:

   -Podría haberle vendido también la cuerda y el revólver…

   -Tome, coja un caramelo del tarro -dice Alan, sonriendo.

   -Ah, ¿no son…? -pregunta la clienta. [Antes tenían caramelos envenenados]

   -¡Qué va! Adiós, señora sin dolor en las rodillas.”

De La tienda de los suicidas, Jean Teulé, Ediciones B, 2010

 

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~ por juannicho en junio 15, 2012.

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