La cosa banal, la soledad salvaje (Pavese y Leucó hacen las maletas)

 

   [Diálogos con Leucó es el libro que se encontró abierto en la mesilla de noche junto al cuerpo de Cesare Pavese, en una habitación de hotel. Lo había escrito él mismo muy pocos años antes. Tres días antes de matarse había escrito una carta a su amigo Davide Laiolo:

   “Visto que de mis amores se habla desde los Alpes hasta Cabo Pássero, te diré solamente que, como Cortés, he quemado tras de mí mis propias naves. No sé si encontraré el tesoro de Moctezuma, pero sé que en el altiplano de Tenochtitlan se hacen sacrificios humanos. Desde hace muchos años no pensaba más en estas cosas, escribía. ¡Ahora no escribiré más! Con la misma testarudez, con la misma estoica voluntad que tienen las Langas, haré mi viaje en el reino de los muertos.

   Si quieres saber quién soy ahora, vuelve a leer “La Fiera” en los Diálogos con Leucó. Como siempre había previsto todo hace cinco años. Menos hablarás de este asunto con la gente, más te lo agradeceré. Pero ¿podré hacerlo todavía? Tú sabes bien cuánto deberás hacer. Chau para siempre, tu Cesare.”]

 

   “(…) EXTRANJERO. Cada uno tiene el sueño que se merece, Endimión. Y tu sueño es infinito de voces y de gritos, de tierra, de cielo, de días. Duérmelo con coraje, no tienes otro bien. La soledad salvaje es tuya. Ámala como ella la ama. Y ahora, Endimión, yo te dejo. La verás esta noche.

    ENDIMIÓN. Oh dios caminante, te lo agradezco.

    EXTRANJERO. Adiós. Pero no deberás despertarte más, recuérdalo.”

 De “La Fiera”, en Diálogos con Leucó, Cesare Pavese, Ediciones Siglo Veinte

 

 

   [A veces las cosas más importantes pasan por escoger una u otra página en concreto del libro en que uno vive. Quién sabe si Pavese, más envuelto por la Musa que por la Fiera, no hubiera durado un poco más de tiempo…]

 

 

    “MNEMOSINE. ¿No te has preguntado por qué un instante, semejante a tantos otros del pasado, te vuelve repentinamente feliz, feliz como un dios? Tú mirabas el olivo, el olivo sobre el sendero que has recorrido cada día durante años; llega el día en que el fastidio te deja y tú acaricias el viejo tronco con la mirada, como si fuera un amigo reencontrado y te dijera justo la única palabra que tu corazón esperaba. Otras veces es la mirada de un transeúnte cualquiera. Otras veces, la lluvia que insiste desde hace días. O el chillido estrepitoso de un pájaro. O una nube que dirías haberla visto antes. Por un instante el tiempo se detiene y sientes la cosa banal en tu corazón como si el antes y el después no existieran ya. ¿No te has preguntado el porqué?

    (…)

    HESÍODO. Escuchándote, parece cierto. Pero la vida del hombre se desarrolla allá abajo, entre las casas, en los campos. Delante del fuego o en un lecho. Y cada día que despunta te pone delante la misma fatiga y las mismas faltas. Esto al final resulta fastidioso, Mélete. Hay una tormenta que renueva a los campos -ni la muerte ni los grandes dolores quitan el coraje. Pero la fatiga interminable, el esfuerzo de estar vivo hora tras hora, la noticia del mal ajeno, el mal mezquino, fastidioso como las moscas de verano- éste es el vivir que corta las piernas, Mélete.

    MNEMOSINE. Yo vengo desde lugares más yermos, desde barrancos brumosos e inhumanos, donde sin embargo se ha abierto la vida. Entre estos olivos y bajo el cielo, vosotros no conocéis esa suerte. ¿Nunca has oído hablar del pantano Boebe?

    HESÍODO. No.

    MNEMOSINE. Es una landa brumosa de barro y de cañas, como era al principio de los tiempos, en un silencio burbujeante. Engendró monstruos y dioses de excremento y de sangre. De esto los Tesalios hoy día, apenas hablan. No la cambian ni el tiempo ni las estaciones. Ninguna voz la alcanza.

    HESÍODO. Pero entretanto tú hablas de ella, Mélete, y le has atribuido una suerte divina. Tu voz la ha alcanzado. Ahora es un lugar terrible y sacro. Los olivos y el cielo del Helicón no son toda la vida.

    MNEMOSINE. Tampoco el fastidio, tampoco el retorno a las casas. ¿No comprendes que el hombre, todo hombre, nace en ese pantano de sangre? ¿y que lo sagrado y lo divino os acompaña a vosotros también, dentro del lecho, en el campo, delante de la llama? Cada gesto que hacéis repite un modelo divino. Día y noche no tenéis un instante, ni siquiera el más fútil, que no brote desde el silencio de los orígenes.

    HESÍODO. Tú hablas, Mélete, y no puedo resistirte. Si bastara por lo menos venerarte.

    MNEMOSINE. Hay otra manera, mi querido.

    HESÍODO. ¿Cuál es?

    MNEMOSINE. Intenta decirles a los mortales estas cosas que sabes.”

 De “Las Musas”, en Diálogos con Leucó, Cesare Pavese, Ediciones Siglo Veinte

 

 

 

 

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~ por juannicho en junio 16, 2012.

Una respuesta to “La cosa banal, la soledad salvaje (Pavese y Leucó hacen las maletas)”

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