La inercia de la soledad (Makanin sin piedad)

ENVEJECER (Mario Quintana): “Antes cualquier camino iba. / Hoy todos vuelven. / La casa es cómoda, los libros pocos. / Y yo mismo preparo el té a los fantasmas.”

    [Hay libros que dan miedo. Y si son rusos, un poquito más. Leí este libro hará un par de años. Y lo dejé por ahí, suelto, medio escondido, lejos de las estanterías. Y ahora que lo rescato me percato que es en el momento que he empezado a leer Oblómov, la historia de un personaje envuelto en una apatía permanente. El inconsciente y la sincronicidad funcionan en base al mismo mecanismo. Aquí está esta desesperante historia sin excesivo movimiento, que se diferencia de la de Oblómov en que, al haber abandonado el XIX, ya no podemos disponer del sentido del humor nihilista con el que ellos construían sus tremendas historias. Los solitarios personajes de este libro, si no lo recuerdo mal, habitan en tantas “cárceles del alma” (como tituló un húngaro un libro que ya nadie compra) que cuando se encuentran con otras personas les sucede un hecho peculiar, que es lo que más he recordado de esta historia desde que leí el libro: no miden bien el ámbito relacional, no se dan cuenta de los ritmos y tiempos de las conversaciones, se desmadran, se desfasan, hablan demasiado, no escuchan… Sufren de lo que el autor llama varias veces “la inercia de la soledad”, algo así como una falta de costumbre de la cosa social. Como si empezaran de cero, sacan a la palestra todas las palabras que conforman sus solitarios pensamientos y ya no pueden frenarse. Ni siquiera se dan cuenta, sus palabras han tomado el poder desde el destierro en que habían vivido hasta entonces.

   Es una historia que cuando la leí me aterrorizó pero con calma, de un modo -digamos- latente. Ahora que releo algunas páginas, las que os pongo aquí debajo, el terror ha cobrado forma, como decía un cartel publicitario de cine. El modo en que refleja determinadas situaciones emocionales o tan sólo intelectuales me pone la piel de gallina y me hace repetirme en voz baja cada rato: tenía que ser ruso, esto sólo lo puede escribir un ruso… y cosas así. Asusta comprobar que pone en palabras los temores sin forma que susurran sin voz los demonios por la noche. Inquieta descubrirse a uno mismo afirmando con la cabeza cuando lee según qué cosas aniquilantes… En todo caso, es un libro minuciosamente desesperante y revelador en su cirugía anímica. Ruso, claro, qué esperabais.]

 

Manet, “La femme au perroquet” (1866)

  “(…) Cuando me acerco a su casa y levanto los ojos veo sus tres ventanas: la de la cocina y las dos de su habitación. Las de la habitación están siempre iluminadas. Era asombrosa la sensación de que ahora iba a subir, iba a entrar en el piso y la encontraría allí sola. Siempre sola. Los objetos que la rodean todos los días han pasado a ser casi vivos para ella (no vivos, pero tampoco muertos del todo). Así que Ninel Nikoláievna -aunque lo hace silenciosamente, con los ojos- se comunica con ellos. No es casual que la gente solitaria atribuya un alma a los muebles y empiece a saludarles como en broma: “Hola, espejo mío… ¡Hola, mesita!” Y que pueble involuntariamente de diablillos y de toda clase de espíritus los rincones y en especial las oscuras cavidades de su vivienda. (Los miedos y visiones nocturnas empiezan por el deseo inconsciente de poblar los rincones con quien sea o con lo que sea.)

   Cuando yo -que soy un huésped poco asiduo- llego, y apenas mis pies han traspasado el umbral y mis pasos suenan en el recibidor, Ninel Nikoláievna, sin saberlo ella misma, rompe sus relaciones con rincones y cavidades, con el alma del espejo, con el imponente armario y con otros seres inventados: rompe con la soledad. Pero como cuando se da un paso brusco es difícil detenerse, la inercia la arrastra un poco más allá. Y se siente entre gente (dejando de lado la comunicación entre los dos). Es algo así como si su soledad pasase directamente a una reunión. Empieza a reflexionar sobre temas generales y sociales, se hace más sensible y combativa. Por ello arremete a veces contra mí y contra mi vulgar vida como si de mi propia conciencia se tratara.

   Es comprensible.”

 

   “-…¿Apatía?: la apatía no es casual. Nunca fui capaz de leer con medida: tengo dipsomanía por los libros. Leo de día y de noche; y si las apatías no hubieran recortado mis lecturas, la presión arterial me hubiera hecho estallar algún día en pedazos. Las apatías me resguardan de la parálisis: me proporcionan descanso. Mi capacidad intelectual desciende bruscamente en esos días por debajo de cero; pero luego, durante la fase activa, hago crecer de nuevo y rápidamente la montaña. Sí, como Sísifo. Muchos ven en la alternancia, en la repetitividad, una falta de sentido; yo le veo sentido.

   (…) Hacia el final de las vacaciones leía sin parar y prácticamente ya no se levantaba del sofá. Sólo salía a la calle un poco antes de irse a dormir, cuando advertía de repente que el día había pasado: sin prisas, bien vestido y hasta elegante para su edad, caminaba aproximadamente una hora por la ciudad, que se iba durmiendo. Antes de su paseo nocturno se consentía uno o dos vasos de vodka para entonarse. Paseando por las oscuras calles cantaba a veces en voz baja.

   Guennadi Pávlovich se dio la vuelta y se colocó boca abajo; pero tampoco así se encontraba cómodo -¡¿pero qué le pasaba?!- y transcurrieron diez o quince minutos de sopor hasta que recordó de repente que las vacaciones se acababan al día siguiente y que había que ir a trabajar. ¡Qué pronto habían pasado!… Al pensar en sus colegas de trabajo se le frunció el ceño. Y luego, como suele ocurrir, la cotidianidad se le vino encima. Por la mañana tengo que ir a la tienda de comestibles y a la verdulería; es una vergüenza que no haya patatas en casa. El televisor sigue sin reparar: no he llamado al taller… Y tengo que sacarme la muela: arrancarme la raíz. Tendría que haberme ocupado de esas cosas hace tiempo: ¡ay, dios mío, cómo se me ha venido todo encima!, ¡qué difícil me resulta ya vivir! No es que se le hiciera difícil ir al trabajo, ni desentrañar una idea difícil, y ni siquiera resolver los problemas generales de la humanidad, sino que lo que se le hacía difícil era simplemente vivir sin más.”

 

   “Ha elegido un modo de envejecer que no es de los más seguros –¡qué extravagante eres!; así es como ha sucedido; ¿se elige acaso la vejez o la manera de envejecer? Pero ha decaído mucho: en los períodos de apatía su andar se hace inseguro y su mirada distraída; puede sufrir fácilmente un accidente de coche, puede caerse por el hueco del ascensor, puede ponerse a reparar maquinalmente el televisor y a hurgar en él mucho tiempo sin quitar la corriente; en otras palabras, los peligros le cercan, le acompañan constantemente. A Guennadi Pávlovich le pasó por la cabeza la idea de si no debería colgar de la pared el retrato de su difunta madre para hablar con ella de vez en cuando durante las horas de apatía, durante la noche: sí, mamá, diría; recorro poco a poco las últimas etapas de mi vida. Sí, estoy solo, diría… La idea de que eso supusiera tomar a su madre por un sucedáneo -¿pero de qué o de quién?- le pareció una profanación. Se compadeció de su madre. (…)”

 

  “(…) Y en su casa, desde lo alto de las estanterías, miles de libros escritos por los mejores cerebros de todos los tiempos y de todos los pueblos contemplaban con indiferencia a aquel hombre cansado. Los libros no le hacían reproches. Al parecer les daba igual un tomo más o menos. La plenitud del universo no necesitaba aditamentos. Y Guennadi Pávlovich, que se estaba durmiendo, se sintió triste…

   Se despertó dos veces en medio de la noche. Por la mañana estaba ya muy enfermo. Se acercaba la apatía.”

 

   “(…) Y en ese caso me daría miedo y pensaría (también infundadamente) que Guennadi Pávlovich lograría salir un día de la niebla de sus apatías, percibiría la humillación a la que se le sometía (su calidad de trofeo) y se indignaría. Se pondría a hablar. Se le ocurriría alguna idea heroica y, como en su juventud, volvería a hablar mucho. (Como en su juventud, pero sin ser ya joven.) Hablaría sin parar. Y, ay, sin tomar precauciones. Se sublevaría por cualquier pequeñez y luego se dejaría llevar por la verborrea; hablaría y hablaría hasta que terminase, el pobre, en un manicomio. Yo sé con absoluta precisión que no va a suceder nada parecido. Que se convertirá en el pacífico y vulgar jubilado Guennadi P. Goloschiókov, lo suficientemente pacífico y vulgar como para no permitirse destruir su propia tranquilidad hogareña, adornada con elevadas reflexiones espirituales y por el mundo de los libros -lo sé y sin embargo tengo miedo. Tal vez la cuestión no esté en él sino que haya algo más. ¿Por qué tengo miedo?

Richard Tennant Cooper

   No nos es posible consolar a todos cuantos desearíamos: simplemente, porque nos serían insuficientes las veinticuatro horas del día. Podría escribirse un relato acerca de un hombre del siglo pasado, más exactamente acerca de un hombre de la literatura del siglo pasado, que se encontrase de repente en nuestros días y, como es lógico, se preocupase por la enfermedad de cada persona cercana o conocida. Sus sentimientos serían sinceros. Se expresaría en ellos. Llegaría un momento en que no haría sino recorrer hospitales día y noche; ni siquiera comería y dormiría sentado, porque su tiempo sería limitado y mucha la gente que sufre. De hecho no haría otra cosa que permanecer sentado en una dura silla frente a uno u otro enfermo. Luego iría otra vez al hospital. Y de nuevo se sentaría frente a alguien para escucharle y consolarle. Y así pasaría su vida.”

 

   “Guennadi Pávlovich me explica que si su vida se proyectara sobre una conversación telefónica, su juventud sería entonces la parte de la conversación en que escuchaba a los que hablaban, el tiempo en que oía a la gente, aun cuando fuera ingenuo lo que decían. No siempre se puede adquirir experiencia. Y luego, de alguna manera, sucedió que dejó escapar de las manos el receptor del teléfono; la gente seguía hablando, pero él ya no podía oírles por mucho que intentara comenzar de nuevo, ni por mucho que hiciera girar el disco. Tal vez aquella gente seguía hablando todavía.”

 

    “Tras la dorada juventud, hubo un período en que se creó una especie de pequeño club, muy íntimo, en casa de Guennadi Pávlovich (era cuando tenía treinta años; aunque tampoco los treinta le gustaban a Guennadi Pávlovich; estaba estancado, dice.) Acudían a su casa compañeros de juventud que habían perdido la aureola de famosos; buscaban en qué emplear su tiempo, ya fuese en una amistad tardía o simplemente en verborreicas veladas nocturnas, y sólo para no sentirse obligados de nuevo a hacerse importantes. El cambio de tiempo es como el cambio de paso. Los encuentros en su casa despedían, cada vez más claramente, un olorcillo a gente fracasada. Los encuentros parecían un fondo en blanco. Se hacían cada vez más cortos y perdían brillo. Luego, se acabaron. En su juventud, dice Guennadi Pávlovich, iba por delante de su tiempo; ahora va claramente por detrás; en aquel período del club íntimo ya no iba por delante, pero tampoco por detrás: caminaba a la velocidad del tiempo mismo. ¿Y qué puede haber de más aburrido que el tiempo como tal?

    Algunos escapaban emborrachándose: era una especie de puentecillo, ligero y bullicioso al principio, entre la juventud y el envejecimiento. Ese puentecillo hay que atravesarlo rápidamente y en ningún caso volver la cabeza atrás, ni ver el abismo que se tiene bajo los pies. Sólo se puede mirar atrás cuando se tiene ya más de cuarenta.”

 

De Solo y sola, Vladimir Makanin, Ed. Alfaguara, 1989

 

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~ por juannicho en junio 22, 2012.

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