“Consentimiento informado” (Una de las 100 falacias capturadas por Baggini)

 

  [He aquí un libro que debería ser lectura obligatoria en las escuelas: ¿Se creen que somos tontos? 100 formas de detectar las falacias de los políticos, los tertulianos y los medios de comunicación. No digo más. Sólo pongo una de esas formas razonadas de enfrentar los argumentos nocivos que nos llueven a diario desde las esferas del poder: estadísticas, prejuicios, engaños solapados y subliminales, timos lógicos de bulto, chantajes afectivos, ética pisoteada por el fango… Su autor, Julian Baggini. Fabuloso.]

 

 

NADIE TE OBLIGÓ A HACERLO (La elección lo justifica todo)

 Julian Baggini

 

    “En una típica nación en vías de desarrollo, si logras trabajar para una multinacional estadounidense, multiplicas por ocho el salario medio. Por eso la gente hace cola para lograr esos empleos.”

Johan Norberg, En defensa del capitalismo global

 

    “¿Te preocupas alguna vez por todos los explotados del mundo? Qizá demasiado. Sin duda rechazamos la esclavitud, pero cuando se trata de trabajadores del sexo, trabajadores explotados en fábricas, soldados que se exponen a que les disparen o personas que tienen que limpiar los baños que nosotros utilizamos, siempre podemos decir para nuestros adentros: no tienen por qué hacerlo, ellos lo han elegido.

   El concepto clave aquí es “consentimiento informado”. Si a alguien le obligan por engaño a ejercer la prostitución, o le dicen que le van a pagar bien y en realidad cobra una miseria, es una cosa. Pero si acepta un empleo con pleno conocimiento de dónde se mete, con independencia de lo peligroso o desagradable que sea, ¿no deberíamos asumir simplemente que ha hecho una elección racional, en lugar de atormentarnos por su apurada situación?

   El argumento es reconfortante, pues, si funciona, nos tranquiliza la conciencia. Pero la idea de que no hay problema siempre que exista consentimiento tiene varios puntos débiles.

   En primer lugar, la gente tiene que elegir a veces cosas terribles porque no tiene otra opción en la práctica. La prostitución es un buen ejemplo. Estoy seguro de que hay mujeres para quienes ejercerla no es un último recurso sino una opción profesional deliberada, pero en muchos casos caen en ella por desesperación. Cualquier hombre que piense que la prostitución nunca es una explotación mientras la mujer no se vea físicamente forzada a practicarla está en un error.

   En segundo lugar, el hecho de que algo desagradable sea la mejor opción disponible para alguien no lo convierte en aceptable, si se le pudiera ofrecer algo mejor con un coste bajo o nulo. Por ejemplo, los gerentes de las fábricas en el mundo en vías de desarrollo niegan con frecuencia a sus trabajadores los permisos obligatorios para ir al baño o beber agua, e incumplen las leyes locales o las medidas de salud y de seguridad. La lista podría continuar. ¿Qué pasa entonces si trabajar en uno de estos lugares sigue siendo localmente la mejor opción? Si los consumidores occidentales pudiéramos acabar con todas estas penurias pagando un poco más, ¿por qué no hacerlo?

   Johan Norberg hace observaciones muy pertinentes sobre los beneficios del comercio con los países en desarrollo, pero confiere excesiva importancia al hecho de que los empleos para las multinacionales estadounidenses sean con frecuencia los más solicitados. Puede que la gente haga cola para conseguirlos, pero eso siempre sucede en situaciones de extrema necesidad. También distrae nuestra atención cuando dice: “Si los trabajadores cobraran salarios estadounidenses en Vietnam, los empresarios no podrían contratarlos.” No se trata de elegir entre explotación de trabajadores o salarios y condiciones occidentales, sino entre la oportunidad de ganarse la vida con un empleo decente o trabajar muchas horas en condiciones precarias para ganar apenas lo necesario para vivir.

   El tema del consentimiento informado es también relevante en contextos en los que se pide a las personas que renuncien a sus derechos legales basándose en que se las ha informado de los riesgos y las ventajas. Esto sucede con frecuencia en los hospitales, donde es preciso dar el consentimiento para tomar medicamentos o someterse a una operación. Pero ¿hasta qué punto somos realmente libres de negar nuestro consentimiento? Si tu médico sabe más que tú, ¿no debes confiar en su criterio? Si se revela terriblemente malo, que el hospital diga que diste tu consentimiento, razón por la cual no deberías quejarte, no basta.

   Para poder decir de verdad que hacer una elección significa que lo que pueda sucederte no es cosa de nadie, la elección ha de ser genuinamente informada, auténtica y no forzada, y lo que ellos hagan después tiene que ser tan justo como quepa esperar razonablemente de ella.

 

   ¿Podemos decir honestamente que estas condiciones para el consentimiento libre e informado se cumplen en el caso de los trabajadores del sexo, los que son explotados en las fábricas, los soldados expuestos a recibir un disparo o las personas que tienen que limpiar los baños que nosotros utilizamos? Si la respuesta es negativa, ¿qué deben hacer al respecto quienes no son directamente responsables de la explotación? ¿Es responsabilidad nuestra asegurarnos de que lo que compramos no lo ha hecho gente que trabaja en condiciones injustas?”

 

En ¿Se creen que somos tontos? 100 formas de detectar las falacias de los políticos, los tertulianos y los medios de comunicación, Julian Baggini, Ed. Paidós, 2010

 

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~ por juannicho en junio 23, 2012.

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