Vea usted un político por dentro (Ayerra sobre la España cloacal)

 

Juan Luis Galiardo

[Veía el otro día la muy buena película de Álex de la Iglesia, La chispa de la vida, y cada vez que entraba en escena el gran Juan Luis Galiardo (ayer mismo se murió) en su papel de alcalde y político preclaro, pensaba inmediatamente en ese personaje que tan bien describía Ramón Ayerra. Una especie de esencia de lo que significa la política profesional en estos tiempos. Una disección muy afilada y precisa de la masa purulenta de gestores de lo público que han vendido el alma al diablo por un plato de lentejas. Vale la pena leerlo para situar en su contexto las raíces de donde proviene la caterva de políticos que intentan timar a las masas hoy en día. Veréis que la descripción de este gobernador os resultará muy familiar a poco que os fijéis con detenimiento en la mirada y las palabras de cualquier político de los que medran en los parlamentos de este país.

   La novela es francamente estupenda. Los terroristas a los que se refiere son un comando de ancianos que se dedican a matar a gente joven por odio de esa misma juventud. La obra empieza con el ametrallamiento en la calle de un periodista de 24 años por un comando traqueteante y decrépito de asesinos de la tercera edad, como justinos dotados de una retorcida y escabrosa ideología edadista. No es difícil pensar en una parodia de la habitual persecución a la que se ve sometida en especial la juventud disidente en todas las partes del mundo. O por otro lado a la encarnación simbólica de un viejo régimen que no se resigna a desaparecer e irrumpe con fuerza en escena para frenar el avance de lo nuevo. Menos mal que en la vida real esto se da la vuelta y los yayoflautas de hoy hacen que los mayores organizados se vean involucrados en acciones contrarias a la prosperidad del lado oscuro.

   Me extraña que Álex de la Iglesia no haya hecho una película con esta delirante novela del esperpento español de la transición mediocre a la democracia. Y luego me quedé pensando en lo bien que se lo debió pasar Ramón Ayerra tan sólo un mes después de que saliera a la calle la primera edición de este libro en enero de 1981. El grotesco despropósito del golpe 23-F debió hacerle reír mucho. Quizá hasta tenga algo escrito sobre ello, lo buscaré.

   Ramón Ayerra murió hace un par de años, bastante ignorado por lo que intuyo. Pocas personas sabían utilizar el lenguaje de la calle como él. Que la tierra te sea leve, amigo.]

 

   “A la hora de morir, igual da que ocurra este bobo trámite en invierno que en verano, con cierzo o con calorazo, salvo acaso para el pobre de solemnidad, que sobre morirse en la cuneta, ha de hacerlo pelándose de frío.”

Ramón Ayerra

  

Ramón Ayerra

 

   “Emerenciano Paleta Jumilla, sevillano de nación, de crianza y hasta de ejercicio. Más que bajo, corto de cuello. Empalmaba la mamola con el costillar delantero. Grueso pero plantón, jaque, boludo. Cuando estaba en pie, quieto parado, gustaba de espatarrarse y arquear la muslada cada poco, como para recolocarse unos huevazos imponderables, latosos de puro grandones. Al propio tiempo ponía en jarras los brazos y sacaba pecho. Emerenciano Paleta Jumilla, chaparro audaz, palabrero, ojos muy claros en los que se divisaban, poniendo atención a ello, paisajes urbanos del Guadalquivir: a un lado del manso discurrir del río, la noble, liviana poquedad de Triana y sus casitas; al otro, las florituras juguetonas, y a un tiempo serenas, de la Maestranza.

   Emerenciano Paleta Jumilla, gobernador civil de la ciudad y su provincia, como político nato, no creía en nada, y como se le pasaba la edad de seguir trepando, cada día estaba de peor leche. No creía en nada, sí, pero era capaz de liarse a moquear y a humedecer pañuelos si razones del oficio lo aconsejaban; el fallecimiento absurdo de la niña de Bernardino Piñata, cabo de la Policía Municipal; una furia de peste porcina que dejó inconsolable, y sin gorrinería, la comarca de Gomezserracín y Sanchonuño; el no por repetido menos meritorio milagro de un santo con retranca, el bendito presbítero incorrupto de Juarros del Río Moros, que desde su hornacina, y de decenio en decenio, alargaba a capricho la pata de un cojitranco devoto, o se la volvía a recortar, según saliese luego éste rezador o tabernario y faldero.

   (…)

   Cuando se vio mocito y en la conveniencia de decidir su futuro, Emerenciano se percató de que le iba la política, de que le iba la marcha, esto del mucho vagueo y del mucho bla bla en casinos y antedespachos, esto de inflamarse por cosas que se la traían floja, y sobre todo, y por encima de todo, lo de mandar, ay madre, qué cruz, cómo le gustaba el mando. Aunque tuviese en la mesa la botella por vecina, decía al de al lado: “Tú, échame vino.” Le podía el mando, lo llevaba en la masa de la sangre, de modo que con la influencia y los dineros de su padre ratoneó en las cobijas de la autoridad y a base de convites, de hacer gracias y de alcahuetear con jerarquías jodonas, metiéndoles entre las sábanas unas niñatas de perder el sentido, Emerenciano inició su carrera, entrando de secretario de tercera de un poncio, y zancadilla va, zancadilla viene, cucamona va, cucamona viene, denunció con fortuna el desvío ideológico del señorito de turno y obtuvo como recompensa una provincia, una provincia para él solito, como le gustaba decir.

   Ni que decir tiene que la muerte del general le reventó, y no porque apreciase al panzudo dictadorzuelo, al taimado tripita, sino porque se quedaba con el culo al aire, pero pudo, como tantísimos otros, superar el bache, y se acomodó a las nuevas maneras, y como era discreto cuando se lo proponía, siguió en el machito cambiando de provincia cada dos años o así, de modo que cuando llegaba a un nuevo destino, aprendida ya la copla, daba la idea de que era un demócrata que venía a pie, sorteando la historia, desde la revolución francesa.

   Lo jodido de la situación es que a veces le traicionaban las fijaciones antiguas, y así, cuando había de saludar, no era infrecuente que se le fuese la mano lisa a la frente en un amago de liturgia facha, lo que corregía volando, y o bien alargaba la zarpa al peluche y se rascaba adornando el gesto, para mejorarlo, con un, “puta caspa, me trae más frito que si de tiña se tratara”, o bien la bajaba al pelotamen y se componía con denuedo la merienda. Y así, mal que bien, se iba acoplando a los modos de la nueva mangancia, y desterrando las cuchufletas de antaño, para lo que había de sortear con maña, ya se dice, las muchas picias y fantasmas que le arrojaba el pasado desde su altillo. (…)”

 

 

 

   “Todo se convertía en una lucha, en una refriega de cien mil pares de pelotas, hasta el trato con el personal que lógicamente debía serle más leal, más afín, más encorajinadamente ayudador y vecino; allí todo cristo se tenía gana y cualquier ocasión era buena para meter un rejón de castigo. La política era, eso sí, trampa, zancadilla y merodeo, bien lo sabía él, y gasto sobrado había hecho de esta intendencia, pero como la vida es a la postre una partida de toma y daca, un desapacible rincón en el que no sacarás más que lo que metas, también a él le tocaba padecer el envite del prójimo. Ay, la política, tanto sacrificio, tanto bregar, y no sólo para que no se le escapase el mando, sino para pulirlo y acrecentarlo; qué desazón se le había metido en las entrañas desde chiquito por enjaular a ese raro pajarito que le martirizaba, el mando, el mando. Y era elevado precio el que tenía que abonar, un cruel peaje, sí, señor, una puñetera aduana requetepoblada de los vistas más feroches y destemplados del universo mundo.

   (…)

   Y por si fuese poco, como si un destino aciago le condenase a rellenar su cáliz con el vinagre más rabioso, ahí estaban los coroneles, copón con los coroneles, dos moruecos que se odiaban a muerte, uno de Granada y otro de Almería, uno de padre con carrera y el otro con padre de cuchara, uno de la Guardia Civil y el otro de la Policía Nacional, cuando una sola de estas tres circunstancias bastaba para que se pusiesen como tigres de Bengala el uno con el otro. ¡Qué habría hecho para tener que llevar una cruz tan pesada! Y ese odio entre ambos Cuerpos, y ese no fiarse, y esa mala hostia entre tricornios y gorrillas color cagada de albañil atracado de butifarra, que es que se odiaban a muerte, los unos con su viejo prestigio de satrapía rural y tiros a los menudillos y sangre a cubos, los otros, picajosos por falta de una tradición de borriquez como Dios manda y con un rebrinque suburbial y cantamañanas. Qué suplicio aguantar la batalla sorda que se traían esos espadones de guardarropía, dos carrozas más desportilladas que el virgo de María Magdalena.

   Emerenciano Paleta Jumilla respiró hondo y se incorporó a los rudos, tremendos callejones del oficio.”

 

De Los terroristas, Ramón Ayerra, Ed. Planeta, 1981

 

 

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~ por juannicho en junio 23, 2012.

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