Código de arrugas (Satz y la respuesta polinesia)

 

   “Vivir es, desde nuestra más temprana infancia, una manera de grabar en el rostro o en la tierna masa del cerebro honduras, surcos, líneas y arrugas que expresan en idéntica proporción dolor y éxtasis. Hablar de un cerebro liso o, incluso, de una cara demasiado lozana a determinada edad, es aludir a un ser que ha pasado incólume e intocado por los peligrosos senderos de la existencia cotidiana. (…)

   Madurar es, entonces, arrugarse, encogerse, dejarse modelar por la acción y reacción de los afectos, por el estupor de la pasión y la ansiedad del mañana, por la posesión y la carencia, la risa y el silencio. Las arrugas son, como las ennegrecidas cortezas del leño que se quema mientras resquebraja y estalla en chispas y cenizas, huellas del fuego que ha pasado por nosotros. (…)

   Al inventar la cirugía plástica, Occidente negó a las arrugas la posibilidad de simbolizar algo más que el paso del tiempo. (…) En cierta medida, no temer a las arrugas es no temer a la muerte que, hoy sabemos, tiene vestíbulos o pasadizos de luz que nos conducen hacia su sol negro. (…)

   Por lo general el rostro se nos arruga mucho antes que el resto del cuerpo, y eso se debe sin duda tanto al lenguaje con su red mímica, como a la exposición de la cara a la intemperie de las relaciones, desprotegidos como están los pómulos, mejillas y labios, desnudos en su rozamiento con el mundo. Existe una hermosa fábula de la Polinesia sobre el envejecimiento que nos alecciona sobre el misterio dulce de las arrugas. Cuenta que la madre de un hijo único y muy observador oye hablar a una bruja de una extraña fuente, llamada Manantial del Renacer, cuya máxima virtud líquida consiste en hacer desaparecer las arrugas de quienes se sumergen en ella. Cierto día de cálido y rojo amanecer la madre deja a su hijo y viaja hasta la mencionada fuente. Tras muchas dificultades, cuando por fin llega a ella, han transcurrido -como nubes pasajeras- muchos meses. Su cansancio aumenta y exagera la vieja apariencia de sus facciones. Pero entonces al agua obra milagros y la mujer emerge de ahí transformada en una joven de aspecto magnífico, sin huellas de haber vivido, lozana, radiante. Semejante a un pez luna en la estación del amor.

   Altiva y confiada, regresa a la aldea y, en un amanecer semejante al de su partida, se acerca al lecho de su hijo dormido. Éste ha crecido, es más alto y parece más fuerte. Lo despierta con un beso y le sonríe. Extrañado, el muchacho le pregunta quién es y la mujer responde: “Soy tu madre.” Tras un silencio de varios minutos, tiempo que tardó en escrutar sus rasgos, medio dormido aún, el muchacho contesta: “Eso no es posible: mi madre tiene arrugas de reír, cabellos de espuma blanca y sobre todo la distancia de años que justifica nuestro parentesco. Tú eres una joven con la que nunca he vivido, cuyo pasado no es el mío y cuyo rostro no puedo descifrar.” El silencio crece con la luz del día, y también la comprensión de la madre, que volverá su rostro al cielo para pedir que le sean devueltos sus años de dolor, las marcas de la vida y los tránsitos de la enfermedad y la muerte. En un instante de fulgor ha entendido que al querer borrar su aspecto exterior, también disipaba la historia que lo había configurado.”

De Música para los instrumentos del cuerpo. Claves de anatomía humana, Mario Satz, Miraguano Ediciones, 2010

  

 

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~ por juannicho en junio 24, 2012.

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