Esa curiosa sensación colectiva de que va a ocurrir algo (¡Cómo le gustaba a Buzzati tensar el ambiente!)

 

   [No sólo aquí, en el gran teatro de la Scala, todos tienen la sensación punzante de que va a pasar algo y se encierran y pertrechan en el edificio mirando al exterior con ojos desorbitados por aquello que pueda llegar desde la oscuridad. También en su obra más conocida, El desierto de los tártaros, esa grandísima joya, “se teme algo” -como dice Gloria Fuertes en su poema “Todo asusta”-. En este caso, el melancólico militar DESEA que ocurra ese algo, lo presiente con fervor al principio y luego más desmayadamente. El caso es que siempre parece que algo tenga que ocurrir, para bien o para mal. Algo que no sabemos prever y que incluso nos cuesta imaginar. La única certeza que de ese misterio por venir tenemos es su propio misterio, esa cualidad de inquietud peligrosa y fascinante que hace que, al tiempo que desearíamos se produzca YA para rebajar la tensión, tememos que si al fin lo hace algo muy terrible y quién sabe si irreparable pudiera llegar a darse. En otras historias también se le escapa a Dino Buzzati esta angustiosa entrega al fatum proteico e indiscernible. Nadie como él sabe hacernos sentir tan absolutamente vulnerables y entregados a esa fatalidad que se nos viene encima y hacia la que, sea como sea, debemos dirigirnos. A la que debemos hacer frente.

   Dino Buzzati puede parecer que despliega tramas amigables y hasta ingenuas y sin embargo es un verdadero maestro del sentido de la muerte y lo irremediable. A la vez resulta entrañable y en más de una ocasión decididamente conmovedor el mundo de sus relatos.

   Menos luminosa aunque dotada de esta misma ansiedad ambiental, La melancolía de la resistencia, esa alucinante novela de Laszlo Krasnahorkai -llevada al cine por Béla Tarr como Las armonías de Werkmeister– nos envuelve también en ese aura de presentimientos que se van condensando en las calles como un arma química dispersada por el aire. Todos temen que va a ocurrir algo grave, que la violencia se va a desatar. Los miedos más profundos saltan a la palestra de lo social. Los demonios campan por sus respetos. Se avecina una tormenta.

   También, pensando en esta sensación de expectativa tóxica, recordé otro encierro similar aunque con otras características: El ángel exterminador, de Luis Buñuel. Allí también se hallan concentrados los personajes prominentes de la sociedad entre burguesa y aristocrática. En su caso no pueden salir, aunque lo desearían. Están encerrados. Allí lo monstruoso parece que se insinúa en su propio interior, desde sus mismas esencias deshumanizadas. Lo que está claro es que es una película que podría haber escrito perfectamente el mismo Dino Buzzati. En fin. Que parece que el único modo de eludir los encierros y las ansiedades de lo desconocido es caminar hacia adelante, hacia las sombras si es preciso. Hacia la luz o hacia el fin del mundo. Hacia la llamada de nuestra voz eterna.]

 

Dino Buzzati

 

    “(…) Sin embargo, como suele suceder, una vaga y sorda sensación de peligro se había extendido por la ciudad. No había ocurrido nada concreto que la justificara, no había siquiera rumores que hicieran referencia a nada preciso, nadie sabía nada, y sin embargo reinaba en el ambiente una tensión palpable. Aquella noche, después de salir de las oficinas, muchos ciudadanos apretaban el paso en dirección a su casa, escrutando con aprensión el camino, temerosos de ver avanzar desde el fondo una masa oscura que bloqueara la calle. No era la primera vez que la tranquilidad de los ciudadanos se veía amenazada; muchos comenzaban a estar acostumbrados. Por esta razón, la mayoría continuó dedicándose a sus ocupaciones como si fuera una noche como otra cualquiera. Con todo, resultaba singular una circunstancia que muchos advirtieron: si bien, filtrado a través de quién sabe qué indiscreciones, un presentimiento de cosas grandes había empezado a serpentear por aquí y por allá, nadie hablaba de ello. En un tono acaso diferente del habitual, con sobreentendidos herméticos, se desarrollaban las conversaciones nocturnas de costumbre, se decía hola y adiós sin apostillas, se quedaba para el día siguiente, se prefería, en definitiva, no aludir de forma abierta a aquello que de un modo u otro reinaba en todos los ánimos, como si hablar de ello pudiera romper el encanto, traer mala suerte, provocar la desgracia; del mismo modo que en los buques de guerra es ley no formular a bordo ni siquiera en son de broma hipótesis de torpedeos o cañonazos.”

 

De “Miedo en la Scala”, en Los siete mensajeros y otros relatos, Dino Buzzati, Ed. Alianza, 2005

 

 

 

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~ por juannicho en junio 26, 2012.

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