Medusa (III): Pena de medusa de J. Rodolfo Wilcock

 

MEDUSA

 J. Rodolfo Wilcock

 

   “Ella sostiene que de muchacha fue hermosa, pero con relación a esto los escasos testimonios que nos quedan de su juventud son notablemente contradictorios. Sea como fuere, la infeliz Medusa vive hoy torturada por el deseo de acentuar su propia fealdad para ser todavía más diferente que las otras mujeres, y el de salvar lo salvable, gastando sumas fabulosas en el peluquero o el sastre. Con el peluquero se hace despeinar las víboras, de manera que caigan más desordenadamente sobre la frente y los ojos; con el sastre elige telas preciosas para hacerse cortar algún vestido simple con dos breteles, como los que llevan las mendicantes. Pero también estos vestidos le parecen demasiado vistosos: arrastrada por la perversidad y la desesperación, al final ordena que la tela sea dada vuelta, de forma tal que de los ricos brocados de oro no se ve más que el reverso y el tramado ordinario. ¡Pobre mujer! Es tan malvada que, a pesar de sus sufrimientos, no se quiere matar, para poder castigarse a sí misma cuando no castiga a los demás.

   De hecho, sus víboras están siempre despiertas; no la dejan dormir, se menean y contorsionan, le muerden el cuello y, las más largas, los senos. Visto que nunca consigue estar en paz, ¿de qué le sirve ser universalmente respetada y temida? La infeliz Medusa se encierra en su habitación, un cuarto extremadamente lujoso, y allí encerrada escribe poesías, enroscadas y retorcidas como las mismas víboras que le quitan el sueño. Sus poesías no son feas, pero ella, quizá por desesperación, cree que son las más hermosas poesías escritas hasta ahora en el mundo, y obliga a sus muchos admiradores a que se declaren de la misma opinión. Una sola mirada de sus ojos de ágata pulida es suficiente: nadie osaría ni siquiera pensar lo contrario por miedo a verse transformado en mármol, como los muchachos amados por ella que hoy, petrificados por su mirada, llenan, desnudos, las galerías de su palacio.

   Cada noche, con víboras en lugar de cabellos, miope, con un candelabro en su mano descarnada, la poetisa recorre estas galerías de estatuas, devorada por la furia; hasta que, presa de las convulsiones, se aferra a uno de esos jóvenes cuerpos de mármol, y entre los silbidos frenéticos de todas las serpientes de su cabeza, se deja caer al piso, sollozando, como la más miserable de las mujeres.”

 

De El estereoscopio de los solitarios, J. Rodolfo Wilcock, Ed. Edhasa, 2000

  

“Medusa”, Maximilian Piener

 

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~ por juannicho en junio 26, 2012.

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