La sonrisa torcida de las puertas (Teller y las atalayas de la nada)

 

  [Me encuentro con este libro por mi casa y trato de recordar. Sé que, como se cuenta en el texto de más abajo y que está en el comienzo del libro, un chico se harta de la realidad existencial que está viviendo y decide largarse de TODO. En realidad se encarama a un ciruelo y desde allí va despotricando como un cínico griego sobre la vida y sus miserias. Y ahí se queda. A medida que lo leía no podía quitarme otra historia de la cabeza. Muchos relacionan este libro con El guardián entre el centeno o El señor de las moscas, pero yo sólo veía imágenes mentales de El barón rampante. Lo que me llevaba a concluir que con el tiempo repetimos las mismas historias pero dotándolas de un color diferente.

   En esta francamente interesante novela, Nada (nada -o casi nada- que ver con la de Laforet), el muchacho que se sube al árbol parece haberse enterrado en él más que precisar usarlo de atalaya. En cambio Cosimo, el joven barón, lleva desde sus alturas una vida alternativa, cuestionando a los de abajo pero sin romper ciertos vínculos e incluso interactuando activamente con los terrestres. Pierre Anthon mantiene un rechazo más ácido y destructivo, y precisamente la obra va avanzando sobre su reacción a las, según él, insignificancias que los otros chicos van ofreciéndole a modo de tanteos o demostraciones de un posible sentido de las cosas. ¿Querrá esto decir que ante los mismos problemas nuestras almas se van oscureciendo con el tiempo y los acaban debiendo enfrentar con una dureza más extrema? Este libro, en una clásica muestra de hipocresía de los bien-pensantes, fue primero condenado en su país por un uso presuntamente “blasfemo y violento” de ciertas realidades. Después, tras su éxito comercial, empezó a ser bien valorado por los mismos que lo criticaban y acabó formando parte de muchos planes de estudio. Mis recuerdos sobre este libro me llevan a pensar en el lenguaje simbólico de la presentación de las “ofrendas”, en el tratamiento valeroso del sexo y la muerte (el anterior y el actual tabú de nuestro tiempo), en el entenebrecimiento forzado por nuestra época de la narrativa de nuestros cuentos arquetípicos, más crispados que nunca ante la falta de resolución, en los callejones sin salida que presentan nuestras sociedades mercantilistas a quien descubre las grietas en el muro… y pone su mirada en ellas…]

 

Janne Teller

 

   “Pierre Anthon dejó la escuela el día que descubrió que no merecía la pena hacer nada puesto que nada tenía sentido.

   Los demás nos quedamos.

   Y a pesar de que el profesor se apresuró a borrar toda huella de él, tanto en la clase como en nuestras mentes, algo suyo permaneció en nosotros. Quizá por eso pasó lo que pasó.

   Era la segunda semana de agosto. El fuerte sol hacía que nos sintiéramos holgazanes e irritables; el asfalto se pegaba a las suelas de goma de nuestras playeras, y las peras y las manzanas de puro maduras eran propicias a la mano para usar como misiles. No mirábamos ni a derecha ni a izquierda. Era el primer día de escuela tras las vacaciones de verano. La clase olía a productos de limpieza y a vacío prolongado, las ventanas nos devolvían reflejos de imágenes nítidas y deslumbrantes y no se veía rastro de polvo de tiza en la pizarra. Los pupitres se hallaban colocados de dos en dos en filas rectas como pasillos de hospital, tal y como sólo podía ocurrir ese único día del año. Clase de 7º A.

   Encontramos nuestros sitios sin que nos apeteciera zarandear la familiaridad de ese orden.

   Con el tiempo, vienen los remedios, viene el desbarajuste. ¡Pero hoy no!

   Eskildsen nos dio la bienvenida con la misma ocurrencia de cada año.

   -Alegraos de este día, jovencitos -dijo-. No existiría lo que llamamos vacaciones si no existiera lo que llamamos escuela.

   Nos reímos. No porque la ocurrencia fuera divertida, sino por la forma de decirlo.

   Entonces fue cuando Pierre Anthon se levantó y dijo:

   -Nada importa. Hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo.

   Con entera tranquilidad se agachó, recogió sus cosas, que precisamente acababa de sacar, y las volvió a meter en la mochila. Se despidió con una inclinación de cabeza acompañada de un gesto de todo me da igual y abandonó la clase sin cerrar la puerta tras él.

   Y la puerta sonrió. Era la primera vez que le veía hacer eso a la puerta. Pierre Anthon dejó la puerta entreabierta como fauces riendo que podían engullirme si me dejaba seducir y lo seguía. Sonreía. ¿A quién? A mí. A nosotros. Miré a mi alrededor y a todos, aquel molesto silencio me revelaba que los demás también se habían dado cuenta.

   Íbamos a convertirnos en algo.

   Y algo quería decir alguien. No era nada que se dijera en alto. Aunque tampoco por lo bajo. Simplemente era algo que estaba en el aire o en las horas o en la valla que rodeaba a la escuela o en nuestra almohada o en nuestros peluches que, injustamente, tras haber hecho su función, yacían apilados en el sótano o en la buhardilla acumulando polvo. No lo sabía. La puerta sonriente de Pierre Anthon me lo reveló. Seguía sin saberlo con la cabeza, pero ahora lo sabía.

   Tuve miedo. Miedo por Pierre Anthon.

   Miedo, más miedo, muchísimo miedo.”

De Nada, Janne Teller, Ed. Seix Barral, 2011

 

 

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~ por juannicho en junio 29, 2012.

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