Tres pequeñas enseñanzas de una lágrima (Satz y su suicida pensativo)

 

   “El ser humano auténticamente libre -comentó la niña de su ojo-, no le debe nada a su país, está muerto para su tribu, muerto incluso para su familia. Como este manantial, vive de su propio fluir y muere de ofrecerse como bebida a los otros.”

 

 

 

   “Los iluminados se esfuerzan porque el fuego que alienta en su alma devenga una luz para los demás. No queman ni destruyen, no recriminan ni condenan. Fluyen y dejan fluir. Brillan para su tiempo y para todos los tiempos -prosiguió la pupila, bajo un cielo en el que ya despuntaba un alba color celeste y rosa-. Los incendiarios, en cambio, insisten en prender fuego a todo el mundo. Destruyen y queman, a su paso, aquello que más aman. Brillan ante sí mismos y todo reflejo de su propia grandeza les parece poco. Los iluminados tienen una familia atemporal, cuyos miembros vivieron y viven aquí y allá, en épocas distantes y países distintos. No responden a ninguna genealogía precisa y, por herencia, sólo han recibido el don de trabajarse la gracia. Los incendiarios -insistía la pupila-, los incendiarios, en cambio, prenden fuego a todo lo que no consideran suyo para que los suyos prosperen. Disputan sobre las herencias y creen que la gracia es una quimera que puede comprarse. Dividen e inmovilizan.”

 

 

 

   “-Oh -dijo la pupila- no es necesario que vuelva todo lo que has dicho: con frecuencia el eco se queda con algunas palabras para dárselas a otro.

   -¡Acepto y amo este mundo así como es! -volvió a gritar Afejad, entusiasmado.

   -…te amo…y… acepto… así… como eres -respondió el eco.

   -Ha… cambiado el orden de mis palabras -comentó, sorprendido, el médico a su pupila.

   -No lo creo -explicó la niña del ojo-. Es posible que hayas oído mal.

   Contento de todos modos por ese hiato significativo, Afejad no volvió a repetir lo dicho anteriormente. Por vez primera era consciente del precioso peso de las palabras, y de cómo las distorsiones que padecen pueden actuar en favor o en contra de quien las pronuncia.

   -Y el silencio, ¿qué es el silencio? -se atrevió a preguntar en voz baja.

   -El silencio -susurró su pupila- es la madre solícita que amamanta, cría y enseña a andar a las sílabas y a los acentos, a los verbos y adjetivos.

   -¡Silencio! -exclamó entonces Afejad cara a la Garganta del Eco.

   -…encio -percibió que decía el eco, devolviéndole, al mismo tiempo que retazos de su voz, la agradable sensación de que era mejor oír que hablar.

   A medida que crecía y ahondaba el silencio en su interior, más bello le parecía todo por fuera, más sentido veía en el verde de la vegetación, más claro le asombraba el cielo y más nítidos le sonaban los trinos de los pájaros. Afejad tuvo el presentimiento de que, y si escuchaba con mucha atención, cada cosa y cada ser le dirían sus nombres. Nombres que quizá no coincidirían con aquellos que él conocía desde siempre. Se agachó, cogió un puñado de polvo, lo observó como si fuera oro molido, el fluido humus de la vida, y dijo:

   -Polvo, amado polvo.

   Y el polvo, opaco espejo de su brillante mirada, respondió en su lengua de partículas y deshechos:

   -…ado …olvo -mientras revelaba en su seno una sonrisa minúscula hecha de cristales de sílice.

   -Ya lo ves -comentó la pupila-. Cuando comprendes la naturaleza didáctica del eco éste nace muy cerca, bajo la misma suela de tus zapatos. No es necesario esperar demasiado para percibir el resultado de nuestros actos.

   -¿Significa eso que cuanto más sabios somos menos eco dejamos en el mundo que nos rodea?

   -En cierto modo sí -respondió la niña de su ojo-. Una boca demasiado llena de palabras está vacía de sentido, y unas cuantas palabras llenas de sentido van en busca de la boca que las calle. En definitiva, el valor, la belleza y la verdad de las palabras se miden por la profundidad de silencio que suscitan.”

 

De Enseñanzas de una lágrima, Mario Satz, MTM editor.es, 2001

 

 

 

 

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~ por juannicho en junio 30, 2012.

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