Un Aleister Crowley novelado se presenta

 

  “(…) Margaret y Burdon le contemplaban con aire desdeñoso. Más indulgente a la vanidad, Susie le miraba con curiosidad. Su corpulencia le envejecía, pero era joven. Sus rasgos eran hermosos y sus orejas pequeñas. Sus dientes, blancos, brillaban entre los gruesos labios húmedos. El cuello, el de un toro. Los cabellos, negros, rizados, se aclaraban sobre su frente y sienes. Su calvicie semejaba a una tonsura. Mientras comía, Margaret se puso de repente a temblar. Experimentaba una irresistible antipatía. Levantó él lentamente la cabeza y ella se volvió ruborizada. Los ojos de porcelana de Haddo tenían una expresión turbadora. Parecían asestados siempre a lo lejos como dos proyectores de haces paralelos, y cual si vieran a través de los cuerpos. Mirada tan burlona os producía malestar.”

 

   (…)

Aleister Crowley

 

   “-Ignoraba que hablaseis en sentido figurado -dijo Arthur.

   Haddo alzó los hombros.

   -¿Acaso el mundo es algo más que una metáfora? La misma vida no es sino un símbolo. Os desafío a que me digáis dónde está la realidad.

   -Cuando os ponéis a hablar de todo esto, confieso que pierdo pie.

   -Y, sin embargo, la magia es sencillamente el arte de emplear medios ocultos para obtener efectos tangibles. Voluntad, amor, imaginación son poderes mágicos en las manos de todo el mundo. El que sabe servirse de ellos es un mago.

   -Pero ¿cuáles son esos famosos poderes?

   -Están enumerados en un manuscrito hebreo del siglo XVI que yo poseo. Los privilegios de quien tiene en la mano derecha las llaves de Salomón y en la izquierda la rama de almendro florido, ascienden al número de veintiuno. Puede contemplar a Dios sin morir y conversar íntimamente con los siete genios, caudillos del ejército celestial. Domina la aflicción y el miedo. El cielo es su reino y el infierno está a su servicio. El secreto de la resurrección y la llave de la inmortalidad están en él.

   -Pues ¡bravo!, si es que los poseéis.

   -Todo el mundo puede burlarse de lo desconocido -replicó Haddo.

   Arthur no contestó. ¿De verdad creía Haddo en todos esos absurdos? Susie encontraba apasionante esta discusión.

   -Arago veía en la duda una prueba de modestia que raramente ha turbado los progresos de la ciencia -advirtió Porhoët-. Pero no se puede decir otro tanto de la incredulidad.

   -Diríase, al oíros, que no sois un incrédulo, mi querido doctor -bromeó Susie.

   -En mi juventud yo no creía en nada; la ciencia me había enseñado a desconfiar hasta del testimonio de mis sentidos. Pero en Oriente he visto cosas desconcertantes. Haddo os ha propuesto una definición de la magia. Yo os voy a dar otra. Es la utilización inteligente de las fuerzas desconocidas o desdeñadas. Cuando se llega a Oriente se burla uno de la magia. Pero en el aire hay algo que acaba por tener razón del escepticismo. Después de algunos años de estancia allí, el europeo llega a decirse que tal vez hay algo de verdad en todo aquello.

   Arthur tuvo un gesto de impaciencia.

   -Estoy convencido de que, por muchos años que yo viviera allí, jamás llegaría a creer en hechos que están en contradicción formal con la ciencia. Si hubiese una parcela de verdad en todo cuanto dice Haddo, todo ello echaría abajo cualquier teoría razonable del universo.

   -Para ser un hombre de ciencia, discutís con una fatuidad singular -replicó Haddo-. Debéis saber que la ciencia, ocupada únicamente en lo universal, descuida las excepciones. A veces un corazón está colocado a la derecha, y ello no es razón para aplicar vuestro estetóscopo en otra parte que no sea la habitual. En ciertos casos no puede tener juego la ley de la gravedad y, sin embargo, toda vuestra existencia reposa sobre ella. Pues bien; existen gentes que sólo se preocupan de esas excepciones. En Montecarlo, el jugador idiota apuesta sobre los colores. Generalmente, salen el negro o el rojo; pero a veces es el cero. Cuando así ocurre, los que hemos apostado todo el tiempo sobre él ganamos una suma enorme. La imaginación de ciertos hombres los eleva por encima de la humanidad. Se juegan el todo por el todo. ¿Acaso no es conocer el porvenir como los profetas?

   De súbito su gravedad burlona le abandonó. Un resplandor alumbró en su mirada y su voz se hizo ronca. Al fin habló en serio:

   -¿Qué podéis saber de esta sed de grandes secretos que me devora?

   -De cualquier modo, estoy contentísima de conocer a un mago -exclamó Susie.

   -¡Ah! No empleéis esa palabra -dijo, agitando sus manazas-. Soy, más bien, el “Hermano de la Sombra”.”

 

De El mago (1908), W. Somerset Maugham, Ed. Febo, 1945

 

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~ por juannicho en junio 30, 2012.

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