Dos fragmentos de un amanecer luctuoso (Crace y su muerte zoológica)

  

   [Hete aquí otro libro de esos que se encuentran en los estantes de saldos y que sin embargo es magnífico. La muerta violenta de una pareja de zoólogos vista desde varios ángulos y acercándonos y alejándonos de ese centro del tiempo y el espacio donde se concentran los frutos de esa muerte. Novela sobre zoólogos y en la que todo parece vertebrarse especialmente a partir de esa variable orgánica. Vemos a la muerte misma en su papel de reguladora de la vida, de omnipresente sustancia en cada pedacito de las cosas. No sé muy bien qué decir de este libro, más que es una estupenda hilación de miradas y observaciones acerca del impacto de la muerte en los seres, estén éstos vivos y meditando sobre su acontecer o ya en proceso de desaparecer por completo en muy diversas otras formas. Por ello he seleccionado un par de fragmentos, uno del principio, donde se narra parte del brutal asesinato de un modo precioso, muy inusual y cuidadoso, y otro del final, en el que el autor se despide de alguna manera de los cuerpos que han dado “cuerpo” y sentido a su obra. Being dead es el título original, que Carmen Francí poetizó a su manera.]

   

Ana Mendieta

 

 

   “A los cincuenta y cinco años, Celice apenas alcanzaba la edad suficiente para haber dejado de temer a la muerte -sólo los viejos o los locos poseen la capacidad de aceptarla-; sin embargo, su fallecimiento, aunque caótico, fue demasiado repentino para asustarla. No transcurrieron más que cincuenta segundos desde que dejó en suspenso su última frase (“No es como si…”) y el momento en que respiró por última vez. No tuvo tiempo ni conciencia para asustarse. Sólo sintió -durante un instante demoledor- lo mismo que experimentaba con frecuencia por las noches cuando, en duermevela, caía estremecida por un sueño. Sin aliento, sin peso, traicionada. El corazón chocó con las costillas. El cuerpo se agitó y se arqueó. Sintió un desvanecimiento y se precipitó por cámaras sin contorno. Algún prestidigitador había evaporado la tierra y había estampado el espacio por el que caía con luces titilantes, caprichosas. Sus últimos momentos fueron cinéticos, abstractos, puntillistas.

   A juzgar por la modesta hemorragia de unas heridas que distaban de ser modestas, el corazón de Celice dejó de bombear casi inmediatamente después de que ésta recibiese el golpe. Su cráneo no era tan grueso como el de Joseph. (Siempre lo había sabido: su marido era cascarrabias, atolondrado, tímido y tenía la cabeza muy dura.) Naturalmente, también era más blando que el granito, y el hueso se hundió igual que una cáscara. A través de la brecha y la hendidura, el cerebro parecía pálido y blando como un panal, como una rezumante colmena de un kilo de peso. Se diría que alguien, con una pala, había dejado al descubierto las celdillas ocultas bajo la fina corteza de un tronco. La colmena de Celice sangró, y su sustancia se derramó.

   Los golpes en la cara y en la garganta cortaron el flujo sanguíneo y, aunque el cerebro hizo cuanto pudo por compensar la repentina pérdida de oxígeno y glucosa, los pasillos de la vida quedaron estrangulados y aplastados. Envió estrellas a modo de señales de peligro. Los mitos eran ciertos: gracias a la química desgarrada de la corteza cerebral, Celice salió volando hacia los astros.

   Celice empezó a hiperventilar en una borrasca de sorbos, jadeos y clímax entrecortados. El corazón y los pulmones se alimentaron de forma frenética con el escaso aporte sanguíneo, hasta que, repentinamente, dejaron de funcionar. La abandonaron, demasiado destrozados para seguir viviendo. Los músculos del pecho olvidaron cómo subir y bajar. Perdió los reflejos. Le resultaba imposible toser, o tragar la sangre siquiera. Las bombas de la membrana de las células cerebrales se cerraron. Por una vez, Celice perdió el control. Ni la medicina ni los milagros podían ayudarla. Sin aliento, sin memoria.

   Quedaban todavía batallas pendientes, pero éstas se librarían post mortem; las guerras mudas, inertes, de las sustancias químicas luchando por ocupar trincheras y bastiones entre los detritos de las células reventadas. El calcio y el agua usurparon el lugar de la sangre y el oxígeno, de modo que casi de inmediato, su difunto cerebro empezó a hincharse y a desgarrar su envoltorio, vertiendo sobre el fular, la chaqueta y la hierba todos sus líquidos y savias, todos los recuerdos, pasiones y voluntades.

   Menos de un minuto. Tuvo suerte.”

    

Ana Mendieta

 

    “(…) Sin duda es una pena que los perros de la policía percibieran el aroma de la carroña humana y condujeran a sus curiosos amos hacia las dunas para que se llevaran los cadáveres con el fin de “darles un entierro digno”, pues los muertos resultaban menos espléndidos en una tumba. Las dunas podrían haberse deshecho de Joseph y Celice, no necesitaban ayuda. La tierra es experta en dar sepultura. Reúne, abraza y acoge a los muertos. Pasado el tiempo, Joseph y Celice se habrían transformado en paisaje. Sus cadáveres habrían sido un objeto muerto más en un paisaje tallado en la muerte. No se transformarían en nada especial. Las gaviotas mueren. También las moscas y los cangrejos. Igual que las focas. Incluso las estrellas deben descomponerse, deteriorarse y abrasarse en el cielo. Todo ha nacido para irse. El universo ha aprendido a sobrellevar la muerte.

   Así pues, de no haber sido por los perros, los residuos de la vida de Joseph y Celice se habrían visto agitados y empujados en las dunas para alimentar y renovarse bajo distintas formas. Habrían encontrado una breve eternidad bajo la arena; al principio habrían estado juntos, todavía en contacto, pero pronto habrían tenido que separarse, zigzaguear y derivar hacia un mar indiferente, o hundirse entre los terrones y guijarros de la tierra. Un viaje más lento que el de un coche fúnebre. Más lento que un glaciar.

   En lugar de ello, sólo dejaron un trozo de cimbreña (o lecho de ángel, lenguafina, cabello de arena, reposera) de color blanco y amarillo allí donde habían amado y muerto, enmarcado por un rectángulo de verde más pálido, obra de la carpa. Los cadáveres habían impedido el paso de la luz tras aplastar y hundir la tierra que los sustentaba. Durante casi seis días, la hierba había tenido que vivir sólo de sus raíces, hurgando en busca de nutrientes y minerales con sus finas hebras mientras las hojas se blanqueaban en la oscuridad. Las largas y pesadas siluetas de Celice y Joseph habían robado a la hierba su energía para dejar un fantasma vegetal. Como si alguien hubiera extendido una lona de barco o hubiera arrastrado una madeja de algas hacia las dunas para utilizarlas como abono en los campos y la hubiera recogido, días más tarde, dejando un leve rechazo sobre la hierba. Cada brizna era tierna como un zarcillo, tan incolora y débil como un brote de un solo día de existencia, tan lacia y lánguida como paja cortada. Algunas hojas estaban dobladas y marcadas y otras se habían roto. Se diría que algunas, presionadas hacia la tierra arenosa, crecían hacia dentro, ansiosas por regresar a la raíz. En esta ocasión, los gusanos y larvas que evitaban la luz habían subido a la superficie para reptar y deslizarse por aquellas extrañas cavernas y habían dejado el adorno de su rastro y de unos túneles con un solo lado. El aroma recordaba el del vino tinto: un rico olor a tierra y fermentación.

   (…)

   A las últimas luces del noveno día tras el asesinato, habían desaparecido todas las huellas diseminadas de cualquier forma de vida y amor. El mundo natural había recuperado su terreno. El brillo del universo había regresado. Si quedaba algo de sangre en el suelo tras la breve permanencia de Joseph y Celice sobre las dunas, no hacía más que reforzar el vivo murmullo de la hierba.”

      

De Y amanece la muerte, Jim Crace, Ediciones B, 2001

 

 

Jim Crace

 

 

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~ por juannicho en julio 1, 2012.

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