Jardinero de la locura (Garshín muere por nosotros)

 

   [Ignoraba la existencia de este autor ruso hasta que la gran Nevsky publicó este librito, traducido por Patricia Gonzalo y maravillosamente ilustrado por Sara Morante. De hecho, parece ser el mismo Garshín el que aparece dibujado en los rasgos de su protagonista. Y no es de extrañar, ya que el bueno de Vsévolod pasó largas temporadas en psiquiátricos hasta que se suicidó a los 33 años. Será por esta identificación del dibujo con el autor, pero es casi imposible no pensar que lo que cuenta este libro no haya salido de una vivencia terriblemente real y persistente.

 

Vsévolod Garshín (1855-88)

  La trama parece recoger una historia mínima pero en realidad es todo lo contrario. Se juega en ella una batalla de proporciones épicas: el hecho de que, fundamentalmente, ocurra dentro de la mente del protagonista no cambia el aserto. Releyendo hoy este relato no pude evitar acordarme de una de las obras que siempre más me impactó: El pabellón número 6, de Chejov, tanto la obra en sí como la dramatización que vi de ella en Madrid. Mis recuerdos siempre son confusos, pero quizá la diferencia básica es que en esta última aparece un psiquiatra que empieza a tener en cuenta los delirios del paciente, mientras que en el cuento de Garshín, el médico permanece rígido en su diagnosticar. Por ello, falto de una escucha activa, nuestro hombre va profundizando en los vericuetos de su mente y llega a conclusiones que serán fatales para él. Sólo los rusos del XIX saben contar así las cosas.

   Es inevitable, y estoy contando el final, que su modo de abrazar la flor roja como el símbolo de todo el horror, para salvar así al mundo, es inevitable, digo, que nos recuerde al pobre ruiseñor del cuento de Oscar Wilde, que muere abrazado a las espinas de la rosa para que ésta recupere su color gracias a su sangre. Puede que sea por las impresionantes ilustraciones, tan expresivas, que uno se quede con esa ambigua sensación de lástima por esa muerte en soledad y de agradecimiento por haber sido, una vez más, salvados de la destrucción total buscada siempre por la maldad omnipresente de todas las flores rojas del mundo.]

    

Ilustración: Sara Morante

 

   “Se daba cuenta de que se encontraba en un manicomio; incluso se daba cuenta de que estaba enfermo. En ocasiones, como aquella primera noche, se despertaba en medio del silencio tras un día entero de febril actividad con una sensación de cansancio en todos sus miembros y una espantosa pesadez en la cabeza, pero plenamente consciente. Quizá la ausencia de estímulos en el silencio y la penumbra nocturnos, quizá el funcionamiento ralentizado del cerebro, propio de una persona que acaba de despertarse, hacían que durante esos instantes comprendiera con claridad su situación y su estado se asemejara a la cordura. Pero se hacía de día; junto con la luz y el despertar de la vida en el hospital, lo embargaba de nuevo una oleada de sensaciones; su cerebro enfermo era incapaz de hacerse cargo de ellas, y volvía a perder la razón. Su condición era una extraña mezcla de apreciaciones correctas e incoherencias. Entendía que todos los que estaban a su alrededor eran pacientes del hospital, pero al mismo tiempo veía en cada uno de ellos un rostro de incógnito o disfrazado, que había conocido con anterioridad o sobre el que había leído u oído. El sanatorio estaba poblado de gente de todos los tiempos y todos los países. Allí se reunían tanto vivos como muertos. Allí se reunían los ilustres y los grandes del mundo con los soldados muertos en la última guerra, resucitados. Se veía a sí mismo en una especie de círculo mágico, vicioso, que concentraba toda la energía del planeta, y en su arrogante frenesí se consideraba el centro de ese círculo. Todos ellos, sus compañeros de hospital, habían sido llevados allí para cumplir una misión que se le presentaba de forma confusa como una empresa de proporciones gigantescas cuyo objetivo era eliminar el mal de la faz de la Tierra. No sabía en qué consistiría, pero sentía en su interior fuerzas suficientes para llevarla a cabo. Era capaz de leer los pensamientos de los demás; veía en los objetos toda su historia; los grandes olmos del sanatorio le relataban leyendas del pasado; tomaba el edificio -erigido, en efecto, hacía bastante tiempo- por una construcción de Pedro El Grande y estaba convencido de que el zar había vivido en él en la época de la batalla de Poltava. Lo leía en las paredes, en el estucado que se desprendía, en los fragmentos de ladrillos y azulejos que encontraba en el jardín; toda la historia de la casa y del jardín estaba escrita en ellos. Habitó el pequeño edificio del depósito de cadáveres con decenas y cientos de personas fallecidas tiempo atrás, y miraba fijamente el ventanuco del sótano que daba al rincón del jardin para contemplar, en un reflejo deformado del mundo sobre su viejo vidrio, irisado y mugriento, rasgos conocidos que había visto en alguna ocasión, en vida o en retratos.”

 

Ilustración: Sara Morante

   

    “No durmió en toda la noche. Arrancó la flor porque veía en ese acto una proeza que estaba obligado a llevar a cabo. Nada más ver a través de la puerta acristalada sus pétalos escarlata, atrajeron su atención, y le pareció que, desde aquel instante, tenía meridianamente claro cuál era precisamente la misión que debía cumplir en la Tierra. En aquella florecilla de intenso color rojo se concentraba todo el mal del mundo. Sabía que de la amapola se extraía el opio; tal vez esta idea, al crecer y adquirir formas monstruosas, lo condujo a crear un horripilante espectro imaginario. A sus ojos, la flor era la personificación de todo el mal; estaba impregnada de toda la sangre inocente derramada (razón por la cual era tan roja), de todas las lágrimas, de toda la bilis de la humanidad. Era un ser misterioso, espantoso, el antagonista de Dios, el Arimán, que había tomado una forma discreta e inocente. Era imprescindible desarraigarla y eliminarla. Pero eso era insuficiente: era necesario impedir que, al exhalar, vertiera el mal en el mundo. Por eso la estrechaba contra su pecho. Tenía la esperanza de que al amanecer la florecilla perdería toda su fuerza. El mal pasaría a su pecho, a su alma, y allí sería vencido o vencedor. En ese caso, él mismo perecería, moriría, pero moriría como un guerrero honorable y como el primer guerrero de la humanidad, dado que hasta entonces nadie había osado batirse a un tiempo con todo el mal del mundo.”

  

De La flor roja, Vsévolod Garshin, Nevsky Prospects, 2011

 

 

 

 

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~ por juannicho en julio 1, 2012.

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