La amarga historia de dos exploradores del conocimiento (Kammerer y Tausk no se quedan hasta el final)

 

  A veces, por mucho que intentes avanzar en un terreno concreto de la vida, por mucha pasión, interés y trabajo que pongas en ello, ocurren cosas inesperadas que terminan derribando todo tu empeño. Algo parecido debieron sentir, cada uno en su ámbito, el biólogo austriaco Paul Kammerer, por una parte, y el psicoanalista eslovaco Victor Tausk, por otra.

Paul Kammerer

   Llegué a la historia de estos personajes a través de mis búsquedas sobre la sincronicidad. En el trabajo canónico de Jung sobre el tema ya se menciona a Kammerer como uno de los primeros curioseadores e investigadores en el tema de las casualidades. Buscaba hallar las extrañas leyes físicas que creía provocaban la aparición de tan sorprendentes coincidencias en la vida cotidiana. Habló de serialidad, concepto brillante que Jung no se dignó a adoptar para promover el suyo algo más ambiguo de sincronicidad. Pero de esto hablaremos otro día.

   Kammerer, hombre calladamente decidido y muy atrevido en sus búsquedas, pretendió haber dado con bases empíricas para demostrar que los caracteres adquiridos por adaptación al medio se podían heredar en la generación siguiente de sujetos. Hizo experimentos con lombrices de agua, con salamandras que cambiaban el color de su piel en función del suelo en el que se las pusiera, color que se heredaba, y, sobre todo, con lo que a pesar suyo le hizo más famoso: las rugosidades nupciales del sapo partero. Al parecer cierto tipo de sapos macho las presenta en los dedos para aferrar con ellas a la escurridiza hembra en el abrazo anfibio de la cópula. Kammerer extrajo a un tipo de sapos de su medio más terrestre y los instaló en uno básicamente acuático. Así fue como observó el modo en que se generaban estas rugosidades inesperadas y, lo que era más importante, pudo comprobar que… ¡se heredaban en la siguientes generaciones! Esto chocaba frontalmente con el darwinismo imperante de las mutaciones azarosas y la selección natural. Era puro lamarckismo.

   Había también en todo esto algo más que lo meramente académico, un componente político de fondo: demostrar que el ambiente podía transformar la genética de los humanos, mejorarlos, lo que convertía en más estúpida si cabe la loa de los supremacistas raciales de una concepción jerárquica de la raza.Y en esa época, nazis y revolucionarios se enfrentaban en todos los planos, también en éste. De hecho, Kammerer, hombre de natural tranquilo y alegre, extraordinariamente trabajador y minucioso, se consideraba un hombre de izquierdas y había dado conferencias en la Rusia soviética, en la órbita de Pavlov y de otros audaces investigadores que, a su vez, lo admiraban.

Paul Kammerer (1880-1926)

   Todo esto por si su atrevimiento de cuestionar el dogma imperante no fuera poca cosa ya para caer mal en el medio académico. Se vio involucrado en agrias polémicas y una campaña generalizada del establishment científico se orquestó contra él y no cesó hasta hacer público un supuesto fraude cometido sobre el único ejemplar que le quedaba de sapo con rugosidades. Alguien, quizá para desacreditarle, había inyectado tinta negra en los dedos del sapo para figurar unas burdas rugosidades que, por lo que fuera, ya no se apreciaban en la realidad. Y tan sólo unos días antes de que uno de sus científicos cuestionadores más relevantes fuera a presentarse para examinarlo. Más que sospechoso. A nadie le importó que ese ejemplar hubiera sido no hace tanto examinado con meticulosidad por toda la comunidad científica, que no había tenido nada que objetar. Nadie quiso escuchar que la guerra había terminado con todos los ejemplares vivos de Kammerer y que él ya no trabajaba en el Instituto donde se hallaba el sapo y que, además, existían unas placas incuestionables de las rugosidades de la otra mano del sapo. El mal ya estaba hecho, y la campaña de desprestigio, mofa y ridículo, se puso en marcha. De nada sirvió que eminentes doctores le avalaran a él y a su trabajo ni que tuviera muchos otros experimentos exitosos que ofrecer al mundo. La cerrazón, el miedo a lo nuevo, los prejuicios y la mente estrecha trabajaron al alimón para arrinconarlo.

   Poco después, unos días antes de viajar al país de los soviets, donde le había ofrecido un laboratorio para trabajar (curiosamente, tanto creían en él los soviéticos que produjeron una película en la que se dramatizaba una supuesta conspiración reaccionaria para desacreditar a Kammerer: Salamandra era su nombre), pocos días antes de partir, se pegó un tiro en la sien izquierda con la mano derecha en un camino rural.

   Tan grande fue el descrédito generado por los que presumían de rigor científico y honestidad intelectual, que la figura de Kammerer fue borrada de los libros de texto durante décadas. Tuvo que llegar el húngaro Arthur Koestler para que la memoria de este hombre fuera mínimamente rescatada. Y lo hizo sin pretenderlo en un inicio. Atraído por lo intrigante de su caso y por el vacío documental sobre él, se decidió a investigar y poco a poco fue reconstruyendo la penosa historia de la crucifixión gratuita de este gran hombre, por el que Koestler (y los lectores de su libro) acabaría sintiendo un gran cariño. El abrazo del sapo es el nombre de esta magnífica obra sobre (y éste era el título original) “el caso del sapo partero”. Integraban el libro declaraciones, cartas, noticias, extractos de revistas y reflexiones sobre lo ocurrido, amén de una minuciosa reconstrucción de los hechos a fin de descartar o confirmar diversas hipótesis y posibilidades. Da verdadera rabia observar cómo los responsables científicos de su época iban estrechando ignominiosamente el cerco sobre él y conjurándose en la encerrona. Así se escribe la Historia. Por fortuna, Arthur Koestler estuvo aquí y levantó una mano con su libro diciéndonos a todos: Escuchad esto.

 

Arthur Koestler

 

   Y mientras yo lo escuchaba, iba pensando a la vez, a raíz de la mencionada lectura de Jung, en otros autores que también osaron seguir su criterio aunque el entorno les negara el pan y la sal. Pensé en psicoanalistas como Otto Gross, Georg Groddeck y, al fin, en la figura enigmática de Victor Tausk.

Victor Tausk

  Primero precoz abogado y jurista por presión paterna, luego periodista y al final médico integrante de la segunda hornada de psicoanalistas del círculo de Viena, los que se agrupaban alrededor de la figura solar de Freud. Tausk era un hombre de ánimo inestable, fácilmente quebradizo bajo el peso de las circunstancias adversas, y sin embargo siempre hacía frente a todas las trabas que le ofrecía el camino con audacia y profundidad. Se separó de su mujer e hijos y vagó en lo afectivo por una especie de entramado fantasmático de difícil resolución. No obstante, cuando se inició en el psicoanálisis, enseguida destacó con fuerza de entre todos los demás discípulos del maestro. Así lo contó una de las pocas personas que le conoció y que quiso dejar constancia de sus aportaciones: Lou-Andreas Salomé que, a sus cincuenta y pico años parece ser que se hizo amante de Tausk, al tiempo que participaba de un modo intenso y brillante en las sesiones de debate del círculo psicoanalítico de Viena.

 

Lou Andreas-Salomé (1861-1937)

 

   Esta enigmática mujer llegó a escribir obras (entre otras temáticas) sobre psicoanálisis, llegando a poder ejercer ella misma en sus últimos años de vida, aunque la historia patriarcal y torcidamente limitada no haya sido capaz de presentarla más que como amiga y amante de Rilke, Niezsche y otros. Aquí es de recibo mencionarlo ya que fue la que trató más de cerca a Tausk en el momento en que se dirimía lo que acabaría siendo su gran conflicto con Freud y que le llevó, lamentablemente, al suicidio.

   Al principio Freud estimuló y apreció en gran medida la sagacidad especulativa de Tausk, su capacidad de avanzar en las ideas que iban surgiendo de ese nido creativo del psicoanálisis primitivo. Sin embargo, al poco tiempo fue ese mismo empuje desaforado y frenético de Tausk, esa facilidad para agarrar las ideas de Freud y los otros al vuelo y darles un desarrollo que éstos aún no habían previsto, fue esa celeridad del pensamiento lo que empezó a incomodar y fastidiar a Freud. Según decía éste, le molestaba que cazara sus ideas recién bosquejadas y les diera forma antes de que pudiera hacerlo él, siempre tan celoso de la paternidad de sus avances. Aunque también es cierto que Freud no dejaba de aprovechar los frutos de esos trabajosos argumentarios ajenos. Veladas acusaciones de plagio se daban por ambos lados…

   Pero la cuestión era que aquí, a diferencia de los escindidos Adler, Jung, Stekel y otros, a Tausk nunca se le pasó por la cabeza separarse de Freud e iniciar una corriente que defendiera el cuerpo teórico que estaba creando, especialmente sobre el tratamiento analítico de las psicosis, las esquizofrenias, plato nunca demasiado del agrado de Freud. Y no quería porque se hallaba inextricable y dramáticamente ligado a la personalidad de Freud. Consciente del conflicto que arrastraba con la figura de su padre, con la elaboración de esa referencia paterna que se le iba de las manos, le pidió a Freud que lo tratara, que le psicoanalizara. Freud se negó. Lo rechazó.

Victor Tausk (1879-1919)

  A la vez que todo esto ocurría, Freud sentía una gran y declarada fascinación por Lou-Andreas Salomé, así que un extraño triángulo tomaba forma en aquellos días. Llegado un punto, y a pesar de las brillantísimas aportaciones de Tausk al psicoanálisis (sobre la guerra, la psicología de los desertores -a los que defendió como abogado militar-, la creación artística y el inconsciente, la “máquina de influenciar”…), Freud ya no lo aguantaba cerca y trataba de quitárselo de encima.

   Así las cosas, pocos días antes de casarse de nuevo (Kammerer también se hallaba ante una importante decisión: su viaje a Rusia), lo frena todo, ordena sus asuntos, escribe una carta a la que iba a ser su mujer y otra a Freud… y se mata. Lo hace sobre seguro: se ajusta al cuello el cordón de la cortina y se pega un tiro.

   ¿Por qué no pudo avanzar Victor Tausk por el inmenso paraje que se le abría con su increíble perspicacia analítica? ¿Qué pasó ahí dentro? Nunca lo sabremos. Pero a pesar de verle, como a Kammerer, partir de aquí por su propia iniciativa, siempre nos quedará la sensación de un animal acorralado, quizá por enemigos invisibles y nocturnos, tal vez por el callejón sin salida de ser un aprendiz de brujo cuando el Brujo Mayor aún reina omnipoderoso… Quizá simplemente tenía miedo de no ser capaz de ubicar sus sentimientos en un mundo que tan bien sabía diseccionar pero del que tanto le costaba formar parte.

   Y cerrando el círculo de esta historia, vemos que es el propio Koestler quien se quedó fascinado por una de las pocas biografías u obras escritas sobre la relación de Tausk y Freud. Se trata de Hermano animal, escrita por Paul Roazen y titulada así por una frase del diario de Lou Andreas-Salomé: “…desde el primer momento me di cuenta de que esta lucha que Tausk libraba en su interior era precisamente lo que más me conmovía – la lucha de la criatura humana. Hermano animal. Tú.”

   De este libro de Roazen he extraído gran parte de la información para contaros esto, de ahí y de los diarios de Lou Andreas-Salomé de los años 1912-13, años pasados en el mundo psicoanalítico de Viena y publicados como Aprendiendo con Freud.

Paul Roazen (1936-2005)

  Koestler señaló que el libro de Roazen era “una importantísima y original contribución a la historia del movimiento psicoanalítico y a la historia de las ideas en general”. El libro de Roazen era del 1969 y fue dos años después, en 1971, que Koestler, evidentemente impactado por la obra sobre Tausk emprendió su estupenda recuperación de la vida de Kammerer. Algo debió ver en ambos personajes que le llevó a tratar de emular a Roazen y crear otra pequeña joya sobre otro malogrado hermano animal.

   Kammerer y Tausk se mataron, así como lo hizo el mismo Koestler mucho tiempo después, aunque éste lo hizo con serenidad, en la vejez y en la enfermedad, con su compañera, dulcemente. Sería como la diferencia entre dar un portazo y cerrar la puerta con delicadeza al salir.

   Así que nos quedan estos dignísimos yacimientos arqueológico-literarios que nos han permitido rescatar del olvido y las sombras a estos grandes y valerosos buscadores del conocimiento que fueron Paul Kammerer y Victor Tausk.

   Están con nosotros.

 

Arthur Koestler (1905-1983)

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~ por juannicho en julio 3, 2012.

Una respuesta to “La amarga historia de dos exploradores del conocimiento (Kammerer y Tausk no se quedan hasta el final)”

  1. Reblogueó esto en nuevalmay comentado:
    Conocí la existencia de este libro y autor, a través del libro de Rosa Montero: La hija del Caníbal.

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