Dos espantosos momentos de violencia gratuita (¿Y si ponen al chivo expiatorio en tus manos?)

  

   [Pensamos que nosotros nunca nos veremos involucrados en episodio alguno de violencia gratuita y colectiva. Y no deberíamos estar tan seguros. Yo mismo me vi alguna vez en el pasado cerca de caer en esa espiral miserable. El mundo en que habitamos está especialmente diseñado para descargar culpas de uno mismo o de los verdaderos culpables en la porción más indefensa o cuanto menos más vulnerable a los castigos. Un pensamiento judeo-cristiano por el que alguien debe morir para que los demás se salven, una estructura mental basada en el sacrificio ritual como método sistemático de garantizar la subsistencia del grupo no facilita que uno se distancie de las agresiones más cobardes. Si bien es cierto que en multitud de culturas han habido sacrificios humanos o animales para expiar pecados colectivos o propiciar la buena suerte, la consistencia en el tiempo de la idea judeo-cristiana y su traslación a los idearios políticos (como en su momento el cristianismo se asoció al poder romano) puede hacer mucho daño en sociedades en crisis. Ahora estamos en un momento ideal para que empiece a activarse este arquetipo negativo de la víctima propiciatoria. En Grecia ya persiguen y golpean a los inmigrantes, amenazando con proseguir con los homosexuales. En cualquier lugar en el que cunda el desánimo, la miseria y el desconcierto habrá alguien que busque recorrer el camino bastardo del chivo expiatorio, y tras él muchos otros que cuando menos tratarán de descargar así la frustración y la impotencia. Frente al darwinismo social de la supervivencia del más fuerte deberíamos potenciar el apoyo mutuo kropotkiniano como vía de evolución.

   Pero ahora no quiero hablar de todo esto que, por otra parte es bastante básico para todos. Sólo quería poner aquí dos fragmentos de dos libros demoledores, cada uno a su modo, en los que la realidad de la guerra parece haber insertado en las mentes un dispositivo de demolición acrítica de la conciencia. En el primero, una HORROROSA historia real que se dio en un pueblo del sur de Francia no hace tanto (1870), en el que poco a poco se va cargando el ambiente en una feria de una violencia multiforme y casi satánica, que acaba estallando en la persona de carácter más apacible y generosa con todos. El breve libro es un catálogo del terror en el que asistimos a una especie de linchamiento en cámara lenta, con todo tipo de torturas, palizas colectivas, humillaciones en masa, mutilaciones, degradación generalizada y al fin, tras la ejecución entre llamas, el canibalismo con el cadáver. Parece una película gore, pero no es más que la traslación novelada (de un modo fantástico por Teulé) de unos hechos que ocurrieron y de los que queda multitud de documentación y constancia por escrito (hubo un proceso y varios guillotinados). El fragmento es del principio, cuando poco a poco se va cerniendo la pesadilla sobre la escena. Es una sensación que a alguno le sonará familiar, al menos para mí lo es: ese modo en que todo se va orquestando fatalmente para converger en una suma desaforada de despropósitos que pueden llevar al peor de los resultados. El rosario de la aurora. Lo peor. Es una sensación que debe aprenderse, que debe llevar a encender cuanto antes las luces de alarma frente a la conjunción de las energías más negativas, ante la preparación ante uno del escenario de la desgracia. Esto no debe olvidarse. Nunca. Y si no puede frenarse e invertirse, hay que salir de ahí.

   El segundo texto, también sobre un suceso real, es doblemente real, ya que lo que explica lo vivió la propia autora. Tras décadas de no ver a su madre, que la abandonó para hacerse guardia de las SS en un campo de concentración, ahora desde el centro donde ésta está se le pide que venga a verla. La hija, aunque angustiada por lo que se puede encontrar y por la más que probable exaltación del mundo grotesco y asesino en que vivió su madre, accede a ir. La comunicación es prácticamente imposible, aunque se produce de un modo escalofriante entre las dos una especie de desencuentro eterno y fatal. En efecto, esa anciana está orgullosa de sus crímenes y de los de sus viejos camaradas. Lo único que puede esperar y desear Helga, la hija, es que su madre rompa del todo -y ya- ese vínculo viciado entre las dos, que la deje marchar. Pero no es tan fácil. Sobre todo cuando la hija recuerda cosas de su propia infancia, como el episodio que sigue al de Teulé. No hace falta que lo comente. Es una situación que no deberíais pensar que es tan rara. Todos podíamos haber estado en ese lugar y actuar del mismo modo. Ahora lo importante es comprender.

   Siempre me acuerdo de unas palabras que dijo un personaje de una serie de policías que antes veía en la tele (me quité de la tele no hará mucho). Se trataba de una especie de conserje negro de un colegio al que todos querían, que parecía un filósofo por su manera de expresarse y por su rechazo hacia toda muestra de agresividad. Luego descubrimos que este tipo, escondido ahora en los EEUU, fue uno de los más grandes asesinos de masas en alguna de las carnicerías de algún país de África. Mientras lo detienen, él dice que ha cambiado, que se ha dado cuenta de las cosas, que está trabajando para desprenderse de esa miseria moral acarreada. Los otros le dicen que vale, pero que tiene que pagar por lo que hizo. Hasta ahí bien. Lo que me impactó llegaba cuando, entre las miradas de desprecio de algunos polis, él les miraba y les decía: “Ojalá nunca tengan la posibilidad de comprobar de lo que son capaces.” Y se lo llevan. Y de algún modo tiene razón… y de otro no. Quizá no haga falta llegar hasta el punto en que uno lo puede comprobar en la práctica, quizá baste con mirarse hacia dentro con honestidad y recordar, examinar, tomar el odio y la ira con las manos y pensar si en verdad no seríamos capaces cuando llegara la ocasión de matar, violar, exterminar… sin demasiados problemas de conciencia. Al menos al principio. Doy fe que un proceso mental honesto da para muchas sorpresas.

 

 

   El haber casi estado en los dos lados de este eje mortal, el de las víctimas y el de los verdugos, me permite quizá ver todo esto con una pizca de ecuanimidad. Como sé que es fácil verse engullido por estos torbellinos de absurdo y cólera primaria, también sé que he estado a punto de hacer cosas de las que me habría arrepentido durante toda la vida y doy gracias a lo que sea que se movilizó en mi pensamiento para que lograra evitarlo. Pero también observo en mí esas sensaciones, esas ideas vergonzosamente criminales y mezquinas como una baliza que me señala algunos límites del camino, como una especie de faro para cuando me adentro en tormentas imprevisibles. Si no nos manchamos las manos de sangre (preferiblemente simbólica) alguna vez, no sabremos de qué están hechos los demás seres que nos encontramos en el camino y no nos importará herirlos.

   Cuanta más gente sepa esto, más difícil le será a los ciegos remolinos humanos ponerse a girar alrededor de su víctima.]

 

 

Hautefaye, donde todo ocurrió (40 años después)

 

   “(…) Ese pesimista análisis de la situación provoca indignación. Rebuzna un asno. Los cerdos golpean la tabla con su hocico. Dos hombres, con delantal de cuero y empuñando una aguijada azuzan a un ternero, los remendones hacen sonar su caldero de estañador golpeándolo con el mazo. Los chalanes, con el látigo al cuello, se acercan, hablan cada vez más alto. Los efluvios del noah hinchan los cerebros. Un campesino, retorciendo con una mano el faldón de su blusa y sin arriesgarse a levantar los ojos, masculla con voz sorda:

   -Qué desgracia oír semejantes cosas. Al parecer, los hay contentos por lo que está sucediendo…

   El vinazo apesta en bocas que se abren:

   -¡Viva la Móvil!

   Junto a Camille de Maillard, su criado Jean-Jean presiente un peligro, intuye que el hundimiento del comercio, la sequía y ahora el miedo a la invasión, envenenan el clima de la feria. Susurra algo, como un consejo urgente al oído de su dueño. De Maillard vuelve la cabeza de perfil, Alain le reconoce, con las patillas a lo Luis-Felipe. De pronto, el arrogante pone pies en polvorosa empujando a la gente y salta por encima del murete, a la derecha, a la carrera, corre en compañía de Jean-Jean por el prado en pendiente, que desciende hacia un bosquecillo. Tres campesinos saltan también y les persiguen -diríase un juego de niños, de soldaditos de plomo sobre una manta de lana verde-, pero los labriegos se detienen enseguida, sus zuecos les molestan. De Maillard y su criado se largan a toda prisa. La gente parece furiosa por haberles permitido partir. Los perseguidores regresan. Tras haber saltado de nuevo el murete de piedra, miran a su alrededor. De Monéys se dirige hacia ellos, riendo y cojeando:

   -Bueno, amigos míos, ¿qué ocurre?

   -Ha sido su primo -explica un buhonero-. Ha gritado: “¡Viva Prusia!”

   -¿Cómo? ¡De ningún modo! Vamos, yo estaba muy cerca y no ha sido eso en absoluto lo que he oído. Además, conozco lo suficentemente bien a De Maillard y estoy seguro de que es imposible que de su boca salga ese grito: “¡Viva Prusia!”… ¿Por qué no “Muera Francia”?

   -¿Qué acaba usted de decir?

   -¿Cómo?

   -Ha dicho usted “Muera Francia”…

   -¿Eh? ¡Claro que no!

   -¡Sí, acaba de decirlo! Ha dicho usted “Muera Francia”.

   -¡No, no, no he dicho eso…! Yo…

   El buhonero se dirige a la gente que está junto al murete:

   -Que quienes le hayan oído gritar “Muera Francia” levanten la mano.

   Un brazo se alza hacia el cielo:

   -Ah, yo le he oído decir “Muera Francia”…

   Se levantan otros puños, cinco, diez… Campesinos que tal vez ni siquiera han oído la pregunta, al ver las manos en alto, levantan a su vez la suya. Algunos preguntan a su vecino lo que ocurre.

   -¡Hay uno que ha dicho “Muera Francia”!

   Un bosque de brazos se levanta para dar testimonio.

   -¿Quién ha gritado “Muera Francia”?

   -Aquél.

   Jean Campot llega por la izquierda y le retuerce la oreja a Alain. Su hermano Étienne suelta el ronzal del boloñés Júpiter y abofetea con toda su fuerza a De Monéys. Frédérique, llegando por la derecha, le suelta un puño de albañil en la boca del estómago.”

De Los caníbales, Jean Teulé, Ediciones B, 2010

 

 

 

 

   “Aquella mañana, cuando salimos del colegio, el suelo estaba helado. La escuela se hallaba a unos trescientos metros, distancia que recorríamos solos: un rebaño de corderitos conducidos por los muchachos mayores de once o doce años. Nos llamaban “los muchachos de mamá Heinze”. Estábamos muy unidos.

   Observamos que a unos cincuenta metros del edificio escolar se habían reunido muchas personas: estaban pegando con furia a alguien. Cuando nos acercamos vimos que se trataba de un hombre y una mujer. Nos quedamos ahí, asustados y atónitos, observando aquella violencia ciega, hasta que un joven se destacó del grupo de brutos y nos explicó que era una pareja de judíos. Durante un tiempo habían vivido escondidos y protegidos por un amigo de la familia, pero luego a éste lo habían llamado a filas y ellos, tras sobrevivir casi sin víveres durante semanas, se habían visto obligados a salir a descubierto.

   El jefe de nuestro grupo dijo: “Volvamos al colegio”.

   Una niña lloraba: “¿Por qué pegan a esas personas?” Los dos pobrecillos, mientras tanto, apaleados y maltrechos, suplicaban que no los entregaran a la Gestapo.

   De repente, uno de los agresores nos gritó: “¡Vamos, muchachos, si sois nacionalsocialistas de verdad, echadnos una mano!” Sus camaradas se hicieron eco y empezaron a incitarnos.

   Ignoro cómo sucedió, lo que sé es que nos recorrió una especie de descarga eléctrica, como si una agresividad primordial y un odio contagioso se hubieran despertado en su interior.

   Nos lanzamos en masa sobre aquellos dos desgraciados. Les propinamos patadas y puñetazos; unos les escupían, otros les pisaban las manos a esas dos víctimas indefensas tiradas en el suelo de tierra batida. Yo me incliné sobre la mujer y le tiré del pelo. Tiré con fuerza y grité: “¡Judía asquerosa!” Ella me miró, espantada y aturdida. Nunca olvidaré aquella mirada.

   La cabeza de la pobrecilla yacía encima de un montón de estiércol de vaca que le había ensuciado el cabello, pero no sentí por ella ni compasión ni piedad.

   Alguien había avisado a la Gestapo, y ésta llegó en un vehículo celular que me pareció gigantesco, en el que podrían haber entrado no dos, sino cincuenta judíos. Cinco o seis SS saltaron lanzando gritos histéricos junto a una horda de perros furiosos.”

De Déjame ir, madre, Helga Schneider, Ed. Salamandra, 2002

 

 

 

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~ por juannicho en julio 5, 2012.

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