Los que adoptamos a los muertos

 

Se llega a amar tanto al caído, / Al herido, al ahogado, al ahorcado, / Se sienta uno al lado del sangriento, / Boqueando bajo el agua, / En el mismo centro del anhídrido. / Es un amor tan grande por los viajeros del luto, / Tanto amor inútil por un sueño que termina. / Son amigos cuando todos duermen / Confidentes silenciosos y sabios. / Ellos se van, se van, se van, / Y, sin dejar de irse, aprietan tu mano hasta hacerte daño.

 

   [Los muertos están ahí, siempre han estado. Por todas partes. Pero hay que verlos. Y no me refiero a los espíritus. Al menos ahora. Hablo de esos muertos recientes, dotados aún de una materialidad aturdida y entorpecida, de la que todavía no pueden saber darle un buen uso. En realidad los muertos entran en la muerte casi con clandestinidad, medio escondidos porque saben que nadie les quiere y que molestan con esa especie de insolencia de atreverse a cuestionar a los vivos, que tenemos nuestro extendido proyecto de vivir para siempre.

“Sátántángo” (1994), Béla Tarr

  Y luego hay algunos muertos que hablan con su sigilosa quietud a las miradas más osadas. En los tres fragmentos que os pongo, curiosamente, son niños los que reciben, atienden, descubren, viven el encuentro con unos muertos que, sin ellos, pasarían desapercibidos, ignorados como ignoramos la muerte en lo que tiene de realidad cuestionadora de la existencia. Los niños. Ellos se relacionan mejor con los muertos porque tienen más cerca el otro lado que los que llevamos más tiempo dando tumbos por la vida, y porque no tienen tanto miedo a escuchar lo que nos tenga que decir ese humano que se melancoliza en su nuevo estado.

   Son unas historias tan bonitas estas tres, que no sé cómo no se ha extendido más esta costumbre literaria tan cariñosa de adoptar a los muertos. En la primera, se le atribuye espontáneamente al protagonista una relación afectiva con la muerta cuando estaba viva. Él prácticamente no la conocía pero le da cosa negar ese falso rumor de que eran novios y se ve forzado a defender el honor y la justicia que se le debe a su muertita. Y lo hace con orgullo, con pasión… con amor. En la segunda es el niño el que ve en la esplendorosa presencia de la muerta algo que nadie más ve y que le liga a su mundo cristalino y precario. Ya no podrá dejar de ver en los muertos una suerte de mensaje oculto que es lanzado directamente al corazón, que no suele pasar por la razón y que puede llegar a conmover hasta las lágrimas. En la tercera historia, esa joya de la literatura funeraria, pura orfebrería de difuntos, vuelven los niños a acercar un muerto al mundo de los vivos. A partir del momento en que termina el fragmento inicial que os copié, se inicia la emotiva identificación afectiva con el muerto, con el pobre gigante desgarbado que no sabe cómo ponerse en la muerte. Todos empiezan a quererlo, a sentirlo suyo, algo propio, algo que está más allá de las regiones de la vida que se delimitan con la piel y los armazones de hueso y pensamiento. El amor más allá de la muerte, esa fría escuela en apariencia y esa llama inextinguible de unión con la sustancia más profunda.

   Ya no digamos “qué solos se quedan los muertos”, adoptémosles como formas afines de nuestro propio caminar.]

       

 

   “Ramón Castaños sacudía el polvo del mostrador cuando oyó a lo lejos un chillido penetrante. Aguzó el oído y no oyó más que el rumor de la mañana. Pensó que había sido el gorjeo de una de las tantas chachalacas que andaban por el monte. Prosiguió con su tarea. Tomó un anaquel y se dispuso a limpiarlo. De nuevo brotó el grito, ahora cercano y claro. Y a este grito sobrevino otro y otro. Ramón dejó el anaquel a un lado y de un brinco saltó la barra. Salió a la puerta para averiguar qué sucedía. Era domingo temprano y no encontró a nadie, sin embargo los gritos se hicieron cada vez más frenéticos y continuos. Caminó hasta la mitad de la calle y a la distancia vio venir a tres niños que corrían vociferando:

   -¡Una muerta…, una muerta…!

   Ramón avanzó hacia ellos. Atajó a uno mientras los otros dos se perdían por entre el caserío.

   -¿Qué pasó? -le preguntó.

   -¡La mataron…, la mataron…! -bramó el niño.

   -¿A quién? ¿Dónde?

   Sin mediar palabra, el chiquillo arrancó hacia la misma dirección por la que había llegado. Ramón lo siguió. Corrieron a lo largo de la vereda que conducía al río hasta que toparon con un sorgal.

“Un dulce olor a muerte” (1999), Gabriel Retes

  -Ahí -exclamó sobresaltado el niño, y con su índice señaló una de las orillas de la parcela.

   Entre los surcos yacía el cadáver. Ramón se aproximó lentamente, con el corazón tironeándolo a cada paso. La mujer estaba desnuda, tirada de cara al cielo sobre un charco de sangre. Apenas la miró y ya no pudo quitarle los ojos de encima. A sus dieciséis años había soñado varias veces contemplar una mujer desnuda, pero jamás imaginó encontrársela así. Con más asombro que lujuria recorrió con la mirada la piel suave e inmóvil: era un cuerpo joven. Con los brazos estirados hacia atrás y una de sus piernas ligeramente doblada, la mujer parecía pedir un abrazo final. La imagen lo sobrecogió. Tragó saliva y respiró hondo. Percibió el dulce aroma de un barato perfume floral. Tuvo ganas de darle la mano a la mujer, de levantarla y decirle que terminara con la mentira de que estaba muerta. Ella siguió desnuda y quieta. Ramón se quitó la camisa -su camisa de domingo- y la cubrió lo mejor que pudo. Al acercarse pudo reconocerla: era Adela y la habían apuñalado por la espalda.”

De Un dulce olor a muerte, Guillermo Arriaga, Ed. Belacqva, 2007

 

    

 

   “Mi primer amor, el más tierno y el más misterioso, tuvo por objeto una muerta.

   En el pueblo de montaña acogedor y ultracatólico -convertido hoy en lugar de cura siniestro y mundano- donde “retozó” mi infancia, por decirlo así, en una incesante agitación, ocurrió que la hija más joven de un comerciante respetado, que era también consejero municipal, murió de manera inesperada tras una breve enfermedad. Yo aún no tenía siete años y era no sólo completamente indiferente a aquella María, que debía tener alrededor de las diez primaveras, sino incluso casi despreciativo, como lo son los jóvenes galopines con las muchachas. Yo nunca había ido a casa de sus padres, no había jugado nunca con ella y no le dirigía la palabra. Sólo sabía que ella existía y veía de vez en cuando su rostro insignificante de sonrosadas mejillas entre la pandilla de los colegiales. Fue únicamente al saber que había muerto en el transcurso de la noche cuando se despertó mi interés y, he de decirlo, más por el incidente que por su persona.

   En mi recuerdo yo me veo con algunos de mis camaradas, tan fatigados como de costumbre, casi extenuados por el juego, sentados en un banco a la orilla del lago, guiñando los ojos ante la superficie centelleante del agua, animada por un ligero movimiento. Uno de ellos propuso: “¡Vamos a ver a la pequeña María! ¡Su cuerpo ya está expuesto!” Estuvimos todos de acuerdo y, movidos por la curiosidad, nos dirigimos hacia la casa de la muerta. Al echar un vistazo por la ventana de la tienda, vi al comerciante inclinado sobre sus libros de cuentas y a su mujer sirviendo a los clientes como de costumbre. Ese día, sin embargo, los dos batientes de la pesada puerta cochera estaban abiertos de par en par. Las cajas y balas de mercancías, que habitualmente obstruían la entrada, habían sido llevadas a un depósito situado en la parte de atrás. Un carruaje de postas que transportaba una pesada carga llegaba justamente con un ruido atronador y chasquidos de fusta. Subimos con paso firme la escalera recién lavada hasta el segundo piso y, después, acompañados en nuestra progresión por el olor a canela y raíces secas que llegaba de la vieja tienda, seguimos un estrecho corredor al final del cual se encontraba el salón. Había sido preparado para la muerta. Al entrar no vimos al principio más que algunos cirios encendidos, pues, como veníamos del exterior, nuestros ojos aún estaban acostumbrados a la luz del sol. Con las persianas cerradas, la pieza era parecida a una pequeña capilla escasamente iluminada. Allí, sobre una cama que habían sobrealzado, yacía el cadáver, con medio busto levemente erguido. En su vestido blanco, adornado con lentejuelas, flores y pequeñas imágenes piadosas, ofrecía un espectáculo de los más singulares.

Fotografía post-mortem

   A la turbación interior que sintió el muchacho que yo era sucedió el asombro. ¡Aquella no era la María que yo creía conocer! Era un pequeño rostro extraño, como de cera. Sus pálidos párpados más sombríos sólo ocultaban la mitad de sus globos oculares en cuya humedad las llamas de los cirios, que se consumían lentamente, hacían nacer una luz de vida. Yo la contemplaba fijamente, con la mayor atención, sin perderme nada. Sus cabellos castaños le caían sobre la frente, rectamente cortados (…). Frente a la cama había un reclinatorio cubierto de coronas mortuorias, contra las paredes, objetos cotidianos -una máquina de coser protegida por una funda, aparadores en los que había dispuestos tarros de compota- contrastaban extrañamente con la cama de la difunta que estaba adornada como un altar. Yo tenía el corazón particularmente cerrado ante aquel cadáver -era el primero que veía- y me volví, un poco inquieto, hacia mis dos camaradas, que de hecho ya habían abandonado la habitación mortuoria y que, en el exterior, recibían de manos de una vieja mujer un trozo de pan. Era la costumbre: habían preparado dos cestas de pan para los visitantes. Aquella mujer -era la vieja sirvienta de la casa- entró en compañía de madame Gadenstätter, la comadrona del pueblo, y oí sus palabras lloriqueantes e impersonales detrás de mí. La sirvienta le contaba a la otra el doloroso combate que la difunta había librado contra la muerte en el transcurso de la noche precedente y cómo éste había llegado a su fin al alba. También explicó que las ropas y medias se habían súbitamente revelado demasiado pequeñas en el momento en que se había querido vestir el cadáver. “Oh, sí, los muertos se agrandan”, comentó la comadrona -lo que me hizo estremecer. Fue entonces cuando las dos mujeres me vieron. La sirvienta se adelantó hacia mí y me preguntó: “¿Quieres rociar con agua bendita a la pequeña María?”, al tiempo que me tendía una copa de pulido cristal llena de agua en la que flotaba una ramita de boj. Rocié vigorosamente a la muerta: el agua alcanzó sus pequeñas manos sólidamente juntas como para rezar, pero una espesa gota rodó también, como una lágrima, a lo largo de su rostro de una belleza inconcebible. Fue en esa ocasión cuando me di cuenta, por primera vez, hasta qué punto era encantador. Yo estaba como fascinado, el cadáver de aquella niña era extrañamente seductor y sin embargo repulsivo en su inaccesibilidad.”

 De “El primer amor de un niño”, en Historias burlescas y grotescas, Alfred Kubin, Ed. Maldoror, 2006

 

    

 

   “Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragio que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

Kent Williams

  Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

   No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.

   Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.”

 De “El ahogado más hermoso del mundo”, en La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (1972), Gabriel García Márquez, Ed. Aguilar, 1994

  

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~ por juannicho en julio 6, 2012.

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