Disección de un extraño animal moral (José Luis de Juan y su brillante incitación a la vergüenza)

 

   “¿Será la vergüenza? Dígame, querido compatriota: ¿La vergüenza no quema un poco? ¿Sí? Entonces quizá se trate de ella o de uno de esos sentimientos ridículos. En todo caso, me parece que tal sentimiento no me ha abandonado desde una aventura reencontrada en el fondo de mi memoria y cuyo relato no puedo diferir por más tiempo, a pesar de mis digresiones y de los esfuerzos de una inventiva a la que, espero, hará usted justicia.”

Albert Camus

 

EL SENTIMIENTO ESCONDIDO

José Luis de Juan

 

   “Transitar por senderos de arenas movedizas: he aquí lo que supone hoy hablar de la vergüenza. Su diéresis resulta un signo más de vetustez, de caducidad. En un mundo castrado por la promiscuidad de la simpleza y lo gratuito, donde todo vale si es conforme a unos cánones a escala irrisoria y la confesión vacía vive instantes de ópera, mentar la vergüenza supone ofender a todos, batirse en minoría contra una experiencia de la libertad propia de los siglos oscuros. Y sin embargo, la vergüenza ha tenido y tiene un lugar preeminente en el corazón humano.

   La vergüenza era, para Pascal, la sombra de las bellas almas. San Bernardo le dedicó un puñado de encendidos piropos: piedra preciosa de las costumbres, antorcha del alma púdica, honra de la vida, elogio de la naturaleza y divisa de toda honestidad. Lope de Vega se pregunta qué tiene el que no tiene vergüenza. Pero no creamos que la vergüenza es una invención cristiana y mojigata. Confucio, cuyas enseñanzas presidieron las grandes dinastías chinas, la situó en el cenit de la honradez pública. Diógenes, nada melindroso, la llamó con sutileza tintura de la virtud. En el mundo helénico gozaba de especial predicamento, de lo contrario Demetrio Falero no hubiera instruido a los jóvenes de Atenas incitándoles a que dentro de casa tuvieran vergüenza de sus padres, fuera de ella de todos los que vieren y, en la soledad, de sí mismos.

   Digámoslo de entrada: el sentido de la vergüenza pertenece a la naturaleza del homo sapiens del mismo modo que los instintos de supervivencia y de reproducción. Su universalidad se basa en que constituye el mecanismo de interdependencia emocional entre las personas. Por eso, cualesquiera que sean las creencias, tabús y el grado de desarrollo o desintegración de una cultura, el sentimiento de vergüenza, la experiencia íntima del reproche y la capacidad de hacerlo visible, esa función del intelecto y de la sensibilidad humana de la vergüenza está presente en los mitos de todos los pueblos, en las relaciones de unos grupos con otros, en los rostros de los individuos.

   La vergüenza es la primera y quizá más importante emoción social. Durkheim lo intuyó aunque jamás la llegara a nombrar. Paradoja perfecta, se trata de una recóndita fuerza interior de la persona que lo debe todo a la vida en sociedad, no en vano gran parte de nuestros ideales son colectivos antes que individuales. Si la culpa se refiere a algo que hicimos o dejamos de hacer -a un mero hecho, aunque sea el primero del universo-, la vergüenza habla de lo permanente, eso que soy al margen de mis actos. Habla de mi consciencia, de la percepción que tengo de mí mismo, de ese sueño en el que el brillante sujeto soñado es un fuero ideal lanzado a la cara de mis semejantes.

   ¿Por qué, entonces, no queremos mirarnos en ese pozo de embarazos, humillaciones, rubores, malentendidos, temblores, rabia y alienación que muchas veces contiene las únicas fuentes de verdadero ligamen con el mundo, las únicas que, reconocidas, pueden lavar la herida original, restablecer el difícil equilibrio del amor propio? ¿Qué clase de civilización hemos fundado que es incapaz de reconocerse en el espejo infalible y reprime sus más profundos sentimientos por cortesía, orgullo desdentado o simplemente vergüenza?

 

José Luis de Juan

  La pérdida de identidad es una consecuencia de nuestra hipocresía medular. Hoy los motivos de vergüenza se han incrementado en las sociedades occidentales pero ha disminuido de manera suicida su manifestación. Las escuelas, los estadios, las ciudades son enormes fábricas de vergüenza que no pueden reciclarse, que no aceptan sus cañerías, que heredan generaciones socializadas en el error de reprimir sus auténticas voces. En el plano individual, éste es el sentimiento más complejo del ser humano, origen de insondable dolor, de exaltado idealismo y de placer crudo. No ocultamos el amor o el odio pero sí la vergüenza.

   Freud se desentendió pronto -en 1905, cuando en su interpretación de los sueños se decanta por la vía directa, sexual- de una emoción a la que consideraba regresiva, propia de niños, mujeres y salvajes. El gran conocedor del subconsciente estaba avergonzado de su vergüenza y no lo quería poner de manifiesto ahondando en ella. Su ejemplo cundió en todos los órdenes, desde el psicoanálisis a la política. La emoción que lleva a uno a huir y a aislarse de los demás se ha ocultado incluso del diván de sus pretendidos especialistas hasta el punto de que la sociedad posfreudiana ha tratado a sus víctimas de todo ¡excepto de la vergüenza! Pero el silencio que envuelve el sentimiento escondido lanza, desde hace tiempo, alaridos de condenado.

   Las guerras europeas posteriores a 1870 hunden sus raíces en vergüenzas amordazadas, en humillaciones nacionales canalizadas en agresión y muerte. En las postrimerías del siglo, intenso odio, resentimiento y violencia entre personas o grupos son los productos de toneladas de vergüenza nunca intercambiada, jamás compartida como la pipa de la paz entre pieles rojas y federales. Hoy el humo de la vergüenza se eleva de los altos incendios que destruyen barrios enteros de nuestro casco humano, pues no existen otras alternativas a su cotidiana represión que la locura o el asesinato.

   Este libro incita a un almuerzo desnudo, a una lenta digestión de los sentidos y de la inteligencia. Incita a desenterrar el esqueleto de nuestro estigma premoral y a roer sin temor los huesos de la vergüenza. Incita a conocer los campos del honor, la vergonzosa arrogancia del gobierno, el farisaico pudor de la modernidad. Incita, por ejemplo, a preguntarse con Darwin por qué hay seres humanos de piel tan delicada y arterias tan atrevidas que para lo que otros es deferencia e incluso halago a ellos les resulta un traidor golpe de la sangre.”

 

De Incitación a la vergüenza, José Luis de Juan, Ed. Seix Barral, 1999

 

 

 

Anuncios

~ por juannicho en julio 7, 2012.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: